I

El campo se veía de izquierda a derecha, las diferentes tonalidades que la luz del Sol le daba al pasto verde que se mecía de un lado a otro por la leve brisa del viento, llamaba mucho su atención. Percibía que estaba en una granja que al momento se encontraba en paz, los animales estaban descansando en sus respectivos lechos, pues el establo, estaba a unos metros de distancia hacia su derecha. Detrás sentía la presencia del hogar familiar.

En aquel momento no le importó el lugar donde se encontraba. Miraba a su alrededor el paisaje verde que dominaba la granja. Aspiraba el aroma del campo con suma suavidad, llenando sus pulmones y estómago de aire fresco. El campo abierto siempre le devolvía la energía vital que las situaciones de la vida cotidiana le quitaban. Un ruido en el techo de la casa la distrajo de sus pensamientos de paz.

El sonido era muy claro, alguien se encargaba de cortar un objeto con un serrucho. Escuchaba los jadeos de la persona que ejecutaba su habilidad para cortar. No era madera lo que cortaban, pues escuchó un grito agonizante, que se perdió con la llegada de una ventisca que la hizo adentrarse a la casa de color blanco de inmediato.

A pesar que afuera el sol brillaba con intensidad antes de desaparecer por el oeste, dentro del hogar la luz no iluminaba la casa como debería. Su planificación de ventanas estaba muy bien, sin embargo, era muy extraño que la luz no entrará por las ventanas. La joven observó la oscuridad dentro. Las paredes adornadas con papel tapiz color rojo con adornos dorados oscurecía todo por completo, la alfombra frondosa combinaba perfectamente con el papel tapiz, el halo de luz que entraba por la abertura que daba a la cocina le mostraba el polvo flotar por toda la habitación.

Se encontraba en la sala, adornada por libreros, mesas con libros encima y objetos que adornaban los respectivos muebles, aquella sala tenía un sillón para una sola persona del mismo color rojo. La televisión estaba prendida, se trataba de un aparato televisor viejo, que aún utilizaba antena de conejo. Vio que estaban dando comerciales y se acercó. En el sillón dormía plácidamente un anciano de cabellos blancos.

Lo observó delicadamente con una sonrisa dibujando sus labios. El anciano tenía la cabeza recargada en el respaldo del sillón que sobresalía para acomodar bien esa parte importante del cuerpo en situaciones como esa, roncaba con ligereza y tenía las manos en aspas que subían y bajaban sobre su estómago por el ritmo de su respiración. Pensando que aquel viejo había tenido un largo día de trabajo, apagó el televisor dando vuelta a la perilla de encendido/ apagado.

Miró su reflejo por el cristal del aparato apagado. Al lado de la puerta principal, se encuentra el pasillo que lleva a las habitaciones de abajo y conduce a las escaleras. En la abertura observó la cabeza de un niño que se asomaba. Viró con rapidez, el niño que se escondía tras la pared se dio cuenta que fue descubierto y corrió. Al darse cuenta que no se trataba de un fantasma, lo siguió por el pasillo. Las habitaciones tenían las puertas cerraras y no había escuchado el mínimo ruido que alguien haya abierto o cerrado alguna, por lo tanto, vio hacia las escaleras que estaban completamente oscuras.

Sintió que los vellos de la nuca se erizaron al subir el primer escalón, que era iluminado por una pequeña ventana que estaba sobre la pared. En esta parte de la casa el papel tapiz era de color blanco, pero seguían teniendo los mismo adornos de color dorado. Subió el primer escalón, recargó su mano derecha sobre la pared y luego pasó al segundo escalón con sigilo y rechinó, los siguientes escalones rechinaron bajo sus pies.

Cuando al fin llegó a la segunda planta, se encontró otro pasillo igual al del primer piso. Esta vez el papel tapiz era color verde seco. Caminó y pasó una puerta de madera con unas pegatinas que la adornaban. Escuchó ruido, pero sabía que esa habitación era dónde su abuelo solía trabajar y era común que hubiese ruido a pesar que el anciano durmiera en el sillón allá abajo; además tenía prohibido entrar sin permiso.

