No venía a FictionPress hace como diez años. El mismo tiempo que llevo sin escribir nada que no sea un documento legal o una tarea académica. Hace poco intenté retomarlo porque tuve una idea de trama que me persiguió por días, pero al intentar plasmarla me di cuenta de que ya no me fluían las palabras como solían hacerlo. Al parecer es un talento que hay que entrenar. Quién lo diría.

He decidido empezar a escribir por lo menos 500 palabras diarias para "calentar la mano". No sé a qué horas, porque vivo sin tiempo, pero vamos a ver cómo me va.

Publicaré aquí buscando feedback... ¿Fictionpress se sigue usando? ¿dónde publican los niños de hoy en día?


¿Qué quiero ahora?

Cuando tenía 11 años, estaba segura de que ya era una adolescente. Me sentía madura, perspicaz, interesante, una chica cool que conocía -gracias a la televisión- todo lo que un verdadero adolescente debía saber. No entendía por qué debía esperar a tener 13 años para adquirir oficialmente esa condición.

Cuando tenía 15 años, el colegio nos llevó a visitar una universidad como parte de sus intentos para guiar nuestro futuro. La universidad estaba en una ciudad a 5 horas de la nuestra, así que tuvimos que tomar un bus a las 3 de la mañana para poder llegar temprano al tour programado. Íbamos vestidos con nuestras mejores pintas -ahora diríamos outfits- pues había que dar la mejor impresión: todos queríamos hacer amigos universitarios. Es uno de los días que mejor recuerdo de mi adolescencia porque me sentí verdaderamente feliz. No conocimos a nadie nuevo, pero todos los compañeros del salón pasamos el día cantando, riéndonos y molestando; el clima era fresco y sin lluvia; tuvimos varios momentos en los que no hubo supervisión, sino que nos dejaron recorrer el campus para que fantaseamos sobre nuestro futuro. En todas mis fantasías, mi futuro era brillante. Me sentía libre y plena. Tuve la seguridad de que iba a ser adinerada e importante, sería la dueña del mundo.

Mientras imaginaba todos los escenarios de mi eventual adultez, me prometí a mí misma que nunca iba a olvidar quién fui ese día, porque la yo de ese día -soñadora, risueña y determinada a triunfar- era la única y verdadera.

Ahora tengo 26 años, ya casi 27. Aún no clasifico como "vieja" y me atrevo a pensar que sigo en la flor de mi vida, pero la mitad de los días tengo dolor de espalda, ya solo queda una marca de cerveza nacional que no me da guayabo y el reflujo no me deja conciliar el sueño cuando mi cena es muy grasosa. Si a los 11 años me sentía con derecho a considerarme mayor, a los 26 deseo interponer una queja contra mi cuerpo por comportarse como si tuviera 46.

Se puede decir que voy llevando bien esto de la adultez. Ya soy profesional, tengo un posgrado, soy buena en lo que hago, soy bonita, estoy casada con un hombre que me sigue pareciendo el mejor del mundo, no me he embarazado sin querer -ni queriendo-, conocí Estados Unidos y Europa, tengo ahorros y no tengo deudas. A excepción de comprar carro, he hecho todo lo que se supone que alguien de mi edad tiene que haber hecho y he evitado todo lo que se recomienda evitar.

Y soy feliz.

No es la misma felicidad que sentí ese día en la universidad que visitamos. En esa época era feliz por la ilusión de todo lo que podría llegar a ser. La seguridad de que iba a perseguir mis sueños. Saberme joven, libre e inteligente y desear aprovecharme de eso para levantarme por encima de todo y todos.

Mi felicidad ya no está proyectada al futuro, sino que representa mi presente y lo satisfecha que estoy con el estado actual de las cosas. Soy feliz cuando me despierto de madrugada a hacer ejercicio en la terraza fría de un apartamento del que no tengo que pagar alquiler porque es mío. Soy feliz cuando un cliente me agradece porque le gustó mi asesoría, incluso si siento que lo que me paga no es ni la mitad de lo que merezco. Soy feliz cuando llega la noche, me acuesto en el brazo izquierdo del hombre de mi vida y quedo impregnada con su aroma corporal, que para mí es el mejor olor del mundo. Soy feliz porque ya lo tengo todo resuelto y siento que podría seguir con esta rutina por el resto de mi vida sin aburrirme.

Pero, ¿es tiempo de sentirme así?

La yo de 11 años no estaba conforme. Se sentía mayor porque quería serlo.

La yo de 15 años no tenía nada resuelto, pero sí todo claro: quería ser importante y dejarle claro al mundo quién era ella.

¿Qué quiero ahora? ¿Me queda algún sueño?

Hice las cosas bien durante mi vida y por eso me siento satisfecha, pero ahora no sé si esa satisfacción está evitando que explore todo mi potencial. Y aunque me repito incesantemente que sigo siendo joven -a pesar de todos los achaques de mi cuerpo- también me pregunto si no es demasiado tarde para decidir cambiar de dirección.

¿Está mal quedarme en una zona de comodidad, sacrificando la posibilidad de perseguir todos los sueños de grandeza que alguna vez tuve? O acaso, ¿soy una desagradecida por considerar la posibilidad de arriesgar una vida plena por perseguir ilusiones pueriles?

Y si decido sacrificar parte de mi vida por buscar el éxito, ¿cómo sabré cuándo detenerme?

O tal vez estoy condenada a no estar conforme, y ahora no estoy conforme con mi conformidad.