CAPÍTULO 8:
Rules of engagement
Jueves, 3 de junio

Mike no había disfrutado tanto viendo un partido de Los Angeles Lakers desde hacía muchísimos años. Durante los dos primeros cuartos mantuvieron a raya la ventaja de puntos que lograron arrebatarles duramente a los Celtics.

Cada vez que el equipo de la Costa Este se acercaba peligrosamente a igualar el marcador, Bryant, Gasol y los demás jugadores, contraatacaban con mucho empeño y ganaban más puntos ya fuera con tiros libres imposibles, rebotes in extremis o lo que hiciera falta. Pero no fue hasta casi el final del segundo cuarto que lograron sacarles una ventaja de 11 tantos sobre el marcador y el entrenador de los Boston Celtics pidió tiempo muerto para reconsiderar seriamente la estrategia a seguir.

Vic abucheó de manera muy ostensible al entrenador de los Lakers cuando sacó de la cancha de juego a Bryant y colocó en su puesto a Walton (si bien fue una decisión que Mike consideró acertada). Gasol y Bryum aún estaban frescos y mantuvieron el vertiginoso ritmo durante los últimos minutos para sostener el marcador con esa ventaja táctica. Pero Rondo les ensombreció un poco la paliza que les estaban dando a los Celtics, clavando un tiro en las últimas décimas de segundo y dejando el final del segundo cuarto con un 41-50 más que merecidamente justo.

La última vez que había asistido a un partido de los Lakers, en vivo y en directo, fue antes del 11-S, junto con su hermano mayor, y para colmo ese día perdieron ante los Sixers. Siempre se había llevado bien con Ian desde pequeños (aunque nunca soportó el modo en que él se plegaba ante la voluntad de su padre) y mantuvieron el contacto todo cuanto pudieron después de que Mike se emancipara y abandonara la casa familiar. Pero, para Mike, «El General» había perdido totalmente su respeto el día que su madre murió. Muy lejanas quedaban ya las escasas ocasiones que habían acudido toda la familia reunida a ver los partidos de Ian del instituto.

Megan nunca había sido una apasionada del baloncesto y se veían muy esporádicamente, en fechas relevantes como Acción de Gracias o Navidades, desde que se había mudado a New York. Ella trabajaba en el mundo de la moda como relaciones públicas en las pasarelas de los grandes diseñadores y no tenía tiempo para Mike. En ocasiones le costaba creer a cualquiera que fueran hermanos, entre que no se parecían en nada físicamente y lo desapegada que Megan se había vuelto de mayor hacia él.

Así pues Mike se conformó, tras la muerte de Ian, con ver los resúmenes de los partidos en los noticieros y, durante un largo tiempo hasta que conoció a Vic, dejó de seguir los resultados de su equipo favorito con tanto afán, como en ese momento.

Mike casi podía olvidar todos los problemas que le habían disgustado durante la semana, incluso llegó a evadirse del hecho de que llevaba puesto ropa interior de mujer y un denigrante tampón alojado todavía en el recto. Pero él no podía saber cuáles otros ojos estaban pendientes de aquel partido, aparte de los de Linda, ni tampoco podía llegar a imaginar lo que se le venía encima por lo que acontecería esa noche.

—●—●—

«Voy a perder veinte pavos». Se dijo el teniente de narcóticos dando otro toquecito a la pantalla de la tele portátil para que la retransmisión se volviera a ver correctamente, aunque no le sucedía nada raro a la imagen. Por mucho que martilleara el costado del aparato, como un pájaro carpintero el tronco de un árbol, no alteraría el resultado del marcador que a cada minuto ensanchaba la diferencia de puntos entre los dos equipos.

Fergusson veía el partido sumido en el silencio y la soledad de la oficina, con el volumen a cero debido a que le había tocado el turno del teléfono de chivatazos. Desde el asesinato de Manuel Vázquez no le habían asignado nada más que tareas burocráticas y ya se estaba hartando de escuchar a sus espaldas cuchicheos o de que cada vez que entraba en un lugar le recibieran con miradas mal disimuladas y súbitos ataques de afonía.

Pero el teniente no estaba realmente molesto por su trivial apuesta deportiva, ni porque la banda de Ramírez hubiera vuelto a actuar brutalmente con esa ejecución. Ni tampoco porque fuera un paria, dado que había dejado patente a sus compañeros que había una fuga de información dentro del cuerpo de policía. Su verdadera preocupación era otra consecuencia inesperada de ese crimen.

«¿Y si me ha vuelto a mentir esa cara de rata?», pensó vertiendo toda su ira y sus inquietudes contra el diminuto televisor, aporreándolo sin contemplaciones.

—¿Otra vez has apostado contra los Lakers, teniente? —oyó de improviso preguntar a sus espaldas a la teniente Duncan, uno de los escasos policías que todavía le hablaban. El tonillo de su voz, a medias un reproche irreverente, a medias un ocurrente sarcasmo, era el típico acento que añoraba de lo más profundo de New York.

—Me pudo el orgullo de la Costa Este —respondió Fergusson girando levemente el rostro a la recién llegada a modo de desabrido saludo de bienvenida. Su carácter, un tanto arisco, solía traer de cabeza a sus políticamente correctos colegas angelinos desde que él había pedido el trasladado. No sucedía así con la teniente de robos y homicidios Cheryl Duncan, una cara conocida de su carrera en la policía de Queens.

Aunque Paul Fergusson hubiera preferido reencontrarse en este lado del país con cualquier otro rostro. No es que su relación fuera más allá de un par de encuentros fortuitos en reuniones, ceremonias, funerales y demás formalidades anónimas en las cuales solo habían intercambiado unas contadas palabras. Ambos emigraron por diferentes causas y las suyas estaban relacionadas con una joven agente (ambiciosa, hermosa y sin escrúpulos) que le costó su matrimonio y que se daba un cierto aire a la teniente.

—¿Qué te trae por aquí? —inquirió fingiendo indiferencia y dándole la espalda, para no fijarse más de lo necesario en cómo Duncan se despojaba de su blazer (debido a que el aire acondicionado se había escacharrado por enésima vez) y lo dejaba en el respaldo de una de las muchas sillas giratorias desperdigadas, revelando su fibrosa figura moldeada a base de machacarse durante horas en el gimnasio de la central.

—Acabo de venir de un incendio en un fumadero de crack, una verdadera ruina de pruebas chamuscadas —explicó con un resoplido de tedio que hizo revolverse los rizos que se le habían pegado a la cara y a continuación, tirándose perezosamente en el asiento que había enfrente del teniente Fergusson, dijo—. Así que, hasta que los analistas del departamento de bomberos dictaminen qué dejó a esos yonquis tan crujientes y asados como un cubo del KFC, tengo unas cuantas horas libres —añadió cerrando los párpados henchidos y reclinándose en el respaldo, como si tuviera intención de echarse una siesta ahí mismo. Era una imagen que podía llegar a considerarse muy sugerente y sensual, pero en la cual Paul procuró no prestar atención.

—¿Y has decidido hacer una visita para informarnos en primicia de los detalles truculentos? —exclamó él evitando esbozar una risita y tomárselo a broma.

Nunca se sentía a gusto con el humor negro del departamento de homicidios (y a menudo pensaba que debía de ser un obligación para ingresar en él o acaso la deformación profesional del morboso oficio) pero, por fortuna, la forma de hablar de ella logró disipar sus frustraciones, su libido y de paso todos los demás tipos de apetito.

—No, no, Snyder y Alvarado ya están con tu capitán en el lugar de los sucesos, organizándolo todo —Duncan empezó a revolver unos papeles de su abultado portafolios y el ruido hizo que él por fin despegase los ojos de la pantalla con una pizca de curiosidad—. Me preguntaba si no te importaría echarle un vistazo a esto por mí. —Le enseñó una hoja de papel delante suyo, que Fergusson no se molestó en tocar.

El tiempo que empleó en examinarla apenas pudo considerarse como «vistazo», cuando volvió a observar a la teniente Duncan a los ojos, puso su más inexpresiva cara de póquer. El documento estaba en blanco, excepto por unas escuetas líneas de texto al final que parecían indicar de manera incompleta una dirección de correo. El código postal no era de California y le bastó saber eso para no hacer más preguntas.

«Esto no puede traer nada bueno». Paul tenía el presentimiento de que siempre se metía en líos cuando se encontraba fuera del horario laboral y sin testigos de alguna conversación comprometedora.

