CAPÍTULO 15
DERROTA

Aquel lugar se transformó rápidamente en una zona de balas cruzadas: por un lado, la de ojos violetas arrojaba una serie de esferas de energía para detener las lianas y los frutos espinosos de Hana, quien apoyaba a Sachiko mientras ella juntaba rocas y formaba grupos que apenas cabían en la palma de su mano. Cuando tuvo varios preparados, los lanzó hacia su contrincante, quien comenzó a moverse para esquivarlos sin dejar de defenderse de los proyectiles verdes. Quizá por eso no supo en qué momento las piedras agrupadas se transformaron en bolas de fuego ni cuándo fue que el suelo comenzó a llenarse de obstáculos.

El plan de la elemental de tierra parecía viable: mientras Hana y Koharu llamaban la atención de Ayame y la obligaban a moverse para esquivar sus ataques, ella crearía las condiciones necesarias para bajar su guardia con una caída o con un tropiezo. Había colocado ambas manos sobre el terreno llano para formar irregularidades: piedras puntiagudas que provocaban dolor en las plantas de los pies de quien las pisara, unas más lisas para que cualquiera perdiera el equilibrio, otras más altas y algunos agujeros para que la elemental del rayo tropezara en el menor descuido.

Lo único que provocó fue la ira de su contrincante.

—Trucos baratos —murmuró, y con un movimiento de la mano arriba de su cabeza, un círculo de energía alejaba a todas sus adversarias y anulaba sus ataques; pero ninguna sufrió daños por la oportuna creación de una barrera invisible.

Intrigados, los ojos violetas buscaron el origen de aquel ataque de defensa; pero en su búsqueda descubrió algo más interesante: un chorro de agua que se desplazaba silenciosamente hacia la ciudad, un detector silencioso de energía mágica cuyo objetivo era localizar la espada ausente, y cuando ellas supieran su ubicación, se dirigirían a ese sitio para tomarla. Ayame sabía que las posibilidades de éxito de las elementales en cualquier intento por conseguir el objeto de intercambio serían las mismas que tuvo ella minutos antes, no temía que la encontraran, la misma espada las rechazaría e incluso le ahorraría el trabajo de acabar con ellas. Quien realmente le aterraba era ese ser incómodo con zapatos verde pálido y risa irritante, ese ser que movía los hilos y se hacía pasar por inocente cuando estaba a punto de ser descubierto, sabía que él no dudaría en terminar abruptamente con el conjuro que tanto esfuerzo le había costado. Le temía más a él que al fracaso de su misión y eso la irritaba.

Un rayo poderoso tocó el chorro de agua y comenzó a desplazarse hacia Nanami, quien no tuvo tiempo de correr ni pudo pedirle a Maki que creara un muro de defensa para evitar el golpe de energía.

El ataque recibido hizo caer muchas cosas al mismo tiempo: la esperanza de hallar la espada antes de derrotar a Ayame, las posibilidades de las demás guardianas de ser curadas en algún momento de la batalla y la primera cúpula que protegía a Daichi.

—¡Nana! —gritó la niña pelirroja, quien quiso dirigirse con rapidez a la mujer inconsciente para ver su estado; pero otro grito la detuvo.

—¡Te necesito aquí, Koharu! —ordenó Sachiko, quien había reanudado su ataque con rocas y montículos de tierra que funcionaban como muros de protección—. ¡Hana, aleja a Nanami!

—¡Entendido! —respondió la elemental de hierba, quien invocó un par de lianas que condujeron a la guardiana derrotada de vuelta al castillo.

Nuevamente la lluvia de piedras y fuego, otra vez esquivarlos, no era tan difícil. No tenía tiempo para entretenerse con ellas, pero tampoco podía reprimir su lado juguetón. Le intrigaba que un miembro caído en el grupo de los elementales provocara tensión entre el resto aunque se tratara del que era menos útil en la batalla. Su concepto de trabajo en equipo no era malo, pero tampoco suficiente, y saberlo la decepcionaba: la guardiana de tierra, quien se estaba agotando con mayor rapidez, parecía tener grandes ideas, pero el mínimo nivel de control de magia del resto arruinaba todos sus planes; la niña de fuego, quien atacaba con fuerza hasta que comenzó a perder la puntería y cuyas bolas ígneas disminuyeron su intensidad drásticamente, parecía tener mucho potencial no descubierto; la chica verde, quien estuvo ayudando en el ataque antes de enfocarse en conducir a Nanami a un lugar seguro, también sería una buena guerrera si pudiera mantener la constancia en sus técnicas y si las trabajara del mismo modo en que logró perfeccionar su defensa, la cual había utilizado en varias ocasiones durante la batalla anterior. Algo especial debía tener la hechicera del agua para que fuera contemplada en los planes a pesar de que en la realización de ninguno de ellos pudo demostrar habilidades especiales, quizá era la responsable de que todas estuvieran en condiciones ese día, porque sus atacantes luchaban con todas sus fuerzas, con las mismas que había sentido al inicio de la batalla de la tarde anterior.

