Me sentí triste cuando supe que no podría dar clases. Pero sabía que era por el bien de todos y todas. Extrañaba tanto a mis alumnitos y alumnitas, a uno le estaba enseñando a leer y a otra le ayudaba en matemáticas.

Yo creo que por eso la vida me llevo a darle clases a mi sobrina. Al principio solo le ayudé con su tarea, luego su escuela se fue acoplando a la nueva realidad y ella también, así que la tarea y actividades aumentaron.

Su mamá y su papá tenían que trabajar así que la llevaron con su abuelita, o sea mi tía y ya que somos vecinas comencé a ayudarle más algunos días, que se convirtieron en semanas, y luego meses.

Un día me dolía tanto la cabeza que no pude ir, le avisé y supe que se puso triste, mi mamá le ofreció ayuda y ella le dijo "no, quiero que venga Laura" y yo me sentí muy feliz. Siempre había querido ser esa maestra que hace que sus alumnos y alumnas se sientan comprendidos, y creo que con mi sobrina lo logré.

Un día, cuando las clases terminaron la vi y le pregunté como le había ido con sus calificaciones.

― ¡Muy bien! - me dijo - saque muchos nueves, mi mamá dijo que fue por ti.

― Ay no, claro que no fue por mi - le corregí - fue por ti, por tu esfuerzo, que te costó algunas veces - le recordé y ella sonrió - pero lo lograste, yo te dije que podías.

La mirada que me dio no la cambiaría por nada, y fue eso justamente lo que me comprobó que dar clases es lo más bonito que me ha pasado, y no se como ni cuando pero voy a volver a hacerlo.