Causa sui

The State of Dreaming

—O—

(Disclaimer)

Los personajes y escenarios de ésta historia me pertenecen y no permito su reproducción, parcial o total, sin mi permiso.

(Resumen)

—A veces pasa —me dice, como si tal cosa, mientras me masajeó la muñeca adolorida.

—O—

No puedo evitar gritar, produciendo un sonido agudo que resulta sorpresivo incluso para mis oídos, cuando la mano del hombre se aferra a mi muñeca, con tanta fuerza, que estira la tela de mi ropa y hace que la parte superior resbale por mi hombro, exponiendo piel desnuda y llena de pecas. Está frío, de tal modo que parece casi húmedo, y sus dedos son tan firmes como mármol.

Noto el calor del pánico recorriéndome la nuca y la espalda al mismo tiempo que pasos apresurados se acercan por el corredor, al otro lado de la habitación, para averiguar qué está pasando. Empiezo a forcejear y al gritar «¡Déjame en paz!», con la garganta adolorida por el esfuerzo de graznar de esa forma, terminó mordiéndome la lengua y haciéndome daño. La sangre me sabe a hierro contra el paladar.

Sebastián, mi superior, aparece en la puerta de doble hoja, que abre de un empujón, y, por un instante, se queda pasmado ante la escena, hasta que recupera el control con una inhalación, negando con la cabeza, como si estuviera decepcionado en vez de aterrado, igual que lo estoy yo. Una pequeña sonrisa aparece en la comisura de su boca e, internamente, lo maldigo: ¿cómo puede divertirle algo así?

Le dedico una mirada suplicante y avanza hacia nosotros para socorrerme. Sujeta la mano del hombre y lo obliga a abrir los dedos, gruñendo por lo bajo debido al esfuerzo, permitiéndome liberarme.

—A veces pasa —me dice, como si tal cosa, mientras me masajeó la muñeca adolorida y él coloca de vuelta el brazo del hombre en la plancha de autopsias, con un cuidado casi reverencial—. Se llama espasmo cadavérico —se encoge de hombros y yo frunzo el ceño, animándome a mirar el cuerpo.

La sangre sigue brotando en mi boca y su sabor se mezcla con el de la bilis que me sube por la garganta.

Quizás sería más fácil trabajar aquí si no ocurrieran éste tipo de cosas y sujetos como éste no murieran con desconcertantes expresiones de terror que el rigor mortis mantiene en ellos como si hubieran sido cinceladas en su carne. Lo miro a los ojos, extrañamente fijos en mi cara a pesar de estar velados y, por un segundo, es casi como si lo oyera gritar «¡Ayúdame!», pero eso es imposible, una necedad de mi parte, sobre todo después de haber pasado por un momento de terror.

—Acaba de una vez para irnos a casa, ¿sí? —me dice Sebastián, antes de marcharse otra vez, a terminar de llenar los reportes del día.

Asiento, más para mí que para él, tomo la cuchilla eléctrica y me dispongo a abrirle el cráneo a éste individuo para pesar su cerebro en la balanza.

Trato de no sentir que es una revancha por haberme dado uno de los peores sustos de mi vida.

—O—

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