CAPÍTULO 3

Fischersville

La luz del día invadía la cabaña, tocando gentilmente el rostro de Erika quien se encontraba tendida en la cama. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Qué hora era? Su mente en ese momento estaba en blanco, estaba tan exhausta y la cama la recibió con los brazos extendidos. No había descansado así en días, ignorando completamente lo que la rodeaba y concentrándose exclusivamente en su sueño. Lentamente abrió los ojos, los cuales fueron saludados por el techo de madera, se estiró y dejó salir un dulce bostezo con el que obtuvo la energía para sentarse.

Su mente intentaba ponerse en orden mientras sus ojos vagaban la humilde morada. ¿Qué había pasado el día de ayer? ¿Cómo llegó ahí? De pronto sus recuerdos se proyectaron como fotogramas en una cinta de película; el desayuno con el generalísimo director y Claudius, el recorrido por la academia, su encuentro con Friedrich (el cual la hizo fruncir el ceño), el ataque a la academia y su consecuente escapada. Las últimas cuarenta y ocho horas habían estado llenas de sucesos, cada uno más inesperado.

Se sentía bien el poder tomar un descanso para respirar después de haber estado en constante movimiento, un tiempo para poder meditar y poner en orden sus ideas. Hace un mes, cuando los médicos de su majestad diagnosticaron que no podían hacer más por él, ella sintió como si le hubieran dicho que tenía necrosis y tendría que amputarse una de sus extremidades. Después de todo, él era el único de sus dos padres que conocía. La reina murió en el parto, entregando su vida a cambio de la de su hija, lo cual dejó roto el corazón del rey, sin embargo, aún tuvo una atadura. Un compromiso que le daba la suficiente fuerza para seguir viviendo y disfrutar la vida. Eso era lo que Erika representaba para él, como un rayo de felicidad que le daba significado a su existencia. Sufrió suficiente con perder a su amada; no quería volver a sentir ese dolor otra vez, por lo que protegió a Erika de cualquier peligro que pudiera existir. De niña estuvo encerrada dentro de las paredes del castillo, de manera que las visitas al jardín eran siempre una aventura para ella. No tenía muchos amigos, de hecho no tenía ninguno.

El rey estaba consciente de que quizás esta no era la vida más feliz que le podía ofrecer, pero el miedo de perderla impidió que se atreviera a correr riesgos. Al enterarse que su vida estaba llegando a su fin, se percató de cuan perjudicial sería para Erika; sentiría el mismo dolor que él cuando la reina murió y posiblemente no podría soportarlo. Con esta misma idea pensó en la solución ideal. El amor le devolvió la felicidad a su vida, si podía hacer que Erika sintiera ese mismo amor, seguramente ella superaría su muerte y aprendería a vivir con esa carga que representaba la vida misma.

La mañana siguiente convocó en privado a Erika y a Claudius, quien había sido un importante apoyo para la mayoría de las decisiones que había tomado durante años, incluso durante las cien guerras. A pesar de las protestas de Erika, el rey dio la palabra final y las cosas se harían a su manera. Él pensaba que una vez que tuviera hijos el amor maternal la distraería del dolor y le ayudaría a salir adelante, además de que también representaba la continuación de su linaje. Incluso si era inevitable, Erika negoció para que al menos ella pudiera elegir a la persona con la que contraería matrimonio, a lo que el rey accedió.

Erika se frotó los ojos, cuyos párpados aún protestaban. Su despeinado cabello brillaba bajo los rayos del sol. Un ataque de curiosidad la invadió y rápidamente miró a su alrededor. Notó el mosquete recargado en la pared opuesta a la cama y el uniforme perfectamente doblado junto a él. ¿Dónde estará ese idiota? Su creciente inquietud le quitó el sueño que restaba, lanzando la sábanas y girando su cuerpo; poniendo los pies en el suelo. Con un gruñido se levantó, dando un último estirón que liberaba la tensión en su espalda y brazos.

