CAPÍTULO 18
MISIÓN Y DESEO

Ante los ojos de Maki, todo se tornaba difuso luego de recibir el último ataque de la guardiana del rayo: una columna de energía que caía sobre ella, un golpe preciso que le hizo gritar por más que quiso contener sus expresiones durante toda la batalla, un golpe que la hizo caer y soltar la espada sin remedio. Pero su ánimo no estaba dispuesto a ceder aunque hubiera previsto el escenario de la derrota: su mano temblorosa quiso recuperar el arma, pero le costaba demasiado trabajo alcanzarla y sus ojos comenzaban a rendirse a pesar de que repitiera en su mente que aún no podía rendirse, que aún no había cumplido con su misión, que solo necesitaba levantarse una vez más para darle el último golpe y obligarla a revertir el conjuro. "Aún no", se decía, pero su cuerpo era incapaz de sostenerse.

Frente a ella, con las rodillas apoyadas en el suelo frío, aún con la respiración agitada, Ayame sonreía con el placer que le causaba la idea de poder cumplir su deseo.

Y sonrió hasta que su consciencia volvió a traicionarla.

—Ayame, ¿cuál es tu misión?

—Velar por la rectitud de Nozomu.

—Ayame, ¿cuál es tu deseo?

—Velar por la felicidad de Sayaka.

—Ayame, ¿a quién de los dos vas a sacrificar primero?

Entonces levantó el rostro y notó la presencia de un mal augurio: al lado de su contrincante se había detenido una silueta con capucha negra, amplia y gastada, sin rostro visible.

—¿Tú aquí? —murmuró—. ¿A qué has venido?

Aquella presencia le pareció tan misteriosa a Maki que no supo si se trataba de un sueño o si seguía despierta.

La silueta encapuchada extendió su mano hacia la pluma que seguía flotando; acto seguido, una sombra, como una nube negra, rodeaba aquel resquicio de su predecesora hasta hacerlo brillar más y formar una silueta blanca, casi fantasmal, que pudo ver con más nitidez luego de que la nube se desvaneciera: la forma albina con mirada cerceta que tomaba la espada en silencio y que se acercaba a la chica de trenzas para acariciar su cabeza antes de que perdiera el conocimiento.

El fantasma caminó hacia la chica castaña, quien había levantado su rostro sorprendido, confundido, quizá aterrado y furioso, pero extrañamente alegre, como si estuviera ante una escena que jamás hubiera esperado y que, al mismo tiempo, ansiaba contemplar.

Por un momento creyó que el tiempo había retrocedido diez años.

—Nunca pensé que te vería de nuevo —dijo Ayame con la voz temblorosa, pero no obtuvo más respuesta que el movimiento que la figura blanca hizo para clavar la espada en el suelo—. Más bien, no esperaba verte mientras yo siguiera viva —continuó—. En realidad, quería ver a Nozomu primero.

Sayaka la miraba en silencio, sin emociones.

—¿Sabes? Nunca me gustó verte así, parecías un cuerpo muerto o vacío, ¿por qué tienes que aparecer ante mí de esta manera?

No hubo cambios en su expresión. La chica de ojos violetas sintió una punzada en el pecho.

—No puedes hablarme, ¿verdad? Eres un fantasma después de todo.

Separó ligeramente los labios. Parecía tener intenciones de responderle, pero una nueva serie de dudas y frases le impidió escucharla: "Ayame, ¿cuál es tu misión?", "Ayame, ¿cuál es tu deseo?", "Ayame, ¿a quién de los dos vas a sacrificar primero?", "Ayame, ¿qué vas a hacer ahora?", "Cumple con tu misión", "Cumple tu deseo", "Sacrifica a Nozomu, él no puede ser salvado", "Sacrifica a Sayaka, ella no puede cambiar", "Sacrifícate ante al mundo, no tiene la culpa de nuestros errores", "Sacrifica al mundo, tu misión es más importante", "Sacrifica a todos, tu deseo es más valioso", "¿Qué has decidido?", "¿A quién vas a salvar?", "¿Qué esperas para decidir?".

