El lamento de los perdidos.

(The Lost Ones Weeping)


RELATO #12: Canción o poema como tema central del texto.

Canción elegida: The Lost Ones Weeping.(versión original, y cover coreano)


Japón.

Cuando llegue al país del sol naciente, a punto de cumplir siete años; a pesar de la insistencia de mi padre (cuando aún vivíamos en México) en que tomara cursos de japonés y aprendiera las bases, la verdad es que la mudanza fue demasiado inoportuna y rápida, por lo que me apena decir que llegando a allá, yo no sabía ni hablar ni escribir el idioma.

De hecho, no sabía hablar otra cosa que no fuera español.

Así que repetí un año de escuela, porque me pase un ciclo escolar entero aprendiendo japonés. Fue como volver al inicio; si lo pensamos bien, apenas había pasado un lustro y algo más, desde que acababa de aprender a hablar un español estándar semi decente.

Tenía una tutora muy buena, que en realidad no era japonesa, era una china-española que se había casado con un japonés; sus facciones eran una rara mezcla de culturas, y francamente eso le daba un aspecto algo caricaturesco. Su nombre era Kumiko.

Los primeros seis meses en el colegio fueron los más duros; porque seguía aprendiendo japonés, porque escribirlo era más difícil que hablarlo, y por más que no quisiera llamar la atención, no podía evitarlo... no es por incitar estereotipos, pero en mi primer año allá, todos los niños del salón se me hacían iguales.

Y yo era el equivalente al juguete nuevo del salón.

Si bien tenía que sentarme a comer con ellos, no era como si tuviera muchas opciones; pues la hora del almuerzo se llevaba a cabo dentro del aula. Y aunque me considero una persona tímida de por si, en aquella época abrir la boca, incluso para saludar, me aterraba.

El resto de los niños no ayudaban hostigándome, y es que puede que trataran de ser amables, pero el no entenderle a nadie o saber comunicarse correctamente... era frustrante.

¿Cuantas veces no pedí mal las cosas?¿O no sabia que decir? Los niños me miraban raro, o ya de plano, se reían.

Sin embargo, cuando todos salían a jugar al patio de juegos, yo había encontrado un refugio secreto en el aula de música.

Kumiko, mi tutora, tenía dos hijos, la mayor estaba en último año (de primaria), se llamaba Karin, y era muy linda conmigo; y el menor era dos años mayor que yo, se llamaba Inari; y ambos estaban en el club de música de la profesora Saionji.

Recuerdo a la profesora, era una mujer bajita, de mejillas regordetas y una voz nasal. No era bonita; pero tenia una personalidad desbordante, alegre y bonachona, muy poco común en aquellas tierras; pero bien recibida por esta forastera. Además, ella sabía tocar muchos instrumentos, entre ellos, el violín, la guitarra, el piano, la flauta. Una vez comento que sabía tocar el arpa, pero eso nunca pude comprobarlo, porque no había una en la escuela.

Karin e Inari eran las únicas personas a las que conocía, la principal razón de que me metiera a tomar clases de música, y lo más cercano a lo que tenía a un par de amigos; aunque era obvio que ninguno de ellos estaba interesado en pasar mucho tiempo en compañía de una niña de siete años. Porque, por mucho que yo les agradara, había cosas que yo simplemente no comprendía. No necesariamente por mi nacionalidad, o el lenguaje, simplemente la edad.

Por eso fue un alivio conocer a Ikki Amane.

Ikki era un chico de mi edad, que al igual que yo había tenido que repetir año. Él era japonés, en todos los sentidos, y estoy segura al cien por ciento que eso le daba una ventaja en el lenguaje.

Sin embargo, era mucho más callado que yo. De hecho, es que yo parecía el alma de la fiesta a su lado.

Jamás insistió en hablarme, y a ambos nos bastaba con tocar el piano juntos, y dejar que las notas musicales fueran nuestro único medio de comunicación. Yo con eso, me daba por satisfecha.

