Desde que tengo recuerdos he vivido bajo tierra, sepultada en vida, protegida como un tesoro, por los habitantes pétreos. Mi casa era de piedra maciza, al igual que mis juguetes, mi cama y hasta mi madre, mi adora Mok'ar.

La aldea, conocida como Ceniza Pétrea, era una cueva subterránea, no más grande que un pequeño lago, con una única entrada semisepultada por las rocas. Por una de las esquinas caía, de vez en cuando, un tenue goteo de agua que variaba según la potencia de la lluvia que había golpeado. Podía pasarme horas viendo el agua caer e imaginándome cómo sería la lluvia, las tormentas y los rayos del exterior. Mi limitado mundo únicamente constaba de sonidos, grandes y pequeños sonidos que retumbaban por cada uno de las paredes de aquella cueva. Saber escuchar fue uno de los mayores dones que aprendí allí abajo, donde la luz escasea y la vista engaña.

El abrupto terreno de la aldea conformaba un gran espacio vacío, decorado únicamente con gravilla y rocas de distintos tamaños. El paisaje gris y solemne se veía manchado por una construcción arcaica e inestable, igualmente fabricada en piedra, mi casa, una serie de grandes monolitos colocadas de manera precisa para conforma un refugio, el cual durante catorce largos años llamé hogar.

El poblado estuvo conformado por tres integrantes más a parte de mí y mama: la jefa de la tribu, Baza, y sus dos fieles seguidores, Rek y Kor. Siempre me llamó la atención que Baza, fuera la única que conservara rasgos humanos en la forma de su rostro y en el timbre de su voz, me reconfortaba imaginar que algún día yo sería como ella y podría alcanzar la solemnidad de la piedra.

Mamá, por otro lado, era como Rek y Kor, guardianes de gran tamaño, pesados e intimidantes, con tres grandes formas en sus rostros, simulando los ojos y la boca. Eran tan grises como todo lo que nos rodeaba, pero, recuerdo pensar que cada uno tenía un color especial. Incluso, llegué a descubrí cómo fabricar pintura de distintos colores, y entonces mamá me dejaba pintar su superficie de tantos tonos como quisiera e incluso grabar su piel, pues al contrario que yo, no sentía nada.

Recuerdo que ella siempre me repetía una frase, un dicho de la tribu: la inmutable piedra no perece, no pertenece ni adolece. Aún a día de hoy resuenan en mi mente aquellas palabras, que ahora entiendo el sufrimiento que escondían.