Primero, en New York, con una de sus subordinadas, después en esa misma oficina cuando fichó como soplón a ese cretino antes de que lo metieran en una celda y ahora lo-que-demonios-fuera en lo que quería implicarle Cheryl Duncan.

—Te escucho —exclamó de manera completamente neutra, dejando claro que la pelota estaba en su tejado pero que no tenía mucho interés en ir a recogerla.

La teniente arrugó brevemente el ceño al notar que Fergusson no había picado ante un ardid tan sencillo. Ambos estaban acostumbrados a realizar interrogatorios y aunque sus sospechosos habituales eran de perfiles muy diferentes (traficantes y asesinos podían parecer de la misma calaña, pero se les presionaba de distinta manera), se conocían todas las estrategias del manual.

—Lo he encontrado como parte de un informe de balística, cuando revisaba la base de datos, en uno de los casos que tengo abiertos —comenzó a decir Duncan de mala gana tras un tenso minuto—. Al principio creí que podía ser un error de la impresora…

—Pero no lo es —atajó él, para que no se dispersara, ni buscara excusas. La teniente negó apáticamente con la cabeza y luego dejó caer los hombros, capitulando.

—¡Ah, vale! ¡Te lo diré! —estalló Duncan al ver que se chocaba contra un muro y no sabía cómo seguir con ese paripé—. Me han asignado el caso de tu asesinato, la rata que recibió un disparo entre ceja y ceja —añadió de prisa y corriendo al ver una breve señal de confusión por el desatinado juego de palabras que había empleado.

Fergusson sufrió una sacudida y sintió como si hubiera resbalado un peldaño de escalera mientras corría a toda velocidad. Su corazón se saltó un latido a destiempo por la súbita irrupción de adrenalina en su torrente sanguíneo al ser consciente de la oportunidad que se le abría inesperada y peligrosamente ante sus ojos.

La duda que le había estado corroyendo durante esos días, era que no sabía nada de la víctima que su verdadero chivato le indicó, sólo la información que había podido escamotear de parte de asuntos internos. Podía tratarse de un desdichado inocente que escogió al azar, un tipo al que le debía mucha pasta o realmente se trataba de un sicario a sueldo con una larga lista de muertos a sus espaldas.

—Creo que no deberíamos… —empezó a decir el teniente tras unos tensos segundos en los que dudó entre hacer lo correcto y transgredir aún más las normas.

—¡Venga ya, Paul! —protestó impetuosamente, saltándose las formalidades—. No es la primera vez que compartimos información de manera oficiosa de un caso.

Sacó otro documento de la pila compactada de celulosa que llevaba colgada del hombro, antes de que él pudiera llegar a frenarla, y arrimó ágilmente la silla con un empujoncito de los tobillos. A él le golpeó, como un ariete a la carga, la fragancia a Vicks VapoRub, que Duncan se aplicaba en el labio superior de su boca para engañar al olfato cuando visitaba un escenario particularmente pestilente, entremezclada con el tufillo a hollín del incendio y su almizcleña transpiración de la jornada laboral, logrando que esa mezcolanza de notas discordantes le atrapase sin remedio.

—Mi investigación del arma ha alcanzado un maldito callejón sin salida y ya no sé a quién más recurrir —comentó desalentada mientras releía el informe del caso en voz alta, como para sí misma. O al menos, en teoría, para sí misma—. No encontramos el casquillo, pero la bala de nueve milímetros parabellum pudo ser extraída en buenas condiciones de la base del cráneo y el examen preliminar de la chaqueta metálica indicaba que había sido disparada por un cañón poligo… blablablá —se impacientó y pasó con rapidez las numerosas páginas, ante tanta palabrería técnica—. En definitiva, parece que se trataba de una de tantas Glock que pululan por ahí.

«¡Como no!», convino Fergusson con ella al ver el gesto de fastidio de su rostro. Era una de las armas más comunes entre pandilleros y criminales, no porque hubiese todavía algunos que creían el falso mito de que no se podía encontrar con los detectores de metales. Sino porque tenía más balas en el cargador que otras pistolas semiautomáticas similares y carecía virtualmente de un seguro de disparo en su diseño.

Por lo que era la elección preferida de aquellos imbéciles que no tenían bastantes neuronas en el cerebro para hacer algo más complicado que apuntar y disparar. Que la policía de Los Ángeles, y los departamentos de otras grandes ciudades, la hubieran añadido a su inventario muy recientemente, era para muchos agentes un síntoma de que los requerimientos de entrenamiento se habían vuelto más laxos y preocupantes.

—Lo que hace interesante a esta pistolita es que hace tiempo que perdió la virginidad. —Duncan solía expresarse muy a menudo de ese modo chabacano y sórdido, para hacerse notar estando rodeada de hombres.

—¿Se ha usado en otros delitos? —preguntó el teniente, más que nada para frenar un poco su progresiva celeridad que porque no hubiera entendido que se trataba de un arma sucia que había cambiado varias veces de manos.

—Doce muertes, sin incluir a Manuel Vázquez, por supuesto —exclamó la teniente de homicidios con una sonrisa que se extendía de oreja a oreja, al hallar una brecha en su muro y logrado que enunciara una pregunta directa—. Distintas marcas de munición cada vez y distinto modus operandi. A veces no se llevan los casquillos consigo, otras vacían el cargador al completo como si tratase de un tiroteo de las viejas películas de western. También hay actos de violencia fortuita: chapuceros atracos a mano armada que terminan de la peor manera posible. O ejecuciones en plan profesional como el de tu confidente —Al llegar a ese punto de su discurso ella hizo una breve parada para tomar aliento y ver cómo se lo estaba tomando Fergusson—. Lo único que relaciona todos estos casos es el arma y el hecho de que entre cada uno de los delitos hay varios meses de diferencia y muchos kilómetros de distancia.

Se hizo el silencio entre los dos, sin que nada de lo que normalmente lo quebrase pudiera hacerlo, ni la tele portátil, ni el aire acondicionado, ni el timbre del teléfono.

A la espera de que el teniente se pronunciase de una vez por todas.

—No sé en qué crees que te puedo ayudar con tu caso —dijo con claridad, aunque ya tenía una ligera idea de qué era el documento casi en blanco y de sus intenciones.

—¡Ah, bueno! ¡No esperaba ponerte a punto con tan poca cosa! —respondió la teniente Duncan con una sonrisa un tanto descarada, volviendo a bucear en la pila que se asemejaba a un listín telefónico.

«¿No hace un poco de calor por aquí?», pensó sofocado Fergusson, sintiendo bochorno a pesar de que ya se había aflojado la corbata y quitado la chaqueta. Quiso decir alguna excusa para dar por acabada la conversación, pero su garganta se resintió, inesperadamente seca, y tuvo que echar mano de los posos al fondo de un vaso de café.

—Eso no eran más que los preliminares —exclamó triunfante, arrojándole prácticamente a la cara, un archivador lleno de papeles—. Antes de que digas rotundamente «no», échale un vistazo a este doble asesinato en un pueblecito llamado Clovis. En Nuevo México, no el Clovis que hay al norte del estado.

Fergusson comprobó aliviado que, por deferencia hacia él, extrajo de los clips los duplicados de las fotos de los cadáveres realizadas en el escenario del crimen: Dos coyotes muertos a tiros casi dos semanas antes; múltiples orificios de entrada y salida en cuello, torso y abdomen según se indicaba con una pulcra letra en el croquis del patólogo forense; óbito causado por shock hipovolémico; ausencia de tóxicos, alcohol u otras drogas recientes en su organismo, tal y como indicaba la analítica. Sin embargo, los dos fallecidos eran consumidores habituales de todo lo que conocía el teniente. Era probablemente un ajuste de cuentas venido a menos.

Nada esclarecedor, ni remotamente interesante, siquiera.

Siguió pasando páginas hasta que dio con un retrato robot del sospechoso principal conseguido a través de la declaración de un testigo y tuvo que arquear las cejas de sorpresa. Duncan había grapado en un borde la fotografía ampliada, obtenida de la licencia de conducir de Puerto Rico, para que no se perdiera detalle de su indiscutible parecido.

—Tu rata muerta. Oficialmente el informante HJ377, llamado Manuel Vázquez.