Ikki era un niño demasiado delicado, casi de una forma femenina me atreveria a decir. Era pálido, flacucho y daba un aspecto de debilidad enfermiza. Cargaba consigo un par de ojos muertos, como dos pozos negros hacia un infinito que producía una especie de pavor al vacío.

Si de por sí, los japoneses no acostumbran mirarte a los ojos (lección que aprendí por las malas); aquella costumbre, era sencillamente un alivio para quien por mala suerte se topara con aquellos ojos. Porque lo admito, inicialmente el me asustaba, ya que me recordaba a esos niños que salen en las portadas de películas de terror de aquella patria.

Desgraciadamente, por esa misma costumbre respecto a las miradas fijas, los nipones se perdieron de un milagro; y es que estoy segura que ninguno de ellos pudo apreciar aquella mirada durante la interpretación de una pieza musical, ya sea en el piano o en la guitarra. Era como si una chispa de luz se encendiera en medio de una fría noche oscura, y revelara una lluvia de estrellas en el cielo nocturno.

Era un evento para el que había que estar atento, y tal vez así alcanzaras a pedir un deseo tres veces, era hermoso, era fugaz.

Podríamos estar en el mismo año, pero no en el mismo salón; y aunque lo hubiéramos estado, no creo que hubiera reparado en su presencia, ya que fuera del aula de música, él tenía otro talento: el no existir a voluntad.

Ikki había logrado una invisibilidad selectiva, que no tenía nada que envidiarle a ningún shinobi del antiguo periodo Sengoku (Que no digan que no aprendí nada en la escuela). Y es que el parecía rodearse de un silencio tan penetrante, que aquella elegancia no podía ser propia de un niño tan pequeño. En más de una vez, la profesora Saionji bromeaba diciendo que Ikki no era un niño, que debía tratarse de un Kitsune jugándonos una broma.

Y francamente, también atribuyendo a que tenía siete años en aquel tiempo, yo realmente lo creía. Y de hecho, una parte de mí, casi dos décadas después, lo sigue creyendo.

Conforme pasaron los meses, y mi desigual y anacrónico grupo de amigos, creció un poco más, con la integración de Takashiro Ryo, un niño un año menor que Karin, muy bueno con la guitarra para su corta edad.

Y no paso mucho tiempo para que empezáramos a tocar música juntos.

Si no me atrevo a llamarnos una "banda" en el sentido literal de la palabra, es porque tocábamos lo que se nos daba en gana, y hasta donde nuestro conocimiento musical nos permitía. No teníamos posiciones fijas, pues a Karin le venía bien tanto la batería como el bajo; y Ryo, a veces compartía batería con Karin; Inari, empezó a tener otros intereses y le iban más lo deportes, por lo que, el club de música era más una actividad social para él, aunque sabía tocar el piano a medias, el dejar la actividad hizo que con el tiempo se le borrara ese conocimiento, mas tarde aprendió a tocar guitarra; yo por mi parte, estaba aprendiendo a tocar el violín, y también empecé a tomar clases de canto, porque me integre al coro de la escuela.

Ikki era una historia distinta.

El era como un pequeño prodigio, y aunque sabia tocar el piano, aprendió la guitarra y el bajo muy rápido.

Él era hijo de un matrimonio muy trabajador, pero distante. Tenía un hermanastro mayor, a quien casi no veía pues este apenas se fue a la universidad no volvió a la casa familiar, era hijo del primer matrimonio de su madrastra, Reiko, quien era viuda y luego se casó con el padre de Ikki, cuando él tenía solo dos años de edad.

Su padre era distante con él, y con todos en general. Era de esos hombres que no saben reír, porque parece que a alguien se le olvido ponerle sentido del humor a la hora de mezclar los componentes de su personalidad. Y como Ikki jamás conoció a su madre; aunque le decían que era una mujer hermosa, por las fotos que Ikki había encontrado, tanto él como yo, nos quedamos con la idea de que no se trataba de una mujer excepcional, de hecho parecía de esas personas que puedes ver en la calle y olvidarte de ellas apenas dejas de verlas; por lo que creemos que esos halagos a su persona podrían venir de su personalidad; pero, como ya hemos mencionado, ya que el padre de Ikki no era un hombre de muchas palabras, jamás le hablo de ella a su hijo, más que en una ocasión en la que menciono que madre e hijo compartían el mismo grupo sanguíneo. Desconozco si el señor Amane soltó más información de su fallecida esposa más adelante, lo dudo, pero también puede ser que mi querido amigo haya decidido guardarse cualquier otro comentario al respecto solo para sí. Después de todo, estaba en su derecho.

