El día pasó en calma para Namirielle. Por la noche Syrkail le había dado una poción que la hizo dormir hasta bien entrada la mañana, cuando se despertó con las energías completamente renovadas gracias a las largas horas de sueños vacíos, sin pesadillas ni nada que la atormentara.

Pero la realidad seguía ahí. No podía estar sola mucho tiempo, ni siquiera en su cuarto donde las salvaguardas reforzadas por Syrkail la protegían de cualquier peligro: el más mínimo sonido la sobresaltaba, se asustaba hasta de su propia sombra.

Ahora estaba sentada en un banco en los jardines, leyendo con gran atención el libro de nácar, tratando de aprender. Aunque Syrkail le había asegurado que no era necesario pues ellos la protegerían, pero Namirielle no quería ser una carga. Es más, ni siquiera debería quedarse en el castillo, temía ponerlos en peligro estando allí.

Una mano se posó en su hombro. Con un grito se puso en pié, soltando el libro y mirando con los ojos desorbitados al recién llegado. Solo era Grayan, quien se sobresaltó notoriamente con su reacción.

— ¡Soy yo! —ella respiró hondo, llevándose una mano a la altura del corazón. Le latía con fuerza—. Aquí no tienes por qué tener miedo.

—He de tenerlo en todas partes —Repuso la joven, recogiendo el libro del suelo y apretándolo contra su pecho.

Grayan la miró largamente. No le había contado lo ocurrido en el castillo de Korsten, pero por lo que Syrkail les había explicado a todos intuía lo horrible que fue para la pobre muchacha. Aquello lo llenaba de una furia ciega contra el Rey Oscuro, incapaz de entender cómo podía aterrorizar así a una joven tan dulce y encantadora.

—Qué raro que Oro no esté contigo, nunca se separa de ti —Comentó, advirtiendo la ausencia del gato.

—No lo veo desde… bueno, desde lo que pasó. Creo que se escapó, probablemente se aburría de estar aquí dentro todo el tiempo —aventuró. Lo cierto era que lo echaba de menos, la reconfortaba el abrazarlo y acariciar su suave pelaje negro—. Tal vez vuelva pronto.

—Seguro que sí. Te adora… como todos —Añadió para sí, de forma que ella no lo escuchó.

Silencio. Namirielle repasaba las líneas plateadas en una página del libro, sin leer en realidad lo que ponía. Era consciente de los ojos oscuros de Grayan fijos en ella, compasivo, sintiendo lástima y ternura por la muchacha.

—Grayan…

—Esto no se quedará así, Namirielle —Le aseguró muy serio y decidido.

—Grayan… tú no lo entiendes. Sé que quieres enfrentarte a él pero es demasiado poderoso, te mataría en el acto.

— ¡Me da igual! —estalló, harto. Llevaba demasiados días con aquello dentro, corroyéndole las entrañas—. No puedo soportar verte sufrir así, se me parte el corazón cada vez que veo ese temor en tus ojos, la tristeza por la pérdida de tu amiga. No es justo, tú no has de pasar por esto, no lo mereces.

—Korsten es libre gracias a mí, eso me hace responsable.

—Te obligaron —replicó, cogiendo una de sus manos y besándola en el dorso—. Syrkail dice que quieres marcharte, ¿Por qué?

Desvió la mirada hacia el horizonte. Desde allí se veía una parcela del Lago a los lejos, los altos árboles que comenzaban a resurgir con la primavera; era una vista hermosa, podría pasearse por los jardines del Castillo del Lago durante horas día tras día.

—No es prudente que me quede más tiempo. Y bueno, de todas formas siempre fue temporal —le recordó—. Mi hogar está en el Templo Blanco, solo vine aquí porque soy la única capaz de leer el libro, para descifrar lo que aquellos brujos querían. Ahora sabemos que su objetivo era liberar al Rey Oscuro, lo lograron a mi costa y pagaron con sus vidas. Ya no hay motivos para que permanezca en Norwen.