Por un momento pensó que, en otras circunstancias, habrían hecho un gran equipo, uno realmente unido, aunque débil. Pero el simple hecho de considerar la idea le hizo sentir repugnancia de sí misma, de su concepto de equipo, de su forma tan simple de hacer a un lado a su generación. Una pequeña muestra de enojo consigo misma iba creciendo en su interior hasta convertirse en culpa, que luego se transformó en fuerza al recordar su objetivo, y esa idea dio lugar a una serie de ataques concatenados que logró presionar a sus contrincantes.

Solo necesitaba moverse más y pensar menos, despegar los pies del suelo irregular, y así lo hizo: un nuevo círculo de energía que repelió piedras y fuego, un salto muy alto y una lluvia de rayos que Sachiko y Koharu apenas pudieron esquivar, su mano derecha con los dedos índice y medio rectos, el trazo de una nueva circunferencia con su brazo que terminó en un chasquido y en una sonrisa burlona, como la de alguien que declaraba su victoria inminente.

Lejos de la vista de la figura violeta por orden de la guardiana estratega, Maki se dio cuenta de sus intenciones, pero reaccionó tarde: cuando había logrado la construcción de una cúpula para proteger del ataque a sus compañeras, ellas ya habían sido rodeadas por una serie de rayos que convergían en el centro y fueron tocadas por la mitad de ellos; pero con eso bastaba. Con la cabeza hacia abajo y las piernas hacia arriba, aún suspendida en el aire, Ayame invocó una nueva serie de rayos que destruyó aquella defensa invisible, otros más que ataron a las víctimas para impedir su escape o su contraataque, y una descarga eléctrica que les hizo perder el conocimiento.

Del grupo de los elementales quedaba solo una presa.

La castaña de ojos verdes volvió el rostro cuando escuchó un par de gritos de dolor y lo único que pudo contemplar fue la caída de las elementales de fuego y de tierra. Molesta y preocupada al mismo tiempo, tuvo que recurrir a su último recurso: hizo una seña con la mano, una clave que todas convinieron hacerle a la chica de trenzas para pedirle que las protegiera de cualquier ataque y que solo su instructora de magia tuvo tiempo de utilizar.

Sorprendida, la maga del aire no supo qué pensar: ¿realmente podía alegrarse ante el hecho de que Hana le confiara su seguridad?

—No pienso usar esa seña, sé cuidarme sola —había declarado ella con soberbia antes de salir a la batalla—; pero si lo hago, será porque no me queda más opción que utilizar una técnica de ataque que consume gran parte de mi energía.

Luego de repasar en su mente aquella frase, la vio extender sus brazos a los lados con los puños cerrados y levantar ligeramente su pie derecho para después bajarlo con fuerza para golpear el suelo. De inmediato, varias estacas de casi un metro emergieron alrededor de su invocadora, quien estiró los dedos para que se dividieran en cientos de espinas que comenzaron a flotar alrededor de ella.

Ayame veía aquella técnica con interés mientras se preparaba para terminar la batalla lo más pronto posible. Era un conjuro de ataque y defensa simultáneos: la vio avanzar, mover las manos para ordenar el desplazamiento veloz de las espinas y esquivar los rayos y las esferas de energía con elegancia, en una especie de danza en donde ella no podía acercarse sin arriesgarse a que aquella serie de astillas afiladas se clavaran en su cuerpo y la debilitaran. En un primer momento, lo único que pudo hacer la guardiana del rayo fue saltar hacia atrás y hacia los lados para esquivar cualquier golpe; pero después comenzó a moverse alrededor de su contrincante, siempre a cierta distancia, con las manos atrás.

Hana interpretó aquella actitud como una provocación y decidió atacar con más fuerza: cruzó los dedos de ambas manos y varias espinas se agruparon hasta crear unas más largas y gruesas, más certeras que las anteriores, que rozaron el cuerpo de su contrincante. Ella, al sentir que le ardía la piel y que comenzaba a humedecerse por la sangre que emanaba de sus heridas, se apresuró a cerrar el círculo y a tocar el suelo con la palma de la mano izquierda. De inmediato, la piedra de su anillo comenzó a brillar, varios rayos aparecieron en las zonas que había pisado y se acercaron rápidamente a la elemental de hierba, quien no pudo moverse de su sitio a tiempo, pero tampoco tuvo necesidad de hacerlo: una barrera invisible la protegió hasta que terminó el ataque.

