En El Foro de las Expansiones, de ffnet., Cris Snape pidió una historia ambientada en la guerra civil española pero con la condición de que no incluyera temas políticos. Tras mucho pensar, me he decantado por un suceso real, aunque a sus protagonistas los he tenido que recrear como buenamente he podido, ante la ausencia de biografías apropiadas.

SIN GLORIA

(Basado en hechos y en personajes reales)

Capítulo I

Madrid, septiembre de 1936

- Felipa ¡Qué bien que te encuentro! Quería hablarte de la estatua del patio, que…

- Ahora no tengo tiempo, Elena. – Tengo una reunión.

La aludida, una mujer de treinta y pocos, no aflojó el paso raudo que traía, obligando a la otra a emprender cierto trotecillo para seguirla, si es que quería que le prestara un mínimo de atención. Y dejando escapar también algún que otro resoplido.

- Pero…

- El Director.- Felipa hizo una pausa de efecto.- Con carácter urgente.- Y con esa segunda frase, cortó en seco el remedo de charla, sin detenerse siquiera, quizás de manera más brusca de lo que habría pretendido.

- Pero…¡Felipa, mujer! ¡Que te estoy hablando!

- El Director. Luego hablamos.

Y aceleró aún más el paso hasta llegar al fondo del pasillo y perderse por la esquina.

La otra mujer, detenida en mitad del corredor repleto de bultos apilados a los lados, apretó los puños y los dientes mientras sentía que la invadía un sentimiento de impotencia.

-¡Es que puede provocar un accidente! – Explotó gritando con frustración al vacío humano del pasillo mientras se le escapaba una patadita al marmóreo suelo, que resistió imperturbable, como venía haciendo desde hacía muchos años.

Felipa ahogó un suspiro mientras subía las escaleras apresuradamente. Seguro que se trataba de la estatua del patio romano, la de la emperatriz Livia. Ella ya se había dado cuenta de que la imponente figura sedente de casi metro ochenta de alzada se movía ligeramente. Si se tenía el atrevimiento de tocarla y además, con cierto ímpetu, claro está. Y Elena, no le cabía duda, había tenido sobrada ocasión de comprobarlo. Porque cuando se ponía el sol la efigie de la esposa del emperador Augusto proporcionaba, sin proponérselo, un rinconcito apartado y discreto, totalmente apto para el escarceo amoroso. Felipa era mujer poco dada a los escarceos, pero tenía ojos en la cara y de tonta, ni un pelo. Y hablando de ojos, había visto que Elena y cierto miliciano de buena planta se hacían ojitos…bastaba sumar dos mas dos, algo facilito incluso para ella, Doctora en Historia con Premio Extraordinario…

Pero lo esencial en ese momento no era ni la emperatriz – que por mucho que Elena se quejara no se caería fácilmente, que debía pesar varias toneladas- ni los novios de una secretaria. El Director, y lo que fuera que quisiera, ocupaba el lugar central en su cabeza. Bastante le había costado llegar hasta donde había llegado y no era cuestión de quedar en mal lugar. Y la situación…mejor no pensar mucho porque no podía ser más preocupante para todos y para todo.

Con todas aquellas cuitas en la cabeza se encontró, casi sin darse cuenta, frente a la gran puerta de madera tras la cual se hallaba la sala donde había sido convocada. Respiró hondo un par de veces, intentando domar las fuertes palpitaciones que sentía y recuperar una pizca el resuello, y sin pensarlo mucho, golpeó un par de veces con los nudillos.

- Adelante.- La inconfundible voz de Osorio, Director del Museo, le llegó ligeramente ahogada por la pesada madera, y respirando hondo por última vez, asió el picaporte y empujó el portón.

Se abrió ante ella una sala larga y profunda, la primera de varias dispuestas de manera sucesiva, plagada de vitrinas de madera. En la sala, en realdad, solo estaban cuatro personas que la miraban fijamente: el Director del Museo, el jefe de la sección de numismática, su cuñado, que también era conservador del museo, y ella misma. Miró al director, dando por supuesto que sería el que realmente había convocado la reunión y esperando, por tanto que tomara la palabra.

- Felipa...- Para su pasmo, fue el numismático, un valenciano de pelo oscuro perfectamente engominado con el que compartía nombre y apellidado Mateu, el que comenzó a hablar.- …la situación es muy, muy delicada.

Felipa parpadeó intentando deducir por dónde iban los tiros. Se mirase por dónde se mirase, todo era delicado en aquellos días. En julio se había sublevado la mitad del ejército y el Gobierno, lejos de ser capaz de sofocar de inmediato la rebelión, se había visto obligado a declarar el estado de guerra civil. Con carácter inmediato se había constituido una Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, que procedió a requisar miles y miles de objetos de arte de todas partes, y que habían pasado a almacenarse en el Museo Arqueológico Nacional, proporcionando desde entonces una gran cantidad de trabajo adicional a sus funcionarios, que a las labores propias de conservación e investigación de los fondos de su museo, debían sumar ahora la catalogación de aquella ingente cantidad de objetos, sin preguntarse mucho cómo habían sido requisados y en la íntima convicción de poder algún día devolverlos intactos a sus dueños.

- ¿Sabe qué es esto? – El hombre extendió una mano y señaló hacia el interior de una vitrina que ocupaba un lugar central. Felipa se aproximó a echar un vistazo.

- La Dobla de Pedro I, según indica la tarjeta.- Comentó a media voz. Y ya iba a exponer que, aunque obviamente era una pieza relevante, su campo de especialización era otro y poco más podía añadir cuando el numismático volvió a tomar la palabra.

- Efectivamente.- Corroboró Mateu.- No obstante, quítese el gorro imaginario de experta del museo…más aún, el de amante del arte y de la historia… y dígame qué ve. Dígame qué ve en la mayoría de las vitrinas de esta sala.

La aludida echó una mirada panorámica, bastante desconcertada. Esencialmente, había monedas. Si se ponía un poco más técnica, podría ir un poco más al detalle y matizar que algunas en realidad eran medallas conmemorativas…pero no tenía que pensar de esa manera, sino todo lo contrario, como una auténtica profana… y se le abrieron los ojos de golpe.

- El oro, Felipa.- Gimió el numismático anticipándose a cualquier cosa que ella hubiera podido decir.- La plata…- Lo decía como si le estuvieran procurando una sofisticada tortura china. Y Felipa, todavía un tanto pasmada, lamentó tener que coincidir. Una persona poco cultivada, y se le vino a la mente la palabra cazurro, no vería la dobla de Pedro I, ni los áureos del Imperio Romano o los doblones de a ocho acuñados en América. Vería oro. Peor aún si la persona en cuestión portaba un arma. Sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.

- Hay que ponerlo a salvo.- Concluyó el director del museo. Tienen que ser personas de confianza, absolutamente leales al museo…- Dejó la frase en el aire envolviéndoles con la mirada.

Felipa apretó los dientes y asintió con la cabeza. No hacía falta preguntar si se refería a cazurros de uno u otro bando, que en todas partes cuecen habas.