CAPÍTULO 1

El arreglo

Bajo el cobijo del sol y el secador aliento del desierto se encontraba el escarabajo, esperando hacer su rutina diaria mientras un ciclo más estaba por terminar. El sol daba sus últimas señales de actividad y con la misma gentileza que llegó durante la mañana, se retiró sin demora ni alerta. Era el principio de jornada para el escarabajo. Al fin la oscuridad lo acobijaba del inminente peligro que representaba tener un colorido y brillante caparazón verde jade, el cual atraía hembras y depredadores por igual. Al fin era hora de deambular y buscar la cena o el desayuno.

Lenta, sigilosamente movía una pata, luego la otra, dando pasos desacelerados y rítmicos a través del suelo arenoso. No quería llamar la atención, y tenía todo el tiempo a su disposición, o al menos la noche para lograr su cometido; encontrar insectos más pequeños o menos fuertes y finalmente devorarlos de una manera poco ceremoniosa.

Después de arrastrarse una decena de centímetros se encontró con la presa ideal; un insecto palo que se encontraba en un camuflaje perfecto, o al menos así lo pensaba hasta que cometió el fatal error de mover una de sus pequeñas antenas al percibir la presencia del escarabajo. En un instante el escarabajo se abalanzó sobre su víctima y mientras lo sostenía con sus patas, para el terror de su adversario ya sometido, se abrieron sus pinzas que con una impersonal crueldad se acercaron a su cuello y apretaron con un crujiente sonido que marcó el fin de su cometido. El escarabajo estaba a punto de tener un festín. El insecto que había cazado era el más grande de las últimas tres noches. Ciertamente le había costado un poco más que sus presas anteriores, pero al final había logrado prevalecer ante la adversidad de enfrentar a un oponente que le doblaba el tamaño.

La cena fue abruptamente interrumpida. En la arena se sentían vibraciones, cada vez más fuertes. El escarabajo erróneamente decidió ignorarlas, después de todo, no dudaba en su capacidad y velocidad para huir enterrándose en la arena en caso de que se tratara de un depredador. Súbitamente la rueda de un carruaje arrasó con el escarabajo con el simple crujido de su cuerpo siendo aplastado para posteriormente quedarse pegado a esta. El carruaje iba a prisa, cruzando el desierto como si la vida de sus pasajeros dependiera de ello, y en cierta forma así era. El carruaje era lujoso, con un cascarón de roble con detalles minuciosamente tallados a mano, tal como el escudo de armas de la familia real. También tenía algunas partes de mármol que adornaban los vértices de la estructura superior. Se trataba de un transporte oficial del reino y que notoriamente viajaba en horas no ideales para la seguridad de los encomendados a esta tarea, fuese cual fuese.

Se aproximó rápidamente a una casa grande del tipo que pertenecía a los miembros de la alta sociedad, como lo son los nobles del parlamento. Aunque esta casa era más bien un fuerte, con un centinela apostado en las enormes puertas que hacían el único acceso a las murallas que protegían la casa, con vigías encima de estas. El carruaje se detuvo frente al centinela e inmediatamente otro hombre, un oficial, se le acercó.

-Buenas noches, identificación, por favor.-Dijo forzando un tono de amabilidad, sin embargo, se notaba una cierta molestia en su voz. Del carruaje solo salió una mano extendida con papeles en mano; el oficial los tomó y con una ceja levantada de la sorpresa volteó a ver el rostro (o lo que se pudiera llegar a ver) al cual le pertenecía la mano. El guardia regresó los papeles a su dueño y levanto la mano para señalizarle al centinela que abriera las puertas.

La Real Academia de Armas de Lilisburg reanudaba su rutina diaria la mañana siguiente. Comenzando con el sonido de la corneta tocando el levante, para que todo el personal empezara sus preparativos del día. Dentro de sus dormitorios, los cadetes se levantaban, tomaban un baño, se vestían con su uniforme azul y formaban en el patio de la academia (que alguna vez fue una simple morada), para el primer pase de lista del día y posteriormente dirigirse al comedor a desayunar. La casa era al menos cien años antigua y tuvo un rol estratégico muy importante durante las cien guerras. Se encontraba en las afueras del reino, lo que alguna vez fue territorio del enemigo, ganado a la fuerza y colonizado. A diferencia de las grandes ciudades o del resto de los bosques y llanuras del reino, era extremadamente seco, por lo que pocos tenían interés en habitarlo. La zona era la que denominaban "El camino de los salvajes"