—Sí los hay —afirmó Grayan, apretando más fuerte su mano blanca como la leche en contraste con su piel aceitunada—. Desde que llegaste aquí las cosas son distintas. Mi padre siempre ha sido un hombre serio y distante, nunca se inmiscuía en los asuntos de los demás más de lo necesario. Pero cuando te oyó cantar… no sé, es como si algo que llevaba dormido en él desde la muerte de mi madre despertarse de pronto. Nunca lo había visto tan angustiado por alguien como en la noche de tu desaparición. Él te aprecia mucho, como a pocas personas, rebosas una luz y alegría tan puras que todos a tu alrededor podemos sentirlas. Nadie quiere que te vayas… yo no quiero que te vayas —Añadió con dificultad, en voz más baja.

Namirielle lo miró con ojos brillantes, sorprendida ante la intensidad en sus palabras, incapaz de decir nada. Él le acarició una mejilla con la yema de los dedos.

—Eres maravillosa, nunca he conocido a nadie como tú y quisiera borrar toda esa tristeza de tu corazón, todo ese miedo, pero no sé cómo. Y yo también tengo miedo, miedo a que un día desaparezcas y no vuelva a ver tu sonrisa, la alegría que se refleja en tus ojos cuando ríes… no quiero perder todo eso.

Ella estrechó su mano.

—No sufras por mí —Le pidió. Igual que a él le dolía verla triste, a la muchacha le ocurría lo mismo.

Grayan sonrió al ver su preocupación. Era tan cándida, tan misericordiosa y buena.

— ¿Cómo no voy a sufrir por ti, si te quiero? —ella abrió mucho los ojos, desviando la mirada y soltando su mano. Pero el norwentano se acercó más, tomando su barbilla haciendo que lo mirase otra vez. Sus ojos se encontraron—.Te quiero —Repitió con mayor énfasis.

La muchacha abrió la boca para decir algo, pero Grayan se lo impidió cuando acercó sus labios a los suyos, besándola con suavidad. Era la primera vez que la besaban, fue una sorpresa inesperada para ella; un beso tierno, titubeante. Namirielle cerró los ojos dejándose embargar por las múltiples y confusas sensaciones que en ese momento la sobrevinieron.

Se separaron al cabo de unos segundos, mirándose fijamente el uno al otro sin saber qué decir.

—Yo… —musitó Grayan, de pronto incapaz de mirarla a los ojos—. Creo que es mejor que me vaya… lo siento.

Namirielle habría querido decirle que no lo sintiera, que no se fuera, pero no lo hizo; no podía articular palabra, anonadada y completamente enmudecida por el asombro.

Se llevó confusa una mano a los labios, ¿De verdad la había besado? En ningún momento lo esperó. Nunca se había imaginado cómo se sentiría al ser besada por alguien, pero le gustó. O eso creía, no podía saberlo dado que desconocía cómo debía ser un beso, qué sentiría.

Empezó a replantearse sus sentimientos hacia el hijo del Duque. Era consciente de que lo quería mucho, en el poco tiempo que llevaba en Norwen se había convertido en alguien indispensable para ella, ayudándola a soportar la fuerte ausencia de Jaridia ¿Podía ser amor?

Poco después regresó a su habitación, sumergida en cavilaciones. Cada vez que miraba a través de una ventana o salía a las almenas veía una parte del Lago, y aquello la hacía recordar lo que la adivina había visto en las líneas de su mano: agua, la respuesta a todas sus preguntas.

No se había acercado a aquel lugar desde que la secuestraran a ella y a Jaridia, pero intuía que debía hacerlo y sabía que tarde o temprano acabaría acudiendo.

Tras mucho pensarlo, acabó por hacer en solitario el mismo trayecto que una vez realizara en compañía de su gran amiga. Muchos recuerdos la embargaron durante la ruta, pero logró contener la tristeza. No debía sentirse así cuando pensase en Jaridia, a ella le gustaría que la recordara con una sonrisa. Se esforzó en sonreír.

Estaba sola en mitad de la foresta, muy cerca del lugar en el cual apareciesen los brujos negros y aquello le inspiraba cierto reparo. Tenía que haber pedido a alguien que la acompañase pero sentía la necesidad de hacerlo sola, sin Syrkail, Kailette o Grayan a su lado por mucho que la turbase todo aquello.

Guiada por su instinto dio con la orilla del Lago. Se arrodilló, extendiendo el libro de nácar sobre la hierba ante ella. A su alrededor solo se escuchaba el murmullo del agua mecida por el viento, apenas una suave y ligera brisa que acariciaba sus cabellos color miel. Cerró los ojos disfrutando de la paz.

