Se miró al espejo. Tenía cara de no haber dormido nada. Era verdad. En las últimas noches apenas había podido conciliar el sueño unas pocas horas. La niña no dejaba de llorar. A veces tenía la sensación de que lo hacía a propósito, de que esperaba al momento justo en el que ella se dormía para romper en llanto. Sabía que era una tontería. Su hija solo era un bebé. Lo normal era que llorara.

No obstante, la niña era un poco rara. A veces la encontraba mirando fijamente algún punto de la habitación, pero cuando seguía la dirección de sus ojos no encontraba nada. Su madre le había dicho que eso era normal, que aunque para ella no hubiera nada, para su hija el mundo todavía era nuevo.

Claro que su madre no había visto a la niña. Vivía demasiado lejos y no podía permitirse viajar hasta allí. Ella pensaba llevársela cuando fuera un poco más grande. Le habría mandado una fotografía, pero su madre creía que daba mala suerte fotografiar a los bebés. Su madre siempre había sido muy supersticiosa. Cruzaba de acera si veía un gato negro y nunca pasaba por delante de una funeraria. Incluso, cuando su hermana y ella eran pequeñas, había cubierto todos los espejos de la casa y solo se miraba en ellos cuando ninguna de las dos estaba presente. Ella no lo recordaba, pero su hermana, que era un año mayor, sí que se acordaba del día en el que teniendo ya sus hijas dos y tres años, casi cuatro que decía su hermana, había destapado al fin los espejos. Y sin embargo, no la creía cuando le hablaba de las rarezas de la niña. Según su madre, todo era producto del estrés que suponía para ella cuidar sola de un bebé. Ella también había pasado por esa situación cuando las estaba criando a ella y a su hermana. Esperaba que solo fuera eso, aunque en su fuero interno no estaba demasiado convencida.

Cogió a la niña, que había estado sentada en el parque que tenía para ella en el salón, y la colocó en el carricoche para llevarla a la guardería. La niña no protestó. Se limitó a mirarla fijamente. Sintió un escalofrío. Había algo que no le gustaba en los ojos de su hija. Eran demasiado fríos, demasiado penetrantes. Se dijo que estaba pensando tonterías, que su madre tenía razón y el estrés la estaba afectando de más.

Por el camino se encontró con varios de sus vecinos. La saludaron con amabilidad y dedicaron caricias y palabras bonitas a la niña. Nadie parecía notar nada raro en ella. El primer día que la había dejado en la guardería, se había pasado toda la mañana esperando que en cualquier momento la llamaran para decirle que había pasado algo extraño, pero no sucedió y en las dos semanas que la niña llevaba quedándose allí toda la mañana tampoco había ocurrido nada fuera de lo común. Según su madre eso era otra prueba de que la niña era absolutamente normal.

La dejó en la guardería y se encaminó a su trabajo. Se sentía más ligera, casi aliviada de separarse de ella, aunque ese sentimiento la hacía sentir incómoda. Al fin y al cabo era su hija. Se suponía que debía quererla y desear estar siempre con ella. El resto de madres y padres que había conocido en la guardería hablaban de lo que les había costado dejar a sus hijos allí. Cuando recogían a sus niños los llenaban de besos y les decían lo mucho que los habían echado de menos. Ella no era capaz de eso. Se sentía culpable cada vez que la dejaba sin sentirlo en lo más mínimo, cada vez que la recogía sintiendo un nudo en el estómago, cada vez que alguien le decía lo guapa que era o lo grande que estaba y ella no era capaz de reaccionar como se suponía que tenía que hacerlo, como lo hacían los otros padres cuando alguien halagaba a sus hijos. A lo mejor la rara no era la niña, sino ella. Según su hermana, ella siempre había sido bastante arisca. A lo mejor era simplemente eso, que no estaba hecha para ser cariñosa, o para tener hijos. No por nada todo el mundo se había sorprendido cuando había anunciado que estaba embarazada. A lo mejor era simplemente eso.

Pasó la mañana centrada en el trabajo. De vez en cuando se preguntaba si todo estaría yendo bien en la guardería. Se dijo a sí misma que estaba siendo paranoica. Recogió a la niña. Estaba inusualmente tranquila. La dejó en el parque y se dispuso a coger el móvil para llamar a su madre. Siempre la llamaba al llegar a casa. No obstante, no encontraba el teléfono. Lo buscó por todas partes, por todos los sitios donde solía dejarlo.

Nerviosa echó un vistazo al parque para comprobar que todo seguía bien con la niña, que seguía inusualmente silenciosa. Su hija se había quedado dormida abrazando un objeto pequeño. Se asomó para verlo de cerca, aunque creía saber lo que era. En efecto, se trataba de su móvil.

Las manos le comenzaron a temblar. Su parte racional le decía que lo más probable era que el móvil se le hubiera caído cuando fue a dejar a la niña en el parque, pero una gran parte de ella no quería escuchar a su parte racional. No era la primera vez que un objeto no estaba donde se suponía que debía estar y aparecía en la cuna o en el parque o en algún lugar cercano a donde estaba su hija. Su madre decía que eso era por el estrés, que estaba tan cansada que no recordaba lo que hacía, pero ella estaba empezando a asustarse.

Sacó el móvil del parque con cuidado de no despertar a su hija. No lo consiguió. La niña se echó a llorar con la fuerza acostumbrada. Estaba más que habituada a que lo hiciera y sin embargo, el sonido la sobresaltó y el móvil cayó al suelo.