La casa era un total de alrededor de 400 metros cuadrados rodeado de enormes murallas con cañones sobre sus baluartes, que funcionaban tanto para prácticas como para defender la academia, la cual tenía la capacidad de alojar 300 cadetes, más personal de oficiales y servidumbre. La servidumbre se encargaba de la cocina, lavandería y en menor medida, limpieza de la casa. Parte de la disciplina que debían adquirir los cadetes para convertirse oficiales respetables del ejército de su majestad, era el de mantener limpios sus alojamientos y las aulas.

Eran dos pisos con estrechos corredores en el perímetro, dejando un gran patio rectangular en medio y donde alguna vez hubo una fuente, pero por cuestiones de propósito y espacio, fue retirada. Frente a las habitaciones que ahora eran en su mayoría aulas, había arcos soportados por columnas de piedra, con una base cuadrada y un suporte igual encima, entre la columna y el techo. Mientras que la planta alta tenía un medio muro que servía como barandal, con los mismos arcos encima. Al extremo opuesto de la entrada, en el lado norte, se encontraban las escaleras que llevaban al segundo piso. A mitad de estas, se hallaba un gran peldaño donde se dividían en dos caminos dando a las alas este y oeste de la casa.

Dentro de una de sus habitaciones del piso de arriba, la que se encontraba justo en medio, detrás de las escaleras, se llevaba a cabo una conversación extremadamente importante y ''confidencial''. Era la oficina del director de la real academia, adornada con dos libreros a la izquierda del cuarto, un escritorio en medio hecho de caoba y dos archivadores detrás de este, a un lado de los archivadores había una ventana que daba vista a la muralla norte. Desde la silla verde que se hallaba al otro lado del escritorio estaba el generalísimo director escuchando atentamente. Sus ojos entrecerrados hacían difícil saber si el hombre estaba prestando atención a lo que se le decía, de hecho, era más fácil decir que sus ojos apenas abrían y sus pobladas cejas castañas no ayudaban mucho.

-Esa es la situación en pocas palabras, como verá es un asunto oficial y extremadamente delicado.

-Ya veo, a propósito ¿cómo se sienten nuestros huéspedes? ¿Ella se siente cómoda aquí?–Respondió el generalísimo director, aunque no pareciera que la voz saliera de ese hombre; no movía la boca y la voz apenas salía a través de los gruesos cabellos que tenía por bigote, que cubrían la mayor parte de su boca, como los de una morsa.

-Por supuesto, su hospitalidad es muy agradecida, aunque creo que le sentaría bien que le diera un recorrido, que vea la academia un poco más y sobre todo lo que hay disponible.

-Entiendo lo que me dice, creo que puedo tener justo lo que usted necesita.

Del otro lado, el hombre que estaba sentado frente al escritorio del generalísimo director lo miró fijamente con expectativa, a través de esos fríos ojos azules, entonces colocó una de sus raquíticas manos en su barbilla y la otra sobre su rodilla, mientras humedecía sus pequeños labios con su lengua. Ese hombre era el consejero del rey, solamente a él se le encomendaría algo sumamente importante, algo que pudiera requerir precisión y, en mayor medida, discreción.

El generalísimo director se levantó de su asiento. Abrió uno de los archivadores, buscó entre todos los documentos y sacó un par de expedientes, los cuales sin cuidado alguno dejo caer sobre el escritorio. Los expedientes tenían datos importantes de los cadetes alojados; lugar de nacimiento, nombre de sus padres, fecha de nacimiento y notas adicionales tales como el tener más de una nacionalidad, títulos de nobleza, su desempeño en las distintas áreas de la academia o cosas por el estilo. El consejero examinó cada uno de los expedientes, hasta que uno en especial llamó su atención.

