No, no otra vez. No podría, no era capaz, no...

Joder, su mano temblaba como si hubiera matado a alguien, y eso que lo único que había hecho era contestar el celular. Se recriminó su cobardía, él no tenía razones para estar tan nervioso. No era un asesino. Su trabajo era agarrar a esos cabrones. No era tan bueno como Jun, ni tan implacable, pero aun así...

Necesitaba un cigarrillo o un buen trago. No, no, lo que necesitaba hacer era volver a ponerle orden a su vida. Volver a salir a la calle con paso firme y fuerte, ser capaz de caminar con los ojos cerrados porque podía confiar en que la luz del Señor lo iluminaría y le mostraría el camino correcto. Necesitaba volver a ser él mismo, reencontrarse con su rol sacro en el oscuro mundo en que había venido a nacer. Él no solo seguía la luz de Dios, sino que formaba parte de su servicio. Era su deber erradicar la oscuridad, liberar al mundo de toda maldad. Si no podía seguir la voluntad de Dios, entonces, ¿quién era? ¿Quién había sido? Era difícil volver a la rutina de antaño, pero necesitaba salir y salvar a los neogehen'ninos que, sin voz, gritaban por ayuda. ¿Sería capaz de volver allá afuera? Allí, al umbroso vórtice del mundo, armado de una voluntad de acero que ya no tenía. Solo quedaba le quedaba mentirse a sí mismo. ¿Aquello…?

Una alarma sacó bruscamente a Elliot de su ensimismamiento. Se dio cuenta de que ni siquiera había alcanzado a escuchar las últimas palabras que la experta policía había pronunciado. Eso había estado mal. La Santa Iglesia le había pedido que la secundara, que la ayudara a erradicar el mal del mundo y que le mantuviera echado un ojo encima, y aunque Jun podía cuidarse sola, lo menos que él podía hacer por ella era escuchar lo que la mujer tenía para decirle. Decidió dejar de pensar un rato, estiró su mano hasta el reloj que seguía sonando y lo apagó de golpe. Aquel pitido repetitivo significaba que ya era hora de que tomara sus medicinas, por lo que volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo del pantalón, se levantó de la cama y caminó hasta el baño, donde abrió la puertecita del mueble detrás del espejo. Allí, en la repisa, reposaban los frascos de pastillas que el doctor le había recetado.

Mientras que se metía la primera cápsula a la boca, una que era medio verde y medio blanca, pudo verse en el espejo y pensar en cuánto había cambiado en el tiempo que estuvo sin servir como apoyo de la fuerza policial. Sus ojos azules, que ahora iban acompañados de unas nada favorecedoras ojeras, parecían haberse profundizado en aquel tiempo, y notó también que había perdido mucho más peso del que creía. Al ver su torso desnudo en el espejo, descubrió que si se estiraba ahora podía contar sus costillas. Eso no estaba bien, pero no había nada que pudiera hacer al respecto, al menos no por ahora.

El sacerdote terminó de medicarse y se lavó el rostro con agua fría, tratando de parecer algo más lúcido. Se peinó el cabello como lo hacía todos los días que tenía que salir, separando cada cana del resto de cabello delgado y rojizo, preocupándose de no dejar ni un solo pelo fuera de lugar. Volvió a mirarse en el espejo y se obligó a sonreír, tratando de parecer natural. Sabía que ahora era apenas una sombra del hombre que había sido alguna vez, un viejo demasiado joven, pero aquel era su castigo. Aceptaba la condena que había caído sobre él y sobrellevaba el peso del mismo con esa estúpida sonrisa en el rostro, esperando que la culpa que sentía se hiciera más pequeña día a día.

Bueno, el tiempo corría y tenía trabajo que hacer. Rápidamente regresó a su cuarto a terminar de vestirse. Se calzó la camisa clerical y el alzacuellos, se colgó la sobaquera porta armas al hombro y finalmente ocultó la presencia de esta con una larga chaqueta negra encima de todo. Sabía que Jun traía una sobaquera casi igual consigo, pero la de ella guardaba una Hecker & Koch y además llevaba un revólver calibre .38 en el tobillo, escondida bajo la tela del pantalón. Él se consideraba un hombre más sencillo; no sabía cómo usar una pistola, pero en su porta armas llevaba un gran crucifijo blanco decorado con joyas azules, rojas y doradas. El crucifijo era en verdad una daga de plata bendecida, camuflada por el símbolo religioso, y resultaba ideal para cuando tenía que luchar contra seres sobrenaturales hostiles o demasiado salvajes. Bastaba con un corte limpio para que aullaran de dolor y (en el peor de los casos) sufrieran una muerte dolorosa o (en el mejor de los casos) quedaran desorientados por el suficiente tiempo como para arrestarlos.

