CAPITULO 7: La confrontacion. (Parte 2)

Quedé estupefacto. ¿Me está queriendo decir que en todo este tiempo podía usar magia? ¿Por qué no me lo dijo antes? O más bien, ¿por qué me lo dice justo ahora, cuando estoy a punto de morir víctima de un grifo? Tenía ganas de gritarle todas esas cosas, pero el dolor me impidió hacerlo.

Volví la mirada hacia el grifo. La bestia no hacía nada más que frotarse la cara con sus garras, chillando y agitando la cabeza de lado a lado, como si quisiera sacudirse algo. Supuse que el fuego le había caído encima y le había quemado una parte del rostro.

Sabía que no iba a durar así para siempre. Debía actuar rápido.

―¿Pu-puedo...usar...ma-ma-gia? ―volví a preguntar, solo para estar seguro. Mi voz sonaba cada vez más ronca y apagada.

―Ya te lo dije: claro que puedes... Bueno, más o menos...

―¡¿Q-que quieres de-decir con eso?!

―La situacion es esta: Tú eres un humano que proviene de un mundo donde el maná es inexistente, por lo que, en teoría, no puedes usar magia. Pero está el hecho de que compartes alma conmigo, ¿recuerdas? Y como soy un dragón, es decir, un ser de maná, puedes usarla también. Lo único que falta es que yo active el poder, mi poder, sellado en esa gema, y podrás usarla sin problemas.

Quedé confundido y hasta molesto. No entendí bien a qué se refería con que podía usar magia, pero al mismo tiempo no tenía, o sea ¿tenía magia o no tenía magia?También estaba molesto, pero creo que ya mencioné el porqué.

―Entonces...dámela...¡ya!― hablé con la poca fuerza que me quedaba. Tosí sangre al gritar la última palabra. No me quedaba mucho tiempo antes de perder el conocimiento.

Dracarys soltó una carcajada.

―Niño tonto, ¿acaso piensas que voy a entregarte todo mi maná, así como si nada? ¡Pues claro que no! Te lo daré con una condición.

―¿C-cuál?―

―Te lo daré... solo si me lo pides amablemente―

Por un segundo creí que se trataba de una broma, pero luego entendí que estaba hablando en serio. No podía creerlo, o sea ¿quería que, después de como me había tratado hasta ese momento, le pidiera permiso o algo así para usar magia?

―Hasta ahora has sido un niño grosero y malagradecido. Te estoy entregando algo de suma importancia, algo que es mío desde que nací, y lo único que haces es decirme que te lo dé así como así. Para ser honesto, ni siquiera eres digno de tener mi magia. La única razón por la que hago esto es porque eres mi portador y no puedo dejar que mueras. todo lo que te pido es que dejes de comportarte como un mocoso por unos segundos y me pidas, de la forma más civilizada que puedas, que te entregue mi poder. Así de simple.

Me quedé sin palabras. Y no porque lo que dijo fuera cierto (odio admitirlo, pero en alguna medida lo es), sino porque sentía como si aquellas palabras provinieran más bien de mi papá y no de Dracarys.

Mi cabeza empezó a palpitar, lo que me dio a entender que el hechizo se estaba agotando.

―D-raca...rys, ¿podrías d-darme tu po-der... p-p...?―traté de decir "por favor", pero no podía. Me asqueaba la idea de tener que pedírselo de esa forma, después de todo lo que estaba pasando.

―¿Qué dijiste? ―preguntó con arrogancia.

―P-ppor...p...

―No te escucho. Habla más fuerte.

―¡POR FAVOR!―escupí, gritando a todo pulmón con la fuerza que me quedaba―. ¡Por...favor, préstamelo!

―Mucho mejor ―dijo satisfecho y chasqueó los dedos.

La gema brilló nuevamente. Por un segundo creí que volvería a explotar, pero en vez de eso, sentí cómo el brazalete se calentaba. Me quemó la mano cuando intenté tocarlo. Gemí de dolor cuando el ardor empezó a correr por todo mi cuerpo como un río de fuego, de la cabeza a los pies. Era como si mi sangre, literalmente, estuviera hirviendo. El calor era sofocante, la sangre y la saliva de mi boca parecían evaporarse. Las lágrimas hirvientes me quemaban los párpados.