Con pasos seguros se dirigió a la puerta de la cabaña, la cual abrió para salir triunfantemente como si el mundo mismo le debiera el hecho de que estaba viva. El canto de los pájaros le daba los buenos días y el sol que hacía unas horas había salido tímidamente detrás del lago ahora brillaba con seguridad, iluminando los pasos de todas las creaturas en el bosque. Erika no estaba muy contenta con el hecho de que el sol la golpeaba directamente en la cara con sus rayos, con mayor fuerza que a través de la ventana situada junto a la puerta. Miró los alrededores de la cabaña, no era la primera vez que visitaba un bosque, pero sí la primera vez que tenía una sensación de libertad. Usualmente cuando su majestad iba de cacería, donde invitaba a varios nobles, Erika permanecía a su lado todo el tiempo o incluso la dejaba en un punto específico escoltada por soldados. Por tanta curiosidad que sintiera de explorar aquellos enigmáticos lugares, tenía siempre la limitación de tener que representar un papel que era esperado de ella. Tomó un respiro profundo; inhaló y retuvo el aire, sintiendo su frescura como si se tratara de un café gourmet. Luego lo dejó salir con la misma suavidad, como un suspiro de satisfacción. Así que de esto se trataba la vida.

-¿Qué haces afuera?

La inesperada pregunta la tomó por sorpresa, volteó a ver la fuente de esa voz. Se trataba de Friedrich quien llevaba puesto un atuendo que lo hacía parecer un cazador; una camisa color crema debajo de un chaleco marrón de piel combinado con unos pantalones café. Además, Friedrich llevaba una aljaba que cargaba en su hombro derecho, un arco en su mano izquierda y lo que parecía un conejo listo para cocinar en la derecha. Erika estaba tan concentrada en su inspección que olvidó responder la pregunta.

-¿Y bien…?-Friedrich estaba un poco incómodo por la forma en la que estaba siendo observado, aunque se sentía bien de quitarse el ajustado uniforme después de tanto tiempo. Erika se dio cuenta que Friedrich esperaba una respuesta.

-Quería ver a donde me trajiste. No está tan mal, supongo.-Erika habló con un tono soberbio, al mismo tiempo que se encogió de hombros.

Friedrich estuvo a punto de quejarse, pero de pronto se dio cuenta de que era lo más cercano a un cumplido que había escuchado salir de la boca de Erika, eso era un progreso. Friedrich pasó junto a ella y entró a la cabaña. Erika lo observó desde la puerta. Dejó el arco y su aljaba llena de flechas en el otro baúl, el cual estaba lleno de cachivaches variados. Sacó una cacerola y un largo cuchillo de cocina, el cual tomaba por la hoja. Nuevamente se dirigió al frente de la cabaña, donde había ramas apiladas convenientemente para hacer una fogata, seguramente las había conseguido y colocado antes de ir a cazar. Colocó la cacerola encima de las ramas y en cuestión de segundos había encendido el fuego, luego procedió a cortar pedazos del conejo para cupieran en la cacerola, una vez que terminó se puso de pie y se dirigió a Erika.

-Hazme un favor y vigila que se cueza bien la carne.

-Eh, yo no…-Erika estaba muy apenada y no sabía cómo decirle que nunca en su vida había cocinado sin herir su propio orgullo.

-Así que de verdad nunca lo has hecho, no me sorprende…-Friedrich dijo más para sí mismo que para insultar a Erika, aunque no le importaba hacerlo tampoco. Erika sintió el comentario penetrando su pecho; resulto peor que haberlo admitido ella. Friedrich dio un suspiro-Ven, te voy a enseñar.

Erika sin decir nada se colocó su lado, sus ojos llenos de expectativa, como una niña en una excursión esperando ansiosamente la lección de su profesor acerca de la naturaleza. Friedrich lentamente le explicaba todos los pasos a seguir para cocinar la carne. No iba a ser algo lujoso o extremadamente delicioso, pero con una buena preparación el sabor natural de la carne era agradable al paladar. Erika tomaba notas mentales de todo lo que le decían, además de observar cuidadosamente lo que hacía Friedrich, cómo movía la carne ocasionalmente para que se cociera por todos lados. Después de una sesión de aprendizaje, el desayuno estaba listo. Friedrich apagó el fuego y se dirigió adentro para coger platos y cubiertos los cuales dividió equitativamente con Erika. Friedrich observó cómo Erika se perdía en el sabor de su porción de carne. Quizás no era por que tuviera un sabor prestigioso, pero certeramente era un sabor memorable. Todo eso era memorable para ella, nunca antes en su vida había podido convivir de esa forma tan directa con la naturaleza.

