No había parado de llover desde la mañana.

Laura suspiro, bajo la cabeza y miró nuevamente el mensaje de texto con cierto cuidado. "Esta bien por mí... " decía, "Quiero estar contigo, te quiero y te amo demasiado. No me importa nada más. Estoy seguro de mi decisión y quiero seguir..." La castaña se sentó, pasó su mano por su frente y miró a varias partes de la habitación dudosa de aquello. Y es que ella no era de esas personas que suelen decir lo que quieren o le gustaría hacer.

Se volvía a preguntar si esto estaba bien, si esto valía la pena y si realmente aquel chico de cabellera rizada tenía ganas de seguir viéndola. Agarro sus cabellos levemente al pensar en ese espacio gigante que los separaba, en esa cosa que la impedía ir de nuevo y besarlo, acariciarlo y llenarse de pasión sin que pudiera sentirse mal después.

Toco su rostro, luego sus labios y después bajo sus manos poniéndolas sobre la mesa junto aquel teléfono que mostraba ese mensaje.

Esto no podía llegar a nada si realmente se continuaba, pero ¿por qué cuestionarse de eso ahora si antes no le importó? Podía ser abandonada por alguien más joven y olvidada simplemente, o en el peor de los casos, arrestada y enjuiciada.

Suspiro, ¿cuál era la edad de consentimiento? El sé lo daba en todo caso, eso decía el mensaje en sí y siempre se lo hizo saber hasta donde sabía. Claro, solo había que ver esas miradas intensas que se regalaron en aquel metro, cuando sus labios se unieron en su departamento solitario o cuando las cosas subieron de intensidad y ellos terminaron juntos consumando el amor que tanto parecían anhelar en esos ojos azules brillantes, y esos ojos negros profundos.

Lo amaba hasta donde ella sabía. Lo amaba y mucho, a tal grado de verlo en sus sueños, en verse invadida en sus fantasías mientras se encontraba en su trabajo ocupando aquel escritorio blanco, sumergida en la banalidad de la cotidianidad. Se sonrojó como una niña, se ruborizó como nunca cuando se besaron y dijo esas palabras que todavía le provocan que su corazón aún lata con locura. "Te necesito Laura... " se lo murmuro en el oído, se lo susurró ese jovencito de cabellera rizada llamado Esteban aún cuando ella no se consideraba apta para el.

"—Todavía no se se porque estás conmigo... Solo soy una vieja ¿sabes? Seguro que tienes a muchas jóvenes muy lindas de tu edad que te siguen... "

"—¿Y que si la única con la que quiero estar es contigo? ¿Y que si tú eres de la que me enamore? Bien sabes que ese tipo de cosas no pueden cambiarse así como así... Eres todo lo que necesito... Solo a ti te amo."

Solo termino de decir eso y agarro su rostro con delicadeza y la beso. Ella correspondería de inmediato, con sus mejillas ardiendo como nunca antes lo habían hecho.

Cada beso era como si fuera el primero, con el corazón acelerado, con la emoción al máximo y esa sensación tan extraña en el estómago que en el pasado la había olvidado por completo. Todo se sentía tan bien, todo estaba tan completo.

Y claro que, incluso recordar todo eso, no le quitaba el hecho de la inmoralidad que había en el fondo de todo ese asunto.

Si tuviera que culpar a alguien por todo lo que se hacía, era a ella misma. Se culpaba por ser tan débil al caer en esa sonrisa, en esos rizos, en esos ojos negros con aquel brillo que poseía. En su manera de jugar con sus dedos mientras esperaba a que ella terminara sus llamadas, en su dulce personalidad y cariño, en su forma de abrazarla tan fuertemente, de besarla, y en su manera de quererla y tratarla.

No hay nada mejor que sentirse amada, correspondida, querida y necesitada. Ella estaba perdida en su mirada, eso era la simple verdad, y aún más cierto era que se hizo adicta al sentir su cariño, a besarlo y acariciarlo. ¿Cuantas escapadas de su trabajo le ocasionó eso? ¿Cuantos desvelos y reuniones familiares evadidas le ocasionó esa adición?