Echó un último vistazo al departamento antes de salir, fijándose que todo estuviera en su lugar y que las ventanas y puertas estuvieran bien cerradas. Una vez que se sintió seguro, tomó el pomo de la puerta y se dispuso a abrirla, pero de nuevo se volteó a revisar con la mirada si de verdad no se le había olvidado nada. Ahora sí, convencido de que todo estaba bajo control, se persignó y salió de su hogar. Vivir en un sexto piso no lo desmotivó de bajar por las escaleras, a ver si acaso la caminata le subía el ánimo. Llegó a la planta del edificio cansado, con las mejillas coloradas y la respiración agitada, pero bajar las escaleras sí había logrado ponerlo más enérgico y ahora estaba listo para la acción. Detuvo el primer taxi que pasó, le enseñó la identificación que lo acreditaba como sacerdote penitente al servicio policial y le pidió al taxista que por favor lo llevara hasta la quinta con Samhain, rápido y sin charlar. La parte de "sin charlar" fue a la que le puso más énfasis. Estaba concentrado y ansioso por llegar a reunirse con su compañera, no le interesaba escuchar las historias de un goblin cuya esposa era una gorda inservible, y de los niños ni hablar, al menos él no era un parásito, ¿entiendes? No, no, señor, él tenía su taxi y estaba orgulloso de su negocio, era un goblin limpio, no como los otros. Dios, los goblins no sabían callarse. Su petición fue en vano.

Elliot fue capaz de aguantar los treinta minutos de tortuosa conversación a la que lo sometió el goblin, pero, joder, hubiera pagado cincuenta dólares extra con tal de haber viajado en paz. Al menos consiguió llegar sin ningún problema a su destino y, a fin de cuentas, el taxista solo estaba tratando de hacer un poco más amena su jornada de trabajo (algo que quizás debiera comenzar a contemplar él mismo). Pagó el servicio y se bajó del vehículo cuyo color amarillo contrastaba con el negro polvoriento de la vieja autopatrulla sobre la cual Jun estaba apoyada esperándolo, vigilando la llegada del padre. Para variar, estaba fumando.

— Lamento llegar tarde —se disculpó el hombre—. El tráfico está horrible en Divinancia.

— No te preocupes —contestó Jun—. Ya súbete al auto, vamos atrasados.

La detective rápidamente obedeció sus propias órdenes y abrió la puerta de la autopatrulla, se dejó caer en el asiento del conductor y abrió también la puerta que daba al asiento del acompañante,para que Elliot pudiera entrar rápido. Cuanto antes partieran, mejor. Todavía tenía el cigarro entre los labios, ya casi completamente consumido, así que dejó escapar una última bocanada de humo antes de arrojar por la ventanilla del vehículo la colilla de su tercera y última fumada de la noche. Sin embargo, parecía que el párroco no tenía prisa alguna por subirse al vehículo y se tomó su tiempo para apagar el cigarrillo de Jun. La mujer suspiró mientras esperaba a que Elliot se acomodara en su asiento. Una vez que ambos agentes estuvieron sentados, ella se abrochó el cinturón de seguridad, se fijó en que el cura hubiera hecho lo mismo y, por fin, arrancó el auto. Policía y religioso pudieron comenzar su travesía hasta el lugar del asesinato: el infame almacén McDuffin.

Jun tendría que manejar una hora y media para salir de la ciudad, aventurarse por la carretera y eventualmente llegar hasta el almacén McDuffin, la única estructura que seguía en pie de lo que alguna vez había sido Confites McDuffin. La fábrica de dulces del viejo Ewan McDuffin cerró definitivamente luego de que hubiera sido consumida casi por completo en un gran incendio, sumiendo al comerciante en la ruina económica y provocando que perdiera a su familia, puesto que su esposa estaba más interesada en lo lucrativo del negocio que en la auténtica dulzura de su marido. Aquello había terminado por destrozar al viejo Ewan, quien, sin nada ni nadie a quien amar, decidió que lo mejor que podía hacer con su vida era ponerle fin disparándose con una escopeta en la cara. Los chismes morbosos y malintencionados no tardaron en aparecer, y la leyenda urbana rezaba que el fantasma del viejo McDuffin todavía se paseaba por el almacén, prohibiendo a cualquiera que entrase que limpiara el charco de sangre seca que había quedado en una esquina como evidencia de su suicidio, pues él, en su locura fantasmal, creía que era jarabe de fresas o cualquier otro tipo de caramelo líquido y la lamía con desesperación desde el suelo. La leyenda no era más que eso, un mero cuento, una falsedad. El suertudo de Ewan McDuffin no se había convertido en fantasma luego de suicidarse.