Al abrirse se veía claramente el retrato de un chico, en sus dieciséis años de edad, ojos café claro y con una mirada seria, la cual aparentaba mayor madurez, pelo negro peinado con una raya hacia la izquierda, cejas delgadas con el ceño fruncido y portando el característico uniforme azul de la Real Academia. Tenía muchas observaciones anexadas; puntajes altos en las clases de esgrima, tirador diestro, y con liderazgo natural, aunque estaba remarcado que tenía un desagrado en tener toda la responsabilidad de un líder encima, por lo que se concluía que al graduarse encajaría perfectamente en el arma de artillería o caballería. En el expediente se leía el nombre Friedrich Stahlherz

Eran las once de la mañana, los cadetes del tercer y último año de la academia salían de su clase de táctica de combate hacia su receso. La mayoría se fueron a la planta baja para almorzar en el comedor, mientras que algunos otros se quedaron en el pasillo afuera del salón socializando, excepto por un cadete que simplemente se recargaba en el medio muro recostando su cabeza sobre su puño derecho, observando la viva escena de la rutina en la real academia. En realidad eso no le importaba demasiado, simplemente estaba aburrido y su mirada deambulaba mientras esperaba el comienzo de la próxima clase. Volteó a la izquierda y luego a la derecha para liberar la tensión en su cuello y al hacer este movimiento algo llamó su atención. Notó tres figuras, de las cuales solo reconocía una, el generalísimo director, la cual era según su punto de vista "un barril azul con medallas, cejas y bigote" pero no reconocía a los otros dos; uno era un hombre alto y delgado, vestido de frac, cabello blanco y en general una apariencia poco amistosa, la otra figura era una mujer joven, de cabello largo y rubio, ojos azules, complexión esbelta pero con las curvas de una dama, las cuales estaban resguardadas por un vestido fino, pero ajustado lo suficiente para mostrar su figura. ¿Cuántos años tendría? ¿Diecisiete? ¿Diecinueve? Y de todas formas ¿qué hacía en una academia militar? Seguramente era una de esas que le gusta ver las formaciones de cadetes, la disciplina con la que se mueven de un lugar a otro, como el espectáculo de un circo o una colonia de hormigas. Que desagradable, así son la mayoría de las personas que no conocen el medio militar.

Los pensamientos fueron rápidamente interrumpidos con una estruendosa palmada en la espalda que lo hizo sacudir su cuerpo hacia el frente.

-Oye, Fred, ¿qué demonios haces ahí parado, aparte de nada? Vamos a almorzar algo, si no, seguramente estaré de mal humor durante nuestra próxima lección y no pondré atención por pensar en la merienda y… -de pronto se detuvo, notando que su compañero estaba con su mirada fija en un punto específico. Por mera curiosidad involuntaria volteó a ver las mismas tres figuras que habían llamado su atención, en especial la mujer. Sonrió como un idiota y con un tono burlón dijo- Veo que tú ya estabas almorzando, y un buen filete, además. Es hermosa, ¿no crees?

Friedrich se sintió un poco irritado por el comentario, pero decidió dejarlo pasar y simplemente se limitó a encogerse de hombros.

-Qué más da, mujeres vienen, mujeres van, Otto, debes saber que no puedes perder la compostura por las bragas de una cualquiera.

Los ojos de Otto se abrieron súbitamente y su expresión cambió con una mezcla de indignación, incredulidad y sorpresa; como si su madre hubiese sido insultada, difamada y deshonrada con el comentario de su amigo.

-¡¿Cómo puedes hablar así de su alteza Erika?!- Dijo con un puño levantado, como un predicador leyendo su pasaje favorito.- Es posiblemente, no, certeramente la mujer más hermosa de todo el reino.

Otto siguió hablando cada vez más rápido pero Friedrich dejó de prestarle atención y se perdió en sus pensamientos. La reacción de Friedrich ante la súbita pasión con la que Otto hablaba del tema era una mezcla de confusión, diversión y sorpresa. Las reacciones de Otto con temas que de verdad tomaba en serio eran siempre divertidas, pero algo que dijo tomó a Friedrich con la guardia baja. ¿Acaso la llamó "Su alteza"? involuntariamente Friedrich hizo la pregunta en voz alta.

-¡¿Acaso eres tonto?! ¡¿Vives debajo de una piedra?! ¡Increíble! Eres un militar y ni siquiera conoces a tus superiores- Suspiró de pura frustración y con una mano se frotó la frente y luego la nariz, cerrándola en puño, luego se colocó a la izquierda de Friedrich en el medio muro y con su mano derecha tomó en pinza el mentón de Friedrich mientras con su mano izquierda lo sostenía de la frente. Giró su cabeza hacia donde estaban las tres figuras.-Ese hombre de allí, el cadáver andante es el consejero real, podríamos decir que el segundo hombre más importante de todo el reino. La mujer es la única hija del rey, Erika, es más o menos un año menor que nosotros, con diecinueve recién cumplidos. Lógicamente es la única heredera al trono.