Tocarlo le hacía bien, que la rodeara con un abrazo fuerte, le daba sosiego absoluto, y incluso le gustaba cuando decía su nombre, era como una melodía para ella. No lo negaría, todo eso le encantaba.

"Vaya que soy débil... " se dijo sin apartar la vista del mensaje, leyéndolo con inocencia una y otra vez.

Ella, una mujer madura que anteriormente solo representaba serenidad y tranquilidad, que tenía toda su vida bien trazada y ordenada, planeada y organizada, ahora estaba perdida sin saber nada de nada. Cegada por el amor como quien dice, confundida y perdidamente enamorada de una forma que la intoxicaba y la embriagaba por completo.

Todo eso no hubiera pasado si ella no le hubiera visto de nuevo, si no le hubiera ofrecido acompañarlo en ese banca.

Si tuviera la oportunidad de regresar el tiempo y estar en ese preciso instante, solo tal vez... Solo tal vez, pudiera...

No, sería una vil mentira decirlo y no cambiaria nada de nada, no pudiera impedirlo y le gustaría vivirlo de nuevo sin importar que.

Incluso, aquel preciso instante cuando cruzaron miradas por primera vez.

Una completa casualidad que ellos habían salido tarde de sus deberes casi al mismo tiempo. Ella de su trabajo y el de su escuela. Aquel todavía llevaba el uniforme y se miraron por unos simples segundos. Ella fue la primera en voltear al otro lado del vagón, y cuando supo que él dejó de mirarla, lo observó por la pura curiosidad.

Su ropa, su mochila, zapatos y su rostro. Todo de reojo, cautelosa como siempre, y sin más lo calificó como un muchacho promedio. "Un niño tan solo" como le designó ella en su momento.

Era temporada de lluvias y el desinterés de Laura Guízar estaba al máximo.

La cotidianidad no le afectaba, como a muchos, disfrutaba de los pequeños placeres de la vida. Llegar a su departamento después de la jornada de trabajo, quitarse las zapatillas, sus medias, prepararse café y sentarse en su silla favorita y a consumir el libro de la semana.

En veces también, cuando llovía, disfrutaba de abrir la ventana donde se encontraban las escaleras para incendios de su edificio, sentarse muy cerca y sacar la mano, sentir las gotas de agua caer en su piel, y una que otra vez, sentarse en la ventana descalza como una niña y mojar sus pies. Sonreía tenuemente al sentir dicho contacto y veía los rascacielos y departamentos continuos, siendo cubiertos por la lluvia.

Y pese a la tranquilidad y soledad que mostraba al día a día, realmente se sentía bien en su entorno y gozaba de una actitud normal la mayor parte del tiempo. La gente común tiende a relacionar que la seriedad va de la mano con el aburrimiento, y la soledad con la tristeza en general. Pero, no era así, por lo menos no lo era con Laura, a la cual su vida le gustaba ciertamente. Era una mujer hecha y derecha y tenía bien claro su rumbo, o por lo menos así lo fue mientras seguía sin haberse relacionado con el joven Esteban.

Su mirada lo captó otro día en el metro no muy lejano al primero cuando cruzaron miradas. Si bien fue la cuarta vez que compartieron un mismo vagón, fue la segunda en donde Laura lo noto de nuevo.

Esa vez observó sus manos, el mover de su pierna,

su cabellera rizada y la manera que arqueó sus cejas como si estuviera sorprendido pareciendo que recordó algo interesante o impactante. En ese momento se le hizo curioso ese detalle y trató de imaginar que había pensado para tener dicha reacción.

Para la quinta vez que lo observó, sus miradas se encontraron como la primera vez. Les tocó cerca a los dos, y está vez fue el quien apartó la mirada y ella simplemente sonrió levemente. Y sin que Laura lo supiera, hizo un pequeño vínculo con el, sería el verdadero principio de todo.

