T.V.O.

Por Israel S. Grancelli

Este fic participa en el Reto #14: "Bienvenido al futuro" del foro El Rincón Creativo.

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Estos androides que venden ahora son una maravilla. ¡No se imaginan cómo agradezco haber nacido en esta época y en este tiempo! Es verdad que me ha costado un dineral, pero ¡qué importa! Por fin, ¡por fin!, mi soledad será parte del pasado. Un pasado triste, pero ¡qué va! Si digo que está en el "pasado" es porque ha quedado atrás. ¡Qué emoción!

En ese caso es normal que me sienta impaciente, ¿no? Estoy demasiado ansioso. Los tipos del servicio de entrega me miran extraño cuando los despido con vehemencia. Es incómodo, lo admito, pero ¡no importa! Éste es un momento personal y mío, así que yo mismo empujo la caja de Industrias Techdroid hasta la sala de estar de mi departamento. Es grande y pesada, pero afortunamente hoy me siento lleno de energías, ¡es como si volviera a ser un adolescente! Por supuesto, la realidad me recuerda de golpe que ya estoy entrado en años, y que a pesar de mi vigor, cuando por fin logro llevar la caja hasta el centro del departamento estoy bañado en sudor y debo descansar un momento con las manos en las rodillas para recuperar el aliento. ¡Pero qué importa! ¡Por fin ha llegado! Ah, por fin, después de tanto…

Debo respirar. La emoción me está dejando agotado.

De pronto me siento exasperado y molesto. Hasta yo mismo noto que mi ánimo está cambiante. ¿Será que la impaciencia está haciendo presa de mí? Bueno, llevo años intentando controlar mi carácter, pero hay cosas que sacan de quicio a cualquiera. Por ejemplo, ¡¿dónde demonios dejé el cuchillo cartonero?! ¡Así no puedo abrir la caja! De un momento a otro me recuerdo que debo tranquilizarme. Respiro. Creo que he gritado. ¡Qué suerte que estoy sólo en mi departamento y nadie puede escucharme ni regañarme! O bueno, al menos estaré sólo hasta que logre abrir esta maldita caja. Maldita sea, dónde se…

Me tranquilizo nuevamente. Respiro. Con el flequillo del ojo alcanzo a ver el cuchillo un mueble a pocos centímetros.

—¡Tonto de mí! —me digo y dejo escapar una inevitable carcajada.

Tomo el cuchillo. Es difícil. Me percato de que mis manos tiemblan.

—Vamos, Marcos, tranquilo-tranquilo —me digo con voz temblorosa, intentando controlarme. Aprieto las manos. Respiro. Pero la respiración se me acelera. Es esperable. ¡Es esperable!

No tengo nada de cuidado al rajar las cintas adhesivas que mantienen sujeta la caja de cartón que cubre mi premio y ¡ay!, creo que me he hecho daño. Pero no me importa. El cartón cae. ¡La veo! ¡La veo! Es una caja metálica de tres por dos que lleva los logotipos de Industrias Techdroid por todos lados, además de otros números y seriales que no me interesan en nada. ¡No me extraña que pesara tanto! Con razón esos tipos me miraban raro. Sin dejar de temblar, busco a tientas por los bordes del rectángulo metálico alguna llave o abertura. Según investigué antes de escoger la compra, estas cosas usan un código para poder abrirlas…

—¡Mierda! —grito de repente—. ¿Dónde está el código?

La respiración se me vuelve a acelerar. El pulso completo se me acelera. Respiro. Pero ya no es suficiente. ¡Respiro! Pero no sirve. Busco a tientas de un lado a otro. Lanzo por los aires la caja de cartón que había hecho añicos para ver hay algo por ahí. Estoy salpicando todo de sangre por la herida que me hice en la mano. ¡Pero qué importa! ¡Quiero abrir esta maldita cosa!

—En su bolsillo, Amo.

Me detengo en seco al escuchar la voz. Siento el pulso en la garganta. Es una voz femenina. Es hermosa. Es extrañamente reconocible. ¿De dónde proviene? Me volteo y me doy cuenta de que viene del interior de la caja de metal.

—¿Dijiste algo? —pregunto con torpeza. Mi voz tiembla.

—Mis sensores detectan que el código de seguridad se encuentra en la tarjeta electrónica que tiene en el bolsillo, Amo.

—¿Amo?

—Por favor, saque el código y acerque la tarjeta al borde superior izquierdo de la caja para que pueda ser libre y podamos conocernos.

—Po… Podamos…

"¡PODAMOS CONOCERNOS!" Los vellos del cuerpo se me erizan. Siento la boca reseca. El corazón me late tan fuerte que ahora siento cada palpitar en la sien y me pregunto si terminaré desangrándome por dentro por algún derrame. Estoy muy, ¡muy!, emocionado. Respiro.

