La esperanza como el peor de los males.


La historia que se presenta a continuación es ficción.


El reloj sobre el escritorio apenas emitía sonido alguno cuando sus manecillas se movían, pero para él, el sonido retumbaba en sus oídos, causándole una molestia sin precedentes. Observa constantemente de un lado a otro. Era su primera entrevista de trabajo en meses, el contexto social había evitado que la gente saliera a las calles durante un largo lapso. Parpadeaba rápidamente y trataba de mantenerse sereno, quería salir huyendo, pero era necesario conseguirse un sustento.

-Sr. González. - Llamó la secretaria que se encontraba tras el escritorio. Usualmente evitaba prestar atención a las personas, pero en estas situaciones parecía que sus sentidos se funcionaban mejor de lo habitual. Llevaba más de treinta minutos escuchando el sonido de las manecillas y de la goma de mascar entre los dientes de la secretaria que, por supuesto, no tenía ni la decencia de mascarla de manera correcta.
- ¿Sí? - Giro la cabeza con lentitud y trato de poner su mejor sonrisa fingida. Hace tiempo que ese pequeño gesto no se posaba en su rostro. A veces lloraba todo el día, otros días se la pasaba tendido en la cama sin siquiera probar un bocado de algo, sin bañarse podía pasarse semanas y, claramente, su salud no le importaba en absoluto.
-En un momento el Ingeniero ya lo recibirá. - La chica desviaba su mirada al monitor de la computadora para evitar todo contacto visual con los candidatos. No lo hacía por pena o nerviosismo, era su manera de desdén, como tratando de demostrar que ella era superior a todos los presentes. Ciertamente ninguno prestaba gran atención a esto, solamente Daniel, quien por obvias razones no podía evitar fijarse en cualquier mínimo detalle.

Además de ser su primera entrevista laboral, también era su primera salida a las calles de la ciudad. Al principio no estaba muy convencido y cancelaría; al final terminó sacando toda su fuerza y ánimo posible para asistir. No podía seguir de esa manera.

Era septiembre, la enfermedad conocida como SARS-CoV 2 (COVID19) estaba siendo controlada y todas las secuelas que dejo se notaban a simple vista. Pérdida de empleos, la economía estaba hecha un asco y, otra de las cosas comunes, muchos habían terminado sus relaciones sentimentales, como era el caso de Daniel. Fue aproximadamente a finales de junio cuando su pareja sin previo aviso lo corrió de casa, dejándolo sin nada. Eduardo era un tipo duro, sin duda alguna. Sin embargo, algo que se le puede reconocer es que realmente amó a Daniel en su debido tiempo, pero, como todo, siempre llega un final.

Al principio Daniel trató de sobrellevarlo de la mejor manera, pero los ataques de ansiedad le llegaban sin previo aviso. Cuando sucedían se encondía en el baño, no quería que su familia lo viera así, y para su suerte había más de un baño. Se la pasaba dentro más de dos horas, llorando, preguntándose porqué sucedió, que hizo mal, si había alguna posibilidad de arreglarlo. Una vez le marco a uno de sus pocos amigos, quién lo acompaño durante todo el ataque por medio de llamada telefónica y algo que aún tenía presente es cuando le dijo "Si sabes que somos amigos, ¿no?".

Daniel nunca supo entablar relaciones rápidamente, había poca gente a su alrededor y la mayoría del tiempo se sentía solo a pesar de estar rodeado de personas. Su familia no le era de mucha ayuda, la mayoría del tiempo le decían cosas como: "Échale ganas." "Mereces algo mejor." "Te lo dijimos.". Sin duda nada de eso le hacía un bien y por ello los evitaba a toda costa, siempre que los llegaba a ver por la casa (en comidas o desayunos) fingía una sonrisa y si le preguntaban cómo sen encontraba, él simplemente respondía: "Ya mejor. Ya paso lo peor.".