La sola idea de tener una amistad con él era descabellado para ese entonces. Pero el ser conocidos, no se veía tan de locos según creyó en momento que bajaba por las escaleras de la estación, y lo miró sentado en una banca. En ese instante fue cuando ella decidió hablarle.

Las primeras palabras que se pronunciaron, fueron un: "¿Llegas de la escuela apenas?"

El joven de cabellera rizada la observó desde la esquina de la banca. Una distancia grande los separaba, ella había entrado con la ropa humedecida por la lluvia. Cuando vio que el la reconoció, ella se sentó en el otro extremo.

—¿Disculpa? —preguntó recién sacado de su mundo y confundido.

Ella se acercó más sin levantarse de donde yacía sentada, y con un aire serio pero amigable preguntó.

—¿Qué si vas saliendo de la escuela apenas, o solo vienes de una salida con tus amigos?

El sonrió.

—La primera —contestó amable —Me quedé haciendo un trabajo... ¿Usted acaba de salir del trabajo?

—Si, y salí un poco tarde por una razón similar —respondió y bajo la mirada —El clima es un desastre ¿no crees?

—Si, pero, me gusta.

—¿Si? —Laura se acercó un poco más.

—Si.

—¿Alguna razón en específico?

—Pues... —miro hacia al suelo con una expresión curiosa —Cancelan las clases si hay mucha lluvia —comento y sonrió —Además, las calles se vuelven más solitarias, los días son más fríos... Y no lo sé, me gusta creo. El cielo nublado y ver la ciudad con lluvia... —concluyó y volteó con la adulta.

—Ya veo.

—¿Y a ti? ¿Te gustan los días lluviosos?

—No lo sé —dijo —Me gustan y a la vez no... Es extraño supongo. La ciudad si se ve linda con lluvia.

Laura dejó de observar al chico, y miró hacia al frente. Volteó brevemente para verlo, y notó una ligera sonrisa que la contagió. De repente, el sonido de la llegada del tren abarcó todo el silencio.

Ella suspiro sonrojada, puso sus brazos sobre la mesa de madera y ocultó su cabeza en ellos sin soltar el celular.

Que extraño era recordar aquello ahora, parecía que había sido hace mucho. Por un momento se preguntó del por qué le había hablado ese día en particular y de ese modo tan deliberado. Nunca fue así en lo que llevaba de su adultez, e incluso en su juventud nunca se comportó de ese modo. Sea como sea, esa actitud se repetiría para la segunda vez que conversarían.

Naturalmente, la vida de Laura tomaría un rumbo en el cuál la calma, poco a poco se esfumaría por completo de su día a día. Empezando por esas habladurías de cualquier cosa que tenía con el adolescente, o aquellas miradas graciosas que Esteban comenzaría a darle cuando terminaban separados en el vagón del tren. Luego por sus comentarios graciosos, cuando hablaban de camino a sus destinos, y que luego inconscientemente cuando se encontraba en la ducha de su casa por la mañana, sonreiría al recordar todo aquello con cariño.

Ocasionalmente, cuando tenía contacto involuntario con él, solía experimentar cierto sentimiento diferente al que supuestamente se debería tener al tocar la mano de un amigo, de un familiar o de en ese caso, un jovencito. Sin embargo, no pensó mucho en ello y lo dejó pasar sin más.

Mientras cenaba en casa de su padre un sábado, se encontraría distraída mirando su comida, pensando en lo que Esteban estuviera haciendo en ese preciso momento.

—¿Te encuentras bien Laura? —le preguntaría su padre al notar aquello —Llevas rato sin tocar tu comida. ¿Te sucede algo?

Laura levantaría la mirada del plato y lo encontraría mirándola con una leve preocupación.

—Oh si, estoy bien papá —ella respondería mientras desviaba la mirada y su mente seguía impuesta en el.

El lunes, esperaría a encontrarse a Esteban en la estación del metro para después, juntos esperar el transporte y abordarlo.

