Prólogo

— Tu sabes que trabajo en la cárcel ¿Cierto?

Vitalie asintió vagamente. Todo había comenzado y, de igual modo, acabado en ese momento. Un cumpleaños miserable, veintisiete vueltas a la vida sin un sentido claro. Si tuviera que marcar un punto de inflexión en el mapa de la existencia, clavaría el alfiler en las palabras de su cuñada, Ana, una mujer extrovertida, poderosa y generalmente buena. A través de la ventana ya se veía la noche y Vitalie observó la gracia de los árboles al viento, evitando la mirada siempre comprensiva de la psicóloga. Le incomodaba que fuera a descubrir de pronto que había algo malo en ella, aunque nada estuviera fuera de lugar, solo el hecho de haber sido llamada a la cocina en privado por ella, aislándola de la fiesta que su madre había organizado para su cumpleaños número veintisiete.

— Tengo un trabajo para ti.

Clavaría otro alfiler en esas cinco palabras, pero, con rabia, alzó sus manos a la altura de su pecho y las mantuvo en una posición de defensa en menos de dos segundos tras la propuesta. No aceptaría que el resto tuviera conocimiento de su fracaso, ni menos lástima por esa clase de destino personal. La felicidad, tan efímera como se lee, la había encontrado en su presente, sin hijos, sin pareja, con vida sexual más no amorosa y un trabajo de medio tiempo que no requiere que utilice todos los conocimientos que le brindó su paso por la universidad. La vida era eso y nada más, absurda, extraña y volátil.

Había escogido la paz mental al éxito, y eso estaba a punto de cambiar.

— Escucha, Ana, si mi mamá o el estúpido del Francisco te dijeron algo sobre mí, sobre no sentar cabeza, sobre lo denigrante que es estar trabajando en una pastelería mientras que tengo un título profesional, olvídalo.

— No creo que sea denigrante que trabajes en la pastelería, Vita —respondió Ana tranquilamente e incluso se dio el tiempo de llamarla como solo sus cercanos la llamaban, intentando ganar su confianza, esa que jamás pudo ganarse ni con los años.

— Mis cuatro hermanos y mis papás sí —le aclaró Vitalie—. Y se mueren porque renuncie a ese lugar y me convierta en… qué se yo, la próxima escritora de Crepúsculo nueve.

— Creo que solo hay seis libros en la saga o algo así —murmuró Ana.

— … A lo que voy es que gracias, no tenías que preocuparte por mí porque ellos te lo han dicho.

Envuelta en gracia y todo el poder que le da la dignidad a un resignado, dio media vuelta e hizo el ademán de retirarse a disfrutar de la fiesta que se celebraba en torno a su cumpleaños. Lamentablemente, Ana le tocó el brazo y no tuvo que apresarla para que entendiera que la conversación no se acababa cuando ella lo decidiera, sino que continuaba. Vitalie volvió a mirarla con docilidad, así era siempre y con todos, se preguntaba si eso tendría que ver con la percepción que todos tenían de ella como un ser indefenso y maleable.

— ¿Qué quieres? —dijo con la garganta seca. La súbita sensación de necesitar un trago se hizo presente y su lengua agonizante se pegó a su paladar, incomodándola.

— Necesito que edites un manuscrito.

— Ana, una persona como tú debe conocer editores profesionales —replicó con una sonrisa irónica.

— Estoy viendo a una.

Se miraron largamente. Vitalie peleaba con sus ojos, no pudiendo discutir con palabras.

— No quiero ejercer. Trabajo en una panadería, soy feliz allí ¿Acaso no te lo ha dicho tu esposo?

Su hermano, el ingeniero, ni siquiera hablaba de ella.

— Me ha dicho que el sueño de toda tu vida ha sido ser editora, pero como el campo laboral es duro y escaso, te rendiste.

La ofensiva le dejó sin palabras por un rato.

— ¿Confías en mí? —preguntó Vitalie de pronto.

— ¿Perdón? —Ana parecía perdida y, en ese momento, eso le provocó a la más joven una macabra sensación de júbilo, de estarse apropiando de la conversación, aunque solo fuera en su mente.

— Que si confías en mí —repitió, ya no con tono de pregunta sino con algo más oscuro en la voz.

