Junio.

Consigna: Relato ficción histórica

Titulo: Sin libertad

Contexto: Revueltas pre-revolucionarias. Específicamente en la Hacienda de Vallehumbroso en mi rancho.

P.D. Gracias a mi amiguito Kentverger que me ayudó a abrir los compartimentos de mi cerebro donde esta información estaba guardada.


El sonido de los grillos comienza a amortiguarse conforme la hacienda cobra vida a tu alrededor. Un día más o un día menos en tu existencia, depende de cómo lo veas, aunque no supone una diferencia, eres totalmente reemplazable para el hombre que entró hace tantos años por la puerta de tu vieja casa preguntando por tu madre.

Recuerdas esa mañana con una claridad inusitada. La falda blanca y la blusa de holanes que la envolvían, su aroma a leña verde y maíz tostado. Él preguntó por la partera del pueblo, esa era tu madre. Llegó ofreciendole un futuro mejor, un techo y trabajo; « Cruzando el desierto hay oportunidades inimaginadas para alguien como usted» le dijo. Acepto, como muchos otros del pueblo. Abandonaron los árboles frondosos, los ríos claros y el calor que se te pega a la piel.

Ahora tú estás ahí, en ese lugar hermoso con arcos gigantescos que proyectan sombras curiosas sobre el piso al paso del sol. Pero ella ya no está junto a ti. Hace tiempo que corres sola de un lugar a otro llevando recados, tus pies desnudos levantan polvo a cada pisada. A veces piensas poco y añoras más el pasado. No sabes si ese hombre mintió, tienes trabajo y un techo, sí, pero a veces dudas de que venga un futuro mejor.

Lo dudas cuando anotan cada día más números junto a tu nombre cuando los tlacos no te ajustan, lo dudas cuando te vas a la cama con sólo un tazón de frijoles mal cocidos en el estómago, lo dudas cuando la niña de la casa grande te dice que tu nunca podrás ser hermosa. Lo dudas desde que tu madre ya no está para ponerse frente a ti cuando el látigo cae sobre tu espalda por no moverte lo suficientemente rápido, por no saber obedecer.

Y es que eres terca, te aferras a la libertad que te arrebató una falsa promesa de un futuro. Maldices, desde que supiste como hacerlo, al hombre que las arrastró a ese lugar con miradas amables y palabras vacías. Y aún así, sigues ahí. No puedes marcharte, tus deudas se acumulan en saldarlas se te irá la vida.

Los perros levantan el hocico cuando pasas a su lado rumbo a la cocina. El día comienza a clarear mientras mueles los granos en el metate, el movimiento cadencioso de las llamas del fogón te hacen pensar en espiritus danzantes, de esos que los negros de la hacienda hablan en las noches de luna, mientras cuentan historias de un lugar más allá del mar.

A veces te pasa, niña ingenua, que te gana la imaginación. Te pierdes entre las historias que escuchas, las sensaciones que te provoca tocar las cosas al cocinar y terminas arruinándolo todo, como hoy. «¡Que se te quema! ¡dejes de tocar los elotes, muchacha!» te grita la cocinera criolla que ha llegado desde Puebla para complacer a tu Ama, mientras, el mole humea sobre el fuego que se ha avivado demás.

Sientes el impacto del cucharón de madera en tu cráneo, ha apuntado a la misma zona que lastimó el dia anterior con el rodillo para el pan. «¡Esta era tu última oportunidad en la cocina! ¡largo!» te grita. Intentas sacar la comida de la lumbre tocando con las manos desnudas el barro ardiente. No soportas el calor.

Con saña descarga otro golpe sobre tus manos, inevitablemente sueltas la olla. Cierras los ojos esperando otro azote al escuchar como truena el barro en el piso y sientes el guiso quemarte los pies. Pero el golpe nunca llega. Temerosa abres los ojos. La cocinera, Jacinta, mira el piso como si incluso ella temiera a quien ha llenado la estancia con su presencia.

Te vuelves lentamente para ver que, en la puerta de la cocina está parado el hombre al que maldices entre dientes, observándote. Sientes su mirada recorriendo tu ropa raída ahora manchada por el chile que has dejado caer. « Ven » dice, la cocinera y tu dudan. No están seguras de a quién va dirigida la orden, pero es ella quien se atreve a decir «¿Señor…?», gruñe como un perro molesto y te señala antes de darse la vuelta.