Caminaron los dos hasta una parte solitaria del vagón, se sentaron uno junto al otro y conversaron hasta que en un punto dado, se quedaron en silencio, mirando hacia el frente, no ensimismados, sino, pensando acerca del uno y del otro junto a la situación en sí. Laura se sintió cómoda, luego sus ojos azules se centraron en Esteban, él sintió la mirada y volteó a verla. El adolescente le regaló una sonrisa, ella correspondió, luego apartó la vista.

Su corazón dio un vuelco en ese momento, y apartó la mirada al instante para regresarla al frente. Esteban bajaría la cabeza, y se acercaría un poco a ella.

—Laura, ¿te molestaría, si me recargo en ti?

Ella bajo la mirada, negó con la cabeza sin decir palabra alguna y Esteban recargaría su cabeza en su hombro y soltaría un suspiro. Laura bajo la cabeza por completo al sentir el contacto, y se sorprendió sintiéndose levemente nerviosa.

Siguió pensando y luego rompiendo el silencio, ella le preguntaría.

—¿Te gustaría ir a un lado en algún momento... ?

—¿A a un lado?

—Si, a algún lugar, para pasar el tiempo.

—¿A que lado te gustaría ir conmigo? —preguntó Esteban y se acomodó un poco más en ella.

—A tomar un café, a comer, y a... —paro como quien duda de lo dicho, tomó una corta pausa y después continuó—No lo sé... A donde sea...

Esteban mirando hacia el techo, se sonrojaría y sus ojos brillarían.

—Claro, me parece muy bien...

El se apartó de su hombro un poco y volteó a los alrededores, sacó su teléfono para ver la hora. Duro unos segundos observando su celular, después lo guardo y volvió a su hombro de nuevo. Laura vería todo aquello con peculiaridad.

—Podemos ir ahora si quieres —dijo Esteban recargado en el hombro de ella sin mirarle.

Laura volteó con él y respondió con un tono bajo.

—Está bien entonces...

Cuando el tren paro, los dos bajarían y saldrían de la estación juntos por primera vez. Caminarían por las calles de la ciudad en silencio, sin siquiera conversar acerca del lugar a donde irían.

La atmósfera se había trasformado al momento en que las palabras se habían acabado, hubo veces en las paradas de semáforo para cruzar la calle, que solo se veían, como si acordarán algo por la simple mirada, y pronto se encontrarían varados en un parque solitario de la ciudad, hasta que de manera precipitada, Esteban decidió detenerse en seco.

Miró a Laura la cuál ya detenía su andar para verlo, e hicieron contacto visual por segundos. El se acercó a ella hasta estar frente a frente, la tomó del brazo y la beso en los labios. Laura aceptó el beso sin más, cerro los ojos, y sin saberlo del todo, sus brazos buscaron abrazarlo. Él también la abrazo y Laura sintió como su rostro ardía, como su mundo se movía y mente no daba cabida para lo que sugiera a partir de aquello, dejándose llevar solo por el momento.

Sus labios se separaron por unos instantes, pero ella siguió con otro beso, pasó su mano por la cabellera de él, y sumergió sus dedos en sus rizos mientras que sentía como el se aferraba más a ella.

Cuando acabaron por fin, solo se encontraron con sus miradas tímidas y el silencio que los había acompañado hasta ese momento, confundidos ciertamente, por la explosión desmesurada de sus acciones, aunque ese no era el caso en si, sino una muestra de sentimientos sinceros, que tarde o temprano habrían sido descubiertos. Los dos ante lo sucedido se juntaron más sin dejar de mirarse, se abrazaron con fuerza para después continuar con besos pequeños y algunos más duraderos.

Laura al poco tiempo terminaría con ello al escuchar los pasos de un transeúnte. Ella ocultaría su rostro abochornada en el pecho de Esteban, aún engullida y aferrada a sus brazos. Solo levantaría la cabeza, al oír que el extraño se había alejado de ellos. Miraría al rizado, y se encontraría con su sonrisa sincera, la cual la contagiaría e hiciera que sus ojos brillaran.

Esteban impulsado por su reacción, tomó la mano de ella y se dirigieron a un quiosco vacío del parque. Ahí en silencio, los dos se miraron, caminaron para estar tan juntos como para sentir la respiración del uno y del otro, y se abrazaron levemente. El ocultaría su rostro en su cuello, y ella en la cabellera rizada de él.

