Eres la sombra al final del pasillo,

Tu silueta es fría y distante.

Te observé y fui despojada,

Me acerqué y fui vaciada.

Perdí mi nombre entre la multitud de tus historias

Seré una brisa pasajera y hubiese deseado ser el rocío que besa tu frente

¿Recordarás a la errante de ojos melancólicos?

¿O seré el polvo áspero y seco de un recuerdo?

¡Deja de torturar a mi cabeza caída!

La de corazón débil y huesos quebradizos,

Debe sostener el peso de tu mirada, entre los paréntesis de la vida.

Dentro de tu mundo inquieto y ansioso,

Seré sólo un atardecer más .

Una melodía de pérdida, lo amargo del té rojo.

Pero en la ausencia del tiempo,

Cuando el frío lacere tu nuca

¡Querrás mis manos de papel y su pálida tinta!

Desearás mi tacto dócil, pues mis dedos saben a muerte prematura.

Suspirarás febrilmente por el dolor tatuado en mis labios

Porque lo comprenderás en el epílogo,

En las notas anexas,

En la página siguiente al futuro:

La libertad es dolorosa y a veces miserable.

Sabrás que mi carne era blanda

Y que mi voz, aún temblorosa o áspera, carecía de falsedad

Lo comprenderás en la tormenta,

Cuando debas ganar a pulso y voluntad tu propia alma.

Y me querrás a destiempo.

Me buscarás en las hojas danzantes de otoño,

Que caen quedadamente al precipicio.

En los pétalos que duermen en la tierra húmeda,

En el agua estancada de tu ventana.

Pero mi nombre no será el vapor que refugiará a tu boca del invierno.

Se marchitará en el pasado,

Como tu sombra al final del pasillo.