Prólogo

La noche resplandecía. El cielo danzante estaba teñido de negro, violeta y sangre, y brillaba como si fuera de día. Sus nubes se mezclaban con la densa neblina verdosa que cubría el cemento de las calles de la tóxica ciudad.

Una mujer caminaba sola por el centro, patrullando. Tenía el cabello negro y la pequeña boca pintada color vino. Llevaba ropa cómoda, un cigarrillo entre los labios y un parche sobre el ojo oscuro, maldito, vendido al mejor postor. Abrió la boca y dejó caer el cigarro, aplastando la colilla con la punta del pie luego de que cayera al suelo. Le daba igual ensuciar el piso, nada podía mejorar el aspecto rebelde de una urbe que no quiere mejorar, que se estanca en el cáncer de su propia fantasía.

Parpadeó antes de mirar al cielo. — Háblame —le ordenó como si fuera un humano. Los humanos eran razonables.

Y el cielo le habló. Las estrellas se movieron, bailaron para ella y le susurraron palabras en un idioma incomprensible para todos menos para la mujer de un solo ojo. Iba a recibir un mensaje pronto. Un mensaje urgente y peligroso.

Sonó la radio de la autopatrulla en la que estaba apoyada descansando luego de patrullar a pie. Jun, la detective policial, tomó el aparato entre sus manos y apretó el botón que le permitiría recibir el llamado de su superior, o quizás de su deudor. De una u otra forma, estaba condenada. Lo había visto en el cielo.

Dejó escapar un suspiro rutinario, fingiendo una amargura que ya no sentía al recibir malas noticias. Las malas noticias eran trabajo. Del bolsillo de su chaqueta sacó su celular y marcó el número de su compañero, rezando porque contestara el teléfono y no la dejara sola. Sí, sí contestó. Se sintió agradecida. — Nos esperan en el almacén. Asesinato. Sí, sigue ahí. No. Te espero entre la quinta y Samhain. Te necesito, ven.

Listo. Elliot vendría. No necesitaba preguntarle a las estrellas para confirmarlo. Confiaba en él.

Encendió otro cigarrillo.