—¿Él se cargó a dos tipos en Nuevo México? ¡¿CÓMO COÑO…?! —carraspeó ligeramente y se contuvo al haber alzado excesivamente la voz y el tono. Se restregó la mano por los labios y la barbilla en un gesto nervioso y se incorporó aun más en la silla.

La cabeza parecía que le iba a dar vueltas sin comprender qué estaba pasando.

—No te tortures tanto, Fergusson. Las ratas son ratas porque siempre se rodean de mierda —intentó serenarle ella, malinterpretando su desasosiego y creyendo que era la primera noticia que tenía. Pero ese esperpento ya le había dicho que era el nuevo sicario de Ricardo Ramírez—. A todos nos ha pasado alguna vez algo así con un soplón.

«No, ni por asomo. ¡Yo estoy rodeado de mierda!», se lamentó el teniente.

—¿Cómo has dado con esto…? ¿Cómo has vinculado a mi fuente, con estos dos muertos de otro estado?

—Ya te lo he dicho, siguiendo el hilo del caso a través del arma del crimen.

Fergusson tardó exactamente tres segundos de reloj en conectar los puntos y soltó un ronco gemido de incredulidad antes de poder hablar. Con toda razón Duncan había llegado lejos en su carrera en tan poco tiempo. Cuando se metía a investigar en un caso era como un perro con un hueso, no cejaba hasta que lo dejaba totalmente mondado.

—¿Crees que él usó la misma arma? —tanteó, más intrigado que preocupado.

—No, no es que lo crea, lo sé —sentenció de manera enérgica Duncan—. El lunes actualizaron la ficha de balística con los datos del doble asesinato porque van un poco lentos con su equipo forense. Las mismas estrías del cañón y del percutor en los casquillos, en unas balas de tipo + P +. Así que envié la foto de tu informador a la oficina del sheriff del condado mediante fax y hablé con ellos por teléfono, al revisar el expediente. Ayer, por fin, recibí la confirmación de su testigo ocular. Caso cerrado.

—No el tuyo —bromeó sin cortapisas el teniente. Duncan dejó caer los hombros, derrengada una vez más—. A tu capitán no le debe de entusiasmar que vuelvas a sumar miembros a tu club de fans, mientras desatiendes las obligaciones que te han asignado.

Cheryl cerró compungidamente los labios en una finísima línea (tensa como el corte de una navaja) confiriendo a los rasgos de su rostro una impresión más cuadriculada que de costumbre. Tenía las cejas espesas y rectas, aunque depiladas. Y el mentón, proyectado hacia ambos lados, siempre le había resultado poco femenino. Pero ese gesto, crispado y malhumorado, provocaba la ilusión de que su perfil se podía reconstruir a escuadra y cartabón. A excepción de la maraña de pelo, rizado sin orden ni concierto a su alrededor, que parecía un nido de pájaro en construcción.

—Nadie tiene porqué saber todavía que dos ayudantes del sheriff deben estar machacándoselas con mi foto de novata, por darles el caso resuelto y envuelto para regalo.

Paul se dio un sutil toque en el puente de la nariz, como señal de complicidad.

—●—●—

Si Bernice Bledsoe hubiera alzado tan sólo un segundo la mirada de su móvil mientras estaba a la espera de un taxi en la planta de United Club de la terminal 7 del aeropuerto, se habría llevado una morrocotuda sorpresa al reconocer en la televisión de plasma del bar a dos de sus empleados como parte del público asistente en el encuentro deportivo.

Sin embargo, la conversación de los comentaristas sobre el partido de baloncesto era para ella un galimatías incomprensible y anodino que no requería su atención. En su lugar, ponía al día las citas de la agenda intentando hacer malabares con las horas y encontrar un hueco para poder asistir a la graduación de su hijo a finales del mes.

El viaje a New York había sido tan previsiblemente frustrante, como forzoso. La cita con los directivos de Imagine Factory en Madison Avenue fue una trampa. Otra vez habían intentando convencerla de que vendiese su empresa, en esta ocasión mediante una supuesta fusión comercial muy provechosa, como casi quince años antes. Si los neoyorquinos perdieron su oportunidad aquella vez, fue por exceso de avaricia y por menospreciarla. Suponiendo que una recién divorciada (cuyo mérito más señalado había sido ganar el cuarto puesto de Miss Virginia) jamás se haría cargo de una agencia, que hacía aguas por todos lados, como Emmerich & Covington Advertising.

Pero después de pasar meses y meses de litigios para conseguir unas migajas de la fortuna de su ex-marido, había comprendido que en adelante no necesitaba dinero, sino una fuente para hacer dinero. Por aquel entonces era lo bastante joven, atractiva y lo suficientemente atrevida para cazar a otro multimillonario, pero remolcar con la custodia de sus hijos a cuestas echaba atrás a cualquier pretendiente. Además de que ya había salido demasiado escaldada de caprichosos ricachones que la querían exponer como una vulgar esposa-trofeo.

Su total desconocimiento del funcionamiento de una empresa, jugó a su favor de manera absurdamente próspera. Gracias a que los socios de su ex-marido retiraron su dinero (y abandonaron sus asientos en el consejo directivo), Bernice pudo tomar todas las decisiones que se le antojasen sin una verdadera oposición.

Así que cuando examinó, como bien pudo, las cuentas de la empresa y preguntó al anterior director de Contabilidad porqué había una diferencia de salario del 23% entre el personal masculino y el femenino. Y éste le objetó que aquella era la «política convencional en todos los negocios» y que era mejor que confiara esa responsabilidad en alguien más «competente y adecuado, como él». Ella le tomó la palabra, puenteó por encima suyo y habló directamente con el personal de Departamento de Contabilidad para que estimaran el desgaste que le ocasionaría a E&C echar a patadas al director (por incumplimiento de contrato), poner a otro en su lugar y el reajuste salarial que tenía en mente para ese ejercicio fiscal.

Su mote de «Reina de Hielo» (que le enorgullecía en secreto) se lo ganó a pulso ese mismo día. Pues bajó de sopetón el buen humor que se respiraba en la oficina con el cambio de situación cuando, en la reunión de toda la plantilla al terminar la jornada, dijo que cualquiera, sin distinción, que no rindiera adecuadamente a sus expectativas o que ninguneara sus decisiones seguiría el mismo camino.

«Tan sólo se necesita una jugosa zanahoria y un palo que dé bien fuerte», pensó con ironía que todo lo aprendido con los juegos de su ex-marido, podía tener muchas aplicaciones fuera de la cama. Que Bledsoe acabase por aquel ridículo rifirrafe con un puesto en la Agrupación de Mujeres Empresarias, de la Cámara de Comercio de Los Ángeles, fue una inesperada y agradable consecuencia.

La financiación que la salvó de la ruina la obtuvo sin tener que recurrir a bajarse las bragas, en ninguno de los sentidos de la frase. Acudió a todos los que habían sido perjudicados, de una manera u otra, debido a su ex-marido con una oferta irresistible: Poder mojarle en la oreja a ese cabrón, a cambio de una pequeña participación.

La lista era larga, pero que muy la…

«Shit!», maldijo para sus adentros cuando terminó de reordenar la agenda.

Miró por el rabillo del ojo y soltó un resoplido al comprobar que seguía sentado en la barra del bar. Bernice no había contado con la posibilidad de que tardaría tanto en salir del aeropuerto. Ya no sabía qué excusas inventarse para ignorarle, abrió una vez más el maletín que había facturado como equipaje de mano en busca de algo que distrajera su atención cinco minutos más.

Podía percibir la avasalladora intensidad de su mirada taladrándole la nuca, instándola a que se diera la vuelta y le dirigiera la palabra al joven que estaba sentado en la otra esquina, comiéndosela todavía con sus ojos. Pero Bernice Bledsoe era una verdadera maestra en el arte del autocontrol y supo abstraerse, a pesar de que empezaba a sentir, una vez más, esa insistente quemazón surgiendo de entre sus piernas cruzadas.

«Ha sido una muy mala idea», meditó para su propio martirio. Por supuesto, no había sido la primera vez, Bernice Bledsoe ya había ingresado en el Mile-high club, a bordo de un jet privado, mucho antes de que le pusieran el aparato corrector de los dientes a ese galán de medio pelo que se había tirado en los angostos baños del Boeing 747.

Como un regalo caído del cielo, descubrió en lo más hondo del maletín un curriculum que había preferido olvidar y la lista de campañas en las cuales había estado al mando Eric Jenkins. Los dos portafolios habían acabado en sus manos por diferentes razones, pero verlos al mismo tiempo resultó inspirador.