Pero cuando los abrió no pudo evitar estallar en sollozos.

—E-estoy tan sola, t-tan perdida… —hablaba para sí, su bonita voz entrecortada—. Yo no quería esto, no lo quería…—miró el Lago, metiendo los dedos en el agua—. Si de verdad soy una raschida, ¿Entonces por qué no he podido evitar la muerte de Jaridia? ¿Por qué, por mucho que busque en el libro, no encuentro la forma de sellar a Korsten? ¡Solo quiero que esto acabe! —exclamó, abrazándose a sí misma—. Ni siquiera pido algo para mi, solo que los demás estén bien… pero no puedo hacer nada por ellos —Murmuraba, cerrando nuevamente los ojos para detener las lágrimas.

— ¿Por qué dices eso? —Preguntó una suave y delicada voz junto a ella.

La muchacha alzó la cabeza, mirando al frente. En el agua se encontraba una mujer de extraordinaria belleza vistiendo un vaporoso vestido blanco de gran sencillez, su cabello castaño claro mojado, ojos azules como el lago contemplándola con dulzura.

La mujer sonrió, una sonrisa que irradiaba una bondad indescriptible. Namirielle no podía dejar de mirarla, a ella y su refulgente aura.

—Eres una raschida —No podía dar crédito a que estuviese allí.

La dama del agua asintió.

—Igual que tú —le acarició una mejilla con su mano húmeda, llevándose las lágrimas consigo—. No llores, cuéntame lo que te sucede —Pidió, y su melódica voz era el mejor consuelo que la muchacha podría tener.

Procuró poner orden en su mente antes de hablar.

—Me secuestraron —empezó a contar—. Fueron unos brujos que querían liberar a un poderoso hechicero...

—Korsten, el Rey Oscuro —Nombró la raschida, comprendiendo de quién le hablaba.

Ella asintió. Ni se planteó cómo lo sabía, las raschidas poseían una sabiduría más allá de lo imaginable.

—Mi amiga fue asesinada, no pude hacer nada para evitarlo. Era una buena persona… —respiró hondo, conteniendo el llanto que la embargaba y preguntándose interiormente si algún día podría hablar de todo aquello sin dolor—. Hace tres días Korsten me llevó a su castillo. No sé cómo fui a parar hasta ese lugar, solo sé… solo sé que escuché una voz, su voz, y necesitaba encontrarlo.

Le sonrió ampliamente.

—Eres una raschida, la música te hace fuerte y frágil por igual. Él lo sabe y por eso la utiliza, siempre lo ha hecho. Es su principal talento, lástima que no lo aproveche como se debería...

—Perdí el conocimiento —continuó—, cuando desperté estaba de regreso a mi habitación en el Castillo del Lago. Supongo que él me trajo, pero, ¿Por qué? ¿Qué pretende con ello?

—A veces los motivos de las personas son como las profundidades del mar; oscuros y desconcertantes. Imagino que no conoces el mar —comentó, y Namirielle negó—. Cuando lo veas comprenderás muchas cosas. Y lo verás pronto, está en tu destino. Pero has de tener cuidado —añadió—. Te aguarda el peligro y el engaño, pero también el amor y la luz. Escoge bien el camino que recorres, no dejes que cuanto te rodea te confunda y desvíe de tu deber. Porque estás destinada a hacer grandes cosas, mi niña —sonrió más, con cariño—. Lo supe desde que naciste.

Namirielle frunció el ceño.

— ¿Qué quieres decir?

—Mi pequeña, siempre he estado cerca de ti. El viento me susurraba tus pasos mientras crecías ignorante de quien eras —suspiró—. Me habría gustado estar contigo todo este tiempo, pero con la muerte de tu padre y todo lo que ocurrió cuando naciste… tuve que dejarte, aunque me alegra ver que fue en tu beneficio y que has sido feliz todos estos años.

Namirielle no podía dejar de mirarla, reconociendo el cabello color miel como suyo, la forma de los ojos aunque los de la joven eran de un azul más claro, la piel blanca como la nieve, la forma de su rostro… no podía ser, pero algo en su interior le decía que así era.

— ¿…M-madre? —Tartamudeó.

La ternura en sus ojos azules creció. Le cogió una mano, acariciando la pequeña marca entre los dedos índice y pulgar que Korsten le hiciera.