Friedrich con un solo movimiento dejó caer su mano concentrando el peso de su hombro y golpeó ambos brazos de Otto, librándose de su agarre sobre su rostro, luego se empezó a frotar la barbilla para aliviar la sensación de los dedos de Otto aplastándole las mejillas.

-Ya, pero si es una persona tan importante ¿por qué está aquí de todos los lugares? ¿Acaso no tiene deberes más importantes, en lugar de estar de paseo viéndonos como mascotas en un safari?

Otto se vio claramente molesto por el sarcástico comentario de Friedrich, pero en lugar de discutir, de pronto volteó a su alrededor, como si hubiera alguien espiándolos. Acercó su rostro al de Friedrich.

-Hay rumores…- Dijo con un tono de voz bajo, lo que iba a decir seguramente no sería del agrado de alguien. Friedrich no podía pensar en nadie en específico, así que naturalmente se acercó a Otto.

-¿Rumores? ¿Sobre qué?- Respondió Friedrich con intriga, de pronto varios escenarios extremos y poco posibles inundaron su mente; ¿les recortarían el presupuesto? ¿Retirarían al generalísimo director? ¿Se cerraría la Real Academia y los cadetes se convertirían en secretarias o sirvientes de familias nobles quienes los explotarían con salarios miserables?

-El rey… se dice que su salud ha estado en decadencia, más en los últimos meses, y que será afortunado si llega a vivir medio año más. Algunos dicen que un brujo Kashke lo maldijo desde la última de las cien guerras, aunque yo personalmente solo creo que el viejo es muy viejo y ya-Se notó una clara decepción en la cara de Friedrich, seguro, eran rumores que si se llegaran a esparcir atraerían caos a varias partes de Lilisburg por la pura incertidumbre.–Pero hay más, y me temo que la presencia del consejero y la princesa confirman mis sospechas de la veracidad de este rumor… Se dice que el rey mismo ha estado buscando hacer un matrimonio arreglado con su hija Erika, quien tomará el trono inmediatamente después de su muerte. Para asuntos de esta índole el rey solo confiaría en su consejero, a quien se le ha visto en compañía de la princesa visitando diferentes familias de nobles, buscando el mejor candidato.

-¿Entonces que hacen aquí? Ni siquiera somos oficiales aún, y los que ya lo son aquí deben tener fácilmente el doble de su edad.

-Muchos hijos de familias nobles con una alta influencia en los asuntos económicos del reino vienen a estudiar aquí, aunque tú y yo no lo seamos. Supongo que debe ser un capricho ya sea del rey o de la princesa que el candidato en cuestión esté en su rango de edad. –Dio una sonrisa malévola- en el cual sí estamos incluidos tú y yo.

En ese momento Friedrich, sin saber exactamente por qué, volteó a la dirección de la princesa, quien al parecer se percató y lo volteó a ver fijamente a los ojos. El ambiente se tensó, el aire se secó y el tiempo se detuvo como si una flecha hubiera impactado en el reloj del mundo mismo. Los dos estaban inmóviles viéndose fijamente, en un duelo donde esperaban que el más débil apartara la vista, o el más fuerte rompiera ese empate que tenían. El momento fue interrumpido por el generalísimo director, quien dirigió unas palabras a la princesa, la cual le respondió y después lo volteó a ver. Friedrich no sabía que pensar de la pequeña escena, pero creyó haber visto algo, un detalle muy mínimo que fue difícil de apreciar. ¿Acaso ella había sonreído, aunque sea de la manera más pequeña y remota posible? No, no tenía caso pensar en ello, seguramente solo estaba viendo cosas. Simplemente fue una de esas anécdotas graciosas y exageradas que se presumen cuando los cadetes están en los alojamientos de guardia, esperando a relevar al pobre idiota que se estuviera congelando durante la noche en las murallas o la puerta de estas.

Otto quien estaba completamente inconsciente de lo que había ocurrido frente a él estaba a punto de remarcar el extraño comportamiento de Friedrich, hasta que sonó la corneta indicando la reanudación de las lecciones en las respectivas aulas, con lo que simplemente se encogió de hombros. Ambos regresaron a sus asientos.