Desde hacía varias semanas, llevaba dándole vueltas y más vueltas al mismo problema, sin encontrar una solución: James LaBelle había sido el director creativo durante mucho tiempo, más de lo que Bledsoe y él mismo habrían previsto. Sus planes para jubilarse se vieron truncados tras la reyerta entre Jenkins y Brewster, en la cual hubo acusaciones infundadas de plagio.

Después de aquel incidente, LaBelle aplazó su retiro final lo más que pudo, sin dar explicaciones. Y el que era favorito para su sucesión dentro de la agencia, Eric Jenkins, dejó de serlo de la noche a la mañana. A título personal, ella habría preferido ascender a otra mujer al mando del departamento en su lugar. Pero debía de admitir que parecía el idóneo para el puesto.

«O al menos eso es lo que había creído», recapacitó Bernice, enfriando sus ánimos de cintura para abajo. Para rematar posó los ojos en el otro documento, torciendo el gesto en una mueca de suspicacia al leer y recordar aquel nombre…

—Blake Lackey —exclamó una desconocida, tendiéndole la mano a modo de insolente presentación neoyorquina. Bledsoe estaba esperando, para compartir el brunch con Owen Hart, un antiguo conocido que trabajaba en la agencia de modelos IMG, sentada en uno de los agradables sofás del vestíbulo del Waldorf Astoria y tenía la mente atareada en media docena de más cosas. Así que respondió al saludo, más por la fuerza de la costumbre, que por una decisión plenamente consciente.

—Buenos días —respondió lo más cortés que pudo, y evitó dar un respingo cuando ella tomó asiento a su lado.

¡No podía creerse tanto descaro!

—Sé quién es usted, Ms. Bledsoe —espetó, con una sonrisa cínica prendida, la impertinente—. El mundo de la publicidad es enorme pero afortunadamente aun tengo un par de contactos en La Ciudad que me avisaron sobre esta oportunidad.

—¿Oportunidad?

«Ojalá hubiera reaccionado mejor», se arrepintió Bernice de la respuesta tan ridícula que dio. Pero, a toro pasado, era muy fácil tomar en consideración lo que se debía o no debía hacer.

—Quizás le interesaría lo que yo puedo ofrecerle —añadió guiñándole un ojo. Aquel gesto de Lackey sólo logró dejar más descolocada a Bledsoe, que apenas se fijó en el curriculum que le estaba entregando en mano, hasta que lo movió un poco—. Sé que lo usual es que lo enviara a su departamento de recursos humanos, pero he preferido saltarme un poco las normas.

«¿Y también la medicación?», se asustó la directora de E&C, mirando por encima del hombro de Blake Lackey y pensando de manera apresurada cómo salir de ese aprieto.

—En este momento, no creo que tenga un puesto vacante para usted —Hizo un leve movimiento como devolviéndole el portafolios, pero desistió al ver el impasible rostro que exhibía. Era la única respuesta que podía ofrecerle, una gentil negativa que podía malinterpretarse como una puerta abierta al futuro.

—Puede guardárselo para cuando acaben de remodelar sus oficinas de Wilshire, Ms. Bledsoe —propuso sin darle la mayor importancia—. O bien puede echarle un vistazo entre tanto.

—¿De veras? ¿Tengo alternativa? —Bernice había logrado recuperar la compostura y consiguió verter en su tono de voz toda la mordacidad que había estado cultivando y destilando.

—Usted, por supuesto que sí. Yo, sin embargo, me que he quedado sin muchas opciones —profirió, reacomodándose en el asiento con un leve gesto crispado que se disipó al instante.

Daba la imagen por excelencia de la profesionalidad, con su conjunto de chaqueta y pantalón de corte ejecutivo, ni demasiado sencillo, ni demasiado elegante. Y todo lo restante de su look: el imperceptible maquillaje, el pelo recogido en una coleta, así como su recta postura al sentarse, le era muy familiar.

«¿Me estaría imitando para engatusarme… o quizás no?», se preguntó Bernice sentada en el aeropuerto, mientras repasaba el grueso documento, una vez más, como en aquel recibidor el domingo anterior en New York, forzada por la presión social.

Intentó recordar la clase de preguntas que se hacían en una entrevista de trabajo típica, aunque sabía que aquel escenario era poco convencional: Cuáles eran sus expectativas de aquí a cinco años, sus puntos fuertes y defectos, qué estaría dispuesta a realizar, etcétera. Pero a medida que leía y leía más párrafos, comprendió que sería una pérdida de tiempo y de saliva. Tan sólo con que confirmase la mitad de lo que se atribuía, le daba mil vueltas a la plantilla de su pequeña agencia de publicidad.

—No entiendo porqué le puede interesar trabajar con nosotros —exclamó Bledsoe, observando los logros académicos y su dilatada carrera publicitaria detallados en ese curriculum—. Si quisiera, podría probar suerte en Omnicom o Interpublic…

—La pega es que ya he trabajado para uno de los grandes —dijo de manera un poco taciturna Lackey, desinflándose su altanería—. Espero que la próxima vez que nos veamos sea en mejores circunstancias, Ms. Bledsoe —exclamó, levantándose súbitamente de su asiento, y ofreciéndole la mano en señal de despedida, al ver que llegaba su cita por el ascensor.

Después de perderla de vista, cruzando con garbo la salida del Waldorf, se evaporó de sus pensamientos. La noticia que traía Hart acerca de una posible nueva delegación de IMG en Los Ángeles, le absorbió toda su atención. Si llegó a guardar el portafolio de Lackey fue por cuestión de seguridad personal.

No parecía muy peligrosa, en plan psicópata, pero los años que había estado trabajando con creativos había forjando una idea muy clara, en la mente de Bledsoe, sobre su falta de cordura. No se adaptaban a los convencionalismos sociales y no había modo de predecir sus conductas.

Perdió el hilo de la lectura cuando el estruendo del estadio estalló en los pequeños altavoces de la televisión, Kobe Bryant acababa de desmarcarse con un vertiginoso sprint, dejando el marcador en un apabullante 52-65. Sus miradas se volvieron a cruzar involuntariamente, como en el despegue, al hacer una señal al camarero para que bajara el volumen del partido.

«¿Aún sigue azotando a un caballo muerto?», pensó Bernice con una pizca de desabrida ironía. E inmediatamente volvió a concentrarse en el curriculum para alejar sus meditaciones de los látigos, varas, mordazas, cuerdas y esposas que escondía a buen recaudo en el viejo arcón de nogal de su casa de Malibú.

Leyó con los ojos abiertos de par en par el último epígrafe y comprendió porqué Blake Lackey estaba dispuesta a mudarse cinco mil kilómetros de todo cuanto conocía y agarrarse a un clavo ardiendo, hostigándola de esa poca ortodoxa manera.

—Podría ser la solución —musitó a voz en cuello, sin apenas ser consciente. Bledsoe consideró que era hora de convertir el espinoso tête à tête que sostenían Brewster y Jenkins en un ménage à trois, más ameno de contemplar.

—●—●—

«Deben ser imaginaciones mías», se repitió por tercera vez sosteniendo un botellín de cerveza por el gollete y el cigarrillo de Marlboro prendido en su boca como con pegamento, mirando la pantalla de televisión con una mueca de pasmo, que lindaba en lo histriónico, pintada en su rostro.

Había vuelto hacía menos de una hora de su trabajo (en el que se había presentado sin avisar el agente de la condicional) y tenía la televisión encendida mientras se cercioraba, una vez más, de que todo lo que tenía planeado estuviera a punto para el día siguiente. Pero había captado algo extraño, por el rabillo de los ojos, que atrapó sin remedio su interés en el partido.

Emergió de su estupor, cuando un rescoldo de más de dos centímetros de largo comenzó a escorarse de su colilla y amenazó con caer en el colchón del sofá cama, prendiéndolo. Posó el cigarrillo con un gesto nervioso en el cenicero, casi sin despegar la mirada del viejo televisor e ignorando el ruido de la puta de la vecina (pagándole el alquiler al casero en especie, como cada jodida semana) que atenuaba la retransmisión del encuentro deportivo con sus jadeos fingidos.

Damn it! —exclamó, dando un respingo cuando al fin lo distinguió entre los espectadores. ¡No era una puñetera alucinación! ¡«Mickey Mouse» Brewster estaba en la primera fila!

