Hola, subo esto como prueba, díganme qué les parece.


Capítulo 1: No tengas miedo.

No sabía por dónde empezar, así que decidí empezar por Fausto.

Fausto es un pichón de pocos centímetros. Tiene algunos tonos de amarillo, pero mayoritariamente su plumaje es celeste. Por eso se le considera un miembro del clan Kiritino. No me preguntéis qué significa kiritino porque yo de lingüística no entiendo. Sólo sé que la palabra tiene algo que ver con la risa estridente y chillona de estas criaturas, que a menudo recuerda al kikirikí de un gallo.

A donde van los kiritinos llaman la atención, son unos artistas. Y Fausto no es la excepción. Desde que aprendió a volar no ha parado de molestar a los vecinos con sus giros y piruetas, acompañados de gritos de júbilo y risas. La bandada entera aplaude su progreso. Para un kiritino, la vida comienza cuando despliegas las alas.

Claro que eso también significa peligro.

— Enano, hoy no te separás de mí—dice Ernesto, el mayor de los pichones de la bandada. Bajo su responsabilidad quedan todos los demás cuando los adultos no están. Es el primer día de escuela y el viaje hasta el Árbol del Saber es un vuelo largo.

Fausto viaja en cabeza con Ernesto a la derecha. Tras él vienen sus dos hermanas. Julieta, la mayor, no le quita el ojo de encima y tiene bien agarrada del ala a Sami, la mediana. Desde la segunda línea, Julieta lidera el resto de la bandada.

—¡CRUZAMOS AHORA!—grita, y la bandada entera avanza violentamente como si fueran un solo individuo; esquivando ramas, troncos, y sobretodo… otros grupos. Aquí y allá se abren paso como pueden decenas de bandadas de todos colores que les pasan a pocos milímetros, a punto de chocar, antes de perderse de vista.

En esta ciudad, los accidentes no son habituales, pero suelen ser mortales.

La vegetación es cada vez más espesa y ahí es donde se forman los atascos todos los días. El tránsito está parado. Fausto mira a todos lados, conmocionado.

—Esos de ahí son los Bardados—le va diciendo Ernesto, señalando discretamente un grupo de aves de color aguamarina a pocos metros de ellos—son gente tranquila.

—Demasiado tranquila—agrega Julieta al tiempo que aprovecha para mirar a lado y lado, atenta a cualquier posible amenaza.

—Son unos vagos— aclara Fabricio, el primo de Fausto.

—¿Qué,? ¿Los Bardados? ¡Los bardados son una mierda!—grita Yanina filas más atrás.

—¡Shhh! Callate, que nos van a escuchar—dice Julieta

—¡Vendidos al poder!—sigue gritando Yanina— ¿Qué me importa que nos escuchen? Se van a hacer los sordos como hacen siempre. Son unos cobardes.

Nadie escucha las últimas palabras de Yanina porque se ha levantado un murmullo nervioso en toda la bandada. Tras ellos ha aprecido un grupo de pájaros de color parduzco oscuro con tonos de rosa por todo el cuerpo.

—Vermitanos—murmura Ernesto.

—¿Quienes son?—pregunta Fausto con un hilito de voz

—A esos ni te acerques—se limita a responder

Los vermitanos están armando un jaleo importante gritando con voces graves y secas, volando en círculos desordenadamente.

—¿QUÉ ESTÁS EN EL ÁREA DE SERVICIO? ¡MOVETE UN POCO INFELIZ!-Grita uno de los líderes vermitanos.

—¡¿No ves que no podemos avanzar!?—responde Ernesto. Hay un pequeño espacio entre las dos bandadas que tienen delante, pero el riesgo de choque en esa zona es demasiado elevado. Es mejor esperar.

—¡DALE, ABUELITA, DALE! ¿QUÉ NO LES DEJA CRUZAR LA CALLE PAPÁ KIRITINO?

Julieta le agarra el brazo a Ernesto antes de que responda

—No entres en su juego. ¿No ves que eso es lo que quieren?

Pero ya es demasiado tarde porque alguien más ha decidido entrar en el juego.

—¡¿POR QUÉ NO CIERRAN EL CULO Y SE VUELVEN A ESE TRONCO DE MIERDA DONDE VIVEN?!

—¡Fabricio, no!—grita Ernesto

Durante un segundo todo es silencio. Después los vermitanos reaccionan y empiezan a acercarse.

—¿Qué me dijiste?—dice el líder de los vermitanos abriéndose paso a toda velocidad. Los kiritanos de atrás intentan en vano barrarle el acceso.

—¡Ay no! ¡No!

—¡Fabricio!

—¡Lo van a matar!

—¡Basta!—grita Ernesto—¡No queremos problemas!

—¡¿Cómo que no?! Yo si que quiero.

—¡Yanina!—la detiene Julieta.

Fabricio se ha perdido de vista en medio de una muchedumbre de alas negras.

De un momento a otro se oyen golpes. Ernesto y Julieta le han abandonado. Fausto ha ido perdiendo de vista a todos sus conocidos, que ahora han desaparecido en una masa negra y celeste que se ha formado a pocos metros de él. Se han convertido en desgarradores gritos: de rabia, de dolor, de sufrimiento, de angustia. La sangre se le ha helado en las venas. La garganta se le cierra. Las lágrimas resbalan por su cara. Siente ganas de gritar.

Sin que él se de cuenta, alguien ha estado tirando de él, alejándolo cada vez más del lugar.

—Vení—le dice suavemente su hermana Sami—No pasa nada. No te asustes, Faustito. No te asustes.

—Te van a tener que poner puntos, primo.

Julieta observa con cuidado la cabeza de Fabricio que no para de sangrar y sangrar sin parar. Además su pico está agrietado y ha perdido muchas plumas.

—Jodete por pelotudo.—dice Ernesto, quien también perdió algunas plumas en la pelea y tiene un ojo morado. Julieta también tiene algunas heridas, al igual que el resto de la bandada.

Se han detenido detrás de unos arbustos, cerca del claro que los separa del Árbol del Saber.

—Es...enorme...—dice Fausto

—¿Ves esa rama, la más alta?—le dice Sami—ahí estudia Ernesto. Yo estoy ahí abajo, en el segundo piso.

—¿Y yo?

—Vos vas abajo del todo—le dice Julieta acercándose—yo te voy a llevar.

—Bueno, vamos ¿no?—dice Yanina apartando la vegetación para salir al claro. Pero antes de que pueda emprender el vuelo, Julieta la arrastró de vuelta con el pico.

—¡¿Me podés soltar?! Hoy estás muy pesada, Julieta. Llevamos cinco minutos parados, ¡¿No ves que no hay nadie?!

—Mirá. ¿Qué ves ahí?

A lo lejos se ve una criatura en medio del claro. Parece una ardilla o un hurón pequeño. El animal se encuentra suspendido en el aire, intentando en vano deshacerse de los hilos invisibles que lo atan.

Una gigantesca sombra inunda ahora el claro. Ocho enormes patas se mueven por una telaraña que ninguno puede ver.

—Es una tarántula gigante— dice uno de los kiritinos

—Vamos a rodear el claro—dice Ernesto.

Y mientras la bandada llega por fin a su destino, el bosque tiembla. Unos pocos kilómetros al norte del Árbol del Saber se halla una partida de los seres más temidos por los kiritinos. Con sus terribles máquinas arrancan apresuradamente un árbol tras otro, como si tuvieran prisa por hacerlos desaparecer lo más rápido posible.

Viajan hacia el sur.