— Creo que este trabajo es para ti —contestó Ana, ya compuesta de su instante de confusión. Viendo que no avanzaba ni siquiera con todo el poder de convencimiento que sabía que tenía sobre las personas, resopló e intentó otra vez, abordándola desde otro lugar—. Mira, te entregaré el cuaderno, la persona que me lo dio es uno de mis pacientes, por lo que no puedes saber mucho de él. Léelo y después me dices. Léelo en tus tiempos libres, demórate lo que quieras.

— ¿Qué ganaría yo editando algo de una persona que no tiene ni cómo pagarme?

Ana le puso una mano en el hombro y Vitalie se removió, incómoda. Desde la primera vez que esa extrovertida rubia apareció en su casa como una visión no requerida, la rechazó con un infantilismo palpable. Se robó a su hermano, el mayor, el que no tenía ojos para nadie más que para la favorita, Vita. La vida como la conocía cambió con Ana, un pequeño adelanto de lo que estaba sucediendo en ese mismo instante y de lo que sucedería más adelante. Siempre le intrigó cómo su hermano la hizo aparecer, pero nunca tuvo el coraje para quedarse a escuchar la historia completa. Aún con veintisiete años le dolía que Francisco la olvidara en la oscuridad.

— ¿Ahora entiendes que mi oferta no es porque tu familia me pidió que te buscara un trabajo? Quiero que hagas esto porque sé que amas hacerlo. No habrá dinero, no tienes que dejar la panadería.

Vitalie estuvo a punto de conmoverse, pero estaba demasiado ocupada rasgando el pasado del mayor y la menor de los Lescault como para llegar a ello, e insistió silenciosamente:

— ¿Qué gano entonces?

— Prestigio…

Nadie en el mundo se salva de un poco de codicia de vez en cuando. Las facciones afiladas y frecuentemente duras de Vitalie se suavizaron, sumiéndose ella en un estado contemplativo y satisfactorio que, de pronto, le proveyó el mundo de posibilidades que se abrieron a partir de una sola palabra. Ana permaneció en silencio, respetando el proceso, pero Vitalie no confió mucho en este. En cualquier momento el hechizo podría ser roto con términos y condiciones que le harían perder ese entusiasmo legendario que había perdido entre la niñez y la adolescencia.

— ¿No lo pensarías? —canturreó Ana. Vitalie solo sonrió porque había logrado prever ese fin amargo de sus fantasías. Su cuñada no era tan perfecta como creían allí afuera, más bien predecible y humana, como nunca la había querido ver.

Después de todo, creyó que valía la pena echarle un vistazo a la propuesta. No por Ana, sino por el morbo le despertaba su paciente, el escritor, el prisionero, el victimario, el villano. El héroe de la película nunca está, ni siquiera al comienzo, en una cárcel. Las historias de héroes y villanos están hechas para que las personas respeten esa moral, esa definición del bien y el mal que hace funcionar a la sociedad.

El manuscrito provenía del otro lado del bien y eso presionaba todos los botones correctos en el interior de Vitalie.

— Envíamelo.

— Es una libreta, Vita. Los presos no pueden escribir en Word —Ana bromeó. Vitalie ni siquiera se dio cuenta de esto, totalmente perdida entre rejas, panópticos y la terrible sensación de perder la libertad.

¿Cómo será? ¿Qué palabras saldrán del cerebro hacia el lápiz del ofensor al sistema?

— Tráelo entonces. Aquí esperaré.

Ana parecía un poco avergonzada por la nula reacción que tuvo su broma hace unos segundos. Aun así, su rostro se vio adornado de una sonrisa afable, acompañada esta de su mano estirada, esperando impaciente por la mano de la joven Vitalie.

— Dalo por hecho.

Frunciendo los labios, la menor de los Lescault se dejó perder y estiró la suya, apretando la mano de su cuñada suavemente. La miró a los ojos intentando descubrir qué planeaba más allá de entregarle el valioso manuscrito, el testimonio en tinta de lo que fuera que había más allá del bien y el mal, pero no descubrió nada. Le molestaba en demasía que Ana, siendo psicóloga, no fuera capaz de comprender entre líneas, pero aprovechó esa grieta en la personalidad de su interlocutora para recibir todo lo que tuviera que entregar hasta adueñarse de ello y no soltarlo más.

Se haría parte del paciente desconocido como él de ella cuando tuviera ese manuscrito entre las manos; luego, nadie más, nunca, podría entrar.