Hombre, sé que me inculpas por tu sufrimiento. Sé que muchas veces me has insultado, me has querido rechazar e incluso pretendido que jamás me encontrarás o que jamás he estado contigo.

Así que me disculpo. No merezco este nombre. Dame uno que pueda describir en una palabra todas las veces que has rabiado por mi culpa, que has llorado y sufrido, que has marcado tus uñas en las palmas de tu mano por la fuerza salvaje de ese sentimiento bruto que te destrozó el corazón, que te inundó la mente, que te ha hecho dejar de confiar y que alguna vez usaste de excusa para tu crueldad. Me lo gané.

Pero, te pido que al pronunciar mi nuevo nombre puedas recordar cuando, lleno de inocencia, me conociste al sentirte en brazos de los que te dieron vida y guía; cuando te regalé tantas alegrías, cuando gracias a mí conociste a tus verdaderos amigos, una nueva familia.

Que, al escucharlo, te estremezca como cuando rozaste la mano de aquella persona por primera vez y que puedas ver que si ya no está, no ha sido culpa mía, pues gracias a mí conociste la ilusión, pero fueron ustedes quienes decidieron que no fui suficiente. Y si no lo soy o no lo he sido, tampoco significa que me he ido de tu vida. Nunca lo haré. Tu dolor y tristeza te hacen merecerme.

Sabes quién soy, aun en tu mundo onírico, ciego y sordo del mundo exterior, me reconocerías. ¿Es cierto entonces que no merezco mi nombre? ¿O es que has devaluado mi presencia por justificar tu estupidez? Llámame como quieras, aquí estaré. Necio.