—No hagas caso de lo que veas pues puede ser falso, pero tu corazón siempre encontrará la verdad que ocultan las sombras. Escúchalo y sigue tu instinto, entonces sabrás lo que hacer cuando tengas que decidir.

Y con estas palabras empezó a deshacerse ante ella, como si fuera agua. Namirielle apretó con más fuerza su mano, queriendo retenerla consigo.

—No, madre, por favor… no te vayas todavía —Le suplicó, las lágrimas amenazando con brotar de nuevo.

Sus manos solo cogían agua, la raschida desapareciendo en la superficie del Lago, dejándola sola de nuevo.

Se abrazó a sí misma, llorando otra vez. Era la primera vez que veía a su madre, a quien siempre creyó muerta. No estaba preparada para ello, pero la felicidad que la invadió fue tan grande que no le cabía en el pecho. Permaneció así mucho tiempo, no supo cuánto pues había perdido la percepción de este. No dejaba de pensar en aquel encuentro y en qué le había dicho, intentando comprender.

Seguía confusa, el agua no había resuelto sus dudas, aunque su madre le sugirió que el mar la ayudaría. Quizás la adivina se refería a esa agua en concreto. No importaba, conocer a su madre era ya algo grande para ella.

Lo pájaros ya no cantaban, tampoco escuchaba ninguno de los sonidos propios del bosque. No estaba segura, pero algo en el ambiente había cambiado de pronto, lo notaba en su piel de pronto fría, un cosquilleo poco agradable en el estómago. Tenía que marcharse.

Se apresuró en recoger el libro de nácar y ponerse en pié, sintiéndose acechada.

— ¿Tienes prisa? —Le llegó una voz de sobras conocida, su hipnótica cadencia poniéndole la piel de gallina.

Se dio la vuelta muy rígida, descubriendo a Korsten junto a los árboles, apenas visible por las sombras que estos lanzaban sobre él y la larga capa negra que lo envolvía.

Su primer impulso fue abrazar el libro, refugiarse en él, pero este salió volando de sus brazos sin que pudiera evitarlo en dirección a Korsten quien lo cogió del aire.

—Hermoso libro —Comentó deleitándose con su diseño, abriéndolo y ojeando algunas páginas sin intentar comprender lo allí escrito, sabedor de que no podía leerlo.

Namirielle no dijo nada, apretaba los puños contra sus caderas, desprotegida. Ahora no tenía con qué defenderse.

—No temas —volvió a hablar el Rey Oscuro—. No voy a obligarte a ir a ningún sitio que tú no quieras —garantizó y la muchacha nuevamente guardó silencio, poco convencida—. Solo vengo a disculparme por el trágico incidente de la otra noche —Reveló, alzando sus ojos dorados del libro y mirándola atentamente.

Namirielle frunció el ceño, confundida. No era lo que esperaba oírle decir.

— ¿Por qué? —Logró articular. No lo entendía.

Él salió de la sombra de los árboles, acercándose al lago, pero se detuvo cuando vio que la joven retrocedía por miedo.

—No era mi intención asustarte entonces, solo quería enseñarte mi música —le explicó, y sus palabras sonaron sinceras para ella—. Pero… —aquí suspiró, sentándose en la hierba bajo sus pies, colocando el libro a un lado, su mirada vagando por el Lago ante sí—. Cuando no quisiste cantar me enfurecí, no estaba preparado para tu negativa y la oscuridad en mi interior es demasiado fuerte, a veces no puedo evitar que se apodere de mí. Yo no quería asustarte, Namirielle, solo deseaba escuchar tu voz y suplicarte que… —No continuó, agachó la cabeza guardando silencio.

Lo miraba sin pestañear, sorprendida por lo que estaba viendo. Parecía tan triste y abatido, pero Namirielle no era capaz de concebir el motivo, no después de lo que había presenciado en su castillo.

—He venido —prosiguió Korsten— para pedirte perdón por todo el sufrimiento que haya podido causarte, pero también para rogarte que acabes con el mío —alzó la cabeza volviendo a mirar el agua, sus largos dedos acariciando la superficie nacarada del libro—. Antes de convertirme en lo que soy, cuando Karlensse existía y yo era su rey, hice cosas terribles. Lo sé, y me arrepiento de todo. Pero yo no quería este poder, eso no es cierto. Me maldijeron, un brujo me engañó condenándome a lo que ahora ves, y… —Su bella voz se extinguió paulatinamente.