Al cabo de un rato ambos estaban satisfechos. La carne era, para su sorpresa, deliciosa a pesar de no haber tenido ninguna especia que le diera un picor o dulzor. Erika había roto su dieta y honestamente no le importaba, al oler el primer bocado su estómago rugió en protesta y el resto fue historia. Ambos se tendieron sobre sus espaldas en el pasto, observando el cielo. Friedrich no se había dado cuenta de cuanto extrañaba este escenario; los pájaros cantando, los pinos haciendo ruido con sus ramas y el viento acariciando su rostro. Cerró sus ojos y recuerdos comenzaron a inundar su mente; como sus padres adoraban contemplar el lago, cuando su padre le enseñó a pescar y luego… cuando ya no estaban, sus manos manchadas con sangre de otro hombre. Friedrich hizo una mueca al recordar esos sombríos y dolorosos episodios de su vida, al mismo tiempo hizo un mayor esfuerzo por hacerlos a un lado y concentrarse en los que de verdad le importaban. Erika, mientras tanto, pensaba en lo afortunada que era de poder tener una experiencia así de pacífica. Probablemente esta escapada era justo lo que necesitaba para despejar su mente de los problemas del castillo y se diera cuenta de muchas cosas. Entonces volteó a ver a Friedrich. Que misterioso chico. ¿Qué estará pensando? ¿Cómo es que está familiarizado con un lugar así?

-Oye, tú.-Friedrich se sintió un poco molesto con el "tú" a estas alturas esperaba que al menos supiera y lo llamara por su nombre.

-¿Hm?-Friedrich no le dirigió la mirada; siguió observando el cielo.

-Estaba pensando… ¿Cómo es que conoces este lugar? ¿Esta cabaña es tuya… o de algún familiar?

Friedrich abrió la boca para responder algo, pero se retractó y agitó la cabeza.

-Ha sido mi hogar por mucho tiempo.

Erika lo siguió mirando con expectativa esperando a que terminara la frase, sin embargo esto no sucedió, Friedrich se quedó callado. Volvió su mirada al cielo. Que pretencioso, tratando de hacerse el interesante-Pensó Erika. Friedrich se sentó y después se levantó, sacudiéndose la tierra y el pasto de la espalda.

-Tengo que hacer un par de cosas en el pueblo, quédate aquí y no salgas para nada.

Erika lo miró indignada. ¿Acaso él la veía como un estorbo? ¿La veía más como una mascota que podía dejar atada en casa? No, claro que no iba a dejar que la trataran así. ¡Era la princesa, maldita sea! Iba a dejar muy en claro que este asunto la implicaba a ella tanto como a él.

-Por supuesto que no, iré contigo. No es negociable.-Erika se puso de pie y lo miró ferozmente a los ojos. Estaba llena de determinación.

Friedrich la miró con una ceja levantada. Si de pura casualidad una persona del bando opuesto estuviera en el pueblo significaría problemas para ambos. Por otra parte, apenas se estarían apagando las llamas de la Real Academia, por lo que era poco probable que notaran la ausencia de su cuerpo entre los cadáveres. Les llevaría varios días identificar la mayoría de los cuerpos carbonizados. Además prefería llevarse las cosas en paz con tal de evitar estar escuchando quejas durante todo su trayecto, si así iba a quedarse callada, mejor para él. Friedrich se encogió de hombros.

-Está bien, vamos- Sin esperar, se dio la media vuelta y comenzó a caminar.

Erika estaba feliz, no creyó que accediera tan fácilmente. Al fin él empezaba a saber su lugar y a respetar su figura autoritaria. Si de ahora en adelante él siguiera todos sus comandos ciega y lealmente las cosas definitivamente no serían tan malas como ella inicialmente pensó.

Friedrich se volteó, como si recordara algo repentinamente.

-Por cierto, a partir de este momento no vas a ser la princesa de Lilisburg.