—¿Te gusto... ? —soltó la mayor en un murmullo.

El se separó para verla, y sin dejar de hacerlo, respondió con un "sí" tenue pero decidido.

—¿Desde cuando? —preguntó mientras lo acercaba a ella.

—Desde que empezaste a hablarme. Desde no pudo dejo de pensar en ti...

El mundo volvió a movérsele, su corazón volvió a palpitar de una manera acelerada y sonrió. Laura volvió a besarlo profundamente en los labios y así se quedaron un buen rato más.

Las cosas cambiaron mucho después de aquel día para entonces, y no sabiendo con exactitud lo que había orillado a la mujer del cabello castaño a corresponder a los besos del rizado, o a no hacerlo y acabar con todo ahí. Las cosas continuaron de manera rápida.

Pronto, las conversaciones casuales y cualquier otro tipo de interacciones amistosas, se habían esfumado por completo entre ellos. Las miradas intensas, las sonrisas de vez en cuando, las palabras intercambiadas entre murmullos, y entrelazar sus manos cuando no había mucha gente, se verían puestas en su rutina. Se habían convertido en amantes por completo.

Un viernes nublado, Laura le abriría la puerta de su departamento a Esteban por primera vez.

El adolescente caminaría por el piso de madera y observaría el departamento curioso. Vería las paredes de ladrillo, la mesita de vidrio con varias revistas encima de esta y los libros cerca de un sillón de cuero. Los escasos muebles polvorientos de madera, la alfombra amarilla pastel, los múltiples libreros del lugar, las dos lámparas solitarias en las esquinas, y la ventana enorme que daba a una avenida concurrida.

La mujer de los ojos azules lo miraría en silencio mientras se quitaba sus zapatillas negras y se quitaba el abrigo gris que tenía y lo dejaba en el sillón.

—¿Vives aquí sola? —preguntó Esteban a la par de que caminaba hacia la ventana.

—Si, desde hace un rato —dijo mientras daba unos pasos en su dirección —No tuve tiempo de limpiar bien por lo del trabajo y eso, así que... Bueno... Ya ves...

Los dos se sonrieron, y luego el rizado se centró en lo que había a través del cristal.

—Tienes una muy linda vista aquí —comentó dejó de mirar por la ventana, y volteó con ella.

Laura le sonrió levemente.

—Voy a preparar café. ¿Quieres que te prepare una taza... ? —le pregunto ella con un tono bajo.

—Si por favor —contestó mientras se más acercaba a ella.

La siguió a su pequeña cocina. El rizado miró el lugar, notó el zinc lleno de platos por lavar, la estufa azul con la tetera de aluminio encima, una mesa corta con espacio para dos, y una reducida ventana por la cuál entraba la luz del día. Esteban ocupó la mesa, y Laura fue sacar el café de la alacena. El no podía explicarlo del todo, pero Esteban percibió que en el lugar había un aire solitario y serio, comparándolo claro, con su casa en la cual siempre había ruido y desastre.

Cuando el agua hirvió, Laura preparó el café y en silencio le entrego la taza de café a Esteban, para después sentarse al frente suyo.

—Muchas gracias —soltó el sonriendole.

Ella lo miró por unos segundos, un rubor leve nació en sus mejillas y desvió la vista en dirección a la mesa.

—De nada... —respondió y tomó un sorbo de su café, y dudando por unos segundos, se animó a preguntarle —¿Cuanto tiempo te quedarás... ?

—No lo sé. No después de que cierren la estación supongo —dijo y sonrió.

—Yo puedo llevarte.

—¿Tienes carro?

—Si, solo que no lo uso por que el tráfico de la ciudad es una pesadilla.

—Bueno, agradezco un poco de ello —dijo y volvió a sonreír.

Laura levantó levemente una de sus cejas y sonrió un poco.