Aprovecharon el camino para ponerse al día: cómo estaba la poca familia que les quedaba, que si la sobrina de Jun había conseguido ganarse esa beca a la que había postulado para poder estudiar música en el extranjero, que cómo andaban las cosas en la parroquia, si acaso era cierto que el padre Roberto había sido delegado a sacerdote penitente por ser descubierto consumiendo polvo de hadas en el confesionario. Elliot confirmó el rumor a su compañera y amiga, quien negó con la cabeza. — Nos estamos yendo a la mierda. Pronto no quedarán curas en las iglesias.

Elliot sintió el estómago revolvérsele. Lo que había dicho Jun era demasiado cierto como para ser un chiste.

Finalmente llegaron al almacén de la fábrica McDuffin. Cualquier resto de botana dulce o bastón de caramelo que hubiera quedado allí tirado no habría sido suficiente para endulzar la escena que estaban presenciando. La policía ya había cercado el lugar, pero eso no detenía al grupito de curiosos que querían acercarse a ver qué estaba pasando. La masa daba la impresión de no saber leer, ya que solo ignoraban el mensaje de "NO CRUZAR" escrito en gruesa caligrafía negra sobre la cinta plástica amarilla, así que la policía estaba haciendo lo que podía por controlarlos. Por error incluso la detuvieron a ella y a Elliot. La mujer de cabello negro rodó los ojos, le enseño su placa de policía al oficial que había tratado de impedirle el paso y cruzó por debajo de la cinta, ignorando al resto. No le gustaba usar traje como al resto de los detectives de la estación, por lo que muchos de los nuevos reclutas la confundían con una civil al llegar al verla llegar con una chaqueta café, el mismo suéter gris de siempre y pantalones negros y anchos. Los más viejos, sin embargo, sabían cómo reconocerla fácilmente: solo ella utilizaba un parche en el ojo izquierdo.

Se adelantó a su compañero y comenzó a caminar directamente al almacén, mas una gran mano atrevida la detuvo al aferrarse a su muñeca con tanta fuerza y delicadeza como un vampiro sostiene la cabeza de su víctima y la deja caer a un lado para poder devorar su cuello. ¿Quién diablos se atrevía a impedirle hacer su trabajo? Molesta, se volteó a encarar a quien tenía su mano atrapada. No se sorprendió al ver un rostro familiar y severo observarle con ojos tan penetrantes como los del mismísimo dios. En su mente, esa comparación tenía todo el sentido del mundo. Después de todo eran familia directa, ¿no?

— Capitán —dijo a secas. Era su forma de saludar y darle a entender a Ariael que necesitaba toda la información posible para poder entender qué había pasado.

— Jun —respondió el hombre de piel morena, soltando su mano y dejándola en libertad. Llevaba camisa, corbata y gabardina azules, y sus alas, cabello y ojos eran del color de la más fina plata, y resplandecían como tal. Todo en él era brillante y estaba bien cuidado. Su luminosa pulcritud y sus aires de noble soberbia (además de las alas que reposaban en su espalda) delataban su naturaleza a cualquiera, incluso a quienes no sabían reconocer a un ángel. Ariael no solo era el capitán del departamento de policía, sino que también era el jefe indirecto de Elliot. Después de todo, él era un soldado de dios, mientras que el párroco era apenas poco más que una de sus tantas ovejas, solo que con un poco más de estatus.

— ¡Jun! Espérame —Elliot trotó hacia ellos. Se apoyó contra el hombro de su amiga y se detuvo, recuperando el ritmo normal de su respiración. Una vez que se calmó, saludó a su divino superior—. Buenas noches, Ariael.

El ángel sonrió al verlo llegar. Le agradaba Elliot. — Buenas noches, hermano. Llegan justo a tiempo, la desesperación pronto terminará de consumir los espíritus de sus pobres compañeros ahí dentro.

— ¿Así de fea está la cosa? —preguntó la detective tuerta. El ángel asintió.

— La víctima no solo fue asesinada — le explicó el ángel a sus subordinados — . El hijo de puta que la mató se creía artista y se puso a hacer dibujos en todos lados. Todo adentro es un regadero de sangre, demasiada sangre como para ser de una sola persona.

— ¿Cuántos cuerpos fueron encontrados? —preguntó Elliot.