De pronto las ideas que Erika comenzaba a hacerse se quebraron como una ventana siendo golpeada por una piedra. Se quedó boquiabierta.

-¡¿Qué demonios quieres decir con eso?! ¡Eso jamás!-Erika se cruzó de brazos y miró hacia otro lado.

-Sí alguien nos delata estaremos en serios problemas. Por otra parte si sencillamente ven a una cualquiera viajando con un "simplón"-Friedrich hizo comillas con sus dedos-como yo, entonces nos será más fácil pasar desapercibidos.

Erika claramente no estaba feliz con el comentario de "una cualquiera" pero lo que Friedrich decía tenía sentido. Sabía que no tenía de otra más que aceptar estos términos por tan humillante que fuera para una personalidad tan importante como ella. Dejó salir un "Hmph!" entre dientes que Friedrich tomó como un "Está bien." Friedrich comenzó a caminar y Erika lo siguió en silencio, atravesando un sendero que pasaba entre los árboles del bosque.

En cuestión de unos veinte minutos llegaron a la entrada de un pueblo. En el cartel se leía claramente:

BIENVENIDOS A FISCHERSVILLE

HABITANTES: 52

Erika estaba entretenida observando el curioso pueblito; las casas hechas con piedra labrada y madera, los diversos carteles colgando de estas y los energéticos habitantes. Muchos de los letreros eran de negocios; bares, herreros, casas de empeño y hostales. Friedrich entró en una de estas tiendas. Erika miró curiosamente la casa, que tenía una chimenea con humo saliendo de ella. El enorme letrero que rechinaba con cada movimiento del aire decía:

SOFIA

MERCANCIAS Y MÁS

Friedrich caminó directo hacia el mostrador, recargando sus codos en él. Erika miraba todo el interior de la tienda. Había estantes llenos de objetos diversos, desde armas como dagas, flechas y cuchillos arrojadizos, hasta objetos más comunes como libros, tinteros y bolsas de café. Encima del mostrador había pequeñas vitrinas con relojes y joyas. Junto a él, había un ropero con un par de telas dobladas encima de este, también había artículos de pesca; carretes de hilo, anzuelos y cañas.

-En un segundo voy-Se escuchaba la voz de una mujer, posiblemente la dueña de esa tienda, la cual provenía de una puerta abierta detrás del mostrador.

Después de un estruendoso sonido y un gruñido, salió una mujer alta, de treinta y tantos años, ojos verde esmeralda, un largo cabello castaño y piel bronceada. Llevaba una blusa verde oliva y una falda caqui, con un pendiente dorado que portaba sobre su cuello. Torpemente atravesó la puerta detrás del mostrador y empezó a dar su rutinaria bienvenida.

-Bienvenidos a la tienda de Sofía, mercancías y…-Su voz se interrumpió súbitamente al ver el rostro de Friedrich, luego le dio una cálida sonrisa, la cual fue correspondida.-Así que volviste, dime ¿a qué debo esta visita?

-Hola Sofi, estaba de paso y pensé en venir a saludar-Friedrich hizo un gesto pensativo con su mano-Aunque creo que también sería buena idea abastecerme con un par de provisiones.

-Así que… ¿Vas a viajar?-La expresión con la que hablaba era de preocupación-Dime que no hiciste la estupidez que yo pienso.

-No, no hui de la academia-Friedrich hizo un movimiento con su muñeca derecha, subiendo y bajando su mano como su pudiera hacer volar la idea fuera de la cabeza de Sofía-Solo… tengo un poco de tiempo libre y pensaba hacer un viaje turístico al norte.

Sofía volteó a ver a Erika, quien aún seguía observando la tienda.

-Ah, ella es una amiga mía, es hermana de uno de mis compañeros y me va a acompañar en el viaje-Se volteó hacia Erika-Eri, ella es Sofí. Sofí, ella es Eri.

-Mucho gusto Eri-Sofía le dirigió una honesta sonrisa. Erika respondió el saludo de la misma forma. Sofía estaba verdaderamente complacida de conocer a Erika; era la primera vez que Friedrich traía un amigo, era incluso más inesperado que fuera una dama. Tenía una expresión de felicidad genuina, aquel chico que pasó por tanto, que vio crecer, al fin había sanado y volvía a abrirse a los demás.

