PREFACIO

A nosotros, los caídos; a los del destino maldito, a los que buscan el perdón en el infinito; a los que intentan entender su destino, a los que han perdido absolutamente todo; a los que intentan resolver los errores de sus mentores, a los que han abandonado su mundo para sufrir; a los que se enfrentan voluntariamente a La Verdad, a los que se olvidan de todo esto.

Hijos e hijas de un Dios mortal, creados por capricho. Condenados a la prisión infernal, más allá del halo que cubre nuestra cuna; el anillo más grande, el del reino de esa misma deidad.

Exiliados de El Paraíso al que una vez llamamos nuestra tierra, mientras que otros renacerán por siempre en la eternidad; Presente, Pasado y Futuro.

Este es el verdadero camino: La Existencia, por muy etérea que sea, se anula al construir El Principio y El Fin de todo; somos una contradicción, La Contradicción.

E. de Edén

CAPÍTULO 1

Akame era médico y, aunque en sus años de universitaria estudió las carreras de Medicina general y Física teórica al mismo tiempo y dedicó toda su vida estudiantil a trabajar duramente, la vida, en su caso, giró de la forma más insospechada: había acabado ejerciendo de enfermera en sus ratos libres.

En la universidad conoció a Kaito y rápidamente se enamoraron. Un año después de acabar los dos doctorados, en 2009, Akame se casó con Kaito, justo después de que sus padres murieran en un terremoto en Tokio en el año 2008. Akame se doctoró en medicina y física casi al mismo tiempo, y poco más de tres años después, en 2011, ya estaba trabajando en un hospital, cuyo dueño era el padre de Kaito.

A Akame nunca le gustó que los demás hicieran sus deberes, pero, como estaba embarazada de Mio, pensó que lo mejor era conseguir un trabajo lo antes posible. Así se convirtió en jefa de enfermería en el Hospital Central de Soya'Rhöw por enchufe del director Koji Ayuzawa. Aunque en realidad solo era la jefa del departamento de enfermería y su verdadero trabajo se encontraba en el departamento de cardiología, pasaba la mayor parte del tiempo vestida con el uniforme de enfermera como si realmente lo fuera.

Aquel día radiante era uno como cualquier otro para Akame. Era veintinueve de mayo de 2016, su cumpleaños, pero ni siquiera había tenido tiempo para pensar en ello. Había tenido que hacer una suplencia en el turno de noche y su cerebro estaba demasiado ocupado.

La mañana era soleada y Akame acababa de terminar su turno. Aún con el uniforme de enfermera, abrochándose la chaqueta y buscando las llaves del coche al mismo tiempo, Akame bajó rápidamente las escaleras de la entrada para irse a casa definitivamente. Como una exhalación, y pisando por poco aun grupo de palomas que comían en la acera los restos de una barra de pan, Akame subió a su coche con las llaves entre los dientes y no perdió ni un instante para quitarse la chaqueta y el bolso. Se puso el cinturón de seguridad por encima. Al intentar encajar la llave para arrancar el coche, el sudor hizo que el llavero resbalara de sus dedos cayendo en el suelo del coche.

- ¡Kuso! - Akame se quejó y se echó hacia atrás el pelo con las manos. Por si no era bastante, el mundo parecía tenérsela jugada el día de su cumpleaños. Haciendo contorsiones circenses consiguió colarse debajo del volante y coger las llaves, pero al incorporarse se golpeó con el volante en la cabeza. - ¡Gracias...! -.

Akame miró al volante con la cara cubierta por su pelo y, por fin, fue capaz de arrancar el coche. No tardó mucho en pisar el acelerador para largarse de allí. Si hubiese dicho que no, si hubiese mantenido su plaza en los laboratorios de la universidad... ahora no tendría que estar haciendo puñeteros turnos de noche. "¡Baka!" Estos eran los pensamientos que a menudo acompañaban a la enfermera cuando recordaba aquella cena familiar en abril de 2011 en la que su suegro le ofreció el puesto en el hospital.

