Niña ojos color sangre

La cabeza le daba vueltas, no sabía si eso le molestaba o satisfacía. Acababa de terminarse un churro y las cosas que pasaban por su mente se entremezclaban con sus pensamientos, ideas, ambiciones y deseos. Las luces de las calles comenzaban a desvanecerse. Ya era entrada la noche, todos los negocios de la zona habían cerrado. Para él, la noche comenzaba.

Solía dormir durante el día, para así poder vagar por las noches despejando su mente de toda preocupación. Tras hartarse de sus vicios y holgazanería, sus padres le habían corrido de la casa el mes pasado. Su madre se cansó de llorar por él, su padre de recriminarle que a esas alturas podría estar graduándose de alguna carrera o comenzando a ejercer un oficio. ¿Para qué? El dinero va y viene. Qué importa ser alguien en la vida si sólo se va a vivirla presionado y llenándose de preocupaciones. No existe nada más placentero que encender el filtro, aspirar profundo y sencillamente dejarse llevar con la brisa nocturna que acaricia la mente, conduciéndole a un éxtasis temporal, o casi eterno, como ha aprendido a prolongarlo.

Antes de marcharse, logró hurtarles el suficiente dinero para rentar un cuarto en una mísera colonia, también para comer y por supuesto, darse placer cada noche en compañía de las Juanitas, aunque esas niñas costaban dinero y ya no le quedaba mucho, es por ello que desde hace un par de días comenzó a conseguirlo de la única forma en que alguien como él puede hacerlo, tomándolo de otras personas.

Recuerda la noche pasada al sujeto que se quiso hacer el héroe haciendo caso omiso del cuchillo. El tipo se le fue encima, por lo que tuvo que herirlo para aplacarlo y quitarle sus pertenencias. Todavía el cuchillo tiene en la hoja un poco de sangre seca. La observa ansioso. Con cierta morbosidad acerca el filo a su boca para saborear el residuo. Es salado, un poco dulce, ya está seco, pero por lo menos su curiosidad está satisfecha. No. Todavía no está satisfecho. Ahora tiene la inquietud por descubrir literalmente el sabor de la sangre fresca. Quizá heriría esa noche a alguien de nuevo, no importando que ese alguien cooperara de buena manera, sólo lo haría para satisfacer ese enfermizo capricho. Algo en aquellos pensamientos lo excita, esto es un problema. No tiene suficiente dinero con qué pagarle a una prostituta del barrio para apaciguar sus ansías. Quizá, con suerte, sea no un hombre sino una mujer su víctima. Aunque no lleve efectivo, es posible que pueda satisfacer tanto su curiosidad sangrienta como su deseo egoísta.

Sonríe estúpidamente al imaginarse la sensación que debe producir cometer una violación. Sería la primera vez que lo hiciera con alguien por la fuerza. Ha visto en los noticiarios los errores por los que son aprehendidas las personas como él. Aprende lo que le conviene, no cometerá aquellos errores. Será perfecto. Nadie tendrá por qué saberlo. Será divertido.

Perdiendo el tiempo a propósito, deambula unos momentos por ahí ansioso de encontrarse con alguien, dejando a la noche caer en todo su apogeo. La oscuridad siempre ha sido para él una fiel compañera. Una hora después, va de camino a un antro de baile, donde los adolescentes y jóvenes se divierten los fines de semana. Habrá muchas personas, muchas chicas.

Es consciente de su atractivo. No le costará nada conquistar a alguna universitaria, o mejor, una de preparatoria. Sólo es ir, invitar a alguien para platicar afuera, divertirse a su modo y escapar dejando un cadáver sin evidencias.

Todavía lejos de llegar al antro más cercano, se encuentra en la siguiente calle a una pequeña niña dándole la espalda, está mirando con atención el aparador de una juguetería cerrada. Curioso por verla mejor, se aproxima sin hacer ruido para no asustarla. Lleva puestas unas botas, una falda hasta las rodillas y un grueso suéter afelpado. Está perplejo de ver a una chiquilla a tan altas horas de la noche sin ninguna compañía.

Recuerda un viejo relato de su infancia, sobre alguien que encontró a un niño de espaldas a medianoche. Cuando el hombre le habló, el niño al darse la vuelta reveló un rostro demoníaco para enseguida devorar al curioso. Sólo se trataba de una estúpida historia de terror urbana, como muchas usadas para espantar a los niños y a los cobardes, lo sabe bien, pero por un segundo sintió un escalofrío al imaginar en el rostro de la niña algo aterrador. Sigue acercándose más, cuando sin quererlo, pisó algo que produjo un fuerte ruido al dar el paso. Como de esperarse, la puso en alerta. Al voltear y verle, lo dejó paralizado por la impresión que le causó.