-Entonces ¿qué necesitas? Acabo de reabastecer mi inventario ayer por la tarde.

-Estupendo-Friedrich miró rápidamente alrededor-Para empezar un puñado de flechas, un poco de nitrato de potasio, unas cuantas piezas de carbón y otro poco de azufre-Sofía dejó de tomar nota y subió su mirada a Friedrich. Solo pensó en una sola palabra: pólvora. ¿Para qué necesitaría eso? ¿Qué pretendía hacer en el norte? Su preocupación iba aumentando pero no podía hacer otra cosa más que confiar en él, debía tener sus razones-Y creo que eso sería todo.-Friedrich volteó a ver a Erika, quien aún llevaba su vestido de verano-Bueno, no, aún falta algo. ¿Crees que tengas algo de ropa para ella? Ya sabes, algo más adecuado para las "desgastantes" condiciones de viaje.

Sofía miró pensativamente a Erika, con una mano en su barbilla y la otra en su cintura. Dio un chasquido y juntó sus palmas con una expresión complacida.

-Claro que sí, creo que tengo algo perfecto para ella.-Inmediatamente desapareció por la puerta de donde salió. Friedrich la esperó golpeando melódicamente con sus dedos en el mostrador.

Después de unos minutos de espera, Sofía volvió a aparecer mientras tarareaba una alegre canción. Ambos la voltearon a ver con curiosidad. Sofía avanzó hacia Erika.

-Aquí tienes,-Le extendió las manos, entregándole unas prendas perfectamente dobladas.-Pasa, pruébatelo, seguro que te encantará.-Jaló a Erika de la muñeca antes de que pudiera decir nada y ambas cruzaron la puerta.

Al cabo de un rato Sofía salió sola, cerrando la puerta detrás de ella. Posiblemente quería darle privacidad a Erika para que se sintiera más cómoda. Sofía se quedó detrás del mostrador observando a Friedrich con una enorme sonrisa, la cual lo empezaba a incomodar.

-Entonces… ¿es tu novia?-Friedrich veía venir la pregunta desde hacía kilómetros, era cuestión de tiempo para que se diera el momento oportuno para que fuera planteada.

-No. Ya te dije, es hermana de un compañero y si acaso una amiga, nada más.

-¿Ah, sí?-Sofía lo miró fijamente, esperando el más mínimo detalle que lo delatara. No dio ninguna señal de que estuviera mintiendo. De todas formas no esperaba que aunque ella tuviera razón en sus sospechas, Friedrich lo admitiera abiertamente; era un tronco duro de roer.

La puerta se abrió y Erika salió. Estaba un poco tímida, no sabía bien como se veía pero se lo podía imaginar. Llevaba una blusa blanca como la nieve, sobre la blusa un chaleco gris carbón, pantalones y botines grises que combinaban con el chaleco y encima de todo una capa de un color igual o muy parecido al de sus ojos; un punto medio entre azul carolina y cerúleo. Sofía la miró con satisfacción, se veía justo como imaginó; le quedaba como un guante.

-Te ves muy bien, esa capa te queda estupendamente.-Sofía volteó a ver a Friedrich, mirando atentamente su reacción.

-Hm, sí, en efecto le queda.-Friedrich sabía que iba a ser vigilado por lo que conscientemente hizo su mejor esfuerzo de no hacer ningún gesto ni emitir ninguna emoción con su voz. Sofía estaba decepcionada con esta reacción, pero la esperaba. -¿Cuánto va a ser el total?-Friedrich volteó a ver a Sofía mientras metía su mano al bolsillo trasero de su pantalón.

-Veamos, porque eres tú y porque le queda fabulosamente bien la ropa…-Se dio golpecitos con la punta de su dedo, haciendo cuentas mentales-Cincuenta monedas.

-¿Estás segura? Es una ganga con la cantidad de cosas que nos estamos llevando.-Friedrich sintió la obligación de protestar ante el bajo precio, no quería abusar de una vieja amistad. Si se tratara de otra persona, todo eso costaría fácilmente unas ochenta o cien monedas.

