A mi abuelita le gustaban las plantas, tenía muchas, y las cuidaba con esmero. También le gustaba moverse, echaba raíces y luego se iba, igual que cuando trasplantas una flor a otra maceta porque la que tenía le quedaba chica, así era mi abuelita.

Un día, llegó a un pueblito, se casó y tuvo sus hijos, vivieron ahí un tiempo hasta que el pueblito les quedó pequeño. Se mudó a otra ciudad, volvió a echar raíces y se marchó de nuevo, pero no sola, nunca sola.

Llegó a otra ciudad y se quedó más tiempo, ahora sus hijos también echaron raíces. Tuvo nietos y ellos también lo hicieron. Luego mi abuelito se fue a un lugar mejor y ella se quedó cuidando la cosecha.

Se volvió a mover, pero no sola, nunca sola. Esta vez su hijo se la llevó, siempre estaban juntos y se acompañaban.

Volvieron a echar raíces, hicieron amigos, adoptaron un gato, se fue y entonces adoptaron una gatita, y volvió a plantar su jardín, porque a donde quiera que iba llevaba sus queridas plantitas.

Hasta que volvió a partir, una vez más era momento de cambiar de maceta, pero esta vez a una mucho más grande, donde ya nunca más le faltaría espacio. Pero no iba sola, esta vez se marchó con su hijo para ya no volver, dejando a su cosecha seguir su camino. La cuidaron con esmero, y aquí solo les podemos decir que ya se pueden ir tranquilos, todo va a estar bien.