Su madrastra no era mala, pero tenía un carácter férreo, casi militar; era quince años mayor que el padre de Ikki, y sufría de migraña, por lo que su humor era volátil y algo desagradable. Y a pesar de que realmente se preocupaba por su hijastro, su compañía no incluía ese cariño hogareño que cualquier niño buscaría en su figura materna.

La distante y fría personalidad de esos padres contrastaba con las frágiles emociones de Ikki, por lo que solo queda suponer, que aquella extraña sensibilidad artística y aquella melancolía silenciosa y absorbente, eran un rasgo que heredó de su desconocida madre.

La habilidad musical de Ikki no pasó desapercibida por sus padres, y estos trataron de apoyarlo con clases particulares.

Digo, "trataron", porque Ikki tenía un grave problema de déficit de atención, aparte de que era disléxico (dos cosas tardaron en descubrir). Lo cual explica como un genio musical de su calibre, tuviera unas calificaciones tan deplorables.

La actitud de sus padres al respecto, quienes creían que el solo era flojo; la humillación constante que recibía de parte de sus compañeros y maestros, quienes pensaban que era idiota o retrasado; y la presión de una sociedad tan perfeccionista como lo es la japonesa, solo logró que Ikki terminara resintiéndose con la escuela. Y esto no ayudaba a su ya enorme indiferencia hacia el mundo y sus reglas.

En la época en la que Ikki y yo entramos a la secundaria, él se había dado por vencido con los estudios, cosa que no agrado a sus padres; y se dedicó en cuerpo y alma a su música; pues en ese tiempo él, Karin, Inari, Ryo y yo, nos reuníamos después de clases para tocar.

No sé si llamar a aquellas reuniones de grupo como prácticas de una banda; aunque se le parecían mucho, la verdad era que en su mayoría eran improvisaciones, que hacíamos en base a el humor de la música que a Ikki se le antojara aquel día.

Y es que una de las razones de que posiblemente nuestra agrupación no pudiera lanzarse a nivel profesional, a pesar de las ofertas; o que el propio Ikki, no pudiera entrar a un conservatorio de música o algo parecido, como sus padres habían planeado inicialmente; se debía, a que como mencione, Ikki tenía problemas con establecerse.

Ikki tendía a sentirse presionado por las figuras de autoridad, principalmente los maestros, razón de que ninguno de sus "tutores particulares", ya sea de música o regularización, pudieran trabajar con el adecuadamente.

La escritura se le daba fatal, al punto en que incluso se negaba a leer o escribir partituras de sus canciones; todo lo hacía de oído y memoria. Lo cual era impresionante, pero como también tocaba los clásicos como se le daba la gana, eso le cerraba las posibilidades de entrar a alguna orquesta, o estudiar correctamente en una academia de artes.

De hecho no estoy segura de que él realmente supiera leer partituras. Su música era un producto en bruto salido de sus emociones.

Así que si queríamos acompañarlo en sus canciones, o ensayarlas, usualmente debíamos grabar esas sesiones. Y ya que no todos éramos genios musicales, a veces tardábamos semanas en crear las partituras.

Su música era diversa, pero casi siempre optaba por un rock pesado, pero exquisitamente melodioso, lleno de ira y desbordante de una emoción parecida a la desesperación, con un trasfondo de tristeza que no sabría catalogar con palabras.

Cuando yo empecé a cantar, Ikki me dijo que le gustaba mi voz, y que en un futuro sabía que combinaría con su música; aunque sé que no es una voz "extraordinaria", y diría que más que bonita es rara, pues a pesar de que es algo gruesa, luego de llegar a mis limites vocales alcanzo unos agudos que parecen salidos de los gritos de una niña pequeña, repito es rara. Porque el no haber nacido con un talento natural, me hizo tener que trabajarla por años.