Se cubrió los oídos con fuerza cuando las voces se tornaron más agresivas: "Elige", "Piensa sin sentir", "Siente sin pensar", "Tu misión es vital para todos, tu deseo es egoísta", "Tu deseo es noble, tu misión no amerita el sacrificio". Su rostro empezaba a descomponerse y sus cuerpo temblaba: "Ayame, elige", "Sigue la orden, Ayame", "Sigue tu corazón, Ayame", "Ayame, sacrifica a Nozomu", "Ayame, sacrifica a Sayaka", "Ayame, termina el conjuro", "Ayame, revierte el conjuro", "Ayame, mata a Nozomu", "Ayame, mata a Sayaka", "Mata al mundo, Ayame", "Mata tu alma, Ayame".

—¡Basta! —gritó, pero las voces repetían sus líneas con más fuerza e insistencia cada vez que intentaba callarlas—. No voy a escucharlos, ustedes no saben nada, no pueden obligarme a decidir, no puedo regresar el tiempo para cambiar las cosas, ¡no van a arreglar nada con esto!

Hacía todo lo posible por contener sus lágrimas mientras recordaba, imagen por imagen, las escenas de una batalla aterradora, la misma que Maki había soñado luego de ser atacada cuando llegó a ese mundo: la barrera invisible que envolvía la torre en el centro del castillo, una segunda que cubrió toda la construcción, las voces confusas de todos los elementales que daban señales de alarma. Los veía caer: unos lo dieron todo para proteger el castillo, otros fueron cegados por sus sentimientos, un error egoísta provocó que el plan de defensa se arruinara... y un final con sabor a derrota que no pudo ver, pero que creía imaginar sin saber que sus pensamientos estaban muy lejos de la realidad que jamás conocería.

—¡Yo no quería que terminara de esa manera! —dijo temblando luego de cerrar los ojos en un intento fallido por ahuyentar aquellos recuerdos terribles—. Podría haber cumplido mi misión y mi deseo, estaba segura de que había una forma, ¿por qué todo se complicó tanto? Ahora tengo la oportunidad de enmendarlo, puedo traer a Nozomu de vuelta, puedo liberarlo para que vuelva al ciclo contigo, puedo hacerlo, ¡voy a hacerlo! ¡Este es el único modo!

Abrió los ojos y levantó el rostro cuando una mano cálida se posó sobre uno de sus hombros. Esperanzada, la castaña creía que aquel fantasma aprobaría sus palabras; pero el movimiento negativo de la cabeza de Sayaka hizo que su desesperación aumentara.

—¿Por qué? —le reclamaba—. ¿Por qué no estás de acuerdo? ¡Sabes que es el único modo! ¿Acaso Nozomu dejó de importarte?

Sayaka desplazó la mano que había colocado en el hombro de Ayame hacia su cabeza. De inmediato, ella pudo ver una escena del pasado que no presenció en su momento, o al menos no con la claridad con la que podía verla a través de los recuerdos de Sayaka: la figura albina, afuera del castillo, invocó una flecha en cuya punta ató su joya representativa con la esperanza de acelerar el proceso de búsqueda de sucesor, con la determinación de que su acto no sería en vano, con ese deseo de proteger a Nozomu que se había convertido en algo más fuerte.

—Caeruleus, sé que no puedo condicionar tus decisiones ni oponerme a ellas; pero escucha mi último deseo egoísta antes de que te libere. —Hizo una pausa mientras cerraba los ojos para hablarle con el corazón—. Permite que el siguiente haga lo que yo nunca pude: que permanezca a su lado en los momentos más difíciles y que comparta con él sus mayores alegrías; que logre fortalecer su corazón para encarar la adversidad que tendrá que vivir junto con el sucesor de Nozomu; que tenga el poder suficiente para enfrentar los más grandes peligros para protegerlo, y que tenga la oportunidad de hacerlo sonreír durante la tormenta para que su corazón no sufra como sufrió el nuestro durante la batalla.

