Allí hay humanidades infinitas;

Las llamo tal, mas no son de extrañas formas:

Nada igual a los hombres de esta tierra,

que aquí lloramos nuestra vida inmunda.

Dámaso, A. ¿Existes? ¿No existes? (II)

...

Llamó a la puerta del primer piso, ensayando para sí las palabras exactas que debía decir. Sin embargo, nadie contestó, así que con la pereza en su cabeza subió al tercer piso. Volvió a ensayar, a llamar a la puerta de madera vieja, pero no apareció nadie.

Subió al cuarto. Allí no tuvo tiempo de repasar sus palabras, puesto que la propietaria del apartamento abrió nada más escuchar que alguien subía.

—Hola— saludó Damaris, intimidada de nuevo por ese pelo y esa mirada—, soy la del segundo piso, me parece que no nos conocemos.

La pelirroja se quedó de pie en el umbral de la puerta. Sabía que esa chica no se atrevería a subir los cuatro peldaños que le quedaban hasta el rellano.

—La de los padres homófobos.

«Incómodo».

—Sí, esa.

—¿Y qué hace la de los padres homófobos delante de la puerta de mi piso?

—Venía a disculparme con algo que pasó el jueves— dijo.

Uxia se mostró interesada y le pidió que explicara qué era lo que, en su opinión, merecía unas disculpas. A medida que el relato de la peliblanca avanzaba, Uxia se irritaba y deprimía al mismo tiempo. María sabía lo de Large.

El interior del edificio no era la gran cosa. Las escaleras discurrían pegadas a la pared y dejaban un hueco perfectamente cuadrado en medio desde dónde podía verse la planta baja y el techo, un piso por encima de dónde se encontraban.

Uxia nunca limpiaba. Ella era la única que vivía allí. O lo era, hasta que llegó esa tipa de pelo blanco con su amigo gay.

—Te metiste dónde nadie te había pedido que entraras— respondió con frialdad.

¿Cómo sería una caída por ese agujero de cuatro lados perfectos? ¿De qué forma se quedaría un cuerpo humano? Uxia no se lo había preguntado hasta ese momento.

—Lo sé.

La chica parecía verdaderamente arrepentida y dolida por su intromisión. El odio de Uxia fue descendiendo poco a poco, hasta convertirse en una llama débil de pena. Le daba pena que esa joven pudiera tener una vida tan insípida como para necesitar esa clase de actos, de acciones, en definitiva, para darle un poco de sabor a una existencia por lo demás absurda.

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

Damaris levantó la mirada.

Uxia pensó exactamente lo mismo que cuando la vió por primera vez. Que era hermosa y que sus ojos eran, a su vez, los más penetrantes con los que se había encontrado.

—Me gustaría poder compensarte de algún modo, aunque no te conozco y no sé qué es lo que podría gustarte...

—Está bien— dijo Uxia, más calmada de lo que debería—, haremos lo siguiente: no volverás a hablar de mi vida personal con nadie, me seguirás la corriente en cualquier situación en la que me encuentre y me deberás un favor, que será el que yo quiera y que te pediré cuando yo quiera.

Damaris asintió, comprendiendo la situación. Después se despidió y volvió al piso, dónde Ryan la esperaba para saber cómo había ido la disculpa.

Uxia cerró la puerta y entró en casa. Respiró hondo, preocupada, enfadada, frustrada, deprimida. Había muchos sentimientos que la oprimían el corazón y pensó, al menos por un segundo, que tirarse por el hueco de la escalera no era algo tan descabellado.

Después el pensamiento desapareció del mismo modo en que vino y todo volvió a la normalidad. Todo, excepto su situación con María.

—Ahora sí que no va a volver— se dijo a sí misma, en un susurro ligero que ni siquiera alteró el orden de su propia cabeza.

...

Las ciudades, que se extienden, algunas, quilómetros y quilómetros a lo largo y ancho de la Tierra, no son nada más que aglomeraciones de problemas, de humanos y de contaminación innecesaria.

Basura.

Son en sí mismas lo que los humanos no quieren admitir que son. De buenas a primeras, una ciudad es inocente, está indefensa ante nuestra presencia y lo que nosotros, en nuestra eterna petulancia, podamos hacerle —pintadas, dejar latas vacías por la calle, no observarla ni apreciarla porque, al fin y al cabo, la creemos creación nuestra.

Una ciudad es lo que ella desea ser. Tal vez nosotros nos empeñemos en creer que, efectivamente, los ciudadanos hacen la ciudad. Las personas crean el ambiente, crean la vida. Eso creen, eso creemos.

Pero María está convencida que, en el fondo, las personas son esclavas de las circunstancias y que es justamente la ciudad la que moldea a sus ciudadanos. Desea creer en ello más que en cualquier otra cosa porque, de no hacerlo, todo lo que había sido su vida en los últimos seis meses —seis años en el interior de su cabeza—, se desvanecería sin más.

María está enamorada de Uxia, y lo ha estado durante meses —no todos, no los seis—, pero hay alguien que ha logrado atraer la atención de la pelirroja con más fuerza. Otra chica, una que lleva traje.

Al menos se trata de una chica con clase, piensa. Pero es un pensamiento estúpido. ¿Qué más da que sea una chica con clase?

María camina sola por las calles. Viene de hacer la compra. Cena para una: ella. Mientras camina, a las ocho de la tarde, siente en su piel como han cambiado las cosas. Ya no hace calor, ya no brilla el sol eternamente, ya no están los árboles verdes. Hasta ese momento no se había dado cuenta de ello.

Y, igual que el tiempo también pasa, las relaciones también se tuercen y terminan. María era consciente de ello y lo tenía asumido, pero que hubiera sucedido ahora, que ya llevara un tiempo sucediendo, era lo que la incordiaba.

Entonces tomó consciencia de que ya era otoño.