En un bosque lejano, en medio de la noche, se encontraba peleando una guerrera de pelo negro como el cielo nocturno y piel blanca como las estrellas.
Uno a uno, con la espada, fue derrotando a cada guerrero que se le ponía enfrente, hasta que no quedó ninguno.
-Tus habilidades no han caído- escuchó una voz gruesa a su espalda.
Se volteó y vio ante ella un enorme oso color negro, que la miraba fijamente, serio.
-Y nunca lo harán- le contestó ella, fríamente.
-El día de que regreses ha llegado- le dijo el oso.
-No pienso regresar, eso lo sabes bien.
-Tu reino te necesita, ya han pasado mil años- le respondió el oso- está en guerra y sólo tú puedes detener esto.
-Pero no pienso hacerlo- respondió ella con odio- no después de lo que hiciste.
-¡Sabes bien que él era un asesino!- gritó el oso.
-¡Era mi amado y tú lo asesinaste!- gritó la princesa.
-No has cambiado, ni mil años te han hecho recapacitar.
-Nunca lo haré, fue tu error, no el mío.
-¡Bien!- gritó el oso dándose la vuelta- sólo espero que no te arrepientas de tus acciones.
Después desapareció entre los árboles.
-Y no lo haré... padre- susurró ella con odio.