Con la esperanza de que su ruego sería escuchado y con el coraje de enfrentarse a la fatalidad, abrió los ojos para luego invocar un arco y disponer en él la flecha, apuntarla al cielo y susurrar su verdadero deseo antes de arrojarla:

—Salva a Nozomu.

Y la flecha disparada se transformó poco a poco en un ave misteriosa que se elevaba cada vez más hasta perderse en la inmensidad del cielo azul que ella amaba tanto.

Luego de ver aquella escena, Ayame sintió nuevamente que le hervía la sangre.

—Lo sabía —le dijo a aquella aparición para después mirarla a los ojos sin contener su ira—. Sabía que harías cualquier disparate por él, sabía que por alguna razón habías sellado en la espada lo que quedaba de tu existencia, supuse que conocías la situación del alma de Nozomu y que esperabas que alguien tuviera el poder de salvarlo, debí imaginar que rompiste las reglas. —Su voz comenzaba a perturbarse y fue incapaz de seguir conteniendo sus lágrimas, así como le fue imposible moderar el volumen de su voz—. Te lo dije cuando despertaste, ¿no es verdad? ¡Yo puedo traerlo de vuelta! ¡Yo tengo el poder para lograrlo! Aprendí el método para rescatar su alma, ¡solo yo puedo hacerlo sin que te sientas culpable por ello! ¿Por qué me detienes? ¡Puedo liberarlo y darle una muerte digna para que su existencia vuelva al ciclo! ¡Podrías reunirte de nuevo con él en algún momento! ¡Estoy haciendo esto por ti! ¡Quiero que seas feliz aunque sea de esta manera! ¿¡Por qué no puedes entenderlo!?

Sintió la suavidad de un abrazo apenas visible.

—Estás utilizando un conjuro con terribles consecuencias, ¿cómo puedo irme tranquila ahora que sé que te estás sacrificando por mí? —Su voz se endurecía al igual que su abrazo—. ¿Crees que quiero esto? ¿Crees que podré volver en paz al ciclo luego de ver que te devorará el Caos? Si el cumplimiento de mi deseo atenta contra tu misión y condena tu existencia... ¡Si el precio es tan doloroso, renuncio a mi deseo!

Sorprendida, aún con los ojos llorosos, se percató de que el escenario había cambiado: hermoso, tranquilo, en donde volvió a escuchar la voz cálida y triste de Sayaka cuando se apartó ligeramente de ella para ver su rostro y secar sus lágrimas con cariño.

—Lo he querido por mucho tiempo, pero...

—Sigues sin aceptar que otros se sacrifiquen por tu deseo egoísta, ¿no es cierto?

—Así es —respondió para después mostrar una ligera sonrisa melancólica—. Siempre aciertas en lo que voy a decir, no esperaba menos de ti.

—Tienes un corazón muy blando.

—Y tú tienes una cabeza muy fría en ocasiones, pero sigues siendo una persona amable, el papel de mala no te queda.

Ambas sonrieron y se sentaron una al lado de otra.

—Sobre ese día...

—Era tu misión, tenías que cumplirla.

—¡Pero yo...!

—No te preocupes, fue lo mejor para todos en ese momento.

—Y aún así...

—Era inevitable, no podíamos salvarlos a todos en esas condiciones.

—A pesar de eso...

—Sí —dijo con convicción.

—Eres tan tonta...