Durante la tarde en el patio tenían prácticas con mosquete, aunque no iban a utilizar munición real; para ello tendrían que ir más temprano fuera de la muralla hacia un campo de tiro improvisado, sin embargo su habilidad de tiro había sido puesto a prueba varias veces durante sus tres años de carrera. Esta vez, era simplemente para mecanizar y optimizar los tiempos de carga del mosquete, tal como vieron en clase. Generalmente se clasificaban en dos, aunque ambos requerían el uso de pistones. El tradicional era donde debían usar su matraz de pólvora, colocando la boquilla en el borde del ánima del cañón y dando gentilmente tres golpes. Con su matraz podían dejar salir la cantidad exacta de pólvora necesaria. Después se insertaba el proyectil y por último con la baqueta se presionaba hacia la parte trasera del ánima, ejerciendo presión sobre la pólvora. Por otra parte, existían los cartuchos de papel, literalmente un pedazo de papel enrollado que era sellado (mayoritariamente con saliva) conteniendo la cantidad exacta de pólvora (o una medida cercana) y el proyectil en la punta, mantenido ahí con presión. Era una medida peculiar que adoptaron los veteranos de las cien guerras, especialmente en las últimas, y era un método más rápido donde solamente tenían que introducir el cartucho y presionarlo con la baqueta. Tenía la ventaja de poder cargar la pólvora y proyectiles en una sola parte reduciendo el espacio de almacenamiento, sin embargo, tenía mayores desventajas; utilizar papel dejaba más residuos en el cañón que valerse por la pura pólvora, reduciendo su fiabilidad. Además los cartuchos eran frágiles, se rompían con facilidad y, a diferencia de la pólvora en su matraz, no estaba protegida del agua. Cruzar ríos o exponerse bajo la lluvia reducía aún más la fiabilidad del arma, haciendo inservibles los cartuchos afectados. Lilisburg contaba con fusiles de cerrojo que usaban exclusivamente estos cartuchos, utilizando un sistema de retrocarga; donde el propelente, fulminante y proyectil se encontraban dentro del cartucho de papel. El fusil contaba con una aguja que perforaba la parte posterior del cartucho y golpeaba al explosivo iniciador. La academia, por otra parte, prefería utilizar el moquete, icónico con el que habían asegurado tantas victorias durante siglos; una especie de nostalgia por la época dorada de las armas de avancarga justificándolo como tradición.

Para la práctica estaban utilizando salvas de papel, que en lugar de tener un proyectil en la punta, eran sellados con un pedazo de cinta. El instructor daba la orden de cargar, apuntar y accionar el mosquete. Cada cadete debía hacerlo unas cuatro o cinco veces para que tuvieran la memoria muscular y pudieran hacer el proceso de forma inconsciente y mecánica.

La práctica fue repentinamente detenida cuando el generalísimo director bajaba por las escaleras. El instructor saludó militarmente al generalísimo y este respondió brevemente, después se quedó parado ahí.

-Cadete Stahlherz.- Dijo con un tono de voz autoritario, como cuando un padre llama a su hijo luego de enterarse de la travesura que hizo.

El silenció reinaba en el patio de la academia. ¿Qué había hecho Friedrich para que el mismísimo generalísimo director lo mandara a llamar personalmente? ¿Estaba en problemas?

-Presente, mi generalísimo director.- Respondió Friedrich mientras corría energéticamente hacia él, deteniéndose a tres pasos de distancia, la distancia reglamentaria a la que un subordinado debía estar del superior al que se le estuviera dirigiendo.

-Venga.- se dio la media vuelta y comenzó a subir los escalones por donde llegó. Se detuvo súbitamente y giro medio torso hacia el patio- Los demás continuar con su rutina.

En su oficina, el generalísimo director tenía todos los expedientes amontonados sobre el casillero de donde los sacó. Después tendría que tomarse el tiempo de acomodarlos en su respectivo orden, u ordenarle a algún oficial que lo hiciera por él. Friedrich notó la presencia de estos y no pudo evitar sentir curiosidad, seguramente uno de esos era el suyo. ¿Qué habría escrito ahí? Obviamente su historial académico de los tres años que llevaba ahí, pero ¿habría algo más? ¿Elogios, quizás? O incluso ¿Algún tipo de nota secreta donde se sugiriera mantenerlo bajo estricta observación por ser una potencial amenaza para el reino?