En un principio, pensó que se debía al cansancio y al hecho objetivo de llevar seis semanas consecutivas rodeado de negativos de Mickey y los demás follando como conejos. Incluso en ese momento, tenía tendidas encima de las sábanas varias de las imágenes descartadas y los periódicos de los que había sacado las letras recortadas. Pero el Mickey de la transmisión no tenía el pelo tan largo como en las fotografías en las que había quedado inmortalizado siendo, una y otra vez, sodomizado.

En un arranque de mal genio tiró el botellín con todas sus fuerzas a la pared y durante unos segundos se hizo el silencio. Aunque sólo fue un respiro momentáneo, inmediatamente se oyeron gritos y golpes en el tabique debido al coitus interruptus. La rabia que sentía le inundó, haciendo que lo viera todo con un siniestro velo rojo y palpitante. ¡Por culpa de Brewster aquellas fotos eran las pruebas de un depravado delito y no un recóndito recuerdo de las salvajes aventuras de su juventud!

Rosenberg, la novia de pega de Tommy, había regresado al día siguiente de llevar a Mickey a su casa diciendo que parecía comportarse de una manera muy rara en el coche de su padre: No recordaba nada de lo sucedido y estaba muy desorientado. Después, cuando regresó el lunes siguiente al instituto con un moretón preguntando por lo sucedido, quedó claro que no era una broma pesada. Van Horne perdió los nervios y estuvo a un tris de destruir el carrete delator, al saber de la noticia en el estudio de fotografía de la clase de la profesora Datzman.

«Quizás habría sido la mejor idea», pensó despanzurrándose en el sofá-cama y envolviendo su cabeza entre las palmas de las manos, mientras dejaba que la famélica rabia de su interior fuera devorándose a sí misma. Sus ojos se aventuraron entre los dedos para contemplar el grueso fajo de fotografías.

No había una toma en la que se viera a Mickey con el polvo de ángel, preparándolo por su propia voluntad. Por lo que si terminaban en manos de la policía, todos podían ser acusados por cargos de violación (o algo similar) y acabar inscritos en el registro de los agresores sexuales del que tanto se hablaba. En el mismo saco que los secuestradores, pederastas, violadores, exhibicionistas y maridos con la mano muy larga.

Sarah se hizo cargo inmediatamente de la situación y logró tranquilizar los ánimos del grupo. Muchos secretos podían salir a la luz si se tiraba de la manta y la vergüenza que sufrirían sería insoportable. El cabrón del entrenador ya sospechaba algo de lo Tommy y no quería a un «puto marica» en el equipo, por muy bien que recibiera los pases y corriera tan rápido como el rayo.

Así pues nadie habló. Nadie volvió a tocar el tema y Mickey permaneció en la ignorancia, para mantenerlos a salvo.

«¿Y si… y si se lo hubiéramos contado?», reflexionó repentinamente. Aquel pensamiento fue tan imprevisto que le izó del colchón como movido por un resorte. «¿Lo habría aceptado?», añadió volviendo a dar una calada rápida al cigarrillo.

Al fin y al cabo, todos estaban al tanto que «Mickey Mouse» estaba coladito por la animadora más zorra de décimo grado. Y Tommy había deseado follarse el culo de ese mequetrefe desde que acudiera a los entrenamientos para admirar a su vecina. La relación era sólo una actuación de cara al público. Lo más cerca que habían estado Sarah y su presuntamente novio al desnudo, fue esa fatídica noche con Brewster de por medio. Quizás si…

Una risa socarrona brotó desde lo más hondo de su vientre, con un gorgoteo in crescendo al imaginarse aquella posibilidad.

Tomó una de las fotografías al azar (una realizada por Emily, con un encuadre estupendo de la escena y el objetivo ajustado a la perfección) en el que se podía ver a Sarah practicándole una mamada a Mickey, mientras él estaba recibiendo por detrás los embates inmisericordes de Tommy, con la boca entreabierta en una mueca de arrobamiento.

Con la tea ardiente empezó a realizar un agujero en el rostro que parecía deleitarse con aquella experiencia, en vez de sufrir, para observar, a través de aquella improvisada abertura, el final del tercer cuarto de tiempo. En busca del familiar rostro que había vislumbrado anteriormente.

Llegó a una sencilla conclusión, al volver a atraparlo con la mirada: No había sido culpa de Mickey, y de su jodido ataque de amnesia, que su vida acabara arruinada en una espiral de la que no sabía cómo escapar.

Todo se había torcido a partir del incendio.

—●—●—

—Bueno, ¿qué opinas tú? —Duncan arrojó la pregunta al aire y esperó con inquietud. Parecía que se aguantaba las ganas de descruzarle los brazos a la defensiva que el teniente Fergusson había exhibido durante toda su argumentación.

Él exhaló una bocanada que había estado reteniendo en los pulmones y por fin habló:

—Opino que la próxima vez que vayas a un incendio en un fumadero de crack, no deberías de acercarte tanto a las brasas.

«¡Se lo he puesto a huevo!», rumió la teniente, poniendo los ojos en blanco y sacándose una pequeña goma elástica de uno de los bolsillos del blazer, para mantener las manos ocupadas.

Intentó hacerse una cola de caballo, pero con su rebelde cabello motoso acabaría por asemejarse a un pompón metido en una secadora a plena potencia.

La sutileza nunca había sido el punto fuerte de la teniente Duncan, ni tampoco la paciencia. No había dudado en más de una ocasión en transgredir los protocolos para llegar al fondo de un crimen que se le resistiera. Sólo su alto índice de casos resueltos le había salvado de los castigos disciplinarios. Y sabía que por ello jamás avanzaría su carrera profesional más allá.

Se hallaba demasiado a gusto resolviendo puzzles de pruebas, destapando coartadas infalibles y hallando al culpable del crimen. Sus inmediatos superiores se valían de ello: Cualquier caso que tuviera el tufo de irresoluble acababa casualmente en su bandeja, para ver si daba un resbalón al fin.

—¿Vas a hacerlo? ¿O no? —replicó, con la mandíbula tensa y agarrotada, casi rechinando los dientes unos contra otros.

Paul Fergusson alzó ambas manos en un gesto conciliador, como pidiéndole tiempo muerto en ese partido de baloncesto que estaba viendo sin sonido.

—¿Seguro que es la única pista que tienes? —Señaló con la mirada el papel que le había traído y que se encontraba entre los dos—. ¿Has comprobado la dirección que viene?

—Sí, se corresponde con la oficina de la ATF de la ciudad de Las Vegas… ¡Ya, ya sé lo que vas a decirme! —le frenó antes de que pudiera despegar los labios—. No voy a llamarles, para escuchar la perorata de siempre que sueltan: Es una investigación federal en curso y no podemos… blablablá ¡Un rollo!

Duncan estaba en el filo de un precipicio, a punto de dar el traspié que podía suponer su expulsión del cuerpo de policía y no quería escuchar sus consejos bienintencionados. Intuía que estaba detrás de algo misterioso desde que le había hincado el diente al caso. Algo mucho más grande que un cadáver más.

Técnicamente el caso ya estaba cerrado, había dado con un sospechoso: Un socio de la víctima que había discutido con el interfecto tres semanas antes delante de varios testigos.

En su apartamento se encontró varias cajas de munición de nueve milímetros parabellum (junto con las huellas de Manuel Vázquez) que se correspondía con el mismo el lote utilizado en los asesinatos de Clovis, a pesar de que no poseía ninguna arma registrada a su nombre de ese mismo calibre. Además, no pudo dar una coartada para la noche de autos. La Santísima Trinidad de los detective de homicidios: Móvil, medios y oportunidad.

Su sentido común le decía que lo empapelara y no siguiera escarbando. Había convertido un caso sin testigos, ni arma del crimen, en algo potable para el juzgado y el fiscal del distrito. Aunque todo fuera circunstancial, por menos habían mordido el polvo muchos criminales.

Un éxito indiscutible más de la teniente Cheryl Duncan.

Pero todo cambió cuando le llegó el expediente del arma y vio un cúmulo de incongruencias: La Glock parecía haber sido vendida una y otra vez, llegando incluso a cruzar la frontera en una ocasión en Tijuana. Pero no siguió el habitual rumbo al sur del resto de las armas sucias que hacía que se perdiera el rastro de manera irreversible en los países inmersos en el narcotráfico. En lugar de ello, la semiautomática reapareció como por arte de magia tres meses después en Houston, en un atraco malogrado.

