Capítulo 10

El comedor del Castillo Real tiempo atrás había estado completamente iluminado por la luz que entraba a través de los ventanales que daban hacia los jardines y las montañas nevadas de la Cordillera Norte, pero ahora se encontraba en una penumbra casi absoluta ya que habían colocado dos pesados cortinajes negros que lo ensombrecían todo, aquella estancia también solía estar engalanada con majestuosos estandartes color verde esmeralda y azul cobalto con una estrella de ocho puntas en el medio antes de que fueran cambiados por otros negros con una cruz dorada. En medio de aquel ambiente deprimente se encontraban sentados Lázarus, su esposa Donnarella y Terrino, su hijo de diez años, esperando a que la servidumbre les llevara la comida.

Cuando la criada; que era una tímida chica joven de cabello rubio, ojos azules, tez blanca y numerosas pecas en la cara; llegó a la mesa y sirvió a Terrino, que tenía la piel extremadamente blanca como la de su madre y el cabello profundamente negro como su padre, el niño hizo una mueca de desprecio en cuanto olisqueó la sopa que humeaba en su tazón, sacó el látigo de juguete que sus padres le habían obsequiado en su último cumpleaños y golpeó a la sirvienta dejándole un enorme verdugón en la cara. - ¡Odio la sopa de cebolla! - le gritó al mismo tiempo que lanzaba el cuenco contra ella.

Cualquier padre responsable se habría indignado profundamente ante tal escena y hubiera castigado con severidad aquella grosería, pero ni Lázarus ni Donnarella lo reprendieron, ni siquiera se enfadaron con él, por el contrario esbozaron sonrisas de suficiencia por la conducta déspota y autoritaria que tenía su hijo a pesar de su corta edad.

Lázarus miró con desprecio a la criada mientras esta se frotaba con un pañuelo limpio el sitio donde el látigo la había golpeado y vociferó - ¡Loretta! ¿Cuántas veces te ha dicho mi hijo que detesta la sopa de cebolla? -

La chica se estremeció por completo pues temía recibir lo peor. En una ocasión en que había quemado las galletas favoritas de Terrino, Lázarus la encerró en las mazmorras durante toda la noche, además de tener que soportar a las repugnantes ratas que merodeaban por todos lados, el niño bajó a divertirse a costa de ella aventándole piedras y manzanas podridas por los barrotes de la celda.

- Yo... - contestó ella tímidamente - lo... lo lamento mucho, fue un terrible descuido, no volverá a ocurrir, os lo juro por mi vida. -

- Mas te vale que así sea, no querrías pasar otra noche encerrada allá abajo ¿o sí? - le dijo Lázarus arqueando burlonamente su ceja derecha y la criada movió la cabeza negativamente y se arrodilló frente a él suplicándole. - ¡Oh no, vuestra Excelencia! Prometo ser más cuidadosa de ahora en adelante ¡Pero por piedad, os suplico que no me volváis a llevar a los calabozos! -

- Por esta ocasión te daré otra oportunidad ¡Anda! Ve a la cocina a hornear el pan con queso que tanto le gusta a Terrino ¡Y espero que esta vez no lo quemes! -

- Sí, vuestra Excelencia - respondió Loretta mientras se incorporaba y recogía el cuenco de sopa que había caído al suelo al mismo tiempo que los tres le dirigían crueles miradas.

- Ah... - añadió Donarella - ... y también limpia ese desastre que has provocado. -

- Bueno... - dijo Terrino con su voz de niño mimado acostumbrado a salirse siempre con la suya - ... mientras esa estúpida prepara mi almuerzo iré un momento a las perreras, una de las podencas acaba de tener cachorros y necesitan que alguien los vaya educando. -

Sus padres asintieron y Terrino se levantó bruscamente, esbozó una malévola sonrisa y se retiró del comedor golpeando el suelo de mármol azul con su látigo.