Los pensamientos de Friedrich fueron interrumpidos por el generalísimo director, quien había estado pensando el cómo expresar lo que fuera que tuviera que decir.

-¿Te gusta la escuela?- Una pregunta tan trivial que en cualquier contexto sería completamente válida, pero no en el ámbito militar, donde todo tiene que ser claro y preciso, sin vueltas innecesarias al asunto que se pretenda tratar. Friedrich estaba consciente de ello, y sabía en el fondo que esta trivialidad era un esfuerzo por parte del generalísimo director de suavizar el golpe que estaba a punto de darle.

Friedrich estaba sentado frente a él, con sus manos sobre sus piernas. Tensó las manos y tragó saliva, voluntariamente mordiendo el anzuelo y siguiendo la inútil conversación con el fin de que soltara el golpe lo más pronto posible. Pero no se podía dejar vencer tan fácilmente, a pesar de su incertidumbre y los nervios que esta le causaban, trató de mantener la apariencia más serena que pudo, contestando con calma.

-Sí, mi generalísimo director, he adquirido muchas habilidades y aprendido muchas cosas en los últimos tres años, creo que la Real Academia me ha abierto muchas puertas y dado oportunidades únicas.

-Ya veo.- El generalísimo asintió con la cabeza -¿Y has pensado en el futuro? ¿Después de graduarte?

-Honestamente, no mucho, mi generalísimo director, creo que tomaré las decisiones en cuanto las tenga en frente.

-¿Y ha pensado en otras cosas fuera del ámbito militar después de graduarse? Ya sabe, como casarse, tener una familia, una casa, esas cosas.

A Friedrich no le gustaba la dirección que llevaba la conversación, eran preguntas demasiado personales para discutir con una figura autoritaria con la cual había poco o nulo contacto hasta este día.

-No, no lo he considerado- Respondió de una manera cortante, era obvio que Friedrich no quería seguir discutiendo el tema.

-Mira, Friedrich- Friedrich sintió un nudo en el estómago por la súbita familiaridad con la que le hablaba, era claramente hipocresía, el lobo vestido de cordero.- creo que te percataste de nuestras honorables visitas, la princesa Erika misma ha venido hasta la real academia, y la situación con su padre, el rey…-Hubo un silencio súbito, como si estuviera a punto de decir algo prohibido- simplemente no se encuentra bien de salud y tiene la preocupación de que la princesa contraiga matrimonio antes de que algo le llegase a pasar, además de que considera que su pareja debe estar en el mismo rango de edad.

-¿Y por qué me está diciendo esto, exactamente? –Friedrich tenía una mente ágil y sabía perfectamente en qué dirección iba el asunto, de manera que su pregunta quizás fuera redundante, pero prefería llegar al grano de una vez.

-Bueno, estuvo viendo entre los cadetes y… parece que… Eh… Tú eres quien llamó su atención. En pocas palabras, arreglé tu matrimonio con ella, la ceremonia será pronto. Me tomé la libertad de hacer el papeleo pertinente en el ejército de su majestad, sólo nos queda esperar la confirmación de las fechas.

La noticia dejó a Friedrich en shock, por un lado era una oportunidad por la que muchos hombres morirían, o incluso matarían, lo envidiarían, eso era seguro. Por otro lado, la decisión se hizo sin tomar en cuenta su parecer, sin darle tiempo para aceptar o rechazar, la chica esa que vino a ver los animales en el safari, en realidad era una niña sacando una mascota de la casa de adopción.

-Entiendo que pueda ser algo un poco difícil de procesar, es por eso que hemos acordado una cena para que los dos se conozcan. A las ocho en el comedor.

-¿Qué no es en contra del reglamento estar fuera de los alojamientos después del toque de queda?

-Técnicamente la academia le pertenece a su padre, y próximamente a ella. Puede hacer la excepción.- respondió cortantemente, era claro que ya no quería más preguntas ni vueltas al asunto. Se había tomado la decisión y se iba a llevar a cabo.

-Entonces me retiro, mi generalísimo director- Dijo Friedrich mientras se levantaba del asiento. Cruzó la puerta y la cerró detrás de él, avanzó hacia la planta baja, a su alojamiento. Maldijo a la jodida morsa que lo había vendido por un buen ascenso.