Así, después de esa conversación que solo ellas podían entender, fue como Ayame finalmente sintió paz en su corazón. Aunque se mantuvo dormida durante años en el tiempo congelado después de enviar la espada a otro mundo para encontrar al sucesor de Nozomu, ella vivía en un sueño constante que parecía no tener final y que la mortificaba. Luego de despertar, su mente aprovechaba cualquier momento de tranquilidad para recordarle su odio, su ira, la traición a su causa; y todo derivaba después a un sentimiento de culpa del que no podía separarse. ¿Su compañera más cercana, si no es que la persona que más quería en ese mundo, podría perdonarla por obligarla a dormir en el momento más crítico de la batalla nueve años atrás? ¿Podría perdonarla por ese sacrificio que estuvo a punto de hacer para recuperar el alma de Nozomu de su prisión mágica? ¿Podría hablarle como siempre o, más bien, tendría la oportunidad de encontrarse de nuevo con ella para decirle todo lo que se había guardado durante tanto tiempo?

—¿Sabes? —dijo la figura blanca de repente—. Hablar contigo siempre me hizo feliz.

Pudo ver, por fin, el rostro de alegría plena que tanto anhelaba, y lo vio tan hermoso que sintió que su imaginación se había quedado corta.

—Me alegra saberlo.

Cerró los ojos para disfrutar aquel instante maravilloso, exclusivo para ella, en donde pudo descansar su cabeza en el hombro de Sayaka y sentir un viento cálido que mecía su cabello. Todas sus preocupaciones dejaban de pesarle, creía que atentar contra el orden del mundo después de ese momento no serviría de nada, que cualquier acción posterior a ese encuentro con el objetivo de traer a Nozomu de vuelta lo destruiría para siempre. La chica de cabello blanco había renunciado a algo tan valioso como su deseo para obligarla a detenerse, ¿cómo podía desobedecerla?

—Sayaka —susurró mientras levantaba nuevamente la cabeza—, mi misión ha terminado.

—Creí que asumirías el rol de guía de la nueva generación luego de revertir el conjuro para compensar todo lo que has hecho —respondió sorprendida tras ponerse en pie con rapidez.

—Ellas estarán bien, son fuertes, encontrarán su camino y una forma de regresar el alma de Nozomu al ciclo; y aunque quisiera guiarlas, ninguna confiaría en alguien que intentó sacrificar a otros con fines egoístas. Además, no tengo otra alternativa.

—¿Qué quieres decir?

Ayame se paró frente a ella. Con confianza, levantó su mano izquierda para mostrarle el anillo gastado de su dedo meñique.

—El único modo de revertir el conjuro, la forma menos dolorosa de hacerlo... ¿Me ayudarías a violar la quinta regla?

—¿Estás segura? —preguntó Sayaka ligeramente preocupada.

—Ahora lo estoy.

—Eres tan rara...

—¡Tú hiciste algo igual o peor! ¿Vas a juzgarme por esto?

—Perdón —respondió arrepentida, avergonzada, y aquello hizo reír a su vieja compañera.

El espacio recuperó los límites y las dimensiones del castillo cuando la antigua elemental de aire se inclinó para tomar su espada por última vez. Entonces se dio cuenta de que Ayame se había arrodillada ante ella y que apoyaba su mano izquierda sobre el piso para simplificarle la tarea.

—Ayame —le dijo cierta tarde una mujer con vestido blanco y cabellera dorada—, existen cinco reglas no escritas sobre los talismanes y los resplandores que debes saber antes de que empieces a aprender técnicas de ataque y de defensa.

La niña de once años no olvidaría esas reglas jamás.

—Primera: los talismanes y los resplandores son los únicos que pueden elegir a su siguiente poseedor, los guardianes no podemos ir en contra de su elección. Segunda: cuando el portador de cualquiera de estos objetos es elegido y jura ante ellos, el alma y el cuerpo de ambos quedan enlazados. Tercera: ningún mago puede renunciar al control de la magia sobre las gemas y los resplandores a menos que el poseedor no haya realizado el juramento correspondiente o hasta que su sucesor tome su rol por órdenes de su maestro.

Sayaka, quien levantaba ligeramente la espada ante la joven de dieciséis, había violado aquellas reglas con la esperanza de que alguien, en algún momento, pudiera salvar a Nozomu.