Su suegro se parecía mucho a Kaito. Tenía el pelo negro y liso. Se solía peinar hacia atrás y cuando tenía el pelo mucho tiempo sin cortar se acababa pareciendo a Albert Einstein. De hecho, tenía un mostacho muy parecido, o eso es lo que creía Akame.

Kaito era prácticamente igual, pero con un fino bigote y una arreglada perilla y con treinta años menos. Aquella vez, su padre trajo su famosa tarta de salmón casera y Akame estaba encantada. Él sabía que a Akame le gustaba mucho esa tarta y la preparó para asegurarse de que la esposa de su hijo estaba de buen humor y en condiciones de recibir la noticia.

Cuando Akame fue informada sobre ello sonrió, pero esa sonrisa le dolió por dentro y, aunque no quería admitirlo, la tarta le produjo una indigestión que le duró varios años hasta que se acostumbró a trabajar en el hospital.

Todo aquello dejó de tener importancia en la mente de Akame cuando se dio cuenta de que, como un autómata, había aparcado el coche y estaba abriendo la puerta oxidada del portal del edificio en el que vivía: Número 123 de la Avenida Dengel en el Barrio de Keeldoom. Sin pensar mucho más, entró y fue directa al buzón para ver si había correo.

- ¿Correo para Akame Ayuzawa? - Eso no entraba dentro de su esquema mental. - ¡Facturas, facturas y más facturas! ¡Todo el día trabajando y lo único que recibo son facturas! - Akame cogió una carta que resaltaba sobre todas las demás. Tenía un sobre de color naranja y verde chillón, era inconfundible. -Para Akame Ayuzawa: ¡Feliz cumpleaños! Remitente: Koji Ayuzawa... -Akame explotó para sus adentros.

El suegro de Akame solía enviar cartas en todas y cada una de las fiestas y celebraciones que había en un radio de varios países a su nariz, aunque nunca las celebrase él mismo. A pesar de sufrir de narcisismo y de pedantería crónica, "El Gran Doctor Koji Ayuzawa", que era como se hacía llamar en los bares y tabernas que frecuentaba para hacer apuestas no siempre legales, era un buen hombre. Y si había carta también había tarta, por lo que Akame tuvo que reírse, aunque en silencio, por no llorar.

Cerró el buzón y entró en el ascensor. El ascensor era un lugar de relajación para Akame. Sabía que después de pulsar el botón tenía nueve pisos para meditar sobre su vida y para arreglarse y no parecer una boxeadora en vez de una enfermera con doble doctorado. Se miró en el espejo y se colocó la melena negra y lisa como le permitieron sus manos. Intentó arreglarse el flequillo, pero era obvio que aquello no tenía solución. Akame era blanca como la nieve y no usaba mucho maquillaje. Únicamente se pintaba los labios de un rojo apagado y se daba una ligera sombra de ojos negra. En el bolso llevaba todo lo necesario para estar presentable, pero eso no era algo que le importara mucho. De todas formas, iba vestida con el uniforme del hospital y, seguramente, el aroma a enfermos y a antisépticos que llevaba impregnado se olía a varios kilómetros a la redonda.

El ascensor se detuvo y Akame aspiró hondo antes de salir. Afortunadamente, y por suerte para ella, la puerta del apartamento de los Ayuzawa quedaba justo enfrente del ascensor: Puerta B del noveno y último piso.

"Qué pena que estén a punto de hacer reparaciones en el ascensor..." Pensó ella mientras sacaba las llaves del bolso. Al ir a introducir la llave en la cerradura, el llavero saltó de sus manos como si tuviera aceite de motor en los dedos. ¿En serio? Pensó ella agachándose para cogerlo mientras sentía como una gota de sudor frío le resbalaba por el cuello y después por la espalda.