Era la clase de pista que hacía saltar las alarmas de un buen investigador. Al revisar las declaraciones de los inculpados en los casos, para poder esclarecer la procedencia de la Glock, se llevó una sorpresa que encendió su curiosidad.

—Déjame leer el testimonio de ese tipo —pidió Fergusson, todavía algo renuente a echarle una mano pero tan intrigado como ella en el misterio del arma que «saltaba a la conga» la frontera del país y de un estado a otro.

«Aunque desearía que me echase una mano en-dónde-yo-me-sé», pensó la teniente, mientras observaba con interés cómo él leía el expediente de Texas. Llevaba lanzándole indirectas desde hacía un año, pero se oponía con terquedad a sus tanteos.

Definitivamente la teniente no era dada a las sutilezas.

Paul Fergusson se decidió finalmente, al mismo tiempo que se abría paso entre aquel enredo de papeles, antes de hablar:

—Vale, está bien, lo haré. Cierra los ojos y date la vuelta.

«¡¿Pero qué co…?!», Duncan tenía la cabeza en otra parte y tardó unos instantes (en los que sus latidos se dispararon por ver las expectativas cumplidas) en notar de que Fergusson se situaba delante de su ordenador dispuesto a teclear su clave.

—Toma, aquí tienes el número del caso —dijo pasándole el post-it en el que lo había apuntado, con un bufido resignado. Aunque ambos poseían el mismo rango, gracias a las reformas que se habían realizado en la última administración (incluido un nuevo cuartel general en el centro de la ciudad, delante del mismo ayuntamiento), la división de narcóticos y la división de bandas y operaciones se habían unido en una sola, debido a que ambas terminaban compartiendo casos. Convirtiéndose en una oficina a cargo de la DEA, para la lucha contra el narcotráfico y los cárteles, junto con San Diego y San Francisco.

Gracias a esa colaboración tan íntima, Fergusson poseía un acceso federal a los expedientes de los casos, mientras que ella no. Y dado que ese papel en blanco con el que se había topado había sido censurado (obviamente alguien de la ATF se había olvidado de incluir el pie de página, en el que aparecía la dirección de su oficina, a la restricción), él podía acceder al documento completo y descubrir todo lo que se ocultaba.

«¿Por qué en Las Vegas?», Era la pregunta más apremiante que la teniente Duncan quería descubrir, pues ninguno de los casos de asesinato, en los que había intervenido aquella Glock, había sido en la capital del pecado y del juego legalizado.

—Así que crees que el arma fue alquilada y no revendida —comentó Paul mientras se ponía sus gafas para ver de cerca y comenzaba a mecanografiar con dos exasperantes índices.

—Es lo único que tiene sentido —alegó Cheryl mordiéndose seguidamente el labio inferior debido a los nervios—. En la declaración preliminar del culpable de Houston, comentó que había devuelto el arma… pero no surgió en el juicio, porque no estaba en presencia de su abogado y no se investigó más de lo necesario —Hizo una breve pausa, al darse cuenta de la ironía de su situación—. Creo que debe ser como en un Blockbuster Video, siempre te pedían devolver las cintas rebobinadas.

Paul Fergusson le devolvió una somera mirada por encima de las gafas y enarcó una ceja, sorprendido por aquella alusión tan anticuada, después de pulsar la tecla de Intro. Pero ella no pudo verlo porque seguía con los ojos cerrados, a la espera.

Era una teoría muy vaga, casi pegada con alfileres, algo que nunca había oído que sucediera. No había querido comentarla con su superior, porque le habría parecido disparatada, pero la ATF debía de considerarla importante si estaba investigando… Un pitido del ordenador le centró en su sitio y abrió los ojos.

—¡Mala suerte, Duncan! —proclamó el teniente, cuando se acercó para examinar la pantalla por encima de su hombro, y aprovechó para oler su aftershave—. Lo mismo que antes.

La página censurada seguía luciendo de inmaculado blanco.

Cheryl no pudo disimular su abatimiento ante el fiasco que se había llevado y se hundió de hombros, derrengada. Tendría que meter en chirona a su presunto culpable, aunque estaba casi segura de que no era el verdadero asesino.

—Supongo que los federales estarán cerca de cerrar el caso, así que es posible que nos enteremos de que va, pronto —dijo Fergusson, intentando animarla un poco. Ella le dio las gracias por las molestias que le había ocasionado y empezó a recoger el desastre de papeles con el que había tapizado su escritorio.

—Si acaso te interrogan sobre qué es lo que hacíamos hoy aquí, tú diles que nos estábamos dando el lote en el cuarto de la fotocopiadora —comentó Duncan, suspirando.

—¿Es eso una invitación o una broma pesada? —pensó en voz alta Fergusson.

«Quizás demasiado alta», observó la teniente, al percibir el rubor que coloreaba su cogote repentinamente.

—Las dos, siempre, las dos —soltó Duncan con una sonrisa de oreja a oreja, dándole una palmadita en la espalda antes de darse la vuelta y marcharse, dejándole con el partido otra vez.

—●—●—

Fergusson contó los pasos, a medida que se iban amortiguando con la distancia, de la investigadora de homicidios y volvió a sacar el post-it que había escondido de debajo del teclado.

Aún no podía creer que hubiera resultado tan fácil aquella pantomima. Ciertamente, no había introducido su contraseña federal para acceder al informe de la Glock.

Podía meterse en un terreno espinoso por indagar en casos que no le concernían, ya estaban los investigadores de asuntos internos con la mosca detrás de la oreja. Un paso en falso que diera y servirían su placa como desayuno.

Pero llevaba un año estirando los límites de lo que era legal y lo que no. Y ya puestos, de perdidos al río.

«Lo siento, Duncan, necesito saberlo más que tú», se excusó de manera hipócrita, al volver a hacer la misma búsqueda.

En la mayoría de los casos de asesinato, encontrar el arma era esencial y una de las maneras más habituales de deshacerse de ellas era revendiéndolas de estraperlo. Sólo los imbéciles se quedaban con una pipa con la que habían matado. Pero las bandas ganaban tanto dinero con la droga, que solían usar las armas de fuego como si fueran servilletas de usar-y-tirar.

Las armas sucias eran como el juego de la «patata caliente», nadie quería quedarse con ellas mucho tiempo.

Las arrojaban descuidadamente a los cubos de basura, a las alcantarillas atiborradas, a los canales de agua que circulaban bajo las autopistas e incluso a los jardines de los particulares. Era habitual que las armas usadas en una ejecución acabaran reapareciendo de las formas más raras y trágicas. Como (en un ejemplo que investigó a la primera semana de su traslado) con unos hermanos jugando inocentemente a indios y vaqueros y finalizando abruptamente cuando el hijo menor le voló la tapa de los sesos a su padre con un calibre .22 por accidente.

Pero si la sospecha de Duncan era cierta, el tipo que estaba alquilando armas, no era el típico palurdo pueblerino de Texas en una furgoneta repleta de fusiles de asalto, amparado con la segunda enmienda de la constitución y un carnét de la NRA, que se ponía a vender en la cuneta de la autopista I-10.

Sin una orden de un juez era casi imposible revisar el arma de un particular. Lo que salía en las películas de oler el cañón en busca de pólvora, por si había sido utilizada recientemente, era del todo improcedente en un juicio.

Demasiado astuto o increíblemente loco.

Después de una breve espera, la lenta base de datos federal vomitó al final el archivo de la ATF, que estaba disponible sólo para sus ojos: Era un listado de quince páginas de números de serie y modelos de muchas pistolas semiautomáticas, algunas escopetas y media docena de sub-ametralladoras, junto con el informe de un robo en Las Vegas. Al parecer, todas esas armas habían sido recolectadas a ciudadanos, como parte de un programa para la concienciación y el desarme civil de la administración Clinton, a cambio de dinero, que aun funcionaba a allá por los finales del 2002. Las armas ya estaban de camino a una trituradora industrial para su eliminación. Cuando, durante el trayecto desde el depósito de pruebas, el camión que trasportaba la carga fue asaltado en plan pelí de Hollywood, por unos encapuchados que creían que contenía un alijo de drogas.