Otros miembros de la banda, incluyéndome, solíamos agregarle a muchas de sus canciones letras; porque la gran mayoría carecían de ella; él no era muy dado a cantar, lo cual es una pena, porque su voz era una delicia. Pero como he dicho antes, él era un maestro de los silencios.

Desgraciadamente, a pesar de que por un tiempo gozamos de una fama en el círculo underground de Japón, no logramos hacer muchos trabajos profesionales. En primera, porque todos éramos menores de edad, hasta Karin (quien a pesar de tener 18, era ciudadana de un país donde la mayoría de edad es hasta los 21), y ninguno de nuestros padres apoyaba realmente la música como carrera; en segundo, Ikki era el compositor y dueño de las mejores canciones, y él se negó en varias ocasiones para vender o firmar contratos; en tercera, y algo relacionada con la segunda, estábamos muy desorganizados al respecto y las discografías no nos tomaban enserio por ello.

Ikki bien podría haber vivido solo de ondas sonoras que conformaban hermosos y vibrantes ritmos; y hubiera muerto lentamente de hambre y sed por haber olvidado que era un humano de carne y hueso que tiene necesidades mundanas como todos nosotros. Y él hubiera estado bien con eso.

Pero ni sus padres, ni sus maestros, ni sus amigos, lo dejaríamos desecarse sobre sus huesos hasta convertirse en polvo. Parecía haber llegado a un punto en que no le importaba nada, y mentiría al decir que estábamos bien con aquella actitud.

Por más que lo intentáramos, parecía que Ikki se ahogaba con el aire como si en realidad estuviera atado en el fondo del océano; su música nos lo comunicaba, pero nosotros nos hacíamos de oídos sordos y escribíamos letras encima de ella para sofocar la esencia de agonía que había detrás.

Sus padres, ya tenían diseñado el futuro que ellos planeaban para él. No creo que estuvieran sordos, solo que no querían oír.

Los profesores se lavaban las manos de un estudiante perdido.

Y sus amigos, se desesperaban porque creían que él ponía baches en el camino hacia sus futuros, nunca nos detuvimos a mirar que aquellos "baches" eran los cadáveres de esperanzas lanzados en forma de melodía, que todavía podían pronunciar un pequeño grito de ayuda hueco. Estábamos tan ensimismados en el ruido de nuestras propias cabezas como para prestar atención.

Yo no era la única molesta, porque el resto del grupo estaba furioso con él. Cuando teníamos catorce años, Ikki y yo, fue la primera vez en que todos lo dejamos solo, posiblemente porque terminó por agotar nuestra paciencia; y la mayoría eran mayores que nosotros, y ya estaban planeando un futuro para sí mismos, por lo que no querían que un niño deprimido de catorce años empañara sus planes por sus "berrinches".

Y bueno, yo por mi parte sabia que mis padres no se tomaban en serio una carrera en el arte; y me frustraba que Ikki solo fuera una de las muchas razones que me hacían quedar mal frente a ellos.

Pero también le quería demasiado como para solo romper mi amistad con él de tajo.

El día previo a que Amane Ikki cumpliera quince años, hable por teléfono con él, lo cual era raro porque el odiaba hablar por teléfono, sobre todo con los celulares, razón de que no tuviera uno. Tengo entendido que me hablaba desde una cabina telefónica.

No tuvimos una conversación como tal.

De hecho, es que además de decirme que quería que yo le cantara una canción, él se dedicó a cantármela primero para que luego yo la repitiera.

Inicialmente empecé a escribirla en una libreta, y admito que estaba en una especie de trance por la voz de Ikki, la cual había empezado a cambiar, era masculina y agradable; con solo oírlo te hubieras hecho una idea diferente de su físico, lo hubieras visto como un joven hermoso, casi como un galán de dorama coreano; cuando la realidad era diferente, Ikki seguía siendo bajo para su edad, con ojeras debajo de los ojos y el cabello largo y alborotado, buscando que le cubriera la cara o simplemente indiferente de hacia dónde creciera. Su aspecto era enfermizo, y se cuidaba mucho menos desde que nuestro grupo se desmorono; cayendo enfermo cada dos por tres y faltando a clases.