La joven permanecía en silencio, contemplándole anonadada, escuchando. Korsten se miró las manos con frustración, volviendo a hablar:

—Estos poderes… cada vez que pienso en las cosas que he hecho con ellos, en lo que podría llegar a hacer... y la oscuridad, la eterna existencia a la que estoy sujeto por culpa de la oscuridad. Solo quiero ser el hombre que era, vivir tranquilo en algún lejano lugar sin tales tormentos.

Namirielle escuchaba cada palabra pronunciada por su bella voz, que trasmitía una tristeza y desamparo tan grandes que la muchacha no podía menos que compadecerse de él. Dio un paso en su dirección, lástima en sus ojos azules, pero cuando Korsten giró el cuello para mirarla se detuvo asustada: aunque por un momento había olvidado su temor, este seguía vigente.

— ¿Podrás perdonarme algún día, Namirielle? —Era una súplica.

Ella respiró hondo, afectada. No podía negarse ante la ansiedad de su mirada, la atravesaba como una lanza.

—Dices que puedo acabar con tu dolor —habló al fin—. Pero, ¿Cómo? ¿Qué puedo hacer yo? —Preguntó insegura al respecto.

—Puedes hacer mucho más de lo que piensas —afirmó con pleno convencimiento—. Lejos de aquí, en una pequeña isla al otro lado del mar, hay un lugar muy especial; el último sitio que vi antes de que me sellaran las raschidas. Allí está mi alma pero yo no puedo liberarla, necesito a una raschida para completar el hechizo. Te necesito a ti más concretamente, pues fuiste tú quien me liberó —ella ladeó la cabeza, pensativa tomando asiento en la hierba—. Pero no puedo usar mi magia para acceder a la isla, tendríamos que realizar un largo viaje. Entenderé que no quieras emprenderlo.

—Me gustaría ayudarte —confesó, sincera porque en verdad sentía aquel impulso—. Pero tengo dudas. Tal vez Syrkail…

Korsten negó.

—El archimago no puede intervenir —dijo, rotundo—. Intentará evitar que vengas conmigo por miedo a lo que no entiende. Él no es como tú, no ve las cosas como lo haría una raschida.

—Pero… —No podía hacerlo sin hablar con el elfo, necesitaba que le confirmase que hacía lo correcto.

—Namirielle, no puedo quedarme aquí mucho más tiempo. El archimago es muy poderoso, tiene todo el castillo, los alrededores y este Lago controlados con su magia. Es solo cuestión de tiempo que detecte mi presencia e intente cazarme. ¿Quieres ayudarme? —ella asintió con inseguridad al cabo de varios segundos—. ¿De verdad deseas hacerlo? —volvió a asentir, más firme esta vez—. Entonces ven conmigo, acompáñame a la isla. Lo único que quiero es recuperar mi alma. Prometo que estarás a salvo a mi lado.

Las dudas seguían arremolinándose en su interior, luchando con sus deseos de ayudarlo y el miedo que le inspiraba. Aunque parecía solemne e inofensivo, sentado en la hierba totalmente inmóvil para no asustarla, percibía la enorme oscuridad en él y su poder. No era sensato aceptar, no sin hablar con los demás.

—Iré, pero primero tengo que recoger mis cosas... —Le dijo, esperando ganar tiempo así.

—No. Si vuelves al castillo hablarás con ellos, no te dejarán volver y vendrán a buscarme.

—Te prometo que no —repuso, mirándolo con sinceridad—. Entraré en mi habitación y cogeré lo más indispensable, no tardaré más que unos minutos.

Negó con la cabeza.

—Lo único que necesitas es el libro de las raschidas —dijo, cogiéndolo y deslizándolo a través de la hierba hasta donde ella estaba. Namirielle lo recogió, acunándolo entre sus brazos—. Lo demás puedo conseguírtelo yo por el camino, cualquier cosa que desees. Solo tienes que aceptar.

Lo meditó. Creía en sus palabras, su instinto no percibía malas intenciones en él, y su naturaleza bondadosa la incitaba a ayudar a todo aquel que lo necesitaba. No podía negarse, ni siquiera en esta ocasión.

—Está bien, iré contigo —Cedió al fin.