—Cuarta: un alma sellada dentro de un objeto mágico no puede descansar ni volver al ciclo de vida y muerte hasta que sea liberada; pero si el talismán o el resplandor encuentra un nuevo poseedor durante el proceso, es imposible recuperarla.

¿Realmente era imposible? Si mantenía la fe, ¿alguien podría encontrar una forma en algún momento? ¿Realmente estaba bien dejar las cosas así y evitar que Nozomu volviera al ciclo?

—Quinta...

Un golpe firme de la espada del aire fue suficiente para romper la piedra del anillo.

—...dado que cada talismán está enlazado con el cuerpo y el alma de su portador, la existencia de este se desvanece cuando la gema se rompe.

Lentamente, el cuerpo de Ayame se desintegraba en finas partículas de color dorado ante la mirada fantasmal de la ejecutora, quien bajó su arma para ver el resto de la escena.

Mientras su amiga desaparecía, un movimiento inesperado perturbó su ánimo por unos segundos: la castaña, en un acto arriesgado, la sorprendió con un beso en la comisura de sus labios.

—Gracias —le dijo con suavidad, pero guardándose el resto del mensaje. Para partir de ese mundo de desgracias le bastaba con ese beso repentino, pues sabía que decir o hacer más sería inútil; después de todo, en el corazón de Sayaka solo existía una persona, y esa era el guardián que más odiaba, o más bien, el que más envidiaba: el mismo que debía vigilar para que fuera por el camino correcto, el que debía proteger de las malas decisiones que pudiera tomar.

Su misión se había vuelto dolorosamente imposible desde el día en que vio a Sayaka sonrojarse.

Pero podía irse tranquila. Estaba segura de que las sucesoras no necesitarían la presencia de ninguna de ellas, que podrían avanzar a través de la tormenta que, cuando llegara el momento, caería sobre todos.

Deseaba que nunca ocurriera, pero el destino siempre ha sido ineludible.

Los últimos destellos dorados, resquicios de la existencia de Ayame, tomaban dos rumbos distintos: unos flotaban hacia la torre central aún protegida, mientras que otros se mantenían suspendidos en el espacio, esperando algo.

En ese momento, la silueta de capucha negra se acercó unos cuantos pasos hacia el fantasma de Sayaka que también comenzaba a desvanecerse luego de cumplir con su última misión: evitar que Ayame, al igual que otro mago en el pasado, se perdiera en el caos del eterno remordimiento.

—Debes hacerlo, lo sé —le dijo.

Un sonido parecido al del viento nocturno le transmitió un mensaje.

—Me gustaría —respondió—, pero sé que no podré dejarlo ir si voy contigo.

Un segundo silbido y una mano señalando la torre.

—Se desvanecerá cuando yo me vaya. No me queda mucho tiempo, será mejor que te apresures.

La figura de negro, como una sombra, se desplazó por el castillo hasta llegar a la puerta del salón que se había mantenido oculta durante varios años.

Lentamente, como si el tiempo fuera suyo, el ser misterioso reveló la entrada y la abrió en silencio. Avanzó hasta encontrarse frente a la caja de vidrio, que hizo desaparecer con un ligero toque de sus dedos. Mientras vigilaba que todo ocurriera de forma exitosa, pensaba que su decisión era la correcta, si no es que la única viable: no debía permitir que alguien, quien fuera, intentara siquiera realizar un conjuro tan poderoso y maldito como ese que estuvo a punto de terminar con la existencia de Daichi, y eso no volvería a ocurrir si se deshacía de uno de los elementos necesarios para ello. Cuando pudo encontrar la espada, era demasiado tarde para detener el destino: la corona de laurel ya había aceptado a su nuevo poseedor y él no podía atentar contra la regla de elección de los talismanes. Era imposible para él destruirla, pues el objeto mágico más poderoso de ese mundo fue creado para resistir los conjuros más poderosos de un mago. El tercer elemento, el cuerpo inerte de esa persona que tantos problemas le había ocasionado a Ayame, tenía que ser destruido antes de que el muro de defensa de la torre central, el que siempre se mantuvo intacto, se rompiera cuando la última muestra de existencia de Sayaka por fin se agotara.

