Junio: Ficción histórica (en tu país de origen).


En el que se muestra un refugio.

«La historia es en realidad el registro de crímenes, locuras y adversidades de la humanidad.»

Edward Gibbon.

Si bien el mundo comenzó a cambiar con el surgimiento de los Talentos, aquellas habilidades sobrehumanas que se desarrollaron debido a la radiación de las bombas atómicas de la Segunda Guerra Mundial, nadie podría haber explicado la razón de que varias personas con Talentos se congregaran en la península de Yucatán, que se consideraba a una considerable distancia de Hiroshima y Nagasaki.

Algunos creen que se debe a que, a pesar de lo que llegaron a pasar, los nativos de aquel punto del planeta se negaron a perder su identidad y con ello, estuvieron dispuestos a pelear por lo que consideraban su tierra, el sitio donde su cultura y sus familias habían florecido por generaciones.

Muchos de esos nativos, buscando justicia, se vieron sobrepasados por el deseo de aniquilar a quienes no eran de los suyos, sin recordar que varias de las personas a las que querían lejos de sus tierras, por el simple hecho de vivir allí, ya amaban el lugar y de manera sincera, no les deseaban ningún mal.

Fue terrible ver a toda esa gente acribillarse entre sí, sin ver más allá de sus diferencias físicas, ideológicas o de fe. Si bien era cierto que había cosas que debían cambiar, no significaba que por ello perecieran más inocentes de los que cualquiera hubiera deseado. No se sabía ciencia cierta, pero en cuanto el caudillo Chi se negó a reconocer un convenio que concedía ciertas peticiones de los suyos, a las pocas semanas cambió de parecer y solicitó la revisión del convenio antes de dar su aceptación. Fue eso lo que, a la larga, unió más a los líderes y les hizo ver que había más de una manera de ir a la guerra y con menos pérdidas humanas.

Así, se fue alzando el cimiento de lo que lo que llegaría a conocerse como Mayabté, un país pequeño y curioso, lleno todavía de un montón de costumbres de antaño, pero reconociendo poco a poco a quienes les llevaron lo que el resto del mundo tenía para ofrecer, para bien o para mal.

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Mayabté ha sido, desde hace ya un par de siglos, un ejemplo para la república vecina (de la que una vez formó parte). Muchos han pensado que, en base a sus antecedentes, que su existencia sigue en pie gracias a una inusual conjunción de afortunadas circunstancias. Sin embargo, ¿de qué sirven las circunstancias, si no hay gente que las haga realidad?

Por donde se mire, Mayabté muestra lo que es combinar exitosamente lo antiguo con lo nuevo. Las señales están en todas partes, desde los edificios hasta las vestimentas. Si bien se vive en sus ciudades como en muchas otras del mundo, Mayabté se enorgullece de lo que fueron antes de que los extranjeros llegaran y también de lo que pueden lograr con los que llegan a aceptar de buena gana en sus terrenos.

—Siempre me sorprende venir. Se siente bien.

Todo eso, decide, es lo que hace especial a Mayabté para la gente con Talentos. Eso y la libertad de uso de dichos Talentos, siempre que se siguieran ciertos lineamientos.

¿A quién se ha ocurrido semejante premisa en las leyes de ese país? No se sabe con exactitud, pero la van a aprovechar como nunca.

—Llegamos para la Pira —oye comentar a su acompañante por lo bajo, al pasar por el centro de la capital de Mayabté.

—¿Por qué lo dices?

—La están preparando.

Se gira hacia la plaza que se extiende a su derecha y efectivamente, están acomodando lo que parecen troncos pesados pero cortos, listos para ser encendidos.

—No sabía, no se me dan las fechas —indica, sin venir a cuento.

—Nadie creería eso, con todo lo que lees. Lástima que no podamos verla.

Asiente en silencio y sigue andando.

La Pira es una tradición de aquel país, porque emula a un evento que dio fin a la cruenta guerra que casi acaba con gran parte de la población de lo que ahora es Mayabté. Es parte de un ritual en el que incluso el gobierno participa (con las debidas precauciones, claro), pues en la hoguera que se enciende durante el evento, se queman representaciones de cierto dios antiguo, lo mismo que alguna cosa que se quiera dejar atrás.

Mayabté tiene varias anécdotas sobre lo que se ha intentado lanzar al fuego de la Pira, pero sabe que no es el momento de detenerse en ello.

—Quedamos en el Popol, ¿verdad? —inquiere, en cambio.

—Sí. Estará a reventar de mexicanos, pero eso siempre es así en temporada alta, así que no llamaremos la atención.

Eso es cierto. Como único vecino terrestre, México inundaba a Mayabté con turistas, entre otras cosas. El simple hecho de hablar el mismo idioma en ambas naciones se ha vuelto un símbolo de que han sido una sola república en el pasado, y que ahora coexisten sin mucho problema.

Solo espera que no estén a punto de crear algún problema entre ambas naciones.

—¡Llegamos!

El Popol era un restaurante bastante grande, de tres plantas y un área exterior que tiene vista a la playa más cercana. En varios de sus muros interiores, hay bonitos murales pintados por artistas locales, en los cuales se relata algunos de los pasajes más importantes de la Historia de Mayabté, sobre todo aquellos en los que participara algún nativo. Como el establecimiento es de una familia con ascendencia maya, no es de extrañar semejante decoración.

—¿Reservación para diez, señorita? A nombre de Nicté.

La encargada, tras verificar la información, asiente con la cabeza y les pide que la sigan, con lo cual atraviesan media planta baja hasta llegar a una mesa rectangular, larga y bien dispuesta para los futuros ocupantes.

Inmediatamente, su acompañante da las gracias y se sienta a una de las cabeceras, abriendo a continuación el menú que tiene delante, encuadernado en cuero marrón de imitación.

—Espero que a los demás les guste aquí.

—A mí siempre me ha gustado.

—A ti te gusta todo lo que alimenta ese don tuyo, querido.

—Bien dicho. ¿A qué hora llegan los demás?

—Deben estar aquí en unos veinte minutos. Menos mal que va a ser más o menos temprano, porque luego con la Pira apenas nos dejarán pasar por la calle cuando acabemos.

Es cierto y no tiene idea de cómo se le ha podido pasar. El acto que incluye la Pira es muy concurrido y a muchos les gusta sentarse cómodamente en las gradas que los servicios gubernamentales disponen para ese fin. Eso significa que, desde varias horas antes, se van a acumular los espectadores, ya sea que alcancen sitio en las gradas o no.

—¿Crees que a tus ancestros les gustaría lo de la Pira? —preguntó, curioso.

—Probablemente no la entenderían al principio, pero viendo que la honramos con su dios del fuego, seguro acaba gustándoles. ¡Oye, eso es menos horrible que lo que hacían antes para honrara a la diosa del suicidio! ¡Suicidio, querido!

—Te he escuchado todas las veces que me lo cuentas. Menos mal que, por muy independiente que sea, Mayabté no se quedó en los tiempos antes de la Colonia.

Nicté asiente, radiante, armando una conversación superficial pero animada.

Es cierto que la Historia dicta que Mayabté es pequeño y receloso, sobre todo con su vecino a rastras de esa casa. Sin embargo, a fin de cuentas, al final sigue siendo uno de los tantos países con los que el resto del mundo se ve en la necesidad de convivir.

Los que escriben la Historia quizá no lo sepan, pero no hay nada mejor para transmitir los hechos reales que un testigo convencido de narrar la verdad.