Durante su estancia en casa, trató de distraerse de distintas maneras, pero sin éxito alguno, al cabo de un tiempo se dejó de preocupar por eso y comenzó a quedarse en cama todo el día, observando el techo o retorciéndose de dolor y lágrimas. Sin embargo, tenía que tratar de seguir adelante y esta entrevista era su primer paso para lograrlo.

Su respiración se aceleró sin previo aviso, comenzó a hiperventilar y a sentirse atrapado, un par de lágrimas escurrieron por sus mejillas. Estaba teniendo uno de sus ataques. Uno de los candidatos se percató de lo que estaba sucediendo y se acercó a Daniel, le tocó el hombro derecho y se sentó a un costado de él.

- ¿Estás bien? - Inclino un poco la cabeza para observar el rostro de Daniel. Las lágrimas ya corrían libremente y la respiración del castaño era rápida y vivaz, se podía jurar que no entraba nada de oxígeno a su sistema, era como un primerizo en el tabaco, inhalaba, pero exhalaba tan rápido que no sentía absolutamente nada.
-Me tengo... que ir. Si ves... al ingeniero... ofrécele disculpas...- Dijo secando unas cuantas lágrimas y entre sollozos. Intentó reunir todas sus fuerzas para mantener la calma, por lo menos en el tiempo que abandonaba las oficinas, pero no lo logró. Todo el camino a la entrada quedo lleno de gotas de agua en el piso, de sueños rotos e ilusiones desgarradas.

Empujó la puerta de salida bruscamente y corrió sin rumbo alguno, no sabía qué hacer, estaba solo, siempre lo había estado, pero lo odiaba. Odiaba estar solo todo el tiempo, odiaba ser la persona que se busca cuando quieres que alguien solucione tus problemas, odiaba ser tan inteligente y aun seguir teniendo esperanzas de volver con Eduardo.

Cuando cruzaba las calles varias veces estuvieron a punto de atropellarlo, Daniel no se inmuto en lo más mínimo. Parecía ya no importarle absolutamente nada. Ya había considerado el suicidio varias veces, lo intento un par, para su desgracia no lo consiguió. No quería tomar la salida fácil, pero tampoco deseaba lidiar con todo el dolor en su interior, todos los recuerdos de Eduardo lo acechaban en forma de pensamientos y pesadillas. Su sueño se había reducido a 2 horas y eso con algo de suerte.

Pasaron alrededor de veinte minutos cuando por fin se detuvo. Secó las pocas lagrimas que aún permanecían en su rostro y su respiración ya parecía estable a pesar de llevar cubrebocas. Revisó su teléfono móvil para ubicarse y encontrar una manera de volver a casa a descansar. Desafortunadamente la intención le duró muy poco al percatarse que tenía un mensaje de Eduardo. Era imposible él lo bloqueo desde el primer instante en que lo corrió, no quería saber más de Daniel.

"Hola. Espero estés bien. Ya terminé de reunir tus cosas, ¿puede venir ya por ellas?"

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, le puso la piel de gallina y, por poco, le provoca el llanto nuevamente. Abrió la aplicación de mensajería y comenzó a escribir.

"Hola. Voy para allá."

A través de una aplicación solicitó un taxi con dirección a casa de Eduardo, también le serviría para trasladar sus cosas a s nueva residencia. En el trayecto recordó todas las cosas que hicieron juntos, las promesas que se hicieron, los amigos que compartieron, los momentos de pasión y amor fue ahí cuando se preguntó si ya estaría con alguien más. Esa posibilidad jamás se le había cruzado por la cabeza, quería creer que aún había una oportunidad de volver a su felicidad.

Cuando bajo del taxi, le pidió que lo esperara, volvería con unas cuantas cajas con cosas. Corrió a la entrada y toco el interphone.

