Capítulo 1

Jean sostenía en su mano un compás para dibujo. Todo el artefacto era de color negro. Extendió su mano y el compás se elevó y abrió. Jean movió sus dedos como si escribiera en un teclado y el compás empezó a girar rápidamente, dibujando en el aire un círculo mágico pequeño de color negro. Los patrones, las runas y símbolos aparecían en detalle conforme el compás giraba. Pocos segundos después las patas del compás ya se habían juntado nuevamente y el círculo estaba terminado. Cuando el círculo se desvaneció, apareció un cristal traslúcido, pero oscuro, su forma era de un prisma que típicamente se asocia a un diamante. Jean volvió a teclear y el compás dibujó otro círculo del cual salieron disparados varios proyectiles de magia oscura. Estos golpearon el cristal, sin embargo no le hicieron un solo rasguño y este se mantuvo inmutable, levitando en el aire. Tecleó una vez más y un tercer círculo mágico se generó, este fue dibujado abajo del cristal oscuro. El círculo mágico se convirtió en un pequeño portal y el cristal fue jalado por una fuerza de atracción. En seguida otro portal se abrió justo encima y el cristal que salió de este volvió a caer en el primer portal. Quedó en un loop de caída infinita. Jean alzó su mano derecha con el dedo índice arqueado y movió ligeramente su mano hacia un lado. El portal de abajo se empezó a mover lentamente en la misma dirección, dejando de estar alineados. Y cuando el cristal ya no caía perfectamente en el portal, empezó a ser cortado limpiamente por el borde de esa distorsión espacial. El cristal terminó rebanado. Los restos cayeron al piso produciendo tintineos. Jean dejó caer sus manos y los portales desaparecieron.

En aquella habitación oscura de atmosfera lúgubre sólo estaba él y su padre, Julius, quien observó en silencio la presentación, pero con la expresión de su rostro arrugado daba a entender que deseaba ver más. Su inmovilidad era comparable a la de una estatua, una estatua vestida de pies a cabezas en ropas formales y costosas de color negro. Su postura era muy erguida y con sus manos enguantadas juntas en el frente. Su cabello negro peinado hacia atrás parecía estar compactado con laca para lustrar madera.

Jean iba a seguir con su presentación, pero su padre rompió su estoicismo y habló.

–Muéstrame el hechizo de esqueletos animados.

Jean pensó que era un iluso si su padre estaría contento con la demostración de sus avances sin haber visto los hechizos más antiguos. Sin tener opción, Jean volvió a teclear. Su compás bajó al suelo y dibujó sobre la superficie otro círculo. Luego de que terminara y el círculo se desvaneciera, se abrió un agujero en el suelo. Acto seguido, salieron unos esqueletos de no más de un metro de altura y de apariencia caricaturesca. Hacían un pobre intento de lucir aterradores, emitiendo sonidos agudos y agitando sus brazos. Ante la mirada de Julius, los diminutos esqueletos quedaron en silencio y cabizbajos al igual que Jean. Julius levantó y chasqueó los dedos, pese a tener guantes. Por todo el suelo de la habitación, aparecieron agujeros y de estos salieron esqueletos deformes y monstruosos. Los pequeños esqueletos chillaron y regresaron corriendo al agujero del que salieron. Acto seguido el agujero que formó Jean desapareció. El joven mago se estaba inquietando.

–No, papá. Por favor. – dijo con nerviosismo mientras pasaba su peso de un pie a otro. Estando rodeado no podía moverse hacia ningún lado para alejarse de los esqueletos. Por la pérdida del control de sus emociones, el compás cayó al suelo

Julius volvió a chasquear sus dedos y los esqueletos volvieron a sus agujeros que desaparecieron sin dejar marca alguna en el suelo. Jean no pudo contener su suspiro de alivio de la misma forma que Julius no pudo contener su resoplo de decepción y fastidio.

–Jean – habló su padre en tono firme -, te has seguido alejando de la esencia de la nigromancia.

– Papá, sabes que no me gustan las cosas aterradoras ¡Aún sigo sin poder ver si quiera películas de terror!

Jean se arrepintió de haber dicho esas palabras, y en ese tono. Su padre levantó una mano con los dedos arqueados y sombras envolvieron los trozos de cristal en el suelo. Se juntaron y elevaron, formando una bola que se compactó al momento que Julius apretó el puño. Cuando abrió su mano, la esfera de sombras desapareció y el cristal cayó hecho polvo.

–Ve a tu cuarto. Mañana tienes clases.

Sin decir nada, Jean tomó su compás y salió rápido de la habitación. Recorrió los largos pasillos de esa mansión iluminadas por fuegos fatuos azules y verdes. Iluminaban las oscuras paredes y la horrible decoración que constaba de búhos y lechuzas disecadas y estatuas que Jean nunca deseó ver en detalle. Finalmente, llegó a su habitación y entró. Se sintió aliviado cuando vio esa recámara de paredes, techos y suelo de color blanco y cuadriculados por líneas que emitían una luz blanca que no maltrataba la vista. Todo estaba hechizado para que no hubiera ninguna sombra dentro y los muebles eran de cristal. Jean se quitó los zapatos y las medias para sentir la superficie lisa y fresca de su habitación. Luego saltó a su cama esponjosa y golpeó repetidamente su almohada. Dos meses. Sus dos meses de vacaciones gastados en un curso intensivo en un templo que era mucho más terrorífico que su casa. Su aberración por lo lúgubre se había agravado, en lugar de haberse solucionado como su padre esperaba. No pudo ver a sus amigos en ese tiempo y todo fue en vano, porque no importaba que tanto refinara sus hechizos, si no realizaba los esenciales su padre nunca estaría satisfecho.

Luego de dejar de golpear la almohada, se acostó. Por primera vez en semanas, durmió plácidamente, bajo el cobijo de una manta de algodón y de la luz mágica que tanto había extrañado, sin depender de medicinas para el sueño que prácticamente lo noqueaban para que pudiera descansar.