El informe terminaba con el arresto de los ladrones, pero la mayor parte del cargamento seguía en paradero desconocido, incluida la Glock que los hombres de Ricardo Ramírez, habían utilizado para eliminar al que pensaban que era un soplón. La ATF había echado tierra en el asunto para ocultar su patinazo en la custodia y sortear la mala prensa, sellando parte del caso.

—A nadie le gusta la mala publicidad —musitó Fergusson apático, poniendo los ojos en blanco fugazmente y volviéndolos hacia el partido que estaba terminando, con un implacable triple de Kobe Bryant desde más allá de la mitad del campo y un lamentable 89-102 en el marcador.

Mientras imprimía el listado de números de serie, tuvo una breve corazonada de investigador y buscó una de las Glock al azar en la base de datos de la policía. Estaba limpia de delitos.

Volvió a mirar la lista con otro numero de serie y otro más, hasta que terminó de revisarlas todas dos veces, con el mismo resultado.

Nada, de hecho, menos que nada. No existía.

A veces odiaba tener razón en sus corazonadas. Accedió al expediente del IBIS de una de las armas, un revólver Smith & Wesson, a través del link del documento censurado de la ATF y apareció en pantalla un sumario de proyectiles coincidentes en tres escenas de asesinatos.

Por una pirueta del sistema informático (y quizás un error humano), esas armas robadas y desaparecidas, eran invisibles e ilocalizables ahora. Nadie podía conectar los casos unos con otros, ni descubrir el origen de las armas, porque los federales habían dado carpetazo y ningún policía había hallado aquellos números de serie en un caso e introducido en el sistema…

Damn it! —cayó el cuenta el teniente Paul Fergusson, de que probablemente algún agente al cargo en Washington D.C. acababa de recibir múltiples avisos de su intromisión.

En ese preciso instante, de aterradora y diáfana claridad, el móvil del teniente empezó a zumbar al ritmo de una melodía que había hecho alzar las cejas a más de uno en la división.

Maybe I need some rehab
Or maybe just need some sleep
I got a sick obsession
I'm seein it in my dreams…

Se había quedado helado, como un ciervo ante unos faros en la carretera, pero volvió en sí y abrió la tapa del móvil para notar que aparecía el número del detective Ike Mills y no el de un federal atrabiliario dispuesto a darle el sermón esa noche.

—¡Me debes veinte pavos! —declaró con énfasis su victoria, antes de que siquiera pudiera objetar. Posteriormente, le pidió que llamara a los demás detectives, por orden de su capitán: El fumadero de crack no había sido el escenario de un accidente, todos los cadáveres presentaban pequeños agujeros de bala en la nuca, antes de ser asados a la barbacoa.

«Va a ser otra noche larga», Fergusson apartó de su mente la lista de armas robadas en Las Vegas y su posible implicación con la banda de Ramírez, ante la tarea que se avecinaba.

Opinaba que transcurrirían varios meses hasta que surgiera una nueva pista de la Glock, si el patrón se repetía como había supuesto Duncan. Pero el teniente de narcóticos nunca habría podido imaginar que la próxima vez que la hallara, su cañón estaría apuntándole justo antes de abrir fuego.

—●—●—

«¡Y yo que creía saber lo que era la tortura!», se quejó para sus adentros Bledsoe, al advertir cómo el minutero de su carísimo reloj de oro volvía a dar un giro a la esfera de cristal, atrapada sin un taxi en la terminal del aeropuerto de Los Ángeles.

Casi echaba de menos los viejos tiempos en los que viajaba a bordo de un Gulfstream, aterrizando en hangares privados y siendo recogida en limusina. Casi… hasta que recordó la vida al lado de su multimillonario marido y prefirió resignarse.

Había terminado de estudiar por enésima vez las campañas de Eric Jenkins buscando los detalles que LaBelle le mencionó, las evidencias de que había plagiado, una y otra vez, el trabajo de sus compañeros en Emmerich & Covington Advertising.

Pero, para Bernice, aquellas nimiedades en las que se había fijado el ex-director creativo, no le parecían relevantes. Ella no tenía su ojo clínico, de tres largas décadas de experiencia, para desentrañar la firma personal de cada redactor de la empresa. Sabía que tendría que delegar el cargo de director creativo en alguien competente, aunque se había quedado sin opciones al descartar al único que parecía idóneo para el puesto.

Le tentaba la idea incluir a Blake Lackey en la junta directiva. No es que Bledsoe quisiera aplicar discriminación positiva por el mero hecho de tener el poder para hacerlo, pero daba la talla profesionalmente y como mujer habría descongestionado el ambiente lleno de testosterona de las reuniones.

Sin embargo, nunca tomarían en serio a la neoyorquina, si como recién llegada a la empresa la ascendiera. Por la tanto, la alternativa que le quedaba era Mike Brewster, un genio según palabras del propio James LaBelle que había sorprendido más de una vez por su capacidad para innovar en un terreno, el de la publicidad, que ya había visto y reinventado casi todo.

Su principal debilidad, era la poca convicción que mostraba ante los clientes. Necesitaba continuamente el apoyo de otros, como Sterling, con el que se había hecho inseparable, para las exposiciones de las campañas. Eran un dúo muy bien avenido y que había recolectado muchos éxitos, pero el futuro director creativo de E&C, debía mostrar autonomía y resolución.

«¡No debe de gustarme, sólo hacer bien su trabajo!», resolvió Bledsoe tachando nuevamente a Brewster del reñido puesto, y dejando volar sus pensamientos al último director de cuentas, el perfecto paradigma de esa doctrina personal.

Victor Sterling era un quebradero de cabeza, no sólo tenía el mal hábito de cagar dónde comía, sino que había convertido la empresa en su retrete particular. Pero Bledsoe lo había elegido por la mera razón de que era eficiente en su trato con los clientes y carecía de la codicia excesivamente maquiavélica de su antecesor. Sí, era algo indolente con su vida privada y un tanto licencioso con su conducta sexual, Bledsoe era la menos indicada para tirar piedras a su tejado.

Pero podía ser peor.

Una hipotética denuncia por acoso sexual debido a una de las múltiples ligerezas de Sterling, salía más económica que un problemático juicio por plagio de Jenkins.

—Hablando de malas elecciones —dijo en voz baja Bernice al fijarse en cómo se aproximaba el galán de tres al cuarto que se había follado en los baños del 747 durante el vuelo, con un paso calculadamente descuidado y evitando el contacto visual como si no le importara su presencia, hasta que se sentó en la butaca contigua de la barra y esbozó una sonrisa comedida.

Aquel joven vestido de corte ejecutivo no le habría llamado la atención normalmente, con sus torpes coqueteos desde que habían despegado del JFK y sus burdas intentonas de entablar una conversación, que Bledsoe había mantenido a raya con su habitual muro de frialdad y desdén. Quizás pensaría que ligar en un avión era tan fácil como pescar en un barril, pero resulta que ella era una piraña que mordía.

A medio recorrido, probablemente cuando sobrevolaban el estado de Oklahoma o el de Missouri, Bledsoe se levantó de su lujoso asiento de primera clase y le hizo una única señal con el dedo índice para que le siguiera por el pasillo. Le tapó la boca cuando echó el pestillo para que dejara de hablar y se quitó las bragas con la otra mano, sin despegar la mirada de él. Después de diez medio-decentes minutos despatarrada en el angosto habitáculo, había conseguido quitarse el estrés que acumulaba desde la reunión con los directivos de Imagine Factory.

«La próxima vez que viaje, me llevo uno de mis consoladores como equipaje de mano», pensó al ver todos los problemas que le había causado.

—Al fin están llegando los taxis —comentó informalmente, apuntando con su dedo pulgar rígido a un grupo de pasajeros VIP de United Airlines que se congregaban alrededor de uno de los empleados de la terminal pidiendo calma—. Hay pocos, así que si quiere que compartamos uno hasta su casa…

Dejó la sugerencia en el aire y apoyó sus manos en la larga barra demasiado próximas a las suyas, mientras se acomodaba en la butaca lo más recto posible.

—Puede que no vayamos en la misma dirección —dijo con una sonrisa cínica que se liberó a la fuerza de sus labios ante el doble sentido subconsciente de la frase.

—No será un problema —declaró con excesivo optimismo el joven—. ¡Oh! Disculpe, no me dijo antes su nombre…

—No, no se lo dije —espetó Bernice, evitando que aludiera a su encuentro y frenando sus manos que se acercaban por la madera de caoba pulida con un leve traqueteo de sus dedos.