Se enfocó en buscar al niño abriendo la puerta de la habitación que estaba a su izquierda, luego caminó unos metros más y se quedó en silencio. Era la última puerta que faltaba por revisar y no había nada cuando la abrió. Confundida, miró por la ventana que estaba al final del pasillo.

Todo estaba muy en paz afuera y el Sol, parecía que no iba a desaparecer por un rato, sentía que el tiempo se había detenido. Suspiró vencida, sólo faltaba revisar el tercer piso, el ático. Aquel lugar no le agradaba por su oscuridad, entró al último cuarto, esta vez, giró hacia la izquierda y subió las pequeñas escaleras que llevaban al ático. La pared era demasiado angosta y por eso, no se percibía que la habitación llevaba a otro lugar.

Al subir, abrió la puerta que al momento de ser empujada rechinó. Notó al instante a cuatro niños abrazados, protegiéndose de aquel que acaba de entrar. Se quedó en silencio preguntándose por qué había cuatro niños de aproximadamente 6 y 12 años. ¿Eran polizones? ¿Se habían perdido? ¿Los raptaron? ¿Fantasmas?

Titubeó un momento antes de hacer una pregunta estúpida, comenzó a ponerse nerviosa. Algo en su interior detectaba peligro, pero no distinguía si era a los pequeños que tenía en frente o a la casa. Sabía a la perfección que no era la casa, pero no quería ni siquiera mencionarlo en sus pensamientos.

«Lo sabes muy bien...» Llevó una mano a su pecho intentando controlar su respiración y los pensamientos que comenzaron a fluir en su mente. «¿Por qué tiene un cuarto donde nadie puede pasar? Hasta tiene el letrero: prohibido el paso. Haz visto lo que hace ahí, ¿por qué lo has olvidado?»

—¿A ti también te ha obligado a venir a la fuerza?—Cuestionó la niña más grande del grupo, asustada se aferró a sus hermanos pequeños.

—¿Quién?—Su pregunta la hizo temblar.

Sabía a la perfección, pero tenía miedo de escuchar la respuesta. No tenía idea de como había llegado a la casa. Por un momento creyó qué tal vez, esa persona no era nada suyo. Un desconocido que un día la raptó como a esos pobres niños, pero ya era mayor y sabía distinguir entre la realidad, un recuerdo y una fantasía que albergaban su mente. Su abuelo era la personas más cariñosa, amable, amorosa que conocía en el mundo, pero también guardaba un secreto, un terrible y perverso secreto.

Hace años subió al segundo piso, primero buscó a su abuelo por toda la casa y no lo encontró. Recordó que el único lugar dónde podía estar era en la habitación que siempre tenía la puerta cerrada con seguro. Subió por las escaleras sin hacer ruido, si la madera había rechinado el anciano no pudo escuchar, pues estaba ocupado en su habitación especial. Pudo verlo de espalda, con su camisa blanca y su pantalón café detenido por los tirantes negros, trabajaba con un serrucho, estaba cortando un brazo que colgaba en la mesa de acero. Su abuelo volteó la cabeza, su rostro estaba salpicado de sangre, sonrió y pudo ver un brillo perverso en sus ojos azules. La puerta se cerró al instante ante sus ojos.

«Va a matarlos...»

Vio los rostros asustados de los niños, sintió que alguien estaba tras ella. No quería voltear, había descubierto otro secreto más de su abuelo ¿cómo era posible que siguiera con vida? Su querido abuelo mencionó su nombre con ternura. Con lágrimas en los ojos, negó con la cabeza antes de hablar, sin embargo, era demasiado tarde, un toque por parte de su abuelo en su hombro y toda imagen desapareció de su vista. El hoyo negro de su inconsciente tomó el control de su cuerpo y la desvaneció en los brazos del anciano, quién con delicadeza, la cargó entre sus brazos llevándola al cuarto de visitas, donde cambió su ropa por un camisón blanco muy largo y la acostó en la cama.

—Dulces sueños.