Las manos me tiemblan demasiado, pero no tengo tiempo ni paciencia ni ganas ni el deseo de esperar más. Saco como puedo la tarjeta electrónica del bolsillo (¡La voz tenía razón!) y la observo: de color aguamarina con el logotipo de Techdroid en grandes letras blancas y una serie de códigos de barras en un profundo negro. Busco torpemente el sensor en el borde superior izquierdo de la caja y acerco la tarjeta. ¡Se escucha un pitido!

—Amo, por favor, aléjese unos pasos de la caja para que no sufra daños al abrirse la compuerta.

¿Alejarme? ¡Alejarme! Qué tontería. ¡Casi quiero abrazar la caja! Pero sé que sería una torpeza quedarme quieto en mi lugar. Respiro. Respiro. Me alejo tres pasos. De un momento a otro la caja metálica emite un chirrido y un sonido tecnológico. Se abre por la mitad de forma vertical y dos compuertas se hacen a un lado con el sonido de bandas correderas de plástico. Entonces, la veo. La veo. Y es hermosa. ¡Santo cielo! ¡Santo Dios, gracias por haberme permitido nacer en este mundo!

Pero ella también me ve. Me mira fijamente con sus ojos grises. La tecnología es increíble. ¡Si no supiera de donde viene hasta pensaría que está viva! Viste un traje ajustado del mismo color que la tarjeta y con los mismos logotipos, pero lo que atrapa mi respiración es su piel. Me doy cuenta de que no estoy respirando. Es inevitable. Su piel blanca, tan pálida que resulta casi transparente; su cabello caoba, largo tras su cuello. Y sus ojos, grandes, bien abiertos, de un extraño color gris que me miran fijamente.

Siento un sobresalto. La androide ha dado un paso hacia mí y ha salido de su caja. Es casi una cabeza más baja que yo, pero su presencia me hace sentir completamente empequeñecido. Y recién ahora que la tengo más cerca reparo en su olor… Me siento hechizado…

—Necesito un nombre, Amo —me dice y sonríe levemente. No pestañea. No deja de mirarme.

—¿Eh? ¿Un nombre?

—Para que podamos recordarnos.

—¿Recor…? No entiendo.

Me siento torpe. Atrapado. Es su belleza. Es su presencia. Da otro paso hacia mí y no deja de mirarme. Me ve. Siento que me ve completamente y tal y como soy. ¿Qué es esto?

¿Qué demonios es esto? Siento…

—Mi… ¡Miedo! —dejo escapar sin darme cuenta.

La androide ladea la cabeza como si lo que acabo de decir la confundiera.

—¿"Miedo"? ¿Ése es el nombre que desea ponerme, Amo?

—No-no-no-no-no. ¡No!

Ya ni siquiera puedo pensar con claridad. No puedo apartar la mirada de la de ella. Pero la veo sonreír. De pronto, ¡la veo sonreír coquetamente!

—Conozco tu rostro. —me dice de repente. Ha comenzado a tutearme. Y me mira, no deja de mirarme directamente con aquellos grandes y apabullantes ojos grises. ¡Me tiene completamente atrapado! ¡Ayuda! ¡Auxilio!— Amo… ¿de verdad me olvidaste? —se ríe coquetamente y da otro paso hacia mí.

—Lo… Lo siento —le digo y casi tropiezo al intentar retroceder. De pronto noto algo cálido cayéndome por la mejilla. ¡He comenzado a llorar!—. De verdad, de verdad lo siento.

Ella me responde acentuando su sonrisa.

—¿Sentirlo? Pero si no me has hecho ningún daño —su sonrisa se amplía.

Espera un momento. Es imposible. Esa sonrisa ya la he visto antes. La recuerdo. ¡La recuerdo! La fiesta. El bar. La droga. Esa chica. Me miraba. Esos ojos grises. La sangre, no-no-no-no-¡NO! ¡Yo no quería, de verdad que no!

—Basta, ¡basta! —le imploro, pero la androide no deja de caminar hacia mí, sonrisa en boca, manos tomadas a la espalda. Igual de coqueta que aquella noche. Y esos ojos me miran, escrutándome con una frialdad suprema, como si su programación sintética estuviera perfectamente codificada para su misión única: ¡Torturarme!

—Mírame.

—¡No, no! —me doy cuenta de que estoy gimetoeando como un bebé. ¡Qué vergüenza! Mi cuerpo tiembla completo. ¡Incluso estoy babeando y las lágrimas no dejan de caer!— ¡Para, por piedad! ¡De verdad! ¡Me equivoqué! ¡Lo siento! ¡Lo siento!

—Mírame —me repite la androide mientras lleva sus manos a mis mejillas y acerca su rostro al mío. Si fuera humana incluso sentiría su aliento contra mi piel. Pero eso es lo que menos me inquieta. Son sus ojos, ¡sus ojos!, esos ojos grises no-humanos que me miran sin parpadear. ¡Me aterran! ¡Tengo miedo! ¡No quiero más!

—Mírame —le oigo repetir con su voz sensual. Inmediatamente desvío la cara con los ojos firmemente cerrados. Es ni última defensa. ¡Ay de mí!