Estaba preocupada por él, seguía siendo un preciado amigo mío; aun cuando apenas nos habíamos dirigido palabra en el ultimo par de meses, y es que cada día parecía alejarse más hacia un lugar donde no podía seguirlo.

El día en que llamo, yo estaba tan conmocionada por aquella ruptura del silencio que no me atreví a interrumpirlo.

Aun en el momento en que me di cuenta de lo que decía la canción, y el simplemente me colgó el teléfono, dejándome con las palabras en la boca.

Por las siguientes dos horas, mis acciones, al menos desde el punto de vista de mis conocidos, eran las de una loca, una adolecente desesperada por atención.

Y es que si estaba desesperada, pero solo porque no estaba segura de nada.

Llame a la casa de Ikki y no había nadie.

Con aquella letra repitiéndose en mi cabeza una y otra vez.

Porque ya no tenía seis años y lo único que entendía era español; porque luego de nueve años de hablar japonés; y nueve años de conocer a Ikki, el niño de los ojos negros y vacíos; sabía leer el idioma de su música tan bien como el idioma de su país natal, y aquella canción, aquella melodía no sonaba como su música.

No, aquello sonaba al grito desesperado de un suicida.

Por más que intente contactar con alguien que me ayudara, por más que trate de pensar en donde podría estar, y me moví por toda la ciudad... nada impidió que cuando llegue con una confundida Karin, que iba llegando a casa de la universidad, sonara mi teléfono celular.

Que sonara intensamente con la melodía que reconocía como la de la casa de los Amane.

Y lo supe.

Karin pareció ver algo en mi rostro, y pareció entender el mensaje entre líneas. También pareció no querer creerlo.

No recuerdo en que momento me lleve el teléfono al oído, o que le conteste a Reiko Amane, pero si recuerdo su frase lapidaria:

Ikki se suicido.

Al día de hoy, mis acciones luego de aquel segundo me son desconocidas... si tire el teléfono, entre en shock, grite o llore, no lo recuerdo.

Recuerdo el funeral, por primera vez en un año estaba todo el grupo reunido bajo el mismo techo.

Se supone que éramos adultos jóvenes.

Pero por alguna razón, lo único que veía era a un grupo de niños asustados que no tenían ni puta idea de que estaban haciendo.

Cuando la banda toco por última vez, fue al día siguiente del funeral de Ikki. La canción que tocamos fue una improvisación, y fue la letra que él me narro a través del teléfono.

No la cante como él quería.

Ellos no la tocaron como él hubiera querido.

Estaba muy enojada con él, por haberme dejado la nota de esa manera, por irse como se fue; estaba enojada con nosotros por haber creído que habíamos madurado, cuando solo nos habíamos dado por vencidos.

Y creo que los demás pensaban parecido, porque estábamos aterrorizados, porque cualquiera de nosotros pudo haber estado en el lugar de Ikki; porque cuando la batería empezó a soltar todo lo que Karin tenía que decir, las guitarras también parecían listas para deshacerse en sonoros insultos.

Inicie tratando de que lo que cantaba mantuviera el ritmo que ellos crearon, pero finalmente las emociones se desbordaron de mis cuerdas vocales en ondas sonoras tan intensas que mi propio cuerpo fue derrumbado por el peso de mi propio llanto.

Más que un lamento, aquello sonaba a un alma siendo desgarrada por los fragmentos de su corazón roto. Si, aquello no era llanto, eran gritos de dolor puro.

Han pasado casi diez años de aquel último concierto de una canción, mi garganta y mis cuerdas vocales siguen lastimadas. Y cuando las personas me preguntan cómo me lastime la garganta, para saber la respuesta, solo tienen que escuchar con atención, a ese lamento de los perdidos que suena entre la multitud de aquellos que no saben hacia donde ir