No se trataba de ningún demonio. A juzgar por la estatura y el delicado rostro infantil de finas facciones, no tendría más de nueve años. El cabello castaño lo llevaba agarrado en una coleta, su expresión reflejaba sorpresa al verse descubierta. Fijaba sus ojitos en él. Esos ojos eran hermosos, de iris rojizos marrones. Se quedó quieto, hipnotizado por su mirada. ¿Qué le recordó esa mirada? O lo mejor sería decir, ¿esos ojos? Claro, la sangre del imbécil de anoche cuando lo cortó.

Con la vista cansada de sostener la de la pequeña, rompió el trance mirando hacia el aparador de la juguetería. Aparentemente, estaba concentrando su atención hace unos momentos en unas finas cajas de música, todas similares, tanto como diferentes: Cada una se apoyaba sobre una base de madera barnizada, con la perilla de cuerda a un lado. Las figurillas sobre ellas tenían la apariencia de bailarinas en distintas poses, vestidas como hermosas princesas de porcelana, algunas acompañadas con sus príncipes, aunque otras estaban solas sin compañía. Apartó la vista para volver a enfocarla en su inocente víctima. Procurando no espantar tan pronto a la pequeña, trató de hablarle de la forma más dulce posible.

—Hola nenita. ¿Dónde están tus papás?

Por respuesta, ella sólo sonrió.

Al momento pensó, ésta era una de esas pocas oportunidades cuyo delito sería su desperdicio. La excitación no se iba, por el contrario, crecía. Ya no tendría que ir hasta un antro para cometer sus sucias fechorías. Serían tres cosas en una: su curiosidad por saborear la sangre, disfrutar el placer forzado y también una nueva, gozar lo prohibido. Sin hacer movimientos bruscos, lentamente le fue acercando su mano, olvidándose de disimular sus intenciones lascivas, a las cuales inocentemente ella sonreía ignorante de lo que tramaba. En cuanto le rozó un hombro, la niña se echó a correr.

Impresionado por lo repentino de la acción, comenzó a perseguir a la mocosa entre las calles, sin pensar en nada más que capturarla antes de llamar la atención de alguien.

Ella reía mientras corría, quizá con la impresión de parecerle aquello tan sólo un juego de las atrapadas, había incluso ocasiones en las que se detenía por unos segundos, para mirar cuanto avanzaba su imprevisto compañero de juegos, concediéndole así pequeñas oportunidades de atraparla. Él no se decidía en si estar agradecido porque la tonta no se daba cuenta de sus intenciones aún, o si furioso entre maldiciones debía exigirle que se detuviera.

La siguió hasta un viejo y ruinoso teatro. El lugar yacía abandonado desde hace muchos años. La niña entró rápidamente por la puerta trasera que estaba abierta, intentando cerrarla de prisa y fallando al azotarla, gracias a esto el delincuente alcanzó a darse cuenta de su escondite. Éste continuó la persecución dando un portazo tras ingresar.

Había escuchado sobre aquel teatro derruido, se rumoreaba que ya no tenía ni siquiera un techo, por lo que desde adentro uno podría ver el cielo, pero resultó ser mentira, estaba totalmente oscuro. Se mantuvo a ciegas esperando encontrar un rincón con algo de luz, o por lo menos tratar de escuchar a la niña para saber dónde debía de moverse. Se preguntó si la mocosa no estaría asustada por la oscuridad, aunque quizá ese era el sitio donde vivía; era común que un lugar abandonado como aquél, fuese tomado por los vagabundos para resguardarse.

Mientras continuaba caminando en la penumbra, comenzó a sentirse un poco extraño. Primero lo invadieron los mareos, luego le dio un dolor apenas perceptible en el estómago y en la cabeza. ¡Entonces sintió algo parecido a un martilleo en el cerebro, seguido de la sensación de un cuchillo abriéndole el estómago! Cayó al suelo sin conseguir aguantar más tiempo ese terrible dolor. Sentía sobre él una fuerza invisible torturándole, algo imposible contra lo cual defenderse. ¡Era insoportable y no paraba! Creyó que en cualquier instante se desmayaría al no poder más con semejante agonía.