- ¡Baka! - Al fin, Akame consiguió acertar en la cerradura y, con un movimiento de muñeca digno de un tenista, giró el pomo, abrió la puerta y entró en casa. La entrada estaba oscura y por poco Akame se tropieza con la vieja mesilla que su suegro les cedió como regalo de boda.

"No sé por qué conservamos esta mesa... Aquí estorba." Por un momento, Akame pareció percibir un aroma extraño. Al olisquear el aire, percibió la deliciosa mezcla: Tarta de salmón, por caridad de su suegro, y sopa de Miso, especialidad de Kaito.

Al penetrar las deliciosas partículas por sus fosas nasales, Akame se quitó rápidamente su chaqueta de cuero negra y la colgó en el perchero para sombreros sin sombreros a la derecha de la puerta, dejó el bolso sobre la mesilla a la izquierda y avanzó por el pasillo hacia la cocina mientras se quitaba los zapatos saltando a la pata coja.

El piso no era muy grande, pero era acogedor. Al avanzar por el pasillo se podía encontrar la cocina a la izquierda y a la derecha el salón. Al fondo se encontraban las escaleras para subir al segundo piso. Al ser la última planta, la familia se pudo permitir hacer algunas reformas y modificar el ático, juntándolo con la buhardilla que usaban como almacén, para construir una segunda planta y tener más espacio.

La parte de arriba tenía casi la misma estructura que la parte de abajo: A la izquierda se encontraba el escritorio de Kaito, encima de la cocina, y a la derecha, sobre el salón, la habitación de Akame y Kaito, seguida por el cuarto de Mio. Al fondo se encontraba el baño. La casa tenía, en general, un ambiente acogedor. Era como estar en una casa típica de los años cincuenta, pero con toques decorativos japoneses. Esto era de esperar, ya que en Soya'Rhöw la población y la cultura eran muy variadas al ser de origen japonés, estadounidense y centroeuropea. A parte del estilo de ser de la casa, estaba llena de posters de películas y de cuadros que Akame pintaba en sus ratos libres, cuando los tenía.

Al llegar a la cocina, Akame entró con los zapatos en la mano. Entró dispuesta para saludar a su familia, pero no había nadie. El único indicio de actividad que quedaba eran los platos vacíos sobre la mesa.

"¿Dónde está todo el mundo?" De repente, Akame detectó por el rabillo del ojo unos papeles sospechosos sobre la encimera. Lanzó los zapatos al sofá desde el marco de la puerta de la cocina y fue directamente a inspeccionar esos folletos de papel claro y alargado que habían llamado su atención. Al cogerlos se dio cuenta de que eran tres entradas para el cine. "¡Increíble! ¡Quería ver esta película desde que se estrenó hace semanas! ¡Puñeteros turnos de noche!" Antes de que pudiese darse cuenta, Kaito y Mio llegaron por detrás para intentar sorprenderla.

- ¡Sorpresa! - Kaito tapó los ojos de Akame con sus manos.

"Menos mal que aún os tengo a vosotros..." Pensó Akame. Inmediatamente se giró para besar a Kaito. Mientras tanto, Mio salía de detrás del sofá y corría hacia Akame.

- ¡Feliz cumpleaños Mamá! - Akame recibió un fuerte abrazo de Mio, la cual, con casi 6 años, solo llegaba a alcanzar con la cabeza la cintura de sus padres. Akame no pudo evitar sonreír.

"A lo mejor debería pensar menos en el trabajo..." Volvió a pensar ella antes de decir nada.

- ¡Vaya, veo que lo tenéis todo planeado! - Akame se agachó y le acarició el pelo a Mio.

- Mio, ve a lavarte los dientes. - Enseguida, Kaito se inventó una excusa para estar a solas con Akame.

- ¡Jooo...! - Mio obedeció a regañadientes a su padre y se fue correteando piso arriba para ir al baño.