Se puso en pié de inmediato, a lo que ella dio un respingo: había permanecido tan quieto, que el movimiento la había sobresaltado.

—Tenemos que darnos prisa, antes de que descubran mi presencia y te echen en falta —Le ofreció una mano para ayudarla a levantarse.

La joven observaba largamente su mano; no se veía capaz de aceptarla, tocar su piel. Pero Korsten al percatarse de ello la retiró, una ligera sonrisa tirando de las comisuras de sus labios.

—No te preocupes, lo entiendo —Dijo, caminando hacia los árboles.

Ella se levantó, apretando el libro contra su pecho y siguiéndolo con lentitud, a una prudente distancia.

Avanzaron entre los árboles, adentrándose en la foresta que a medida que se alejaban del castillo se volvía más frondosa. Namirielle no tardó en tener complicaciones para avanzar, enredándosele la falda y los cabellos en las ramas bajas. Pero no se quejó y mantuvo el ritmo del Rey Oscuro, quien iba delante tranquilamente mientras le hablaba sobre aquel bosque:

—Hace más de doscientos años una guerra bastante larga asoló este lugar ¿Ves esos árboles? —indicó con un ademán los restos de unos troncos ennegrecidos, de los que a duras penas quedaba rastro—. Son uno de tantos indicios de lo que ocurrió.

— ¿Quién ganó? —Preguntó ella, despacio.

—Yo.

Silencio. Siguieron caminando, saliendo a un claro que daba al Lago. Tenían que rodearlo, algo que les llevaría su tiempo.

Caminaron durante mucho tiempo con el Lago a su derecha. Namirielle se distraía observando los árboles o con la cadente voz de Korsten, quien seguía contándole historias y leyendas sobre aquel lugar claramente para hacerla sentir más cómoda en su presencia. Y lo lograba, pero solo un poco, lo que tardaba en recordar lo ocurrido la otra noche.

No supo cuánto tiempo habían estado caminando pero finalmente el Lago quedó atrás, adentrándose en el Gran Bosque que rodea Norwen. La joven, quien no conocía la zona muy bien, se sintió un poco perdida.

— ¿A dónde vamos? —Preguntó, nada más él terminó el relato sobre un músico que había llegado hasta el Lago buscando inspiración y recibió la visita de una raschida.

—A Ainatesirte —le respondió, sin volverse—. Es un pueblo pesquero. Allí iniciaremos el viaje.

Namirielle se abrazó a sí misma, frotándose los brazos y notando a través del algodón blanco que tenía la piel fría por el ambiente fresco del bosque. Sus ojos azules no se despegaban de la espalda de Korsten, caminando delante de ella a una prudente distancia.

Pasaba el tiempo, él ya llevaba un buen rato en silencio, la muchacha no sabía si porque no le quedaban historias sobre aquel lugar que contarle o por otro motivo.

— ¿No está un poco lejos? —Comentó para romper el silencio. Que ella supiese, Ainatesirte se encontraba al menos a una semana de viaje por el noroeste.

Se volvió, sobresaltándola y haciendo que se detuviera insegura en el sitio. El Rey Oscuro le sonreía levemente, con algo parecido a diversión reflejándose en sus ojos dorados.

—Las distancias no siempre se recorren igual, son relativas— dijo enigmáticamente, acercándose a ella que retrocedió un paso en consecuencia—. Tranquila, no voy a hacerte nada malo —Le garantizó con suavidad.

La inquietud y el recuerdo de la noche en el castillo se apoderaban de Namirielle pero quería darle una oportunidad, por algo había accedido a viajar con él. Se obligó a quedarse quieta, temblando mientras Korsten se detenía a medio metro.

—Estamos fuera del perímetro del archimago, ya no puede detectarnos —le explicó—. ¿Sigues queriendo venir conmigo? A partir de aquí ya no podrás cambiar de idea. Debes estar segura.

Namirielle lo pensó de nuevo.

—Quiero ayudarte, ya lo dije antes junto al Lago, pero no estoy segura de que irme así sea buena idea…

—Me tienes miedo —Simplificó él.

—No me has dado motivos para no tenerlo, precisamente. Y mis sentidos… desde que tengo uso de razón he sido capaz de ver el aura de quienes me rodean —tragó saliva con dificultad—. Nunca había visto nada como tú. Ni siquiera necesito tocarte para sentirme enferma, tu proximidad es suficiente. Y el miedo lo empeora.