—¡No, no! —mi voz tiembla. ¿Es que me he orinado encima? Maldición, he perdido el control por completo. ¡Ya no puedo ni respirar!

Pero no puedo seguir pensando, pues de pronto siento sus dedos fríos y sintéticos tomándome el rostro por el mentón y obligándome a volver la mirada. Temblando, me rindo. Siento como si ya no pudiera seguir ocultándome. ¡Cómo si esos ojos me desnudaran y dejaran al descubierto mi horrible secreto! Abro y los míos y los encuentro observándome. ¡Esos ojos grises me estaban mirando fijamente! ¡De cerca! ¡A sólo unos centímetros de mí!

—¿Me ves? —me pregunta el maldito robot.

Pero soy incapaz de responder. Todo está claro en mi mente. Cada detalle. ¡Yo no quería! ¡Fue un momento de descontrol! ¡Fue la droga! ¡Fue su cuerpo! ¡Fue su mirada! ¡Lo lamento! ¡Lo lamento tanto! ¡Piedad! ¡Piedad!

—¿Me ves? —me vuelve a repetir en el mismo tono.

—Te… Te… —mi voz es un gimoteo lamentable. He llegado al límite. Ya no me queda orgullo. Ya no queda de mí nada de humano. ¡Lo lamento tanto!

—Te veo…

. . .

El grito fue tan repentino que Anna dio un respingo soltando una maldición. Luego volvió a soltar un insulto al darse cuenta que había dejado caer la tablet que Techdroid le había entregado. María, su guía de proyecto, no pudo evitar soltar una carcajada al ver a la novata en su primera interacción con el programa.

—Impresionante, ¿no te parece?

—Tétrico, más bien —respondió Anna acomodándose los anteojos tras reincorporarse—. Pobre hombre.

—¿De verdad piensas eso? —María le echó una mirada cómplice al preguntarle. Luego, señaló con el mentón hacia la habitación frente a ambas, al otro lado del espejo falso, donde había una habitación repleta de computadoras haciendo cálculos y emitiendo sonidos, pero donde lo más llamativo era una máquina de tamaño abultado con un espacio cilíndrico por un costado, donde el hombre que gritaba se hallaba recostado sobre una especie de camilla, completamente desnudo y con una serie de cables, agujas y sondas adheridas a su cuerpo.

—¿Te parece 'tétrico' que un psicópata reciba el castigo que merece?

—N-No. Claro que no —dudó Anna, intimidada de pronto—. Quiero decir, está bien que lo castiguen, pero… ¿Qué lo metan en esa máquina?

—Es tecnología nueva, Anna, y si quieres trabajar aquí, tendrás que acostumbrarte a ver esto a diario. Esa máquina ha permitido que vaciemos cárceles y ha hecho cada vez más efectivos y rápidos los castigos para los crímenes severos.

—Sí, pero…

Anna tuvo que interrumpirse, el hombre había comenzado a gritar nuevamente y la máquina que le controlaba el ritmo cardiaco comenzó a dar tumbos, como si fuera a explotar de pronto. María sonrió a su lado.

—Está recibiendo lo que merece, te lo aseguro. Es más de lo que recibió mi hermana…

El hombre gritó más fuerte. María acentuó la sonrisa.

—De acuerdo, de acuerdo —Anna intentó terminar la conversación ahí; la expresión de su guía de estudios le había hecho sentir un escalofrío a través de la médula espinal. Desvió los ojos hacia la tablet y leyó—: Marcos Harris, cuarenta y ocho años, homicida en serie de chicas en bares y discotecas, sentenciado a programa T.V.O. —Anna se detuvo nuevamente y volvió los ojos hacia María, quien, para su sorpresa, la miraba fijamente; unos ojos grises y profundos. Anna tragó saliva y se olvidó de lo que iba a preguntar.

—¿Querías decirme algo? —inquirió su guía justo en el momento en que el hombre soltó otro grito, el más desesperado de todos hasta ese momento.

—S-Sí… —Anna volvió a tragar saliva—. Sólo me preguntaba por qué el programa se llama "T.V.O.".

Justo en ese instante, Marcos, al interior de la máquina, gritó de tal forma que pareció como si la garganta se le hubiera desgarrado. Se sacudió dentro del aparato y ya habiendo perdido el control de sí mismo, comenzó a gimotear con una voz a tan alto volumen que Anna pensó que en cualquier momento estallarían los parlantes que transmitían el audio a la habitación en la que ellas estaban.

—¡Lo siento! —gritó el hombre—. ¡Te veo! ¡TE VEO!

Pasaron unos segundos y la máquina que marcaba el ritmo cardiaco del criminal se quedó pegada en un prolongado pitido. Anna se llevó las manos a la boca al percatarse de que el hombre había sufrido un infarto. María celebró con un gestó de mano. Su sonrisa se hizo aún más evidente y sus ojos grises observaron con regocijo al hombre muerto.