Cuando ella llevó las tazas vacías al fregadero, volteó en donde Esteban seguía sentado. Este también la miró y las mejillas de ella ardieron para después acercarse a él, tomar su rostro con sus manos e inclinándose un poco y besarlo de manera deliberada. El joven solo se sonrojó ampliamente a la par de que sintió como las manos de ella pasaron por su espalda.

Laura después se separó, lo tomó del brazo para que se parara y lo siguiera hasta la sala. Se tumbó en el sillón y hizo que el se pusiera arriba de ella. Se acercó lentamente a su cuello, y lo beso de manera suave para seguir con su barbilla y finalizar con su boca.

Esteban cerró sus ojos ruborizado cuando sintió sus labios, luego con timidez la abrazo, al terminar con ello y al abrir los ojos nuevamente, se encontró con ella anonadada mirándolo.

—Te amo —dijo Laura y lo volvió a besar para después separarse y quitarle las prendas superiores que tenía.

Rozó sus labios por su torso, plantó besos por donde pudo y de repente paró para aferrarse con y ocultar su rostro por un momento, para sentirlo y pensar en el transcurso un poco. Ya sentía que su cuerpo ardía, que necesitaba tocarlo y aprovechar para estar con el, pero aún con todos esos impulsos, lograba vislumbrar las consecuencias que había si todo continuara, preguntándose si debía detenerse o continuar. Claro que nunca haría lo primero, pues él comenzó a besarla y aferrarse a su cuerpo, dejándose llevar por los impulsos de su corazón.

Pronto los besos subieron de intensidad a tal grado que se separaban y se abrazaban para recuperar el aliento. Los botones del pantalón de Esteban fueron desabrochados al rato por Laura, para después ella metiera su mano adentro de los pantalones de el, y procediera a quitar su ropa poco a poco, para volver a besarse y abrazarse. Para que sintieran sus lenguas invadir la boca del uno y del otro, y sentir las caricias más atrevidas y más apasionadas.

Empezó a llover a fuera, pero estaban tan concentrados en lo suyo, que solo se dieron cuenta hasta que terminaron abrazados. Luego en silencio decidieron pasarse al dormitorio.

Ahí entre besos y caricias siguieron un largo rato, y cuando agotaron todo lo que había por dar, se quedaron acostados cubiertos por las sábanas, y una vez en calma, se sonreían levemente y reían. Se hablaban entre los más sutiles murmullos como si quisieran que sus palabras se perdieran en el silencio.

Esteban solo solía moverse para besar el cuerpo de Laura, y en uno de sus recorridos por su espalda desnuda, por debajo de su cuello en la zona dorsal, observó la cicatriz que se encontraba en el medio de su espalda. Se acercó con cuidado, paso las yemas de sus dedos por su piel, pegó su rostro para después abrazarla y poner sus labios de manera suave en la cicatriz. Ella sonrió y se ruborizó mientras veía hacia la pared blanca del cuarto. Aquella solitaria que no sufría de ninguna decoración.

—¿Qué te sucedió? —preguntó Esteban calmado y serio.

—Fue desde hace mucho, cuando era más joven.

—¿Qué tan joven? —pregunto el y se aferró más a ella.

—Muy joven. De un accidente hace mucho.

—¿Si... ? —soltó con una voz tierna —Pobrecita —dijo y volvió a besar su espalda.

Ella se dio la vuelta para estar al frente de el, y vio su mirada acaramelado y sus mejillas rojas como las de un pequeño. Lo miró con ternura al encontrarlo con una expresión tan linda e inocente. Toco sus pómulos suavemente y lo beso.

El se acomodó pegando su cabeza en su hombro y los dos se unieron en un abrazo.

—Te amo tanto... —le murmuró el adolescente.

Laura sonrió, cerro los ojos e hizo más profundo el abrazo.

Solo el sonido de la lluvia se escuchó después aquello. La mujer adulta del cabello castaño, volvería a pensar acerca de lo que continúo y hizo. El tenía quince años en ese entonces, y ella... Ella tenía más.

Con ello, no habría perdón en cuanto a dejar los vidrios del carro empañados, y utilizar los pasillos desvergonzadamente para desatar su lívido irremediable.