Cuando Lázarus y Donnarella se disponían a tomar sus alimentos entró uno de los centinelas que custodiaba la entrada principal al castillo, se inclinó ante ellos e hizo un anuncio. - Tenéis visitas, vuestra Excelencia. -

Lázarus no se molestó en preguntar quién era, pues sabía de antemano la respuesta. - Hazlo pasar - le ordenó al guardia que con la misma se retiró haciendo otra ceremoniosa reverencia.

Minutos después ingresó Máximus vestido con su túnica negra con capucha que le cubría casi todo el cuerpo y con Buio posado en su hombro derecho.

- ¡Mi querido amigo! - exclamó Lázarus. - ¡Llegas justo a tiempo! Siéntate a comer con nosotros. -

El Alquimista Oscuro titubeó un instante y Donnarella insistió.

- ¡Por favor Máximus, haznos el honor! -

Antes de que él pudiera dar una respuesta, Lázarus agitó una campanilla para llamar a los sirvientes.

Fue Loretta quien acudió veloz al llamado. - ¿Me llamabais, Excelencia? -

- ¿Para qué más iba a sonar la campanilla si no? - respondió Lázarus sarcásticamente. - ¡Prepara un lugar en la mesa y sirve un plato de sopa a nuestro invitado! -

Loretta obedeció aunque estaba aterrada por la presencia del Alquimista Oscuro y más aún por el ave strige que no le quitaba sus diabólicos ojos de encima.

- No es necesario... - le dijo Máximus y después se dirigió a la pareja. - No dispongo de mucho tiempo, sólo vine porque tenía que deciros algo personalmente. -

En cuanto la criada se retiró del comedor, Lázarus prosiguió a interrogar a Máximus.

- ¿Alguna novedad? -

- ¡Oh por supuesto! La princesa Stella fue a consultar al nigromante de la caverna esta mañana y Mandrakus le ha acompañado. -

- Bien... - replicó Lázarus - ...eso significa que el espíritu de mi difunto primo, que ojalá no descanse en paz, ya le ha revelado el sitio donde ocultó sus valiosos tesoros. -

- Así es, vuestra Excelencia. Y eso no es es todo, mi buen amigo Buio ha averiguado otra cosa... - dijo Máximus mientras acariciaba el pico de su pájaro con una de sus largas uñas - ... otros de sus congéneres le informaron que vieron a la princesa y al mago que iban andando en dirección al río junto con la juglaresa y el arlequín para tratar de cruzarlo. -

- ¿Por uno de los puentes? - preguntó Lázarus sorprendido. - ¡Eso es imposible! ¡Mis soldados los habrían detenido! -

- ¡Oh no... por supuesto que no! El mago hizo uno de sus trucos y así pudieron atravesarlo. -

- ¡Pero el río es el refugio del dragón Tarantasio, esa bestia debió intentar atacarlos mientras cruzaban por sus dominios! -

- Así fue, pero ellos lograron derrotarlo y pasar al otro lado, tal parece que se dirigen rumbo a la Pradera Stellata. -

- Vaya... - comentó Lázarus - tal parece que mi querido primo no le puso las cosas tan fáciles a su propia hija. -

- Estaré completamente alerta de todos los movimientos importantes y os mantendré informado. Ahora si me disculpáis, debo retirarme... - dijo Máximus mientras daba la media vuelta -... mi pobre y fiel amigo Buio está fatigado de tanto volar y no ha comido en todo el día. -

- Por cierto... - le dijo Lázarus cuando el alquimista estaba a punto de cruzar la puerta - ... En la Plaza Mayor hay algunos cadáveres frescos de algunos plebeyos insubordinados que han sido clavados en estacas. Sería una verdadera lástima que su carne y su sangre se desperdiciara. -

Al oír eso, Máximus intercambió una mirada de satisfacción con el ave - ya lo has oído, tendrás una buena y merecida cena esta noche, querido. -