No lo comprobó hasta más tarde, cuando al fin logró calmar a la niña, pero el teléfono se había roto. En su desesperación pensó que lo había hecho a propósito, que eso era lo que la niña quería. Luego se regañó mentalmente por seguir pensando esas idioteces y dejó a la niña de nuevo en el parque para ir a buscar el ordenador y mandarle un correo a su hermana para que avisara a su madre de que no podrían hablar hasta que comprara un nuevo móvil.

Encontró el ordenador a la primera y se le escapó una risa nerviosa, mezcla de miedo y alivio. Volvió a mirar a la niña. Estaba en el parque, de pie, agarrada a los barrotes. Era la primera vez que lo hacía. Quizá debería sentirse orgullosa, pero solo podía pensar en que la estaba mirando fijamente con esos ojos extraños, fríos. Tuvo miedo y esta vez no tuvo fuerzas para decirse que todo era una tontería.

El resto de la tarde fue tranquila. Escribió a su hermana contándole que se le había roto el teléfono sin especificar las causas y ella tampoco preguntó. Nunca se habían llevado especialmente bien. Seguramente su madre sí que le haría preguntas cuando consiguiera hablar con ella.

La niña continuó tranquila el resto de la tarde. Estaba experimentando con eso de apoyarse en los barrotes y ponerse de pie. Se le daba bien, pero solo conseguía mantenerse unos segundos. Esto parecía frustrarla y emitía soniditos de protesta. Al menos esa era una reacción normal.

Casi pudo sonreír con afecto al mirarla, aunque por una vez la niña no la estaba mirando a ella inmersa como estaba en su tarea de ponerse de pie e intentar mantener el equilibrio. Era hasta graciosa. Se preguntó si su hermana y ella habrían sido así cuando eran pequeñas. No tenía fotos ni vídeos de esa época debido a las supersticiones de su madre. Pensó en grabar a su hija para que a ella no le pasara lo mismo, pero no tenía cámara y el móvil se acababa de romper, así que dejó pasar la idea sin más.

La niña no lloró esa noche. No obstante, a ella le costó mucho quedarse dormida. No dejaba de darle vueltas a lo que había pasado esa tarde, aunque en realidad no había pasado nada. El móvil podría perfectamente habérsele caído en el parque cuando dejó allí a su hija y lo demás eran imaginaciones suyas, simples paranoyas.

Al día siguiente todo sucedió con absoluta normalidad. Dejó a la niña en la guardería y compró un móvil nuevo en un descanso del trabajo. Recogió a su hija y llamó a su madre. No le contó nada de lo que había sentido el día anterior, solo le dijo que el móvil se le había caído al suelo y se había roto. No era toda la verdad, pero tampoco era mentira. Esa noche la niña volvió a llorar como era su costumbre y a ella volvió a costarle quedarse dormida.

Disfrutó de unas horas de sueño tranquilo hasta que un peso en el estómago la despertó. Al abrir los ojos se dio cuenta de que era su hija. Se quedó helada. La niña ni siquiera sabía aún mantenerse erguida, era imposible que hubiera salido de la cuna. No obstante, allí estaba gateando por su cuerpo, apoyando una manita en su cuello y después la otra, apretando, estrangulándola.

La despertó su propio grito. Se llevó las manos al cuello instintivamente. La niña se había despertado también y había comenzado a berrear. Se acercó a la cuna con cautela, como si esperara que su hija fuera a saltarle encima en cualquier momento, pero no ocurrió nada. La niña se dejó coger y al poco rato se calmó y volvió a dormirse. Ella no pudo dormir más.

El día siguiente fue uno de los peores. Era sábado, así que la niña permaneció todo el día en casa con ella. Estuvo más llorona de lo habitual, pero eso habría sido soportable. Lo demás no lo era: las puertas que se cerraban solas, los objetos que no conseguía encontrar, la televisión, que dejó de funcionar. Intentó convencerse a sí misma de que todo era por el viento, por el estrés y por la antigüedad del aparato respectivamente. Eran las cosas que su madre le habría dicho con dulzura y que su hermana habría corroborado con mucha menos amabilidad. Sin embargo, no se lo creía.

Esa noche volvió a soñar con que la niña se le subía encima para estrangularla, aunque esta vez no la despertaron sus gritos, sino el llanto de su hija. Al principio se quedó tan paralizada que ni siquiera fue capaz de levantarse. Luego la consoló, pero no intentó volver a dormirse. Sabía que no lo conseguiría.

El domingo la televisión había vuelto y en las noticias anunciaron un problema con la señal. Algunos objetos aparecieron y no se cerró sola ninguna puerta. La niña estuvo dormitando todo el día y ella pudo relajarse un rato.

Pensó que esa noche tendría sueños tranquilos, pero de nuevo volvió a repetirse el mismo sueño. La niña se subía a su estómago, gateaba por su cuerpo y apretaba sus manitas en torno a su cuello. Un pensamiento no dejaba de cruzar por su cabeza: una de las dos tenía que morir. Tenía que matarla para sobrevivir. Así que apretó. Sus manos, más grandes y fuertes vencieron a las pequeñas y débiles de su hija. La niña estaba muerta. En el sueño sintió alivio. Entonces sonó la alarma y abrió los ojos. Tardó un momento en comprender que no seguía soñando. La niña estaba ahí, tumbada sobre su pecho, muerta, estrangulada. La miró y sintió miedo y culpa, pero por debajo de todo eso aún quedaban rastros de alivio.