Julio: Un relato sobre el paso del tiempo.


En el que los minutos son rápidos y lentos.

«Un día te despertarás y no habrá más tiempo para hacer las cosas que siempre habías querido. Hazlas ahora.»

Paulo Coelho.

No hay nada mejor para el nerviosismo que el ver un reloj.

En el Popol hay dos o tres de estos artefactos, a la vista de los clientes, seguramente para ofrecerles un modo de ubicarse en su vida diaria si es que llegan a ir con prisa. Al menos, eso es lo que imagina, porque la mayor parte de los que visitan con cierta frecuencia el establecimiento, lo hacen con cierta calma, a sabiendas de que se van a pasar ahí un rato considerablemente largo.

Para empezar, el restaurante tiene un excelente menú. La mayor parte de los platillos son típicos de las distintas regiones en las que se divide el pintoresco Mayabté, pero también hay unas cuantas cosas con influencia extranjera que no están nada mal.

Mira el reloj más cercano (uno de forma redonda y aspecto sencillo, que casi se camufla con el mural que tiene a menos de un metro de distancia), decide que no hace daño un aperitivo y estira una mano para tomar la carta. Se la señala a su acompañante, quien niega con la cabeza al tiempo que consulta algo en su teléfono celular, por lo cual se encoge de hombros.

Sin saberlo, le lleva más de lo esperado el decidirse por una de las sopas más sencillas, porque la siguiente vez que se fija en el mismo reloj de antes, la manecilla minutera ha avanzado casi una cuarta parte de la circunferencia, respecto a la posición anterior que recordaba. Frunce el ceño, mira a su alrededor y enseguida arquea una ceja.

¿En qué momento llegaron la mitad de sus invitados?

—¡Hola! —saluda uno de ellos, dedicándole una alegre sonrisa—. No quisimos interrumpirte, parecías en la luna con todo lo que ofrecen aquí.

—En cierta forma —admite, cerrando su carta y colocándola en la mesa, delante de sí—. ¿Cómo has estado?

La otra persona sonríe un poco más y comienza a relatar un poco de su última semana, con lo cual comprueba, al menos de pasada, que parece estar bien.

Por fortuna no es lo contrario, considerando que la otra persona cuenta con un Talento.

Ve de nuevo el reloj por el rabillo del ojo. Esta vez se sorprende que, conforme su charla ha avanzado, la minutera no recorriera tanto la carátula, pero qué se le va a hacer.

—¡Bien, parece que estamos todos!

—No —indicó una de sus invitados, con diferencia el que ha estado más callado desde que arribara—. Nuestro dúo maravilla avisó que llegaría tarde.

—¡Van a venir! Es que no me confirmaron.

—¿Para qué pediste una mesa tan grande, pues?

—¡Por si acaso!

A su alrededor, se desatan algunas risas.

—Bueno, van a llegar tarde, pero ¿qué tan tarde? Porque en la Plaza habrá fiesta y pronto apenas podrán pasar para acá.

—No mucho. Apenas va a ser la hora de reunión, ¿no? Dijeron que media hora más.

—¡Eso es una eternidad! Si no les importa, voy a ir ordenando uno de los platos más grande, ¿sí? Será para todos y como es un poco complicado, podrían traérnoslo más o menos para cuando lleguen esos dos. ¿Desde dónde vienen, por cierto?

—De la capital mexicana, de hecho. Tenían unos asuntos allí. Un par de días más que se hubieran tardado en llamarnos y no hubieran podido venir.

—¡Pues qué suerte la nuestra!

Sí, ha sido una verdadera suerte. Tal vez para cualquier oído indiscreto o despistado, el que se hable de dos personas como un "dúo maravilla" sea solo un halago y no intente pensar demasiado en ello, pero para los que están sentados a esa mesa, deleitándose con cosillas sencillas del menú, significa mucho más.

Después de todo, si los Sparkos somos lo de ahora, es en gran parte gracias al mentado "dúo maravilla".