Acostado en su litera, Friedrich tenía la bayoneta de su mosquete. Era un modelo desarrollado durante las últimas guerras. A diferencia de sus predecesoras que eran solamente un anillo con un largo pedazo de metal, como un pico afilado en punta, esta bayoneta era como un chuchillo de caza, con un anillo en la parte baja de la empuñadura que permitía encastrarla en el arma. Friedrich examinaba la hoja, deslizó sus dedos por el filo con la suficiente fuerza para sentirlo y no cortarse, después tocó levemente la punta con un solo golpe ligero y rápido. Todo estaba en orden en su inspección, la bayoneta estaba en óptimas condiciones. Si huyera esta noche ¿Qué tan lejos llegaría armado con solo la bayoneta? ¿Cuántos peligros diferentes podría enlistar? Había bandidos que constantemente cruzaban la frontera con el país vecino bajo la oscuridad de la noche, fauna peligrosa y el hecho de que tendría que caminar unos diez u once kilómetros hasta llegar al bosque de Fischersville, la antigua frontera con Kashkestan, antes de la toma del territorio donde ahora está la real academia.

Al final hizo todos estos pensamientos a un lado. Dejó su bayoneta de vuelta en su vaina y la guardó en el cajón donde tenía su matraz de pólvora vacía y su carrillera donde la portaba. Eran las siete menos veinte y aún estaba en ropa interior. Tomó su uniforme negro de gala que tenía colgado y malhumoradamente se lo puso. Primero la chaqueta; rápidamente se abotonó, pasando su dedo por el texturizado escudo de armas de la familia real que había grabado en cada pieza dorada, luego de un salto se puso los pantalones y los abrochó, para posteriormente ajustarse el cinturón con el que cargaba su espadín y sus guantes blancos. Sacó de uno de sus cajones una caja con un quepí, al cual le cambió la cilíndrica funda azul marino por una negra. Aunque el quepí era parte del uniforme, no se usaba en la vida diaria debido al calor del desierto y a que los cadetes pasaban la mayor parte del día bajo techo. Solo lo portaban al salir de las murallas u ocasionalmente en eventos donde vendrían invitados a la academia, para mantener la prestigiosa imagen.

Friedrich salió de la manera más sigilosa posible pero tratando de mantener una actitud natural. No quería que ninguno de sus compañeros en servicio de guardia lo vieran porque eso atraería atención, lo cual Friedrich odiaba. Los rumores correrían como fuego. Las luces del comedor estaban encendidas, lo cual era una vista inusual a esa hora. El amplio cuarto con varias mesas había sido reordenado dejando una sola mesa en el centro con dos sillas, una frente a la otra, un mantel blanco, los cubiertos perfectamente acomodados de acuerdo a las normas de etiqueta, una botella de vino tinto en medio con dos copas y dos platos servidos con un corte fino acompañados de ensalada. Eran las ocho menos diez, por lo que su alteza aún no llegaba. Friedrich tomó el asiento que daba vista a la pared, dejando el asiento con mejor vista libre por cortesía. Puso su quepí en las rejas de la silla, debajo del travesaño y se colocó la servilleta en las piernas. Quizás no sería tan malo y solamente estaba teniendo una sobrerreacción, quizás la princesa es una persona verdaderamente agradable y puedan llegar a tener un cierto nivel de entendimiento los dos. Para Friedrich la palabra matrimonio era una que tenía mucho peso, tal vez más que cualquier otra, por lo que se había limitado a pensar lo menos posible respecto al tema hasta que fuese forzado a afrontarlo directamente.

La puerta del comedor se abrió nuevamente y Friedrich volteó. La vista de la muchacha era tal que hasta un sujeto tan escéptico e inexpresivo (como era muchas veces descrito Friedrich por aquellos que convivían con él) quedó ligeramente boquiabierto y sus ojos se ensancharon. Inmediatamente se dio cuenta de su reacción y volvió a guardar su compostura. Uno de los camareros la dirigió a la mesa y le jaló la silla para que se sentara. Ante los ojos de Friedrich esto era una cena diplomática donde negociaría los términos de su rendición y las condiciones de su futuro, por tanto que odiara el hecho de que eso significaba tragarse su orgullo y hacer lo que estaba en aras del bien común. Pero al diablo el bien común si él no iba a estar feliz. Ciertamente con esta vida arreglada que le había conseguido el generalísimo director tendría una carrera más exitosa que muchos de sus compañeros.

