Assignment #2: escribir una escena con lo que sucede a mi alrededor. Incluir lo que perciben los cinco sentidos.

De café y de dolor

La parte inferior izquierda de mi espalda me está molestando nuevamente. Un dolor palpitante, leve pero molesto. Rara veces lo suficientemente fuerte para que amerite tomar medicamentos o consultar al médico, pero el problema no es de intensidad sino de su permanente presencia. No recuerdo un solo día de este año en el que no lo haya sentido al menos por un par de minutos. Creo que tampoco del año pasado. Ya me acostumbré a acostarme con el vientre hacia arriba, los talones tocando mis nalgas y las rodillas elevadas y juntas, recargada una en la otra, para liberar la presión en el sitio del dolor; ya no cruzo las piernas cuando me siento, pues la diferencia de peso que recibe un lado de mi cuerpo al hacerlo acelera la molestia; ya sé que cuando me llegan los cólicos menstruales, ambos dolores se fusionan en uno solo y siento el palpitar en todo el centro de mi cuerpo.

Hago una nota mental: debo retomar el yoga, es lo único que parece ayudar.

Cierro los ojos y suspiro con preocupación, pensando en el futuro de mi espalda. No sé si vale la pena invertir en la compra de una poltrona ergonómica, o por lo menos una un poco más adecuada que la silla plástica barata en la que me siento a trabajar ocho, diez, doce horas al día. Inmediatamente me siento mejor pues el aire que entra a mis pulmones llega impregnado del café que se está colando en la máquina ubicada junto a mi escritorio y es suficiente para liberar endorfinas por todo mi cuerpo. Siento mis glándulas salivares reaccionar expectantes, como los perros de Pavlov. Escucho el borboteo rítmico de las últimas gotas de agua dentro de la máquina y luego el pi, pi, piiiiiiii del aparato que grita desesperado para avisarme que terminó de llenar la jarra de vidrio, la segunda que preparo hoy. Un total de siete mugs grandes, llenos a rebozar que sagradamente me bebo cada día. No me miren así. Ya sé que tomo un poco más de lo que debería.

¿Van a tener que operarme la espalda, como a mi abuela? Me levanto de mi silla plástica y me dirijo a llenar mi mug del tinto recién hecho. El movimiento libera presión en mi espalda y se siente bien, aunque sé que es una mejoría ilusoria pues la palpitación volverá en cuanto me quede quieta. Me cuido de no quemarme con el líquido caliente y me devuelvo al escritorio para seguir trabajando.

No, mejor no.

Me gusta el clima de hoy. Nubes oscuras, creadoras de lluvia, acechan en el cielo, pero por ahora no sueltan ni una sola gota, así que me permiten disfrutar la calidez del día sin tener que sufrir este sol criminal al que estamos condenados los pobres diablos con la mala suerte de nacer en países tropicales. Este clima amerita salir a la terraza un rato, el trabajo puede esperar.

La terraza fue el motivo por el que decidí comprar este apartamento. Ocupa una quinta parte del área total, que no es mucho pues el apartamento es pequeño, pero se siente como un gran lujo. Las paredes son rojas -curiosa elección de color por parte del anterior propietario- el piso es rojo y está llena de macetas de barro rojo coronadas por plantas en distintos tonos de verde. Rojo y verde, como la navidad que se acerca.

Heredé el gusto por el tinto de mi mamá, que lo heredó de su mamá. Igual sucedió con el dolor de espalda, reliquia familiar. ¿Pero la cafeína en la noche no te desvela, Rossy? Le preguntan a mi mamá, y ella siempre responde en chanza que lo que la desvela es la angustia de no haber tomado suficiente tinto. A mí me desvela el dolor de espalda.

Me quedo pensando en tintos y dolores de espalda y todas esas cosas que heredé de las mujeres que vinieron antes de mí, cuando las nubes me traicionan y se van, abriendo paso al sol. Los rayos amarillos aparecen de la nada. Bastan unos pocos segundos para sentir cómo empieza a quemar mi piel. Es mi señal para volver a trabajar.

Al sentarme, el dolor regresa. La profesora de yoga dice que debemos aceptar las sensaciones de nuestro cuerpo, incluso las negativas, porque nos demuestran que estamos vivos. Ella lo ve todo así, profundo, como si todo tuviera un significado. Me deja admirada cuando sale con esas cosas. Yo soy más simple: si duele es malo, así de sencillo. Pero su enseñanza me sirve para justificarme: no voy a comprar una nueva silla; esta me ayuda a sentirme viva.