-Yo insisto, después de todo tenía rato que no te veía, además siempre que vienes te llevas algo y no es como que el negocio vaya mal.

Friedrich sacudió su cabeza dando un suspiro. Solo espero que nunca te vayas a la quiebra por cargar tan enorme corazón-Pensó Entrego las cincuentas piezas de oro que mecánicamente contó a la vez que las colocaba sobre la mano de Sofía. Ella las guardó en un cajón detrás del mostrador y asintió con una sonrisa. Friedrich esperaba gastar un poco más. Llevaba un buen tiempo haciendo ahorros por si alguna vez, por azares del destino, estuviera en una situación así. Tomó los objetos que acababa de comprar del mostrador y se dirigió a la puerta.

-Gracias por todo, Sofi, cuando acabe mis faenas vendré a pasar un poco más de tiempo contigo, lo prometo.

-Friedrich…-Friedrich se detuvo en seco y volteó a ver una vez más a Sofía.-Cuídate mucho.-Por primera vez en un rato, Sofía no estaba sonriendo, sus ojos miraban seriamente los de Friedrich.

-Sí, lo haré. No te preocupes demasiado por mí, te saldrán arrugas.-Friedrich le dio una sonrisa tranquilizadora. Continuó su camino hacia la puerta. Erika lo siguió haciendo una reverencia para despedirse, la cual fue respondida con una mano levantada. Friedrich abrió la puerta y dejó que Erika saliera primero.

-Me invitan a la boda, quiero gritar "Qué vivan los novios"-Sofía tenía una sonrisa enorme en su rostro, sabía lo que acababa de provocar y tan solo pensar en ello le parecía gracioso. Friedrich cerró la puerta de golpe detrás de él; ambos se quedaron pálidos fuera de la tienda. ¿Acaso lo sabía? ¿Pudo deducirlo sin que Friedrich dijera nada? ¿Se había delatado de alguna manera? No, eso era imposible. Lo más probable es que simplemente lo haya dicho con la intención de molestarlo, reírse un poco de él.

La sesión de compras terminó con una parada más; la ferretería. Ambos estaban cansados; sus pies comenzaban a protestar con el punzante dolor que exigía el volver a casa. Más los pies de Erika que los de Friedrich. Ambos tomaron su rumbo hacia la cabaña, por el mismo camino que usaron para llegar al pueblo. Friedrich tenía ya todo lo que iba a necesitar para el viaje, pero aun así quería quedarse unos días más en la cabaña. Sabía que era algo arriesgado y egoísta; no podía darse el lujo de desperdiciar el tiempo y esperar a que llegaran a intentar matarlos. En ese momento no le importaba en lo más mínimo que varios asesinos pudieran estarse movilizando para silenciarlos permanentemente. Simplemente estaba disfrutando volver a su cómodo hogar después de casi tres años, y quizás no volvería a él por otro tiempo después de esta aventura. Además, el tiempo extra le vendría bien para observar un mapa y planear meticulosamente sus próximos movimientos, descartando los posibles peligros y así tomando la decisión más segura. ¿Y qué pensaba Erika? No es como que supiera mucho de tácticas de guerra, ella estaba a su merced, bajo su control. Erika odiaba como sonaba eso, pero no estaba pasando un mal rato; disfrutaba las cosas que estaba aprendiendo. Aunque no le agradara Friedrich, ella estaba segura de que él que sabía lo que hacía.

Sin hablar ni pensar nada, ambos siguieron el camino ciegamente, como si tuvieran un piloto automático. La cabaña estuvo a la vista de ambos al cabo de unos minutos, ya podían sentir la calidez del hogar y el descanso de sus cuerpos. Una vez adentro, Friedrich prendió el fuego de la chimenea, buscó entre sus baúles y sacó lo que parecía ser un mapa del continente y un lápiz. Se sentó junto a la chimenea, de manera que el fuego le daba iluminación al pedazo de papel que pensativamente observaba. Erika se tendió en la cama y cerraba los ojos con la imagen del concentrado rostro de ese chico en su mente, volviéndose borrosa hasta tornarse completamente oscura.