Luego de colocar la palma de la mano sobre el pecho de Nozomu y desvanecer su cuerpo en un instante, la sombra callada tomó la funda abandonada de la espada para custodiarla y se retiró de aquella habitación sin proteger su entrada de nuevo, pues ya no tenía motivos para hacerlo.

La espada había sido liberada de su enlace con el pasado y podía, al fin, avanzar hacia el futuro, el que Daichi podría ver al despertar de su letargo, después de su experiencia en el vacío.

Y antes de convertirse una vez más en una pluma de sus alas perdidas, la de ojos color cerceta presenció el primer movimiento del arma mágica al igual que las cuatro elementales que habían recuperado la consciencia.

—¿Puedo pedirle un deseo a la estrella fugaz? —preguntó inocentemente Koharu, quien observaba el desplazamiento de un resplandor plateado que se dirigía hacia el castillo.

—Eso no es una estrella fugaz —respondió Sachiko aún aturdida por la batalla cuando pudo ver que el resplandor absorbió una nube de partículas doradas.

—¿Está bien que ninguna de nosotras vaya a ver qué es?

—Nanami prohibió que nos moviéramos hasta que Hana despierte.

—¿Y si es algo que va tras Daichi?

Un silencio incómodo.

—¡Debemos ir! —opinaron ambas; pero ninguna pudo avanzar más de cinco pasos: la elemental de tierra sintió un mareo repentino y tropezó con una roca; mientras que la niña, quien la seguía con pasos rápidos, no pudo detenerse a tiempo y cayó sobre ella.

Nanami, quien atendía sobre su regazo a Hana desmayada, suspiró.

—Sabía que esto iba a pasar —dijo con resignación para después endurecer sus palabras—. Son muy torpes cuando están cansadas, ¿por qué nunca me hacen caso cuando les digo que se queden quietas?

—¡Ahí viene algo! —gritó Koharu mientras señalaba la entrada principal de su hogar temporal, por donde vio salir un punto brillante que fue distinguiendo mientras se acercaba a ellas: la pluma se desgastaba cada vez más rápido conforme se acercaba a la elemental de hierba hasta tocar su nariz y perderse por completo. Al desaparecer, Hana abrió los ojos de repente y, con un movimiento brusco, se sentó.

—¡Espera!

Las tres, extrañadas por aquella reacción, la observaron fijamente. Confundida, Hana miró hacia todas partes sin éxito.

—¿A dónde fue Sayaka?

—¿De qué hablas? —preguntó la pelirroja—. ¿Estabas soñando? ¿Delirando? ¿Te volviste loca?

—¡La escuché! Me dijo que lo había hecho bien y... —Se desanimó de pronto—. Creo que se despidió de mí.

—O sea que ella aún existía en la pluma —concluyó Sachiko—, ahora entiendo todo.

—¿Qué descubriste, Sachi?

—¿Y por qué seguimos aquí? ¿No deberíamos buscar a Daichi y a mi aprendiz inútil?

—Ninguna de ustedes puede caminar —dijo Nanami de forma cortante.

—¡Yo sí puedo! —Hana dio cinco pasos—. ¿Lo ves?

Todas la vieron caer. Nuevamente, la mujer azul suspiró resignada.

—¿Podrían hacerle caso a sus mayores al menos una vez en su vida?

Ninguna pretendía hacerlo.

Mientras tanto, el niño de ojos azules despertaba en un sitio oscuro, infinito. Recordaba las habitaciones del castillo de otra manera, ¿en verdad seguía en alguna de ellas?