En silencio avanzas detrás de él, al llegar a la puerta vuelves la cabeza para ver a Jacinta, por un instante su rostro refleja preocupación. Al salir escuchas ruidos inusuales, gritos, el choque de los azadones contra el piso. Ambos saben que algo no va bien.

Van atravesando el patio central, rumbo a la capilla cuando escuchan los primeros disparos. Tus dudas sobre si la niña necesitara ayuda con sus vesidos de mil lazos desaparecen cuando llega un hombre a caballo gritando que han matado a Don Ramón. El hombre que apunta cada semana un número junto a tu nombre.

Por dentro algo te revolotea, te gruñen que desaparezcas. Y sales corriendo, conoces otro camino para llegar a la tienda. Es más largo que atravesar el patio principal y dar vuelta a la izquierda, pero necesitas saber, en el camino observas a otros hombres que corren bajo los arcos con los machetes en mano y gritos de guerra escapando desde lo más profundo de su alma. Avanzas pegadita a la pared, aunque nadie te preste atención.

Giras junto a las cuadras y el caos se abre paso en tu mente. Las balas van y vienen, la sangre corre sobre la tierra tibia. Quieres que te horrorice la visión, pero no puedes. Encuentras fascinante como las manchas rojas se expanden lentamente por las camisas blancas de los hombres que te han gritado que te van a llevar al monte a pasear, mientras intentan levantarte las faldas al pasar.

Respingas cuando sientes una mano grande posarse sobre tu hombro. Es el negro al que llaman José, aunque ese no sea su nombre. Silencio, te dice con un gesto, el dedo indice sobre sus labios cerrados. Lleva una escopeta colgada al hombro, el cuchillo con el que corta nopales en el cinturón y un machete en la mano.

Con una sonrisa que enseña todos los dientes te dice bajito «Huye». Así notas que le falta uno y tiene varios rotos, la sangre escurre entre ellos. Te deja ahí, con un machete de hoja corta y mango negro. Se mueve cerca del jaleo y comienza a disparar. Ya no sabes si deseas seguir ahí. Pero ¿a donde partir? ¿qué harás?. Quieres llorar « Huye » te dijo pero no tienes más a donde ir. Por mucho que te aferres a tu pasado, no sabes como volver.

Intentas regresar sobre tus pasos, pero más hombres del Señor de la casa vienen por el mismo camino que has seguido tu, ¡Por allá! Gritas cuando uno te nota. Te reconocen, muchas veces les has servido la cena. Para ellos eres inofensiva, la niña torpe de la cocina que tira los platos y quema las tortillas. Se van de largo sin notar el machete que escondes detrás de tu falda.

Te quedas ahí parada, escuchando. Es claro quienes van perdiendo. Las balas pegan más que las hojas de metal. Todo termina tal como empezo, rápido y desordenado. Desde donde estás puedes ver que José fue de los primeros en caer. Y es ahí cuando lo ves. Ese hombre se ríe mientras a su alrededor reina la muerte.

No necesitas juntar valor cuando el rencor y el desprecio bullen por dentro, con coraje tomas un machete con las dos manos. Tiene la punta mellada. Con un grito corres hacia él. No te escucha, sòlo ríe su victoria. Se cree inmortal. Esa es tu ventaja. Sientes como la hoja se desliza en su interior y te pierdes en el color brillante de la sangre manchando la tela que tantas veces has lavado para él.

Empujas con más fuerza cuando notas que deja de entrar, como cuando trozas los huesos de las reses los días de matadero. Escuchas algo crujir y su grito se vuelve agónico. Cae frente a ti. Sueltas el machete para no caer con él. Todos te observan. Durante un segundo, el silencio fue espectral. Con un rugido el plomo estalló. Por suerte para ti, pequeña, apuntaron directo al corazón.

No tuviste un momento de realización, no saboreaste tu victoria. Pero ganaste la inmortalidad. Los hombres contarán mil veces como clavaste con fuerza la hoja en su espalda y te llevaste contigo al capataz que te robo la libertad. Tu no serás olvidada.