Sólo vengo a dejar esto por aquí y me retiraré lentamente...

De antemano, gracias por leer :D


Miguel era un niño de siete años muy feliz. Era hijo único y vivía con sus padres, quienes eran pintores, en una casa modesta al norte del pequeño pueblo. Fue en una tarde que su vida cambió. El niño se encontraba jugando en el patio de su casa, cuando vio a la niña de cabello rubio que había en frente de él. El vestido que traía era completamente blanco y estaba descalza, pero eso no fue lo que más le llamó la atención; si no esa bonita y cálida sonrisa. Después de algunos segundos, se acercó lo suficiente a la extraña para poder hablarle. Estando mucho más cerca se dio cuenta de que ella poseía unos ojos verdes muy parecidos a los suyos.

―Hola ―saludó Miguel. ―Nunca te había visto por aquí.

Ella no le respondió. Simplemente se quedó allí, sin borrar esa sonrisa de sus labios. Miguel hizo una pequeña mueca. ¿Será que ella no quería hablarle? pero si ese fuese el caso, ¿por qué entró en su casa? Aquel pensamiento lo hizo abrir los ojos mostrando claros signos de sorpresa, mientras la niña ladeó la cabeza confundida.

―¿Por qué estás en mi casa? ―preguntó. Más nuevamente, no obtuvo ninguna respuesta. ―¿Qué acaso no hablas?

Lo cierto fue que Miguel nunca obtuvo una respuesta. Aun así, eso no fue impedimento para que él jugara con ella. Después de todo, era el primero niño más o menos de su edad que veía en su vecindario por lo que estaba muy emocionado. En la noche, mientras cenaba con sus padres, les contó acerca de la niña que había conocido y con quien había jugado.

―Me parece muy lindo de tu parte que hayas invitado a esa pequeña a jugar contigo aquí en la casa ―dijo la madre del niño.

―No, no ―Miguel ladeó la cabeza de una lado a otro. ―Yo no la invité. Ella apareció en el patio de un momento a otro.

La pareja se miró extrañada. ¿Cómo era eso posible? su hijo estaba siendo constantemente vigilado por María, la niñera, así que ella no pudo haber pasado por alto el hecho de decirles que una extraña había entrado en su casa y había jugado con Miguel.

A la mañana siguiente, el matrimonio habló con la niñera. María les dijo que en ningún momento habían entrado una niña a la casa. El pequeño Miguel había estado jugando todo el tiempo solo. Por esa razón ella no había comunicado ninguna novedad a sus jefes.

Otra cosa, que sin duda los alarmó un poco, fue el hecho de enterarse que al vecindario no se había mudado nadie nuevo. A raíz de eso, la madre de Miguel decidió quedarse ese día en casa. Esto con el fin de vigilar un poco más a su pequeño.

Fue un poco más allá de las tres de la tarde, cuando la madre de Miguel tuvo que ir a atender una llamada, que la misteriosa niña volvió a aparecer. Seguía sonriendo, aún vestida de blanco y con los pies descalzos. Esta vez Miguel no le dio mucha importancia a su aparición de la nada. Simplemente sonrió y la invitó a jugar canicas con él. Y así fue como lo encontró su madre. Riéndose a carcajadas, jugando canicas y hablándole a la nada.

Ese hecho no le preocupó mucho. Era algo normal que su niño, al ser hijo único y no tener con quien jugar en la vecindad, imaginara un amigo. Solía pasar mucho entre los niños de tres a siete años. Esto mismo se lo explicó a su esposo. Tal y como venían los amigos imaginarios, se iban.

Lo cierto entonces fue que, a medida de que avanzaban los años, la niña no se fue. E incluso, Miguel la había bautizado como Alicia. Pero, fue gracias a que el tiempo pasaba, que Miguel empezó a cuestionarse si ella era algo real; pues ella no parecía envejecer.

Cuando finalmente cumplió dieciséis años, lo supo. Alicia no era una persona real, más eso no quitaba el hecho de que lo seguía a todas partes. Ahora, a donde fuera que él se encontrase, estaba ella. No le tenía miedo; Ella seguía sonriéndole siempre. No era algo a lo que debía temerle. Le había comentado de esto a su madre y ella le había sugerido que visitara un psicólogo. Pero a pesar de las constantes sesiones, Alicia no se iba.

Fue un día que, mientras la miraba jugar en el patio de su casa, se acercó a ella para hablar. A lo largo de los años aprendió que ella sólo asentía o negaba con la cabeza para comunicarse, pues nunca obtuvo una expresión verbal.

―Alicia, ¿te gusta estar mucho conmigo? ―ella inmediatamente asintió sonriendo. ―¿Por eso no te has ido? ―la pequeña borró la sonrisa, reemplazándola por una expresión de tristeza. ―No es que me estorbes. Es sólo que, bueno, es un poco raro que yo tenga dieciséis años y siga viéndote.

Alicia lo tomó de la mano y volvió a sonreírle. Acto seguido empezó a jalarlo para ir fuera de la casa. Miguel entendió que era lo que ella quería; deseaba salir de aquel lugar y llevarlo quien sabe a dónde. Le extrañó eso por completo pero agradeció que ella no mostrara más esa expresión de vacío y tristeza. La siguió hacia un parque cerca de su casa. A ojos de las demás personas, él iba completamente solo.

―¿Por qué hemos venido aquí? ―preguntó Miguel, para después ver como ella señalaba hacia el frente.

Allí, Miguel pudo observar a una chica de cabello rubio, quizá de la misma edad que él, que estaba sentada bajo un árbol, y, al parecer, Estaba dibujando. Lo siguiente que supo fue que su mano había sido nuevamente tomada por la niña que lo acompañaba, para jalarlo hacia la chica del árbol. Cuando estuvieron a poca distancia, Alicia le sonrió radiantemente. Y así, como apareció de la nada, se fue de la misma forma.

―¿Puedo ayudarte en algo? ―preguntó entonces la chica rubia que lo miraba con curiosidad.

El muchacho miró el cuaderno de dibujos que yacía en las manos de aquella joven. ―¿Qué es lo que dibujas? mis padres son pintores, así que el arte me gusta mucho.

La chica sonrió al escuchar eso. Era la sonrisa más hermosa que Miguel había visto; y de hecho le resultó bastante familiar. Acto seguido, le enseñó todo su cuaderno de dibujo, pero hubo una obra que en especial le llamó la atención al joven. Era el dibujo de una niña, muy parecida a aquella pequeña con quien había jugado tantas veces a lo largo de su infancia. La chica, cuyo nombre era Sara, le había dicho que en múltiples ocasiones soñaba con aquella niña.

El tiempo fue pasando, creando buenos recuerdos para Miguel y Sara, quienes ahora vivían como marido y mujer en la casa de los padres de Miguel; dejada a él por herencia. Allí fue donde nació su pequeña niña, a quien decidieron llamar Alicia. Tenía el mismo cabello rubio de su madre, los mismos ojos verdes de su padre y una sonrisa encantadora.

Y entonces Miguel lo supo. Mientras veía su hija jugar canicas en el patio de su casa, sonriendo alegre y saltando de un lado a otro. La pequeña Alicia nunca fue un amigo imaginario o algo inexistente. Ella era real, siempre fue real. Formaba parte de él. Y, al igual que Sara, había conocido a su hija mucho antes de que ella siquiera naciera. Estaban destinados a estar juntos.