—¿Hola? —llamaba el niño repetidamente después de levantarse y caminar sin rumbo en busca de una salida de ese lugar, en donde sólo podía escuchar sus pasos mientras avanzaba a pesar del miedo que le causaba la idea de perderse para siempre.

—Hola —respondió por fin alguien que no se mostraba ante él.

—¿En dónde estás?

—En todas partes.

El niño se detuvo. La voz que le respondía era tan serena que no le causaba miedo. ¿Sabría cómo salir de ese lugar?

—Quiero verte, ¿es posible?

Escuchó pasos que se acercaban. Lentamente, en la oscuridad, una figura familiar aparecía ante él: zapatos negros, pantalones azules al igual que su suéter y su corbata, camisa blanca, anteojos grandes, feos y redondos.

Un chico alto de cabello alborotado y ojos azules con porte tranquilo se detuvo ante él y el niño no pudo evitar maravillarse.

—No esperaba esto —expresó con la madurez de un adulto.

—No has llegado a esa parte de la historia para entenderlo.

—Pero aún así creo que lo entiendo: si te hubieras mostrado como cualquier otra persona, mi reacción hubiera sido distinta y sería más difícil para ambos conversar.

—Realmente eres un chico muy listo.

—No lo suficiente como para encontrar la salida de este lugar. Llevo mucho tiempo caminando y lo único que he descubierto es que este sitio es interminable.

—El vacío siempre ha sido así —contestó con franqueza mientras se acomodaba los lentes.

—Conque así es el vacío —dijo el niño con un poco de tristeza—, ¿entonces ya no existo?

—Estás bien, pronto podrás volver al mundo. Abriré una salida para ti enseguida.

—¡Espera! —le pidió cuando su versión adolescente ya había dado media vuelta para cumplir su palabra—. Quiero preguntarte algo.

—¿Tiene que ver con el pasado que no viviste o con el futuro que no vivirás?

—No puedo preguntar nada de eso: las respuestas sobre el pasado que no viví no existen si no planteo preguntas y por ahora no he pensado en algunas con claridad; las respuestas sobre el futuro que no viviré desviarían mi camino y no quiero que eso suceda.

—Algo sobre el presente, entonces —dedujo—. ¿Tiene que ver con...?

—Tiene que ver contigo.

Su interrupción causó que Daichi adolescente reflejara en su rostro un gesto de sorpresa antes de girar y ver al pequeño, quien por alguna razón se veía muy serio.

—Dime —continuó Daichi niño—, ¿por qué me elegiste?

Había sido derrotado.

—Durante siglos he escuchado preguntas de todo tipo: "¿Qué debo hacer a partir de ahora?", "¿Los siguientes elementales serán mis aliados o mis enemigos?", "¿Podré casarme con la persona que amo?", "¿Cuál era el objetivo de Mao al crear el mundo?", "¿Puedes concederme un deseo?". —Hizo una pausa—. Responder todo eso ha sido agotador, me recuerda que los seres humanos son egoístas; pero tú eres el primero que ha preferido hacer a un lado su curiosidad sobre sí mismo. ¿Por qué consideras que lo más adecuado en este momento es cuestionar mis decisiones?

—¿Está mal hacerlo?

—No, pero me intriga, ¿por qué te interesa tanto?

—Porque el único objeto mágico con voluntad debe ver algo en sus poseedores para aceptarlos y servirles incondicionalmente, ¿no es así?

Una sensación cálida recorrió todo su cuerpo y una sonrisa plena se dibujó en su rostro luego de escuchar las palabras del pequeño, ¿era eso la felicidad?

—Te elegí porque eres Daichi, ¿no te basta con eso?

—Precisamente por eso quiero saberlo.

—Tal parece que serás un amo más problemático que el anterior —dijo con resignación—. Me gustaría contestar tu pregunta, pero fuiste tú quien dijo que no quería saber información que condicionara su futuro.

El niño se sentía un poco decepcionado, pero comprendía la postura de su versión juvenil.