— Solo uno.

Aquello no era imposible, siempre podía ser que tuvieran que lidiar con un asesino caníbal. Otra vez.

— Malditos psicópatas, ojalá se murieran ellos —otra vez Jun, enfurecida contra el mundo. Era una rabia fría a la que todos sus seres cercanos ya estaban acostumbrados y que ella la sentía tan naturalmente como el frío o el hambre.

Ariael nunca había aprobado la eterna ira que Jun no podía controlar, pero comprendía los motivos por los que estaba condenada a aguantar su peso hasta que el fin de los días de la pequeña mujer llegara. No podía ofrecerle el perdón, mucho menos hacer como si todo fuera normal, pero siempre se había preocupado de guiar y cuidar a la detective. Al menos podía mantenerla alejada del peligro que residía dentro de ella misma. — Llegado el momento, ojalá en el infierno los demonios cuiden las existencias post-mortem de los asesinos y devoren sus almas podridas —tranquilizó a su policía—, pero, mientras vivan, hay que evitar que sigan matando prostitutas.

Aquella última palabra, "prostitutas", hizo que tanto Elliot como Jun dieran un respingo al mismo tiempo. Los asesinatos de trabajadoras sexuales eran muy, muy raros. Nadie se atrevía nunca a agredirlas, las consecuencias eran demasiado grandes. ¿Qué clase de asesino antisocial ignoraba incluso las reglas implícitas más profundamente arraigadas en la sociedad? ¿Qué clase de impunidad gozaba o creía gozar? Traer a una prostituta hasta un almacén afuera de la ciudad, darse el tiempo de matarla lenta y cruelmente… todo aquello tenía que ser un crimen muy bien planeado.

— De acuerdo, voy a entrar —Jun rompió el silencio—. Ya me aburrí de no hacer nada.

El ángel vio como a la mujer que en algún momento fue su joven aprendiz se tocaba el costado, asegurándose de tener su pistola abrazada a su cuerpo, y se encaminaba con paso firme hacia la sangrienta escena del crimen. Sintió gran orgullo de su valentía, pero no pudo evitar lamentarse porque cada una de las decisiones que la mortal tomó en su vida hubieran terminado en ella entrando directamente a un asesinato. Los humanos eran verdaderamente fascinantes; un día eran infantes que apenas pueden balbucear un par de sonidos parecidos a palabras y de repente ya eran adultos que creían tener sus vidas resueltas. La humanidad era maravillosa, tan ingenua y tan, tan profundamente cruel con ella misma. Era muchísimo más sencillo dejarse tentar por la maldad, pero, aun así, preferían luchar contra su naturaleza impredecible y vivir una vida de orden. Aquello le encantaba a Ariael, la dualidad que los hombres tenían profundamente clavada en su corazón. Por algo llevaba setenta años en el departamento y seguía cometiendo los mismos errores. Sin bien y mal claro, la vida se hacía impredecible.

Miró fijamente a Elliot, quien se había quedado allí parado a su lado. El párroco entendió la indirecta y partió detrás de su compañera. Abrió las puertas que Jun había cerrado y entró al almacén. Lo que vio dentro fue... no habían palabras que pudieran describir lo que había allí dentro. Lo único que Elliot pudo pensar fue "arte". Antes que muerte, antes que sangre; arte. Era tan grotesco que resultaba hermoso. Jun, por su parte, tuvo una idea diferente. Aquello era extraño, asqueroso y completamente fuera de lugar. Toda la belleza que emanaba no era más que magia que, igual que un perfume, encubría la repugnancia del crimen. El cuerpo de una joven yacía en medio del almacén, trozado cuidadosa y limpiamente, con los interiores cortados y dados vuelta de adentro hacia afuera. Desde los intestinos anudados como cuerda a los órganos hasta pedazos de músculo distribuidos simétricamente en el espacio, todo parecía conformar las piezas de un puzzle sin solución. Tanto las paredes como el piso estaban cubiertos de sangre, dibujando flores, mariposas y otras figuras que resultaban tan vagas como familiares a la mujer policía.

Había visto todo con tanta claridad como las estrellas y ya tenía una idea de quién cometió tan cruel acto artístico. El efecto del hechizo se borró en ella más rápido que en su compañero, por lo que prefirió salir antes de que las náuseas la atacaran. Joder, qué fuerte. Algo hacía falta en la escena del crimen. ¿Dónde estaba la...?

— ¡Hiroki! ¡Te buscan! —gritó Ariael. A su lado había un hombre grande y bien vestido. Jun lo reconoció.

Oh, mierda.