- ¿Sí? - Sonó la voz un poco distorsionada, hace tiempo que estaba en los planes de la administración renovar los interphone, pero el contexto de la pandemia lo había impedido por completo.
-Soy yo Eduardo. Vine por mis cosas. - Con gran esfuerzo evitó que su voz flaquera y revelará que estaba a punto de llorar.
-Vale, te mandaré el elevador para que subas. -

Un timbre sonó para poder abrir la puerta de acceso al edificio y después de esperar un buen rato subió al elevador que lo llevo directo al piso 11. Las puertas se abrieron apenas pasados 2 minutos y Eduardo estaba en la entrada de su casa con varias cajas esperando por Daniel.

-Es todo, te pediré el elevador de nuevo. - Se acercó a Daniel pasándolo de lado y presionando el botón.
-Espera, hay algo más dentro. Una camisa blanca dentro uno de tus cajones. ¿Puedo pasar por ella?
-No. Yo la buscaré. Dame un minuto. -

Eduardo se metió a su departamento y cerró la puerta. Por su parte, Daniel se sintió en casa, una gran sensación de paz y alivio recorrieron su cuerpo, pero no duraron demasiado, tenía que afrontar la verdad. La puerta de Eduardo era tan blanca como la Luna es sus mejores días, aún recuerda la primera vez que visitó el departamento y como le encanto todo, desde la vista de las ventanas hasta la decoración y, también, como lo fueron modificando juntos. Justo frente a la puerta, en el pasillo, había una gran ventana, se podía observar toda la unidad de departamentos desde ahí y ese también era su lugar. Ahí esperaba siempre que pedían la comida de la semana, cuando les llevaban algo de la tienda o de aplicaciones de comida. Le encantaba recibirlo y llevárselo a su amado de manera instantánea y, justo antes de entregarle el manjar, darle un beso y decir "Te amo".

Se asomó un poco por la ventana y fue ahí cuando se dio cuenta que las lágrimas salían sin control, que su pecho le dolía como nunca, que no podía pensar en lo que seguiría, que su esperanza se moría en ese instante y que él no quería lidiar con todo esto, de eso ya estaba seguro.

Se sentó en la cornisa de la ventana y observo el vacío. Era una larga caída del piso 11, sin duda dolería, pero sería la última vez que le dolería algo. Las lágrimas continuaban, pero esta vez no hiperventilaba solamente salían varios suspiros. Cuando salió Eduardo se sorprendió al verlo sentado ahí.

- ¿Qué haces? - Pregunto con un semblante entre serio y atónito.
-Uno no hace preguntas de las cuales ya sabe la respuesta. - Un pequeño esbozo de sonrisa se dibujó en su rostro.
-Bájate de ahí. - Eduardo intento acercarse, pero temía que si lo hacía demasiado Daniel saltará.
-No. Tal vez tú puedas lidiar con todo esto, seguramente sí. - Comenzó a decir entre sollozos. - Tal vez yo también pueda, pero honestamente no quiero. Me duele tanto todo, intente seguir adelante, pero me doy cuenta de que no quiero. Ya no quiero sufrir más. Ya no quiero tener más esperanza, ¡es el peor de los males, solo prolonga el sufrimiento!
-Daniel, baja de ahí. Podemos buscar ayuda. - Soltó la camisa que tenía entre sus manos y les extendió las dos al castaño.
-No. Realmente fue un placer conocerte y estar contigo, te deseo lo mejor Eduardo. Te amo.

Eduardo se abalanzo a la ventana en un intento inútil por agarrar a Daniel; pudo ver como caía y el momento en el que se estampo en el piso. El cuerpo de Daniel siguió retorciéndose durante unos segundos y después dejó de moverse. La sangre pinto la entrada del edificio, algunas personas que a lo lejos vieron como Daniel saltó se acercaron al lugar del incidente. Se escucharon algunos gritos estruendosos y algunas personas pidiendo que se llamase a una ambulancia.


Actualmente tengo depresión y esta historia ha surgido de ahí. He querido expresar un poco la manera en la que me siento y como trato de lidiar con todo lo que me esta sucediendo. Espero puedan disfrutarla. Trataré de publicar pequeñas historias con diferente temática. esto me esta sirviendo como distracción, solo espero que me funcione un buen rato.

N.R