Me abrasaba, me lastimaba sobre lo que ya de por sí me dolía. Todo el sufrimiento provocado por el grifo había quedado opacado.

Fulminé a Dracarys con la mirada. Él me estaba haciendo esto.

―¡Dracarys! ¡Haz que pare!

―Lo siento, pero no puedo hacerlo. Lo que te esté pasando debe seguir su curso.

―Pero ¡me quema!

―No seas llorón, niño. Aguanta.

Aparté la mirada. No sé con exactitud cuánto duró la tortura. Solo deseaba que terminara. Quería que el dolor desapareciera. Quería escapar de ese lugar...

Quería vivir.

Cerré los puños y grité. Grité desde el fondo de mi ser. Clamando ayuda, presa del dolor y la desesperación, seguí gritando hasta quedarme sin voz.

Así como vino, el calor se fue apagando hasta desaparecer.

Y ahí estaba yo, parado como una estatua, sin decir nada, respirando con total normalidad, como si nada hubiese pasado.

―Se fue ―empecé a palparme el cuerpo―El dolor se fue...

Eché un vistazo rápido a la gran herida de mi pecho, solo para descubrir que todavía estaba ahí, pero extrañamente había parado de sangrar. Me sentía más fuerte, lleno de energía y mis sentidos se habían agudizado: podía ver, oír y sentir más de lo normal.

En eso, percibí un fuerte aleteo acompañado de una ráfaga de aire y me habría golpeado si no fuera porque salté a la izquierda instintivamente, esquivando el zarpazo del grifo, que giró la cabeza brevemente hacia mí antes de chocar de lleno contra el árbol, mientras yo aterrizaba de pie.

No podía creer lo que acababa de hacer. Hacía unos segundos estaba parado allá y de repente pasé al otro lado en una décima de segundo.

Primero el dolor había desaparecido a pesar de que todavía tenía las heridas y segundo, acababa de realizar una hazaña digna de una película de Marvel o de un anime Shonen de peleas.

―¿Qué fue todo eso? ―dije en voz baja, inhalando y exhalando frenéticamente.

―Nada mal; lograste esquivarlo ―comentó Dracarys.

Volteé a verlo, sorprendido por su repentina aparición, y algo confundido por su cumplido, que en realidad no lo era.

―Aunque yo creo que podías haber...―Dracarys se interrumpió.

―¿Qué te pasa?

―Nada. Solo que ese color de ojos no te queda. La próxima vez avísame antes de copiarme.

―¿Mis ojos? ¿A qué te refieres?

Saqué mi celular, algo preocupado por lo que dijo Dracarys. Milagrosamente no había sufrido ni un rasguño. Al mirarme por medio de la cámara frontal, vi que mi cara seguía siendo la misma, salvo por dos detalles: mi cabello había pasado de ser castaño a un color negro brillante, casi fosforescente, si es que tal cosa es posible, y los iris de mis ojos habían dejado de ser cafés para adoptar un color púrpura también fosforescente, iguales a los de Dracarys, solo que sin ser penetrantes.

Me temblaba la mano mientras me observaba estupefacto. Tuve que tocarme la cara varias veces para asegurarme de que lo que estaba viendo era real y no una ilusión en mi cabeza por la pérdida de sangre.

―Dracarys, ¿qué carajos me hiciste? ―susurré con enojo.

Bajé el celular al escuchar un gemido de dolor. El grifo se levantó lentamente y sacudió la cabeza con brusquedad. Giró hacia mí y tragué saliva al momento de cruzar miradas con él. Me percaté de la mancha rojiza en el lado derecho de su cara, ahí donde el fuego negro lo había quemado.

―Salta a la izquierda― ordenó Dracarys.

No me dio tiempo de preguntar por qué: salté justo a tiempo para evitar otra ráfaga, que solo desordenó mi cabello. Aterricé de pie otra vez, a unos centímetros de distancia del grifo. La espada y la bolsa estaban lejos, aunque el objeto más cercano era la primera. Mi objetivo era la bolsa; el único inconveniente era el grifo. No me gustaba la idea de tener que lastimarlo, pero sabía que tenía que quitármelo de encima si quería recuperar la bolsa.

―¡Niño, pon atención!