—Pero puedo ayudarte a encontrar la respuesta.

Metió la mano derecha en el bolsillo correspondiente de su pantalón para sacar un objeto que le mostró al niño: la corona dorada de laurel.

—Esto es...

—Algo importante, ¿cierto? —dijo mientras el pequeño Daichi tomaba lo que siempre trató como un amuleto de la suerte—. Cuando un talismán elige a un guardián mágico, este tiene que hacer un juramento con ella como señal de que utilizan su poder con un objetivo. Por medio del juramento, los guardianes nos aseguran que han aceptado una misión, ya sea impuesta o voluntaria, y que usarán la magia para cumplirla. Así es como estos objetos se convierten en una fuente proveedora de magia y en un recordatorio. —Señaló la corona de laureles—. Esta pieza que tanto has cuidado tiene una serie de atributos especiales, pero no se diferencia tanto de una gema creada a partir del espíritu de Mao, así que un guardián puede jurar ante ella, por eso la han llamado corona del pacto.

Daichi niño se veía pensativo mientras contemplaba aquel objeto tan preciado para él.

—Si existe algo que quieras con todas tus fuerzas, puedes ver ese motivo como una misión.

—Entonces, ¿puedo hacerle una petición egoísta?

—¿Por qué no? Siendo tú, tal vez no sea tan egoísta.

"¿En verdad está bien que confíe tanto en mí?", pensó mientras acariciaba su amuleto de la suerte para después mirar de nuevo a su versión adolescente. Pero no pudo plantearle su duda: la imagen de Daichi joven se desvaneció para revelar la figura brillante de la espada que flotaba ante el verdadero Daichi, quien notó que la corona de laureles de su mano se suspendía en el aire hasta colocarse frente a su espacio correspondiente en la hoja del arma.

—¿Cuál es tu petición?

Pudo escuchar su voz que provenía de todas partes, como si en realidad hubiera hablado solo todo ese tiempo, como si el pacto no fuera con el talismán que lo había elegido. Al notarlo, titubeó por un momento: ¿iba a pedirle lo que estaba pensando a un objeto mágico o en realidad se lo estaba pidiendo a sí mismo?

—¿Podrías recordarme quién soy yo?

Nuevamente, la voz invadió cada sitio de la oscuridad.

—No se trata de recordar quién eres, no lo has olvidado; tampoco se trata de aceptar por completo tus defectos si quieres y puedes cambiarlos. Si lo ves de esa manera, ¿qué quieres ser?, ¿cuál es tu verdadera petición?, ¿cuál es tu deseo?

Mientras recuperaba su cuerpo de dieciséis años y repasaba todas las escenas de su vida que había olvidado por el conjuro de intercambio, una serie de ideas cruzaron por su mente: quería recuperar la confianza que había perdido, pero temía volver a ser el niño que se decepcionaba cuando las cosas no iban como esperaba; deseaba que sus palabras volvieran a tener el efecto de animar a todos, aunque también quería cumplir todo lo que decía, hacer promesas cuyo control pudiera estar en sus manos; si algo pudo entender durante aquellos días como niño impotente era la terrible sensación de querer ayudar sin poder hacerlo, el miedo a que su mundo colapsara sin hacer nada al respecto, la tristeza de tener poder y no usarlo, pero también el temor de depender de él.

Entonces supo lo que realmente quería. Extendió la mano derecha para tomar la corona del pacto y decir su petición.

—Deseo luchar por mi mundo.

La espada escuchó el deseo y lo consideró bueno.

Mientras caía para clavarse en el vacío, iluminar el espacio y mostrarle la salida a su nuevo amo, la voz que lo invadía todo dijo algo más antes de volver a perderse:

—Su deseo era similar al tuyo.

—¿Su deseo?

Un brillo extremo lo obligó a cerrar los ojos y su pregunta, tan repentina como aquella frase, no pudo ser respondida.