El Rey Oscuro suspiró.

—Eres una raschida, no puedo engañar a tus sentidos. Percibes mi poder, lo que soy, y no está en mi poder cambiarlo. Pero también puedes intuir cuáles son mis intenciones, ¿Pretendo hacerte algún daño? —Preguntó mirándola con curiosidad.

Buscó en la bruma oscura que era su aura. El estómago protestó ante aquello, pero Namirielle aguantó las nauseas lo mejor que pudo.

—No creo que quieras hacerme daño —Afirmó. Ya en el Lago lo había sabido.

—Entonces podemos continuar, ¿O has cambiado de idea? Sería comprensible que lo hicieras, no te lo reprocharía.

Ella asintió. Korsten alzó las manos colocándolas sobre sus hombros, cosa que la cogió desprevenida, más aún cuando todo a su alrededor empezó a girar y se volvió nebuloso. Cerró los ojos, mareada, pero la sensación desapareció casi al momento y los abrió de nuevo. Ya no estaban en mitad del bosque, ante ellos a poca distancia se erguía lo que parecía un pueblo.

Sacudió la cabeza, llevándose una mano a la frente, confundida al ver el cielo gris cuando antes había estado azul celeste sin una sola nube, y los árboles ligeramente moteados de blanco. Nunca había visto un árbol con manchas blancas.

— ¿Qué es esto? —se acercó a uno, tocando con cuidado aquella blancura; estaba frío y se derretía ante su toque. Tenía que ser nieve—. ¿Dónde estamos? No parece Norwen.

—Y no lo es —corroboró Korsten uniéndose a ella e imitando sus gestos, tomando un poco de nieve en una mano—. En invierno los bosques del norte son cubiertos por la nieve, pero no llega a Norwen tan al sur.

—Oh… tiene un tacto raro —comentó, tan encantada como una niña con un juguete nuevo. Adoraba descubrir cosas nuevas, aprender—. No me has dicho donde estamos —Recalcó.

—En la frontera sur de Ainatesirte. Ven, es mejor que lo veas de cerca.

Lo siguió por el camino que conducía al pueblo.

—Pero Ainatesirte está al noroeste, a muchos días de Norwen, ¿Cómo hemos llegado tan rápido? —Quiso saber, dándose prisa para quedar a su altura y no detrás.

El Rey Oscuro sonrió sutilmente ante sus numerosas preguntas.

—He acortado un poco el viaje —Fue su respuesta, enigmático.

Magia, pues. Teniendo en cuenta lo lejos que el pueblo costero se hallaba de Norwen, Namirielle agradeció internamente que los llevase allí sin más preámbulos. No quería ni imaginarse el largo viaje a pie o a caballo, habría sido terrible para ella.

Pero no se sintió mejor al recordar la gran distancia que la separaba ahora de sus amigos. Pensó en Grayan y Syrkail, en cuanto se iban a preocupar cuando no apareciera. Y estar sola, una muchacha que jamás había salido del templo donde se criase hasta muy recientemente, tan lejos de lo que conocía… aquello la superaba con creces, no estaba preparada.

Tan metida en sus pensamientos como se encontraba en aquel momento, no fue consciente de que ya estaban dentro del pueblo, caminando por las plateadas calles de piedra, los adoquines reluciendo de forma singular.

¿Era aquello Ainatesirte? Tratándose del lejano norte, había esperado encontrar mayores diferencias: las calles no eran muy distintas de las que había visto en Norwen, a excepción de aquel brillo nacarado que lo envolvía todo, cuyo origen desconocía pues nunca había estado en la costa. Hacía frío, mucho más del que Namirielle había experimentado nunca, la gente se vestía con varias capas de lana y pieles demostrándole lo poco acorde que era su fino vestido blanco para ese clima. Se abrazó a sí misma, lamentando no tener nada de abrigo consigo.

Un gélido soplo de aire le acarició el rostro haciéndola estremecerse de frío, un frío más cercano a un crudo invierno sureño que a cualquier primavera incipiente que ella hubiera vivido. Un suave murmullo llegó a sus oídos y se quedó muy quieta; aquel sonido etéreo, familiar a la vez que desconocido, le recordó al movimiento del agua.