Más rápido de lo que me creí capaz, di un paso atrás y esquivé un golpe horizontal del grifo. Con una velocidad incrementada, lanzó otro golpe vertical, pero volví a esquivarlo, girando mi cuerpo a la izquierda, sin despegar los pies del piso. Aunque por fortuna los golpes no pudieron siquiera tocarme. Quería detenerme por un segundo y tomar un respiro, pero la situación me lo impedía.

Presa de la desesperación, el grifo rugió y, alzándose sobre sus patas traseras, lanzó otro zarpazo, que esquivé saltando como un conejo hacia atrás. El grifo siguió dando zarpazos frenéticamente, pero ninguno lograba siquiera tocarme. Mis piernas parecían moverse por sí solas cada vez que lo esquivaba, como si alguien me estuviera controlando. Empezaba a agotarme, pero a pesar del sudor y del cansancio, detenerme no era una opción.

Mi paciencia estaba llegando a su límite. Sabía que no podía esquivarlo para siempre, y ya me estaba hartando de que el grifo no me dejara ni respirar. Fue así que, cerrado los puños, me detuve en seco y lo golpeé en el pecho con todas mis fuerzas. El golpe fue tan contundente que el grifo salió disparado con violencia, estrellándose contra uno de los árboles, que cayó al suelo estruendosamente. Salté a la izquierda justo cuando el árbol estuvo a punto de aplastarme como un insecto.

Mirando el árbol caído con asombro, miedo e incredulidad, con el corazón latiendo a mil por hora, inhalé y exhalé rápida y frenéticamente, en un intento por calmarme, pero no funcionó. Sorprendido de mí mismo, me detuve y traté de poner las cosas en orden: primero, el dolor y el sangrado de las heridas se detuvo; luego obtuve una asombrosa y para nada extraña agilidad y reflejos aumentados, y por último descubrí que casualmente tengo superfuerza. No es por sonar quejumbroso, pero, ¿cómo era posible? ¿Acaso la gema me había dado un "Power Up" o algo por el estilo? Y si así era ,¿qué más sería capaz de hacer?

Ansiando una respuesta, grité:

―¡Dracarys!

No contestó. Estuve a punto de gritarle otra vez, pero luego me acordé de algo y me callé. Al otro lado del tronco destrozado, el grifo oscuro se encontraba tumbado en el suelo, inmóvil. No estaba seguro de si estaba muerto o no, pero no pensaba quedarme a averiguarlo.

Caminé a paso veloz hacia la bolsa. Al recogerla, me sentí aliviado porque el cachorro seguía dormido por el hechizo de Robin.

Encontré mi espada al otro lado del árbol caído. Estaba a punto de recogerla, cuando...

―¿Me llamaste?― preguntó Dracarys, apareciendo de la nada.

Solté un grito ahogado al escuchar su voz cerca de mi oreja.

―¡¿Esto va a volverse una costumbre entre nosotros?! ―lo fulminé con la mirada.

―Quién diría que todavía estás en pie. Te felicitaría, pero sigues sin convencerme. Y eso que...―Dracarys paró de hablar y echó un vistazo hacia el cachorro con falso interés―Así que tu plumífero amigo está bien.

Asentí con la cabeza inconscientemente.

―¿Y bien?― Dracarys posó la mirada en mí. ―¿Por qué me llamaste?

Puse en orden todas las preguntas en mi cabeza.

―Ok,quiero saber unas cuantas cosas, por no decir muchas. ―suavicé la voz, con la intención de sonar amable. Sin esperar a que Dracarys dijera algo, respiré hondo ―¡¿Por qué no me dijiste que tenía superfuerza?! ¿Cómo es que de la nada mis heridas están curadas? ¿Cómo es que...?

Una sensación en la garganta me interrumpió. Era la misma que tuve cuando me atraganté, solo que a otro nivel. Me froté el cuello tratando de relajarlo, pero no pasó nada. Entonces empecé a toser y mi visión se volvío borrosa. Caí de rodillas cuando sentí una punzada en el tobillo. Tosí y tosí cada vez más fuerte, intentando volver a respirar bien de nuevo. El miedo empezaba a apoderarse de mí, pues me aterraba la idea de que aquel dolor infernal regresara y deseaba con todas mis fuerzas que no lo hiciera. Tosí tan fuerte que terminé expulsando algo líquido, salado y pegajoso.

Era sangre.

¡No, otra vez, no!

―¡Oye! ―protestó Dracarys― No se te ocurra manchar la gema de sangre, ¿eh?