El dolor comenzó a cesar, hasta desaparecer tan misteriosamente como le vino. No supo cómo actuar. Permaneció un momento en el suelo esperando algún nuevo malestar, pero nada ocurrió. Se levantó sintiéndose extraño, aún sin poder ver siquiera su nariz. La excitación había desaparecido, también el placer que hace unos momentos Juana la marihuana le había proporcionado. Su mente estaba por completo despejada. Ya no le importaba la niña, seguía asustado, sólo deseaba salir de ese lugar.

Visualizó algo a unos metros moverse con sutileza, se acercó a eso sintiendo sobre su rostro el tacto de una tela, probablemente cortinas. Las cruzó. ¡Un cañón de luz lo cegó! Otros menos potentes fueron encendiéndose. Abajo iluminaron a la orquesta que dejó de afinar sus instrumentos al darse cuenta de su presencia. Todos los integrantes, alrededor de cuarenta, lo observaron sin inmutarse. Petrificado por la impresión del descubrimiento, estaba por preguntarles algo, cuando una nueva serie de lámparas, éstas más comunes, iluminaron por completo el lugar, exhibiendo así un enorme auditorio a reventar de gente.

¿Qué sucedía? Hasta ese momento se percató que ya no estaba vestido como cuando entró. Llevaba un traje en tono oscuro, una elegante camisa debajo del saco, un cinturón y unas botas también. Al llevarse una mano a la cabeza, siente su cabello bien peinado echado hacia atrás. No sabe qué hacer, está nervioso. Por la elegante y costosa vestimenta en apariencia de esas personas, sin duda se trataban de gente acaudalada, de dinero, de alta sociedad y alcurnia. ¿Pero cómo? Se suponía que el teatro estaba abandonado y en ruinas, ¿o es que acaso la gente rica se hizo con el lugar en secreto para presentar funciones privadas? Era posible. Al pensarlo bien, la ropa de la niña que había estado persiguiendo parecía buena, lejos de aparentar ser la de una pordiosera. Quizá era la hija de un matrimonio rico, a quienes se les había escabullido un instante durante la apertura.

Los segundos transcurrían. De manera educada, el público no produjo ni un murmullo, la orquesta actuó de la misma forma. Toda esa gente estaba pendiente de él, obligándolo con éxito a sentir la necesidad de hacer algo para ellos. Tragó saliva, ya no estaba bajo los efectos de la droga. Si lo pensaba detenidamente, los efectos y todo tipo de estímulos destructivos con los que entró, se desvanecieron por completo junto con sus intenciones, tras las extrañas y dolorosas sensaciones ocurridas momentos atrás. ¿Qué esperaban de él? ¿Qué debía hacer? Era un pésimo comediante, mal cantante, ni que decir a lo que servía de orador. No sabe cómo consiguió esa ropa, no sabe nada, apenas que por accidente, debió de interrumpir el espectáculo privado de aquellas personas.

Con resignación, suspirando dio un paso al frente. Estaba a punto de explicarle al público el error de su intromisión, cuando se distrajo por la persona que se acercaba desde el otro lado del escenario.

Se trataba de una hermosa joven de abundante cabello castaño; llevaba un largo y bello vestido con una diadema de brillantes coronando su cabeza. Lentamente, sin perder su embelesadora sonrisa, la joven princesa se aproximó más hasta detenerse frente a él dedicándole una pícara expresión, dándole así inexplicablemente una gran tranquilidad. Con sus manos, tomó las del recién transformado príncipe, obligándolo a sujetarla por la cintura con una mano y la otra a estrecharla con la suya, fue cuando comprendió lo que tramaba.

Tartamudeó intentando excusarse que no era un buen bailarín, más importante, se suponía él no debía de estar ahí. Pero ella no habló, sencillamente continuó sonriéndole con tranquilidad, las explicaciones le venían sobrando. Dirigió la mirada hacia la orquesta y tras hacerles un asentimiento, los músicos comenzaron a tocar lentamente una hermosa y relajante melodía. En los palcos, los pacientes espectadores se acomodaron en sus asientos para disfrutar mejor del espectáculo.

Dejándose guiar con los pasos de la princesa, el rufián comenzó a bailar a su lado un ritmo lento y sencillo, bajo el fondo de la misteriosa y casi mística melodía producida por los violines, el piano, las flautas y los chelos. Repentinamente le llegó el recuerdo de las cajas de música, en aquella tienda donde encontró a la niña que lo trajo en un inicio. La princesa vestía semejante a las estatuillas de porcelana sobre ellas. ¿Cómo era posible? Algo desvió su atención: los ojos de la princesa… sus bellos ojos rojos.