-Buenas noches.-Friedrich fue el primero en hablar, aunque estaba a disgusto e incómodo, sabía guardar la apariencia y comportarse a la altura de una cena formal y elegante. Parte del adiestramiento de la real academia era el de prepararlo ante situaciones así.

Los ojos de la princesa lo miraron fríamente, de abajo hacia arriba, tomando nota de cada detalle. Friedrich intentó suavizar la tensión con una leve sonrisa. Su evaluación terminó y la princesa simplemente dejo salir un suspiro.

-Así que tú eres lo mejor que ofrecen… Que decepción…

¡¿Qué se suponía que significaba eso?! A pesar de no tener ninguna expectativa, Friedrich se sentía decepcionado e insultado. En ese momento se dio cuenta que las negociaciones habían terminado desde el momento que él creyó que existían en primer lugar. No pudo evitar fruncir el ceño ante el comentario lleno de gracia, y de todas formas no es como que le siguiera importando ocultarlo.

-Dímelo a mí, se suponía que cenaría con mi prometida pero pensándolo bien, supongo que no te molestarías si te quedas sola en el altar ¿cierto?

-No perderé el sueño por la ausencia de un nadie en mi vida.

-Entonces ¿Qué hago aquí?- La pregunta del millón que Friedrich llevaba rato haciéndose.

-Eso… La decisión la tomó Claudius, y padre estuvo de acuerdo, sé que oponerme sería en vano.

-¿Acaso no te importa tu vida al grado de que dejas que los demás tomen este tipo de decisiones por ti?-En realidad Friedrich estaba hablando más consigo mismo que con la princesa-Pero claro, no me sorprende de una niña malcriada que nunca ha tenido que hacer un esfuerzo en su vida-Friedrich se encogió de hombros, complacido con su anotación y procedió a cortar un trozo de carne.

Ante el irreverente comentario, la princesa soltó una mirada asesina a Friedrich, el cual no la pudo tomar en serio por lo adorable que se veía, intentando ser amenazante. La princesa se dio cuenta de esto, no era la primera vez que le ocurría algo así, al final solamente se desahogó suspirando un dulce "¡bah!" para resaltar su desagrado y furiosamente trinchó trozos de su ensalada los cuales devoró de un bocado, todo sin perder la elegancia. La conversación prácticamente había muerto, solo se escuchaba el choque de los cubiertos con los platos hasta que los dos terminaron de comer. Friedrich notó que la carne en el plato de la princesa estaba casi intacta.

-¿No se va a terminar eso, su alteza? Hay muchos niños Kashke que morirían por comer algo así de llenador.

-No digas tonterías sin sentido, no quiero engordar, y por lo que a mí me importa, los salvajes se pueden comer los desperdicios y ser felices con ello, dudo que les importe.

Friedrich recibió el comentario tomándose su copa de un solo trago, Era estupendo, no solo estaba a punto de contraer matrimonio con una hija de papá malcriada, también era racista y egocéntrica, el paquete completo. Tenía la impresión de nunca antes haber conocido a una persona tan mala en carácter.

Los camareros se llevaron los platos, la velada estaba llegando a su fin. Ambos se levantaron de sus asientos y con un breve intercambio se despidieron, tomando cada uno su camino separado. Repentinamente la princesa se detuvo, se dio la media vuelta y le dijo a Friedrich.

-No te hagas ninguna idea, si no fuera orden de mi padre, ni en un millón de años me acercaría a alguien tan simplón como tú.-Hizo una mueca de asco, y giró a su ruta de salida.

Quizás la princesa era la peor persona que Friedrich había conocido hasta la fecha, sin embargo, era innegable el hecho de que incluso con sus fallas, ella tenía un cierto encanto que resultaba enigmático, el cual iba más allá de su belleza física, pero Friedrich era muy orgulloso como para admitirlo incluso ante sí mismo. Por el momento la relación era non-grata y aunque no la odiaba, Friedrich buscaría la forma de salir de esta enredada situación. Después de esa larga noche, recorrer diez kilómetros en el desierto con solo su bayoneta no sonaba tan descabellado. "Tomaré las decisiones una vez que las tenga en frente" Esta era la primera, el movimiento de entrada. Friedrich estaba empezando una partida en un juego complicado, por lo que tendría que sacar lo mejor de cada turno.