―¡¿Qué está pasándome?!― Mi voz sonaba ronca y no paraba de toser.

―Te diré lo que pasa: Llevaste tu cuerpo hasta el límite y ahora estás pagando el precio. En pocas palabras, gastaste energía, tiempo y maná.

―¿Como que gasté maná? ¿Cuánto me queda? ¿Y a que te refieres con "tiempo"? ¿Acaso esto tiene un límite o algo así?

Dracarys suspiró con frustración.

―Ve la gema.

―¿Qué?

―¡Que mires la gema!

Sobresaltado, le hice caso. No notaba nada extraño en ella; seguía confundido. ¿Que tenía que ver la gema con que ya no tuviera maná?

Antes de que pudiera sacar una conclusión, Dracarys se me adelantó:

―Verás, niño. La gema es menos brillante que antes ―quedé sorprendido, pero no pude evitar recriminarme mentalmente por pasar por alto ese detalle.―Eso significa que no te queda mucho maná. Además, esta así porque te di unos cinco minutos de magia, mismos que estás desperdiciando.

―¿Cinco minutos?― pregunté exaltado, y me volvió a atacar la tos. ―¿Y cuánto me queda?―

―Tres minutos... más o menos.

―¿Como que "más o menos"?

Un leve quejido me interrumpió y los dos volteamos hacia el grifo que, tembloroso, volvía a ponerse de pie. Quedé petrificado. Me resultaba difícil creer que, a pesar del golpe que le había dado, seguía vivo. Y lo peor era que no me quedaba mucho tiempo de maná, por lo que volvía a encontrarme en peligro.

Todavía tenía la posibilidad de salir de allí; era demasiado pequeña, pero existía. Sacudí la cabeza y miré de nuevo la bolsa. Yo solo me había metido en aquella situación. Si se la hubiera entregado desde el principio, el grifo oscuro se la habría llevado y no hubiese tenido que pasar por todo esto. Lástima que no fue así y, pues, ya saben el resto. Aun si le devolviera la bolsa, me mataría de todas formas; bueno, siempre y cuando no muriera desangrado. Lo que ocurriera primero.

De cualquier modo, ya no podía dejarla. Ya había llegado hasta ese punto, de sacrificar mi vida para salvar al cachorro, como para no lograrlo. Ya no me iba a permitir pensar de esa forma, no si aún tenía la oportunidad de salvarnos a los tres. Mi objetivo ya no solo era sobrevivir, sino que, pasara lo que pasara, protegería a ese grifo bebé a toda costa.

Así que tomé la espada del suelo y la sostuve temblando. Tan solo al dar el primer paso, el grifo oscuro inclinó la cabeza y emitió un ruido áspero, similar a la tos, y de su pico salió sangre. Supuse que debía haberle roto las costillas y no pude evitar sentirme un poco culpable, pero no me había quedado de otra, por lo que hice a un lado esos pensamientos y puse atención a lo que tenía enfrente.

―¿Vas a hacerme caso ahora, niño?―preguntó Dracarys.

No dije nada, solo asentí.

―Bien, a partir de este momento, vas a hacer todo lo que yo diga.

―De acuerdo; ¿qué sigue?

Dracarys permaneció en silencio por unos segundos.

―Agáchate.

Antes de preguntar por qué, me giré y alcancé a ver al grifo saltando hacía mí a toda velocidad con las garras extendidas. Me agaché rápidamente, a la vez que sentía una poderosa ráfaga de viento desordenar mi cabello. Acto seguido, rodé a la derecha sin soltar la espada ni la bolsa.

Me levanté nuevamente y me puse en guardia, pero al momento de hacerlo, mi vista comenzó a nublarse otra vez, lo que sumado al mareo y la tos con sangre, hizo que las cosas empeoraran todavía más. Las piernas me temblaban y los brazos perdían fuerza. Tuve que sacudir la cabeza y parpadear rápido, luchando por mantenerme en pie.

―Dos minutos, niño.

No tuve que analizar demasiado a qué se estaba refiriendo Dracarys. El grifo intentó tomarme por sorpresa lanzándome un zarpazo hacia la cara. Lo esquivé a duras penas, pues el mareo y la vista nublada casi me hicieron perder el equilibrio. El segundo zarpazo lo eludí brincando, pero el tercero fue vertical e iba dirigido a mi cabeza. En lugar de quitarme, lo bloqué con la espada. Para mi fortuna, ésta no se rompió, pero el sonido del choque fue como de metal contra metal.

