El cuerpo viejo no reclama al tiempo ni el tiempo es clemente con el cuerpo viejo. Es la mente la única irónica. Ególatra. La única a la que el tiempo favorece; la que se avergüenza del cuerpo rezagado mientras ella se engrandece. Aun así es caprichosa, terca y ansiosa, hasta hacer al cuerpo enfermar; y él, amable, le presta su boca para cantar sus risas y sus ojos para lavar su llanto, sus piernas para encontrar el camino perdido y sus brazos para sostenerlo una vez encontrado.

Porque inclemente no es el tiempo claro u oscuro que avanza sin descuido, sino la mente que no ama ni agradece a su propio cuerpo.