Frustrada ante la nula efectividad de su plan, quiso buscar a la persona responsable de la creación del escudo, pero no podía distraerse: otra lluvia de pequeñas estacas la amenazaba. Dio nuevamente un salto hacia arriba e invocó un rayo más; sin embargo, no lo lanzó como el resto, sino que lo tomó de un extremo para manipularlo a su voluntad, como si se tratara de un látigo que agitó hacia todas las direcciones posibles para repeler cualquier objeto que pudiera lastimarla mientras aterrizaba muy cerca de su contrincante, quien vio la oportunidad perfecta para golpearla con una liana.

Fue en ese momento cuando la Madre Naturaleza supo que se estaba quedando sin fuerzas: la planta invocada no resistió más de dos golpes eléctricos y un tercero estuvo a punto de tocar su pecho si otro muro de aire no lo hubiera impedido.

De cualquier manera, no sirvió de mucho: Ayame ya esperaba la defensa sin rostro. Rápidamente, con un movimiento de su mano libre, hizo aparecer varias esferas atrás de Hana que Maki intentó detener en su totalidad; sin embargo, al concentrarse tanto en proteger esa zona, no pudo prevenir el golpe final: un último cúmulo de energía que provino de abajo, que tocó primero los pies de la elemental de hierba y que se extendió lentamente hasta atraparla. Cuando la chica de lentes se vio libre para proteger otro flanco de su profesora, ella ya se encontraba dentro de una esfera de rayos que se unieron cuando Ayame cerró el puño de su mano izquierda.

Una nueva descarga hasta dejar inconsciente a la presa que cayó sin que nadie pudiera evitarlo.

—No esperaba que me costara tanto trabajo terminar contigo —dijo mientras pasaba el dorso de la mano derecha sobre su frente para limpiarse el sudor—. Me hiciste perder tiempo valioso, pero fue divertido. Ahora...

Miró hacia todas partes y no vio a nadie. Nuevamente levantó un brazo, trazó un círculo sobre su cabeza para crear una rueda de energía que alcanzó hasta el último rincón del terreno de batalla. Inspeccionó la zona con la mirada otra vez para encontrar alguna irregularidad hasta tener éxito: delante de un muro de una casa derruida, un escudo invisible delató la ubicación de la última presa en pie.

El comportamiento de Maki la hizo sonreír con malicia.

—Es la segunda vez que ataco al grupo y otra vez te mantuviste al margen —afirmó mientras daba media vuelta lentamente y veía de reojo el escondite de la última guardiana—. La primera vez que nos vimos, no dudaste en lanzarte contra mí para detenerme aunque supieras que no tenías oportunidades, y ahora que sabes que puedes utilizar magia, no lo has hecho, ¿no te parece curioso? Parece que cambiaste tu valor por un montón de trucos que en realidad no te pertenecen, o tal vez pensaste que todo iría bien si dejabas que otras personas lucharan por ti a favor de tu causa, o quizá simplemente decidiste rendirte y dejar morir al chico... ¿cómo se llamaba?... Bueno, no importa, pronto será imposible recordar su nombre.

Quería decir muchas cosas; pero no supo por dónde empezar a negar todo lo que Ayame decía, o más bien, no sabía si realmente podía hacerlo, pues todo era cierto de alguna manera: durante ese tiempo de transición de simple humana a guardiana aprendiz, nunca hizo el intento por superar su temor a la batalla, siempre dependió de las órdenes del resto de las elementales, en su mente solo se mantuvo constante una idea terrible que no le ayudaba: ¿en verdad era la persona adecuada para ocupar un cargo como guardiana elemental? Aún si fuera el caso, ¿podría contar con las suficientes habilidades para salvar a su mejor amigo?

Sus manos comenzaron a temblar y no supo si era por el miedo de salir de su escondite, por el terror que le causaba dejar que las cosas siguieran el curso de la derrota, por el coraje que le provocaba saberse impotente, o por lo que descubrió en aquel momento su enemiga:

—Maki era tu nombre, ¿verdad? —preguntó mientras se arreglaba el cabello y se sacudía la ropa—, ¿no sería mejor que admitieras de una vez que no puedes usar técnicas de ataque por tu cuenta?

Le dolía el pecho. Un nudo en la garganta y el miedo de delatar su posición evitaron que respondiera con un "sí" avergonzado.

—En fin —continuó la mujer de porte sensual que le dio la bienvenida a ese mundo de desgracias—, aún si pudieras usarlas, no podrías derrotarme solo con unos días de práctica. Así que te daré un consejo amistoso: si quieres vivir y volver a tu mundo, quédate en donde estás mientras yo termino mi trabajo.

Y empezó a caminar hacia el castillo con tranquilidad, como si realmente no tuviera motivos para apresurarse.