Nunca una cama había parecido tan amplia; a pesar de que estabas junto a ella y podías sentir su respiración rozar tu mejilla, lo que otrora eran centímetros hoy se convertían en kilómetros. La distancia también era relativa.

Ella sonreía, y darías todo por ser dueña de su sonrisa onírica; pero no más, lo sabías. Te diste cuenta cuando en horas de la madrugada, cuando te creía dormida, la viste observar su móvil con una mirada que conocías mucho, pero que pensaste extinta. Vanesa estaba enamorada, lo sabías. Y tú no eras la dueña de ese sentimiento. No más.

Acariciaste desde su mejilla hasta la comisura de su labio sonriente y suspiraste… ibas a extrañarla. Lo harías.

Le habías dado una oportunidad de contarte todo y ella decidió perderla. Mañana sería tarde.

Besaste con delicadeza sus labios y te levantaste de la cama con un dejo agónico. Sería la última vez que pisarías la habitación de ese piso universitario. Cogiste lo poco que tenías ahí y lo guardaste en tu mochila; imaginaste quién sería la próxima persona que compartiría esa cama con quién pensaste era el amor de tu vida. ¿Cómo era? ¿Qué había visto tu Vanesa en ella?

Un sentimiento espeso se apoderó de tus emociones sustituyendo la angustia. ¿Cómo jodidos había echado al tarro dos años de relación?

Buscaste en tu móvil esa foto en la que mientras te besaba, miraba con picardía a la cámara.

Las etiquetas no se hicieron esperar.

Mañana Vanesa estaría fuera del clóset.