La fuerza del impacto ocasionó que perdiera el equilibrio y cayera boca abajo. Rodé en el suelo como una pelota, pero el grifo cayó sobre mí, inmovilizándome. La bestia daba picotazos en el aire mientras acercaba su cabeza en un intento por morderme la cara; de no haber sido porque coloqué la hoja de la espada sobre su cuello, me habría triturado el rostro con el pico.

Mis fuerzas iban disminuyendo paulatinamente, y alcancé a ver por el rabillo del ojo cómo la gema iba perdiendo cada vez más brillo.

―¡Queda un minuto! ¡Haz algo!

Aquello fue suficiente para aumentar mi adrenalina. Con toda la fuerza que reuní, empecé a levantarme, empujando al grifo en el proceso. Lo aparté de un empujón, y justo cuando estaba a punto de contratacar, le propiné un puñetazo con la mano izquierda, directo al pico. La bestia chilló de dolor y retrocedió. Sacudí la mano mientras daba dos pasos atrás.

¡Ahora morirás!

La voz del grifo resonó en mi cabeza, y sus ojos verdes llenos de ira me helaron la sangre.

Me llamaba la atención que nunca dijera más de tres palabras, pero no era el momento para ponerme a analizar el porqué.

Presa del pánico, traté de pensar en algún hechizo, pero por más que intentaba, tenía la mente en blanco. Entonces recordé el ultimo que había usado Robin para defenderse de mi ataque.

Extendí el brazo derecho. Inhalé hondo y grité:

―¡Prote...! ―sin dejar que terminara, el grifo me dio un fuerte zarpazo en la mejilla izquierda.

Permanecí inerte en mi sitio, asombrado por la rapidez del ataque. Evidentemente uno debía tener un repertorio de hechizos y la habilidad para usarlos en cualquier momento, y quedaba claro que yo carecía de ambos.

Me llevé la mano a la mejilla, y la retiré al constatar que sangraba. Lo sorprendente no era eso, sino que el golpe que recibí no se sintió como un arañazo, sino como una cachetada. Igual a la que mi papá me propinó cuando le grité...

Fue entonces cuando apareció un nuevo sentimiento que opacó mi asombro. Cerré el puño y me le quedé viendo al grifo de la misma manera en que él me miró.

Con ira.

Sentí cómo la sangre me empezaba a hervir. Hasta entonces había estado procurando esquivar cada uno de sus ataques. Estaba hasta la madre de tener que aguantarlo. Creí que con solo golpearlo sería suficiente, ¡pero ya no más! Esta vez, me tocaba a mí.

Pero antes...

―¡Dracarys!―grité, sin tomarme la molestia de ocultar mi ira―.¿Cuánto me queda?

―Cincuenta segundos.

―Perfecto ―susurré para mí. Luego reí como un idiota por unos segundos mientras sostenía la espada con ambas manos. Era enfermizo, pero la rabia me invadía a tal grado que lo único que deseaba era matarlo. El grifo pareció sorprenderse por mi cambio repentino de actitud, pero no demasiado.

Apretando la empuñadura con fuerza, grité:

―¡Me toca!―

Salté al frente y lancé un ataque vertical hacia su cabeza. El grifo brincó hacia la izquierda y esquivó mi ataque, pero no me detuve. Tracé un golpe horizontal hacia su cuello, pero fallé.

La batalla se prolongó. No tengo idea de cuánto pudo haber durado. Cegado por la ira, gritaba y daba espadazos a diestra y siniestra en un patético intento por golpearlo. Iba contando en mi cabeza el tiempo que me quedaba de energía mágica.

El grifo abrió sus alas, alzó el vuelo y trató de ponerse fuera de mi alcance, pero di un gran salto y, en el aire, logré darle un tajo en un ala. La bestia aulló de dolor y cayó. Aterricé sobre mis pies, igual que un gato. Sentí un breve temblor en las piernas, pero no me importó.

Chillando de dolor, el grifo se levantó tembloroso. El ala tenía una herida profunda, una gruesa línea roja oscura que goteaba, al mismo tiempo que estaba doblada en un ángulo dolorosamente incómodo. Trató de volar, pero solo consiguió permanecer en el aire por unos segundos antes de volver a caer.