Buscó con la mirada pero no podía verlo desde allí, todo lo que tenía a su alrededor eran casas. Sonaba cerca, cadente como el flujo de un río pero diferente, más poderoso, como cien ríos unidos. Necesitaba verlo, la ansiedad por encontrarlo era atroz e ilógica pero inconscientemente natural, como si un desconocido instinto hasta ahora dormido la instase a ello.

Korsten seguía avanzando pero ella no lo siguió por la ancha y limpia calle, sino que tomó otro camino guiada por aquel recién descubierto instinto y su fino oído. El Rey Oscuro no tardó más que un instante en advertir la marcha de la joven, en sus ojos reflejándose claramente lo mucho que le desconcertaba aquello.

— ¿Namirielle? —La llamó, viendo como ella se internaba por una estrecha callejuela.

No lo escuchó, estaba demasiado ensimismada como para reparar en cuanto la rodeaba.

La calle descendía en anchos y bien cuidados peldaños de piedra, grises como todo allí, y Namirielle los bajó primero con paso tranquilo, aumentando cada vez más la velocidad y finalmente de dos en dos.

Llegó al pié de los escalones cuando Korsten la alcanzó, cogiéndola de un brazo para frenarla.

— ¿Qué ocurre?

El sonido de su voz la hizo volver a la realidad, saliendo de sí misma, siendo consciente del agarre sobre su brazo y tirando de este para que la liberase.

—… Suéltame —Pidió, incómoda con el suave remolino que se formó en su estómago.

Así lo hizo, la muchacha frotándose el brazo para aliviar el pequeño hormigueo que lo recorría debido al contacto físico. Miró a su alrededor, de pronto desorientada.

— ¿Y este lugar? —Le preguntó, mirándolo interrogante.

Korsten no pudo menos que sonreír ante aquella cuestión.

—No lo sé, tú nos has traído hasta aquí —respondió, a lo que ella frunció el ceño—. ¿No te acuerdas? —Notó su confusión.

—Pues… sí, pero… —volvió su mirada hacia las casas que tenía ante ella, al cielo cubierto por nubes oscuras que anunciaban lluvia inminente. ¿Qué era aquello que la atraía con tanta fuerza hacia ese lugar?—. ¿Qué hay más allá de esas casas, Korsten? —Quiso, o más bien, necesitó saber con urgencia.

Intuyó la respuesta un instante antes de que él se la diera:

—El mar.

La condujo por diferentes calles, rodeando las altas casas grises construidas ante el mar y llevándola junto a lo que su instinto raschida había percibido con antelación.

Namirielle no había visto nunca una masa de agua tan grande como aquella que tenía ante sus agrandados ojos colmados de asombro. Parecía infinito, tanto que no podía ni siquiera concebir donde acababa. Era tal su magnitud que la golpeaba duramente la impresión. Jamás había visto el mar y aunque había leído mucho sobre él, verlo era muy distinto. Y a la vez, algo le decía que así era como debía ser, en el fondo de su corazón afloraba un sentimiento de reconocimiento y familiaridad.

Abrazada al libro de nácar observaba el caprichoso flujo de las olas, hechizada con aquel hecho, cómo rompían contra las rocas bañándolas en blanca espuma. No se perdía ni un solo detalle, casi podía sentir en su piel las corrientes meciéndola como una cuna líquida.

Korsten no miraba el mar, lo que le interesaba era la reacción de la joven ante la visión del que era su hogar por naturaleza. En aquel momento había algo sobrenatural en ella, sus ojos azules tan inmensos como las profundidades del mar que la cautivaba.

—Te está llamando, ¿Verdad? —no lo escuchó, solo existía el mar para ella, no era consciente ni de su presencia ni de nada anclado a la tierra—. Te reclama como una parte de él, lo sientes en tu interior y deseas perderte en las olas. Tan delicada y frágil, sientes que allí estarás segura.

Por una vez despegó su atención del mar, mirando al Rey Oscuro aún distraída.

— ¿Has dicho algo? —Al parecer sí le había escuchado, aunque muy vagamente a juzgar por su mirada perdida.

—No te preocupes —le restó importancia—. Tenemos que irnos ya —Comentó entonces.

Asintió obligándose a levantar un pie y dar un paso, seguido de otro, y otro más. Antes de alejarse mucho se dio la vuelta, contemplando el mar de nuevo con anhelo.