Junio: Ficción histórica en Latam, África o China + 500 palabras


En el que una persona mueve a un dios.

Cuando inició el Movimiento Separatista, K'awil no planeaba estar allí para presenciarlo.

Aquel lugar se estaba convirtiendo lentamente en el centro de un desastre y, convenientemente, las gentes más encumbradas no querían verlo. Es más, estaban poniendo de excusa el trato que estaba dándole la república a su territorio, traicionando ciertos tratados que se firmaran poco antes, para seguir con su estilo de vida, que incluía dejar en los estratos sociales más bajos a quienes no consideraran dignos de su atención.

Fue observar las reuniones de los nativos con un sirviente lo que hizo que K'awil reflexionara en lo que quizá estaba gestándose ante las narices de los hacendados.

A K'awil le gustaba pasearse por donde a pocos se les ocurría mirar bien, aprovechándose de los escondites y las sombras parecían ponerse de su lado cuando lo suyo era el fuego y la luz. Fue así cuando, sin quererlo realmente, se topó con un evento que, si bien ya se había desarrollado antes, hasta el momento no lo había tomado demasiado en serio.

Sin embargo, el que un sirviente se viera rodeado de gente con atuendos indiscutiblemente nativos, sí que era para tomarse en serio.

K'awil conocía a los nativos, por supuesto. Fueron sus ancestros quienes le habían dado el primer soplo de vida. Por eso mismo, sabía que no estarían de buena gana con alguien que consideraran en el bando de la gente que los oprimía.

Sí, los nativos estaban en clara desventaja en su propia tierra, desde hacía siglos, y K'awil podía percibir la creciente y escondida rabia que estaba a punto de explotar.

Guerra —oyó que decía el sirviente, mirando con cuidado los rostros de quienes lo rodeaban—. Sí, eso es lo que están proponiendo. No digo que su causa no sea justa, pero sí les pido que la piensen detenidamente. Estas tierras y las del resto de la república ya han sufrido mucho por la guerra y todavía hay familias que no se recuperan de ella. ¿Vale la pena otra guerra?

¿Y seguir esperando a que esos blancos decidan que también somos personas?

No era normal de los nativos hablar así, pensó K'awil. Quiso salir de su improvisado escondite tras un muro de adobe, pero prefirió no hacerlo.

Intuyó que ayudaría más escuchando que actuando.

A mí no me tratan mucho mejor que a ustedes —aseguró el sirviente, al tiempo que con un ademán se señalaba la cara, tan oscura blancos eran sus dientes—. Trabajo para ellos, recibo sustento de ellos, pero no me consideran igual a ellos. Tampoco puede decirse que sea uno de ustedes, pero quiero creer que los comprendo más, porque no me es indiferente el sentimiento de ser excluido de mi propia casa.

Ajá, K'awil lo vio más claro entonces. Daría cualquier cosa porque su primo Ku estuviera allí, a él se le daba mejor leer entre los hilos del destino para descubrir lo que pasaría.

Los nativos, por mucho que se dividieran en castas, iban a levantarse en armas.