Sonreí jadeante al darme cuenta de lo que había hecho. Ya no podía volar y, por ende, no podía escapar. Estaba atrapado. Había equilibrado la balanza a mi favor; logré que estuviéramos a mano.

Mi mente seguía con la cuenta (28, 27...) mientras el grifo, más furioso que nunca, se alzó sobre sus patas traseras y lanzó su garra hacia mí. Deseoso por terminar con esto de una vez por todas, solté un grito de guerra y, finalmente, luego de tanto sufrimiento y tanta tortura, le di la estocada definitiva.

La punta de la espada le dio justo en el hombro derecho. El chillido de dolor que emitió la bestia me produjo satisfacción. Desenterré la espada rápidamente y me alejé cuando su sangre cayó sobre mi cara. El grifo se tambaleó y, después de haber luchado tanto tiempo, cayó. Y no volvió a levantarse.

Por unos instantes me sentí poderoso, fuerte, invencible. Y aun quería más. Desvié la mirada hacia la espada manchada de sangre.

―Bien hecho, niño ―dijo Dracarys. El grifo aún respiraba, y creo que los dos sabíamos que podía intentar volver a atacarme, porque enseguida ordenó―:Y ahora,¡mátalo!

Asentí y alcé la espada sobre mi cabeza. Dentro de mí sabía que tenía que hacerlo. Tenía que matarlo. Era la única forma de asegurarme de que me dejara en paz. Además, se lo merecía; después de todo lo que me había hecho, debía sufrir. Debía morir.

Iba cortarle la cabeza.

Pero me detuve.

Simplemente, me detuve.

Parpadeé. De pronto me sentía como si hubiera estado dormido durante todo ese tiempo y entonces lo comprendí. Con un nudo en la garganta, lo comprendí. Suena muy incoherente, pero durante los últimos segundos que estuve peleando, no me había dado cuenta de lo que estaba haciendo. El deseo de venganza se había apoderado de mí. Me costaba creer que había sido capaz de llegar hasta ese punto. Me sentía sucio.

Hazlo.

La voz del grifo me imploraba. La mirada esmeralda de sus ojos me hizo temblar.

Mátame, ¿qué esperas? Acaba con mi sufrimiento, hazlo. ¡Hazlo ya!

Mis brazos temblaban mientras sostenía la espada. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me sentía desorientado. ¿Qué debía hacer? Las voces de Dracarys y el grifo me presionaban. Mientras uno me ordenaba que matara, el otro lo apoyaba indirectamente. Me estaban haciendo pedazos.

Grité a todo pulmón y, cansado de todo, arrojé la espada lo más lejos que pude. El grifo, que había cerrado los ojos pensando que le cortaría la cabeza, los abrió de golpe y se me quedó mirando con asombro.

―Solo vete― le dije con voz temblorosa, llorando a lágrima viva.. ―No voy a matarte. Lárgate, antes de que cambie de opinión...¿¡Qué estás esperando!? ¡Dije que te fue...!

Mi voz se rompió, o eso creí, pues la oración se desvaneció sin que pudiera concluirla. Antes de que me diera cuenta, la sangre brotó de la herida en mi pecho. La respiración se me cortó, el sabor metálico de la sangre ascendió hasta mi paladar en un borbotón, pero lo peor era el dolor, un dolor más allá de mi imaginación, que inmovilizaba mi cuerpo y aplastaba mi cabeza como una uva.

Quería gritar, pero la falta de aire en los pulmones me lo impedía.

―Se te acabó el tiempo― escuché que decía Dracarys justo antes de caer de lleno en la tierra.

No pude moverme, mucho menos levantarme. Me sentí listo para desmayarme, y sabía que esta vez no iba a despertar. Había luchado el tiempo necesario para mantenerme en pie. Luego de forzar todo mi cuerpo, había llegado a mi límite.

Cuánto tiempo permanecí despierto, no lo sé. Lo último que recuerdo haber visto fue que el grifo se incorporaba por tercera vez antes de clavarme su penetrante mirada. No me molesté en hacer nada; ya no tenía caso. Antes de cerrar los ojos, entreabrí los labios y susurré:

―Perdón.

Después de eso, no supe más.