Una sensación de abatimiento se apoderó de él. No supo explicarse sobre qué se trataba, pero de pronto se sintió profundamente conmovido. Sin saber cómo, supo que esa joven princesa no era otra sino su niña de ojos color rojo como la sangre. Ella le miraba tiernamente y con profundo afecto. El momento tenía que ser mágico.

La niña, la princesa, su identidad, su significado. Reflexionó quizá se trataba en realidad de un ángel enviado a sacarlo del infierno que sin darse cuenta, él mismo se había creado para hundirse en él. Las imágenes de todos sus delitos cometidos y por cometer hasta esa noche, bailaron en su mente produciéndole un gran sentimiento de culpa. Baja la mirada y por primera vez cuestiona sus despreciables obras. ¡Por qué fue tan perverso! Se siente peor que un pedazo de escoria. Por muchas obras buenas que hiciese de ahora en adelante, comprende, jamás serán suficientes para enmendar todo el daño que perpetró a la gente; no sólo al hombre de anoche, también a sus padres, a sus verdaderos amigos y al resto de sus seres queridos.

Algo le daba ánimos para recuperarse y seguir adelante. Eleva la vista y se encuentra con su princesa, mirándolo con una expresión donde podía leerse con claridad algo como: «Yo te comprendo y también te perdono» sin necesidad de pronunciar palabra alguna. Las lágrimas finalmente se le escaparon.

La orquesta continuó tocando con pasión; la gente mantuvo su atención en la belleza del baile entre la princesa y el peón que sacó de su miseria, haciéndole reconocer sus pecados. Él no quería que la canción terminara, deseaba profundamente bailar por siempre con su ángel de ojos rojos, al sublime y perfecto compás de la dulce y mística melodía.

Poco a poco las luces se fueron desvaneciendo, pero la orquesta no dejó de tocar, ni ellos de bailar, entonces todo se sumió en tinieblas. La única luz que quedó fue la del reflector principal siguiendo los pasos de la joven pareja.

La música cesó de golpe. Observó a su princesa sin separarse de ella, que continuaba sonriéndole con una tranquilidad contagiosa, después desvió la mirada hacia arriba, al mismo tiempo que el último reflector se apagó, encontrándose ahora a cielo abierto. El teatro no tenía ningún techo y al mirar al frente, con ayuda de la poca luz filtrada gracias al campo de estrellas, comprobó la desaparición de las personas, así como también de los asientos y palcos donde antes estaban. El teatro era un sitio abandonado y derruido, sin embargo razona, no pudo haber sido un sueño o una alucinación del momento. Aún sentía la mano de su princesa, así como su cuerpo junto al suyo. Un frío y rígido cuerpo. Dejó de ver tan deplorable panorama para dirigirse a la doncella intentando averiguar lo que acababa de ocurrir.

¡Gritó aterrado al no encontrarse con su princesa! Frente a él se encontraba un inmenso y mal hecho maniquí de porcelana con una grotesca sonrisa dibujada, mirándole con unos inmensos y brillantes ojos rojos toscamente pintados. ¡No podía quitársela de encima! Las manos de porcelana de esa monstruosidad estaban aferradas a su cuerpo. Intentó moverse para tirarla, pero el zarandeo provocó que un poco de la fresca pintura roja de los ojos se corriera y salpicara sus labios. Con terror degustó el sabor, no de pintura, sino de sangre. Aquella sangre fresca que ansiaba por probar horas atrás, le supo a muerte.

Ya no sentía las piernas. Observó consternado lo rígidas que se habían vuelto, brillando como la porcelana de su aterradora captora. No sólo sus piernas, cual maleficio se tratase, todo su cuerpo se estaba solidificando, provocándole un dolor mucho más intenso al que sintió cuando apareció por vez primera en ese lugar.

La boca de la estatuilla se movía aparatosamente al tratarse sólo del dibujo de unos labios de mujer, hasta que finalmente la porcelana se rajó bajo la mitad de la cara. Por aquella ranura que simulaba la boca, la monstruosidad pronunció un eco sobrenatural diabólico:

—¡Baila conmigo por toda la eternidad!

Acercó la boca a la suya mordiendo y desgarrándole los labios, haciéndole sentir parte de su propia sangre correr por su garganta. Cuando la cabeza comenzó a solidificársele, su última comprensión fue que sin importar lo que le sucediese después, por desgracia nunca moriría. Como el resto de los pobres diablos al haber mordido el anzuelo, permanecería ahí congelado eternamente, lamentando sus faltas, bailando cada vez que alguien diera cuerda a la caja de música sobre la que estaba de pie, en aquel aparador de la juguetería calles abajo del viejo teatro maldito, acompañado durante la eternidad por su niña de ojos color sangre.