Se había presentado y le había dicho en qué trabajaba, en el despegue, mientras la azafata decía las instrucciones para un aterrizaje de emergencia, pero ella había filtrado sus memeces como su bandeja de e-mails hacía con el spam.

—Quizás podríamos conocernos mejor de camino —opinó rozando ligeramente con las yemas de los dedos el dorso de su mano y apartándose como si hubiera sido un pequeño desliz.

«¿En serio?», Bernice Bledsoe se contuvo las ganas de hacer rodar los ojos, por aquella frase tan zafia y tan manida. Cruzó sus piernas para que la falda resaltara sus muslos y lo miró.

—Quizás sí o quizás no —exclamó cansada de sus titubeos. Tomó la iniciativa, como en el avión y llevó su mano a la de él, al mismo tiempo que rotaba encima de la butaca y le miraba a sus ojos abiertos de par en par por el estupor. Él joven sonrió e intentó tomarla de la mano amablemente, al creer erróneamente que se había apuntado un tanto. Pero, con una caricia y una finta, Bledsoe consiguió dar la vuelta a la tortilla y empujó el dorso de su mano firme y suavemente sobre la mesa.

—¿Eh? ¿Qué…? —balbuceó al verse inmovilizado.

Aquello no era por una cuestión de gustos, sino por orgullo personal: Siempre prefería estar encima que debajo, en todo.

Dejó que su sonrisa mordaz se ensanchara gradualmente, a medida que iban rompiéndose las ataduras que impedían que se mostrara tal cual era en realidad y apretó con más firmeza. Liberó sus pensamientos más oscuros, todas las ideas que se le ocurrían mientras estudiaba la figura del joven con avidez. Sus ojos se desviaron hacia las muñecas, imaginándoselas atadas a la espalda con una soga y una venda que le tapara la visión.

Se pasó la lengua por los labios relamiéndose de excitación.

Notó que un escalofrío recorrió la espalda del desconocido, al vislumbrar a través de su mirada un atisbo de las verdaderas intenciones de Bledsoe y dudar de sí mismo.

—Quizás… podrías divertirme un rato —ronroneó después de acercarse un palmo, con los nudillos blancos de la presión que estaba ejerciendo—. Vivo en Malibú, ¿te viene bien?

El joven entró en pánico cuando vio el fondo del abismo:

—¡N-no… no, tomaré otro taxi! —se excusó, desasiéndose a duras penas, de la inesperada fuerza de sus delicados dedos y salió casi despavorido sin echar una mirada atrás.

—Una lástima —susurró Bernice, volviendo a recomponer su rostro en su máscara habitual de sereno desapego antes de bajar al primer piso de la terminal.

Podría haberle enseñado algunas cosas del placer y el dolor.

«Si bien no es para pusilánimes», pensó al recordar con una mezcla nostálgica de regocijo y vergüenza, sus primeros años.

Para su ex-marido, Jason, adentrarse en el BDSM sólo había sido un pasatiempo más entre la hípica y la escalada. Algo que movió su curiosidad y supuso un breve reto a su persona, pero una vez que perdió el interés por los clubes y las mazmorras, lo dejó de lado. Como otras tantas novedades que incentivamente perversamente su inmadura forma de ser: las inversiones de futuros, los viajes en globo, las carreras de coches de Formula 1, la fotografía profesional, la paternidad…

Era como una montaña rusa que no paraba de subir y bajar.

Sin embargo, para Bernice, verse recluida entre mordazas y cuerdas, indujo un cambio más hondo y drástico en su interior. Supuso un eje de inflexión desde el que empezó a reconstruirse pieza a pieza.

«¿Qué es lo que quiero?», todo se redujo a esa cuestión vital, que le sobrevino durante una intensa sesión de spanking en la que ella se había hundido tanto que llegó a perder el sentido de su cuerpo. Siempre se dejaba llevar por la avasalladora personalidad de Jason, o los sueños rotos de su madre, cuando le obligó a presentarse al concurso de Miss Virginia en el que no destacó.

En su vida anterior había pretendido contentar a los demás para ser correspondida y no había tenido más que decepciones.

Tomó su móvil, antes de hacerle una seña al bendito taxista que se presentó para sacarla de ese círculo del infierno y marcó de memoria un número que jamás había anotado sobre papel. Necesitaba un poco de tiempo con ellos dos en el Dominion.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó cuando oyó que daba línea pero un silencio cargado y ronco se instalaba en el auricular.

—Sí —murmuró Chloe en voz baja, después de escuchar el retumbo de una puerta cerrándose. Observó en su reloj de oro la hora que era, en un día entre semana. Tal vez no era un buen momento para los azotes y las cruces de San Andrés.

—¿Sí qué? —replicó con la nota acerada de una campanilla, para proponerle adecuadamente una sesión el sábado noche.

—Sí, Mistress —dijo divertida, ya inmersa en su papel.

Continuará…


Nota de Traducción:
Sixers: diminutivo de los Philadelphia 76ers (léase Seventy sixers).
KFC: siglas de Kentucky Fried Chicken, una conocida cadena de freidurías de pollo y restaurantes de comida rápida de Estados Unidos.
Vicks VapoRub: marca comercial de un ungüento a base de mentol y eucalipto creado para aliviar la congestión nasal y demás síntomas de la gripe y el resfriado.
Coyote: en español, se denomina así a los delincuentes que se encargan de llevar a otro país de manera ilegal a personas a cambio de dinero u otros tipos de extorsión.
Mile-high club: en inglés, se traduce como el Club de la milla de altura. Es un término para aquellos que han mantenido relaciones sexuales en aviones mientras están en vuelo.
Brunch: término en inglés que reúne las palabras breakfast (desayuno) y lunch (almuerzo). Consiste en una comida que se suele servir en un período de tiempo que va desde las 10 de la mañana hasta las 2 de la tarde, puede incluir buffet libre y quizás bebidas alcohólicas.
Tête à tête: en francés, se traduce como Cabeza a cabeza. Es un término para una cena romántica a solas con una persona, en casa o fuera en un restaurante. También se puede referir a una competencia mental o deportiva en el que enfrentan dos oponentes, uno contra uno.
Ménage à trois: en francés, se traduce como Hogar de tres. Es un término que describe un acuerdo doméstico de tres personas para mantener relaciones sexuales y convivir juntos. Su significado se ha extendido tanto que incluso puede ser entendido como cualquier relación de convivencia entre tres personas, ya sea que el sexo esté involucrado o que no lo esté.
Polvo de ángel: nombre con el que se conoce a la fenciclidina, o PCP de las siglas en inglés de PhenylCyclohexyl Piperidine.
ATF: siglas de Bureau of Alcohol, Tobacco, Firearms and Explosives en inglés, se traduce como Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos, es la agencia dedicada a la investigación y prevención de las infracciones federales derivadas del uso ilegal, manufactura y posesión de armas de fuego y explosivos, incendios provocados y atentados con bombas, así como el tráfico ilegal de armas, explosivos, alcohol y tabaco.
DEA: siglas de Drug Enforcement Administration en inglés, se traduce como Administración para el Control de Drogas, es la agencia dedicada a la lucha contra el contrabando y consumo de drogas en los Estados Unidos, además del lavado de activos derivados de dichas actividades.
Blockbuster Video: antigua franquicia estadounidense de videoclubes, especializada en alquiler de cine y videojuegos a través de tiendas físicas.
NRA: siglas de National Rifle Association en inglés, se traduce como Asociación Nacional del Rifle, en un grupo de presión muy influyente en la política de los Estados Unidos.
IBIS: siglas de Integrated Ballistics Identification System en inglés, se traduce como Sistema Integrado de Identificación Balística, es la base de datos nacional de pruebas balísticas de los Estados Unidos.
La melodía del móvil es la canción Your love is my drug de Ke$ha.
Gulfstream Aerospace: compañía que fabrica jets de alta gama.
No cagar dónde se come: en inglés se diría Don't shit where you eat, una expresión cuyo equivalente en español sería Dónde tengas la olla, no metas la polla, que es menos escatológica, y es referida a mantener inadecuadas relaciones sexuales entre compañeros de trabajo.
VIP: siglas de Very Important Person en inglés, se traduce como Persona Muy Importante.
Spanking: azotes eróticos propinados con la mano o con un objeto.