Hubo un estruendo, desperté. Seguramente la puerta. Ella no estaba.

-¡Regresa! -Grité sollozando. ¡Se fue! La amaba. –Te amo, ¡por favor no te vayas! –Grité más fuerte. ¿Debía buscarla?

"¡Qué tonto!", pensé. Imaginé un arpegio triste… me hizo valorarla.

-Amor, ¿qué tienes?, ¿me ayudas? – Volteé abajo. –Caí de la cama.