Akame, por fin, después de un largo período de trabajo, pudo sentarse y descansar un poco. Kaito le sirvió un plato de sopa y se sentó junto a ella. Mientras tanto, Akame pensaba en el paradero desconocido de la tarta de salmón. "¿Estará en la nevera?"

Pasados unos instantes, Akame regresó al mundo real y vio el plato de sopa delante de ella. Sin pensárselo dos veces, se lanzó hacia la comida y acabó el plato antes de que Kaito pudiera pronunciar una palabra.

- ¿Qué tal el día? Mejor dicho: ¿Qué tal la noche? - Kaito sonrió mientras le quitaba de la cara a Akame el destartalado flequillo.

- Agotador. Estoy hecha polvo... - Akame se llevó las manos a la frente mientras se relamía. Cogió la servilleta de papel para limpiarse. No fue hasta después de haberla manchado cuando vio que estaba decorada con dibujitos de globos y confeti y un logotipo ornamental que decía: ¡Feliz cumpleaños! "¿Por qué se molestarán tanto en fabricar estas cosas si las vamos a manchar y van a acabar en la basura?" Akame dejó la servilleta sobre la mesa y lanzó un fuerte suspiro.

- Akame, la enfermera que nunca descansa... – Kaito bromeó y después comenzó a reírse. Akame no pudo evitar reírse también.

"En realidad tiene toda la razón. Debería descansar un poco... al menos por hoy." Akame sentía que se iba a quedar dormida de un momento a otro.

- Relájate y disfruta de cinco minutos de descanso. - Kaito cogió su silla, se sentó detrás de Akame y comenzó a darle un masaje. Akame se quedó dormida por unos segundos. Ni siquiera ella se dio cuenta. - No te vas a morir por quedarte quieta un segundo... - Kaito dio un beso a Akame en la mejilla.

- Lo sé... - Akame suspiró y cogió la mano a Kaito con una ligera sonrisa. Akame comenzó a sentir la necesidad de moverse. No estaba acostumbrada a estar parada más de cinco minutos sin hacer nada. Acarició la mano a Kaito y le lanzó una mirada traviesa. Se levantó y se dirigió a la puerta.

- ¡Eh, que aún no te has acabado mi sopa especial! Todavía queda una olla entera... - Kaito se indignó bromeando. Se levantó y se dio cuenta de que tenía una mancha en la camiseta de su pijama.

Akame se apoyó en el marco de la puerta y volvió a mirar a Kaito de forma juguetona. Lanzó una sonrisa de complicidad a Kaito mientras se desabrochaba el uniforme y se despidió con la mano antes de irse. Kaito no pudo evitar devolverle la sonrisa. Corrió hacia ella y la pellizcó por la espalda entre risas.

Afortunadamente para Akame, se había pasado el día anterior entero durmiendo. Por esa razón, pensó que podría aguantar hasta después de ir al cine tomándose una taza de café. Al parecer, en el mundo, a veces, no todo era trabajo, pero, aunque Akame lo sabía, no podía evitar estar moviéndose en todo momento. Mientras Akame se daba una ducha y se preparaba para ir al cine en familia pensó en ello y recordó sus clases de artes marciales.

Cada verano se apuntaba a escuelas de artes marciales para mantenerse en forma y por esa necesidad incontenible de mantenerse en movimiento. En realidad, se le daba bien y era casi cinturón negro en varias academias diferentes. Por ello, cada pocos años tenía que inscribirse en una diferente. Yendo hacia atrás en su memoria, recordó que en los años de universidad recibió clases de esgrima y de tiro al blanco y que incluso llegó a competir. Todas esas actividades eran meramente entretenimientos para ella, con los que evitaba pensar en algunos aspectos de la vida que no acababa de comprender y con los que no quería encontrarse a menudo. Pero ese día era distinto, era su cumpleaños y tenía, por primera vez en mucho tiempo, el día libre.