No hacía falta recordarse así misma aquella brecha que los separaba, siempre había algo qué se lo hacía. Como las llamadas que recibía Esteban de su madre para saber su hora de llegada a la casa, las limitaciones en cuanto a sus salidas y cuando notaba el contraste de ella y el. Cuando tocaba su piel desnuda, y veía que seguía siendo todavía un jovencito.

Además de todo ello, podía notar las miradas que recibían, en esos besos cortos en los que supuestamente nadie los miraba.

Todo continuo a pesar de ello. Se convirtieron en amantes, se besaban apasionadamente, hacían el amor en cada lugar posible, y se miraban con aquellos ojos que solo podían brindar el amor. Ella pensaba en el, y el en ella. Y sus deseos de verse y atesorarse aumentaron.

No faltaron las personas curiosas que vieron que a una cuadra de la escuela, un alumno se subía a un carro al que no parecía pertenecer a alguno de sus familiares. O que en el trabajo de la castaña, se había dicho que ella tomaba más tiempo de lo usual en sus almuerzos los sábados.

No era de sorprenderse saber, que pronto las personas los encontrarían a ambos en situaciones comprometedoras. Ninguna demasiado grave hasta ahora, gracias a la casualidad.

Un suspiro se escuchó en la cocina. Laura levantó la cabeza por fin entre sus brazos, miró a los alrededores como si buscara a alguien. Luego su mirada terminó en la mesa, y sonrió levemente al pensar en el.

No era tan fácil, no era nada sencillo, pero ¿qué acaso algo en la vida lo es?

¿Qué se debía hacer? ¿Qué debía hacer?

Podría perder su trabajo, podría ser tachada de por vida. El seguía siendo menor de edad todavía. ¿Cuál era la edad del consentimiento?

Bien sabe, qué hacer a un lado todo eso no había funcionado ya una vez en el pasado. Después de haberle puesto fin supuestamente con todo el valor que se pudo tener. Al poco tiempo volvieron a buscarse una vez. Se derramaron lágrimas, la tristeza los invadió y la única cura para ello, era encontrarse en su silencioso rincón, en su mundo compartido. Sabía que habían pocos futuros sostenibles para su relación, y aún estaba el problema sobre el consentimiento de la de la familia. Sería escandaloso, y ella preferiría no pensar siquiera en ello.

Tantas cosas que se podría desatar si no se tenía cuidado. Tantos problemas por pasar, y todo por enamorarse de un estudiante que se encontró de casualidad en el metro. Primero llenando la cotidianidad de su día con sonrisas y buenos ratos, y luego llegando a lo profundo de su alma.

Laura cerró sus ojos con fuerza, los abrió de nuevo al pasar unos segundos y volvió a su celular para leer aquel mensaje con una mirada nublada.

Al finalizarlo de nuevo, volvió a ocultar su rostro entre sus brazos. Esteban llegó a su mente de nuevo.

Recordó aquellos besos embriagadores, esas miradas y expresiones curiosas, su manera de actuar tan encantadora y su cabello negro. Su sonrisa dulce y contagiosa, sus cejas gruesas y sus labios. Las caricias, sus palabras y ese lenguaje de miradas cuando el silencio gobernaba.

Ella sonrió. Realmente la hacía feliz. Realmente apreciaba volver a verle después de un día duro y cansado. Hablarle sobre su día o escuchar el suyo. Dormir alrededor de sus brazos y despertar bajo su calidez. Le gustaba no pensar en nada cuando estaba con el, y le encantaba el.

¿Realmente valía la pena seguir? ¿Arriesgarse a pesar de todo? No lo sabía, pero, sabía lo que quería.

Descubrió su cabeza un poco, agarro el teléfono y contestó el mensaje por fin. Sonrió levemente mientras un par de lágrimas pasaron por su mejilla. Se las limpió rápidamente y se levantó de la silla en tranquilidad. Camino hasta la puerta de la cocina y salió por completo de la habitación.

Había parado de llover a fuera, y ella había tomado una decisión por fin.